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ÁFRICA OCCIDENTAL: LA CEDEAO ANTE LA PRUEBA DE SU PROPIA TRANSFORMACIÓN

Después de la 69ª Cumbre de Freetown, la organización regional busca un nuevo equilibrio entre seguridad, integración económica, soberanía nacional y estabilidad democrática

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CPGNNews GLOBAL STRATEGIC STUDY

FREETOWN: UNA CUMBRE QUE VA MÁS ALLÁ DE LA CUMBRE

El 19 de julio de 2026, Lungi, en las afueras de Freetown, acogió la 69.ª Sesión Ordinaria de la Conferencia de Jefes de Estado y de Gobierno de la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (CEDEAO). El encuentro tuvo lugar en circunstancias que trascendían ampliamente el marco de una cumbre institucional ordinaria. Cincuenta y un años después de su creación, la CEDEAO afronta una de las transformaciones más profundas de su historia. La crisis de su modelo de integración, las reconfiguraciones políticas provocadas por los cambios de gobierno militares, las crecientes demandas de soberanía nacional, la persistencia de la inseguridad y las vulnerabilidades económicas regionales han convergido para plantear una cuestión fundamental: ¿qué tipo de comunidad quiere construir África Occidental para las próximas décadas?

Para comprender la importancia de Freetown, es necesario situar la cumbre en la trayectoria más amplia del regionalismo de África Occidental. Creada en 1975 mediante el Tratado de Lagos, la CEDEAO fue concebida inicialmente como un instrumento de integración económica destinado a promover la libre circulación de personas, bienes y capitales, así como la cooperación entre Estados cuyas fronteras heredadas de la historia nunca habían eliminado sus profundas interdependencias. Con el paso de las décadas, la organización amplió progresivamente su mandato para incluir la prevención de conflictos, la seguridad colectiva, la defensa del orden constitucional y la gobernanza democrática. Esta evolución contribuyó a convertir a la CEDEAO en uno de los experimentos más ambiciosos de integración regional del continente africano. También generó una tensión que hoy se encuentra en el centro de su crisis: ¿hasta dónde puede llegar una organización regional en la defensa de normas comunes sin provocar que algunos de sus miembros consideren que la integración se ha convertido en una limitación de su soberanía nacional?

Esta tensión se hizo especialmente visible tras la ruptura provocada por Burkina Faso, Malí y Níger, actualmente agrupados en la Alianza de los Estados del Sahel (AES). Su retirada de la CEDEAO no redujo únicamente el alcance institucional de la Comunidad. También puso de manifiesto una divergencia más profunda sobre el significado mismo del regionalismo de África Occidental. Por un lado, existe una visión basada en normas comunes, movilidad regional, integración económica y defensa de determinados principios políticos. Por otro, se afirma una concepción de la cooperación regional cada vez más centrada en la soberanía, la autonomía estratégica nacional y la libertad de los Estados para determinar sus propias opciones políticas y de seguridad. Sin embargo, la separación institucional no ha eliminado la interdependencia. Los pueblos, los mercados, las rutas comerciales, las familias, las redes migratorias, los corredores económicos y las realidades de seguridad continúan vinculando estrechamente a estos países con sus vecinos. Esta contradicción entre separación política e interdependencia estructural constituye ahora uno de los principales desafíos del nuevo panorama geopolítico de África Occidental.

La pregunta central que la Cumbre de Freetown ya no podía eludir es, por tanto, clara: ¿puede la CEDEAO reconstruir un proyecto regional creíble en una África Occidental políticamente fragmentada, económicamente interdependiente y cada vez más vulnerable a la inseguridad? La respuesta determinará mucho más que el futuro administrativo de una organización regional. Pondrá a prueba la capacidad del regionalismo africano para adaptarse a las nuevas relaciones entre Estado, soberanía, democracia e integración. También determinará si las instituciones regionales pueden recuperar suficiente confianza para convencer a los gobiernos y a los ciudadanos de que la cooperación colectiva ofrece una respuesta más eficaz a los desafíos contemporáneos que el aislamiento o la fragmentación.

Los desafíos son también profundamente humanos. La CEDEAO abarca una región de casi 400 millones de habitantes cuyas trayectorias económicas y sociales están interconectadas mediante los movimientos de población, el comercio, la migración, los mercados laborales, las redes de transporte y los sistemas productivos que trascienden ampliamente las fronteras políticas. La libre circulación ha sido durante mucho tiempo uno de los logros más visibles de la integración de África Occidental. Cuando las relaciones entre los Estados se deterioran, cuando las fronteras se convierten en instrumentos de confrontación o cuando los mecanismos regionales pierden eficacia, las consecuencias no permanecen confinadas a los círculos diplomáticos. Afectan a comerciantes, trabajadores del transporte, trabajadores migrantes, estudiantes, familias transfronterizas y millones de ciudadanos cuya vida cotidiana depende de la continuidad y fluidez de los intercambios regionales.

La transformación actual no puede entenderse, por tanto, simplemente como una crisis institucional que requiera restaurar el orden anterior. La salida de Burkina Faso, Malí y Níger constituye una ruptura histórica, pero también ha puesto al descubierto una realidad más profunda: el modelo de la CEDEAO debe responder ahora a expectativas que su diseño original nunca estuvo plenamente preparado para absorber. El terrorismo, la fragilidad estatal, los cambios inconstitucionales de gobierno, la creciente competencia entre potencias externas, las presiones económicas, el cambio climático y la aceleración de la transformación digital de las sociedades africanas están obligando a la organización a reconsiderar sus instrumentos, sus prioridades y quizá incluso su propia concepción de la solidaridad regional. La cuestión ya no consiste simplemente en preservar la CEDEAO tal como existía, sino en garantizar que siga siendo relevante en un entorno estratégico que ha cambiado profundamente.

En este contexto, la Cumbre de Freetown adquiere una importancia particular. Los dirigentes de África Occidental deben responder simultáneamente a los imperativos de seguridad, preservar los logros de la integración económica, recuperar la confianza política y redefinir la relación entre soberanía nacional y compromisos regionales. El liderazgo del presidente senegalés Bassirou Diomaye Faye abre una nueva etapa política cuya importancia deberá medirse, en última instancia, por sus resultados y no por sus intenciones. La cuestión esencial ya no es saber si la CEDEAO puede formular una visión común, sino si puede transformar esa visión en políticas capaces de producir beneficios concretos y mensurables para los Estados y para sus ciudadanos.

Este estudio examina esta transformación desde varias perspectivas complementarias: la historia y los fundamentos institucionales de la CEDEAO, la crisis actual de su modelo político, la reconfiguración geopolítica generada por la AES, los imperativos de seguridad, las perspectivas de una mayor integración económica, el lugar de los ciudadanos dentro del proyecto regional y los desafíos planteados por la transformación digital y el cambio climático. También analiza las nuevas condiciones del liderazgo regional y las decisiones estratégicas que podrían determinar el futuro de la Comunidad. Se prestará especial atención a la experiencia caribeña, particularmente a la CARICOM, cuya trayectoria ofrece puntos de comparación útiles para comprender tanto las posibilidades como las limitaciones del regionalismo en el Sur Global.

En última instancia, el debate sobre el futuro de la CEDEAO trasciende la supervivencia de una institución. Se refiere a la capacidad de África Occidental para transformar la interdependencia en fuerza colectiva, la vulnerabilidad en mecanismos de solidaridad y las divergencias políticas en espacios de diálogo capaces de preservar lo esencial. El verdadero desafío que surge de Freetown no consiste, por tanto, en restaurar mecánicamente un orden regional que ya ha cambiado, sino en determinar si una nueva arquitectura de cooperación puede emerger de una crisis que ha transformado profundamente las relaciones entre los Estados y los pueblos de África Occidental.

África Occidental quizá no necesite una CEDEAO que hable más. Necesita una CEDEAO que produzca más.

I. LA CEDEAO ANTE EL FINAL DE UN CICLO

De la comunidad económica a la crisis del modelo regional

  1. 1975: LA AMBICIÓN FUNDADORA

El 28 de mayo de 1975, en Lagos, Nigeria, quince Estados de África Occidental firmaron el tratado por el que se establecía la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental. Impulsada por los dirigentes políticos de la época, entre ellos el jefe de Estado nigeriano Yakubu Gowon y el presidente togolés Gnassingbé Eyadéma, la iniciativa respondía a una ambición tanto económica como estratégica: crear un espacio regional suficientemente integrado para ampliar los mercados nacionales, promover el desarrollo, poner en común determinados recursos y reducir la vulnerabilidad de las economías de África Occidental frente a las potencias externas y los mercados internacionales.

La composición de los quince Estados fundadores reflejaba la diversidad política del África Occidental poscolonial: Benín, entonces conocido como Dahomey, Burkina Faso, entonces Alto Volta, Côte d’Ivoire, Gambia, Ghana, Guinea, Guinea Bissau, Liberia, Malí, Mauritania, Níger, Nigeria, Senegal, Sierra Leona y Togo. La CEDEAO no nació, por tanto, de una uniformidad política ni ideológica. Se basó, más bien, en una convicción pragmática: pese a las diferencias entre los sistemas políticos, las lenguas, las trayectorias históricas y los niveles de desarrollo, los Estados de la región compartían suficientes intereses como para construir un marco permanente de cooperación.

El contexto de 1975 era el de una África poscolonial joven que afrontaba la dificultad de transformar la independencia política en una verdadera autonomía económica. Los nuevos Estados habían adquirido soberanía internacional, pero sus economías seguían dependiendo en gran medida de los mercados externos, de las exportaciones de materias primas y de estructuras comerciales heredadas del período colonial. Los dirigentes de África Occidental comprendieron progresivamente que la soberanía nacional no podía consolidarse plenamente sin una capacidad colectiva para producir, comerciar, invertir y negociar a una escala más amplia. La integración regional aparecía así no como una renuncia a la soberanía, sino como un medio para dotarla de un mayor peso económico y estratégico.

El Tratado de Lagos estableció las bases de una integración gradual basada en la cooperación económica, la liberalización del comercio, la libre circulación de personas y, en última instancia, la creación de una unión económica y monetaria. La ambición era considerable, pero su lógica seguía siendo progresiva. El objetivo no era eliminar de inmediato las fronteras económicas que separaban a Estados con estructuras productivas y niveles de desarrollo profundamente diferentes, sino crear gradualmente las condiciones necesarias para un mercado regional más integrado. Este enfoque se convertiría en una de las características fundamentales del proyecto comunitario.

  1. LA ECONOMÍA COMO PUNTO DE PARTIDA

La integración económica ha seguido siendo el fundamento histórico del proyecto de la CEDEAO. Entre sus logros más visibles se encuentra la libre circulación de personas. El Protocolo de 1979 sobre la libre circulación, el derecho de residencia y el derecho de establecimiento dio progresivamente una expresión concreta a la idea de un espacio regional en el que los ciudadanos pudieran cruzar las fronteras con menos restricciones. El pasaporte de la CEDEAO, introducido a partir del año 2000, reforzó posteriormente esta ambición y se convirtió en uno de los símbolos más reconocibles de la construcción de un espacio comunitario que trasciende las fronteras nacionales.

El comercio intrarregional constituye otro indicador de esta integración, aunque su nivel sigue estando por debajo del potencial económico de la región. El comercio entre los Estados miembros ha aumentado a lo largo de las décadas, pero continúa enfrentándose a una escasa diversificación productiva, infraestructuras insuficientes, elevados costes logísticos, barreras no arancelarias y la persistente predominancia de las relaciones comerciales con los mercados externos. El Plan de Liberalización del Comercio de la CEDEAO creó, sin embargo, un marco destinado a facilitar la circulación de numerosos productos y favorecer la aparición de un mercado regional. Por ello, los avances del comercio intrarregional no deben medirse únicamente en términos de volumen. También deben evaluarse a través de las redes económicas transfronterizas, las cadenas de valor regionales y los millones de ciudadanos cuyos medios de vida dependen directa o indirectamente de esta circulación.

Las infraestructuras han constituido otro instrumento esencial de la interdependencia regional. Los corredores por carretera y ferrocarril, las interconexiones eléctricas, las redes de telecomunicaciones y los grandes proyectos energéticos han conectado progresivamente economías que, históricamente, estaban a menudo más orientadas hacia las antiguas potencias coloniales y los mercados mundiales que hacia sus propios vecinos. El Sistema de Intercambio de Energía Eléctrica de África Occidental ilustra esta evolución: la electricidad se está convirtiendo progresivamente en un recurso cuya producción, transmisión y distribución pueden concebirse a escala regional. Los grandes proyectos de gas y las infraestructuras energéticas transfronterizas siguen la misma lógica al dotar a la integración de una dimensión material que supera las declaraciones políticas.

Esta evolución revela una característica esencial de la CEDEAO: su integración no es únicamente institucional. También es geográfica, económica y humana. Las carreteras, los mercados, las redes eléctricas, las migraciones y los intercambios comerciales han creado formas de interdependencia que sobreviven a las crisis políticas. Precisamente por ello, la actual fragmentación institucional no significa la desaparición del espacio económico de África Occidental. Por el contrario, hace aún más urgente la cuestión de cómo preservar estas interdependencias cuando la confianza política entre los Estados se deteriora.

  1. LA TRANSFORMACIÓN POLÍTICA DE LA CEDEAO

La evolución más profunda de la CEDEAO reside, sin embargo, en su transformación progresiva de una organización principalmente económica en un importante actor político y de seguridad. Esta transformación no estaba en el centro del proyecto original de 1975. Surgió bajo la presión de las crisis que transformaron profundamente África Occidental: guerras civiles, cambios inconstitucionales de gobierno, conflictos armados, inestabilidad política y, más recientemente, la expansión de grupos terroristas en varios Estados de la región.

El Protocolo Adicional sobre Democracia y Buena Gobernanza, adoptado en 2001, representó un importante punto de inflexión. Al establecer que el acceso al poder debía producirse por vías constitucionales y democráticas, la CEDEAO creó un marco normativo que iba mucho más allá de los objetivos tradicionales de una organización económica. La defensa del orden constitucional pasó así a formar progresivamente parte del proyecto político comunitario, otorgando a la CEDEAO un papel de intervención que modificaría profundamente la percepción de su mandato.

Esta politización constituyó al mismo tiempo una fuente de fortaleza y una fuente de vulnerabilidad. Permitió a la CEDEAO desempeñar un papel importante en varias crisis regionales y contribuir a procesos de mediación en Liberia, Sierra Leona y Guinea Bissau. También ayudó a consolidar a la organización como un actor reconocido en la prevención y gestión de conflictos en África. Sin embargo, la ampliación de su mandato expuso simultáneamente a la Comunidad a críticas crecientes sobre la coherencia de sus decisiones, la proporcionalidad de sus intervenciones y la percepción de un trato desigual ante las diferentes crisis políticas. A medida que la CEDEAO se alejaba de su función económica original, quedaba inevitablemente más expuesta a las controversias que rodean a cualquier institución encargada de arbitrar entre la soberanía nacional y las normas regionales.

  1. CUANDO UNA ORGANIZACIÓN ECONÓMICA SE CONVIERTE EN ACTOR POLÍTICO

El giro de la década de 1990 hizo especialmente visible esta transformación. La guerra civil de Liberia, iniciada en 1989, obligó a la CEDEAO a intervenir en un conflicto interno dentro de uno de sus Estados miembros. En 1990, la Comunidad creó el ECOMOG, una fuerza militar destinada a contribuir al restablecimiento de la paz y la seguridad. Su intervención en Liberia fue objeto de controversia, particularmente por sus limitaciones operativas y por las divergencias políticas entre los Estados que participaban en la fuerza. Sin embargo, estableció un precedente decisivo: la CEDEAO ya no era simplemente una organización destinada a facilitar los intercambios económicos. Se estaba convirtiendo en una institución capaz de movilizar instrumentos políticos y militares para responder a las crisis regionales.

Esta experiencia se extendió posteriormente a Sierra Leona y a otros contextos de crisis. Paralelamente, la Comunidad desarrolló progresivamente una arquitectura más amplia de prevención de conflictos, mediación, alerta temprana y seguridad colectiva. La creación de una fuerza de reserva regional pretendía dar una dimensión institucional a esta ambición. Sin embargo, esta arquitectura se enfrentó constantemente a una dificultad fundamental: la capacidad de adoptar decisiones colectivas no siempre estuvo acompañada de los recursos financieros, logísticos y militares necesarios para aplicarlas. La dependencia de las contribuciones de los Estados miembros y de los socios externos limitó reiteradamente la autonomía operativa de la Comunidad.

Esta contradicción entre ambición y capacidad se convertiría en uno de los problemas estructurales de la CEDEAO. Cuanto más amplio era el mandato de la organización, mayores eran las expectativas depositadas en ella. Sin embargo, sus instrumentos institucionales, sus recursos financieros y la voluntad política de sus Estados miembros no siempre evolucionaron al mismo ritmo. La CEDEAO terminó así en una posición paradójica: se esperaba cada vez más de ella en materia de seguridad, democracia y estabilidad, mientras seguía dependiendo en gran medida de la cooperación voluntaria de los mismos Estados cuyos intereses nacionales podían divergir profundamente.

Es precisamente dentro de esta tensión entre la ambición regional y las soberanías nacionales donde se encuentra una dimensión esencial de la crisis actual. La CEDEAO comenzó como un proyecto de integración económica. Gradualmente se convirtió en un actor político y de seguridad. Pero esta transformación generó nuevas expectativas sin producir siempre los instrumentos necesarios para satisfacerlas. La cuestión ya no consiste únicamente en saber si la CEDEAO debe continuar su proceso de integración, sino en determinar si su modelo institucional sigue siendo adecuado para las realidades políticas, económicas y de seguridad de una África Occidental que ha entrado en un nuevo ciclo histórico.

  1. LOS GOLPES DE ESTADO Y LA CRISIS DEL ORDEN CONSTITUCIONAL

A partir de 2020, África Occidental experimentó una sucesión de rupturas del orden constitucional que sometió a una profunda tensión la arquitectura política de la CEDEAO. Malí sufrió dos tomas militares del poder, en agosto de 2020 y mayo de 2021, seguido por Guinea en septiembre de 2021. Burkina Faso experimentó dos cambios de poder militares en 2022, mientras que Níger sufrió una nueva ruptura constitucional en julio de 2023. A esta secuencia se sumó, el 26 de noviembre de 2025, una toma militar del poder en Guinea Bissau que condujo a la detención del presidente Umaro Sissoco Embaló mientras el país esperaba el anuncio de los resultados de las elecciones presidenciales. En conjunto, estos acontecimientos dieron una nueva profundidad a la crisis democrática regional. El problema dejó de ser una sucesión de episodios políticos aislados para convertirse en un desafío más amplio a la credibilidad de la gobernanza constitucional en varias partes de África Occidental.

Estos acontecimientos no pueden reducirse, sin embargo, a un simple «retorno de los golpes de Estado» ni interpretarse como una prueba de un declive democrático uniforme. Surgieron de una combinación de factores que se reforzaron mutuamente: la percepción de que algunos gobiernos eran incapaces de responder eficazmente a la inseguridad, la frustración generalizada con unas élites políticas acusadas de corrupción o ineficacia, la fragilidad institucional, las controversias sobre los procesos electorales y la rápida transformación del entorno geopolítico. En varios países, la promesa democrática también se ha debilitado por la distancia entre los principios proclamados y la experiencia cotidiana de poblaciones enfrentadas a la pobreza, la inseguridad, el desempleo y la insuficiencia de los servicios públicos. El problema, por tanto, no reside únicamente en la aparición de golpes de Estado, sino en la erosión progresiva de la confianza pública que hace políticamente posibles estas rupturas.

La respuesta de la CEDEAO se apoyó principalmente en sus mecanismos de defensa del orden constitucional: suspensiones, sanciones económicas y financieras, restricciones a la circulación y medidas dirigidas contra responsables de los regímenes militares. Esta respuesta era coherente con las normas que la organización había establecido progresivamente desde la adopción del Protocolo Adicional sobre Democracia y Buena Gobernanza de 2001. Sin embargo, la sucesión de golpes de Estado puso de manifiesto los límites de esta estrategia. Las sanciones permitieron a la Comunidad reafirmar la existencia de normas regionales compartidas, pero no impidieron nuevas rupturas constitucionales. En algunos casos, contribuyeron a reforzar el discurso soberanista de las autoridades militares y a profundizar la distancia entre esos gobiernos, sus poblaciones y la organización regional.

  1. EL ASCENSO DE LA CONTESTACIÓN POPULAR

Paralelamente a las rupturas institucionales, la contestación popular se extendió en varias capitales de África Occidental. En Bamako, Uagadugú y Niamey, así como en otros centros políticos de la región, las movilizaciones expresaron el rechazo a las élites políticas establecidas, la frustración ante la inseguridad, las críticas a determinadas relaciones con Francia y la oposición a las sanciones impuestas por la CEDEAO. Las redes sociales amplificaron estos movimientos, acelerando la circulación de discursos soberanistas y creando un nuevo espacio político en el que las propias instituciones regionales se convirtieron en objeto de crítica directa.

Esta dinámica sigue siendo profundamente ambivalente. Por un lado, refleja aspiraciones reales a una gobernanza más eficaz, una soberanía nacional más firme, una mayor justicia económica y una mayor capacidad de los Estados para definir sus propias prioridades estratégicas. Por otro, puede ser aprovechada por fuerzas políticas que transforman el descontento popular en un instrumento para legitimar el poder militar o restringir las libertades públicas. El apoyo popular del que han disfrutado algunos gobiernos militares no puede, por tanto, equipararse automáticamente a un rechazo de la democracia. En muchos casos, expresa un desencanto más complejo con sistemas políticos que no han respondido a las expectativas en materia de seguridad, oportunidades económicas y desarrollo social. Esta distinción resulta esencial para comprender la crisis de legitimidad de la CEDEAO: lo que se cuestiona no es necesariamente el principio de la cooperación regional ni siquiera la democracia en sí misma, sino la manera en que esos principios han sido encarnados por las instituciones políticas y las élites.

La CEDEAO se ha encontrado así ante una paradoja particularmente difícil. La organización construyó buena parte de su legitimidad sobre la defensa de la estabilidad constitucional, pero sectores de la población de los países afectados llegaron a percibir sus intervenciones como la defensa de un orden político cuyos resultados consideraban insuficientes. El problema dejó, por tanto, de ser únicamente una cuestión de aplicación de las normas comunitarias. Se convirtió en una cuestión de legitimidad social. Una institución regional puede disponer de una sólida base jurídica y, sin embargo, perder autoridad política cuando los ciudadanos dejan de percibir claramente los beneficios de su actuación.

  1. LA SALIDA DE BURKINA FASO, MALÍ Y NÍGER

La retirada simultánea de Burkina Faso, Malí y Níger representa la ruptura institucional más importante de la historia reciente de la CEDEAO. Los tres Estados anunciaron su decisión de abandonar la organización en enero de 2024. Tras la expiración del período de retirada establecido por el Tratado revisado de 1993, su salida se hizo oficialmente efectiva el 29 de enero de 2025. Durante el período de transición, los tres gobiernos consolidaron su cooperación en el marco de la Alianza de los Estados del Sahel, dando progresivamente forma institucional a una arquitectura regional alternativa.

Esta salida no constituye simplemente otro episodio de tensión entre gobiernos y una organización regional. Fue el resultado de varias dinámicas convergentes: el rechazo por parte de las autoridades militares de lo que consideraban una injerencia externa, la voluntad de reafirmar la soberanía nacional, la búsqueda de nuevas asociaciones estratégicas, particularmente con Rusia, y la convicción de que los intereses de los Estados sahelianos podían defenderse mejor dentro de un marco de cooperación más reducido y menos restrictivo. La ruptura con la CEDEAO estuvo, por tanto, acompañada de una redefinición más amplia de las asociaciones diplomáticas, militares y económicas de los tres países.

Para la CEDEAO, las implicaciones son considerables. La organización ya había suspendido a Malí en 2020, Guinea en 2021, Burkina Faso en 2022 y Níger en 2023. Pero una suspensión es, por definición, potencialmente reversible. La retirada tiene un significado diferente: modifica de manera duradera la geografía institucional de África Occidental. La CEDEAO ha perdido tres Estados cuya extensión territorial, posición geográfica e importancia estratégica son considerables, mientras que la Alianza de los Estados del Sahel ha afirmado simultáneamente su propia identidad política y de seguridad. Sin embargo, la separación institucional no ha eliminado las fronteras compartidas, las rutas comerciales, las redes familiares, los flujos migratorios ni la interdependencia económica. La ruptura política coexiste, por tanto, con una interdependencia geográfica y social que permanece profundamente intacta.

  1. UNA RUPTURA ESTRUCTURAL

La CEDEAO ya no puede limitarse a intentar restaurar el mundo que existía antes de la crisis. El panorama regional ha cambiado y la coexistencia de dos arquitecturas políticas, la CEDEAO y la Alianza de los Estados del Sahel, plantea ahora cuestiones a las que la organización nunca se había enfrentado. ¿Cómo preservar la libre circulación y el comercio cuando las afiliaciones institucionales divergen? ¿Cómo mantener una cooperación eficaz en materia de seguridad cuando las doctrinas estratégicas ya no están alineadas? ¿Cómo gestionar los recursos transfronterizos, las infraestructuras regionales y los corredores económicos cuando los Estados afectados pertenecen a marcos políticos diferentes?

La ruptura es estructural porque revela, en primer lugar, una divergencia sobre el propio significado de la integración. La CEDEAO se ha construido progresivamente en torno a un conjunto de normas compartidas e instituciones regionales capaces, al menos en principio, de limitar el margen de acción de los Estados miembros cuando se vulneran compromisos fundamentales. La Alianza de los Estados del Sahel, por el contrario, privilegia una concepción de la cooperación más centrada en la soberanía, en la que la coordinación entre los Estados no exige necesariamente la aceptación de un marco regional igualmente vinculante. La divergencia, por tanto, no se refiere únicamente a los gobiernos actuales ni a circunstancias políticas temporales. Refleja dos concepciones diferentes de la relación entre soberanía nacional y solidaridad regional.

La ruptura también refleja una transformación del entorno geopolítico. Rusia, China, Turquía, las potencias del Golfo y los socios occidentales tradicionales buscan preservar o ampliar su influencia en África Occidental y el Sahel. Los Estados de la región disponen ahora de un abanico de asociaciones exteriores más amplio que en décadas anteriores y buscan cada vez más diversificar sus relaciones internacionales. Esto no significa que las potencias externas determinen por sí solas las decisiones de los gobiernos de África Occidental. Significa, más bien, que la competencia internacional ofrece a los Estados nuevos márgenes de maniobra estratégica y transforma profundamente el entorno en el que la CEDEAO intenta ejercer su influencia.

Finalmente, la ruptura pone de manifiesto una crisis de confianza entre los Estados miembros y la propia organización regional. Las sanciones, las confrontaciones diplomáticas y la incapacidad para impedir la sucesión de golpes de Estado han debilitado la autoridad política de la Comunidad. Sin embargo, esta crisis no significa que la idea de integración regional haya quedado obsoleta. Demuestra, más bien, que el equilibrio anterior entre soberanía nacional, normas regionales y solidaridad comunitaria ya no funciona como antes.

ANÁLISIS CPGNNEWS

El final de un ciclo no significa necesariamente el final de la integración. Significa que las formas de integración deben evolucionar. La CEDEAO de las décadas de 1970 y 1990 no puede reproducirse simplemente dentro de las realidades políticas, económicas y de seguridad de la década de 2020. Sin embargo, las razones fundamentales que llevaron a los Estados de África Occidental a crear la Comunidad siguen vigentes y algunas se han vuelto aún más urgentes: la interdependencia comercial, la movilidad de las poblaciones, las amenazas de seguridad transfronterizas, el cambio climático, las infraestructuras regionales y la necesidad de ejercer una influencia colectiva en un entorno internacional cada vez más competitivo.

El verdadero desafío no consiste, por tanto, en elegir entre una CEDEAO sin cambios y la fragmentación permanente de África Occidental. Consiste en determinar si una nueva generación de regionalismo puede surgir de esta crisis. Una CEDEAO renovada debería ser capaz de defender sus principios sin desconectarse de las realidades políticas y sociales de sus poblaciones, proteger el orden constitucional sin reducir la democracia a la celebración de elecciones, hacer respetar las normas regionales sin perder su capacidad de diálogo y, sobre todo, demostrar mediante resultados tangibles por qué la cooperación regional sigue siendo preferible a la fragmentación. La crisis actual podría convertirse así menos en la tumba del proyecto comunitario que en el momento de su renovación.

La cuestión que se plantea ahora ya no es simplemente cómo preservar la CEDEAO, sino qué tipo de CEDEAO quiere construir África Occidental para la próxima generación.

II. EL NUEVO LIDERAZGO Y LA CUESTIÓN DE LA LEGITIMIDAD

¿Puede reconstruirse la autoridad regional?

  1. BASSIROU DIOMAYE FAYE Y EL NUEVO MOMENTO POLÍTICO

La 69.ª Cumbre de la CEDEAO, celebrada en Freetown, llevó al presidente senegalés Bassirou Diomaye Faye a la presidencia de la Conferencia de Jefes de Estado y de Gobierno, en sustitución de su homólogo sierraleonés Julius Maada Bio. A sus cuarenta y seis años, Faye representa a una generación política diferente, marcada por las demandas de renovación institucional, mayor rendición de cuentas y una forma de gobernanza más estrechamente vinculada a las expectativas ciudadanas. Su llegada a la presidencia regional tiene, por tanto, un significado que supera la rotación institucional ordinaria.

Faye asume la presidencia regional en un momento particularmente complejo. La CEDEAO necesita un liderazgo capaz de reconstruir la confianza entre sus Estados miembros restantes, reabrir canales creíbles de comunicación con los países de la Alianza de los Estados del Sahel y recuperar el impulso de un proceso de integración debilitado por la fragmentación política. Su relativa juventud posee también una importancia simbólica en una región cuya población es mayoritariamente joven y donde las instituciones políticas son juzgadas cada vez más por su capacidad para responder a las aspiraciones de las nuevas generaciones. Sin embargo, la renovación generacional por sí sola no puede restaurar la autoridad institucional. Solo adquiere verdadero significado político cuando se traduce en una nueva forma de gobernar y, en última instancia, en resultados verificables.

En su discurso de investidura, Faye se refirió al «pesado legado de cincuenta años de esfuerzos, solidaridad y paciente construcción» transmitido por la visión y el compromiso de las generaciones anteriores y se comprometió a preservar ese legado. La referencia a la generación fundadora es significativa porque combina continuidad y posibilidad de renovación. Al invocar el «ideal de la integración», Faye parece presentar su mandato no simplemente como una responsabilidad institucional, sino como una misión política: determinar si la Comunidad puede recuperar un sentido de propósito común después de una de las crisis más profundas de su historia.

  1. SENEGAL EN LA ARQUITECTURA REGIONAL

La posición destacada de Senegal dentro de la actual configuración institucional de la CEDEAO ha generado expectativas adicionales en torno a Dakar. La tradición diplomática del país, la reputación profesional de sus fuerzas armadas y su larga experiencia con el constitucionalismo le otorgan un grado de credibilidad particularmente valioso en una región donde la confianza entre los gobiernos se ha vuelto cada vez más frágil. Estas características podrían resultar decisivas para abordar algunos de los asuntos más sensibles de la agenda comunitaria: las relaciones con la Alianza de los Estados del Sahel, la seguridad colectiva, la reforma institucional y el futuro de la integración regional.

La importancia estratégica de Senegal también deriva de su posición geográfica y política. El país ocupa un espacio que conecta la dimensión atlántica de África Occidental con el entorno saheliano más amplio y mantiene vínculos históricos, económicos y sociales con varios Estados que ahora se encuentran fuera del marco institucional de la CEDEAO. Esto proporciona a Dakar posibles ventajas como interlocutor, pero también impone límites. Una estrategia regional exitosa no puede construirse en torno a Senegal únicamente, y cualquier percepción de que la Comunidad está siendo impulsada por los intereses de un solo Estado miembro debilitaría precisamente la legitimidad que el nuevo liderazgo busca recuperar.

La concentración de expectativas en torno a Senegal implica, por tanto, un doble riesgo. El éxito podría fortalecer simultáneamente la credibilidad de Dakar y de la Comunidad. El fracaso, en cambio, podría reforzar la percepción de que la CEDEAO carece de capacidad política para transformar sus decisiones en acción colectiva. La diplomacia senegalesa deberá mantener, por consiguiente, un equilibrio particularmente delicado entre los intereses nacionales y las prioridades comunitarias, entre la firmeza en materia de principios constitucionales y la apertura al diálogo, y entre las expectativas de los Estados costeros y las preocupaciones de aquellos países cuyas trayectorias políticas se han alejado progresivamente del consenso regional.

  1. UNA GENERACIÓN POLÍTICA DIFERENTE

Bassirou Diomaye Faye pertenece a una generación de dirigentes africanos cuya aparición política está estrechamente vinculada a las demandas de mayor inclusión, transparencia, rendición de cuentas y eficacia. A diferencia de muchas de las figuras políticas que dominaron la región durante las décadas anteriores, esta generación se ha desarrollado en un entorno en el que las redes sociales, los movimientos juveniles, la vigilancia ciudadana y las demandas de transformación institucional han modificado profundamente la relación entre los ciudadanos y el poder político.

Sin embargo, esta transición generacional no debe idealizarse. Un liderazgo más joven no produce automáticamente una mejor gobernanza, y la renovación política puede perder rápidamente su atractivo cuando las expectativas superan la capacidad institucional. Las mismas poblaciones que exigen cambios pueden sentirse rápidamente decepcionadas cuando las reformas prometidas no mejoran la seguridad, el empleo, los servicios públicos o las oportunidades económicas. La legitimidad de una nueva generación de dirigentes se medirá, por tanto, menos por su edad que por su capacidad de producir resultados.

Para la CEDEAO, esta distinción es fundamental. La Comunidad no puede recuperar la confianza simplemente cambiando los rostros que la representan. Debe demostrar que la renovación institucional produce una forma diferente de gobernanza regional. La organización necesita ser más receptiva, más transparente y más capaz de explicar sus decisiones a los ciudadanos. La renovación generacional puede abrir la puerta a esta transformación, pero solo la sustancia política puede sostenerla.

  1. LA AUTORIDAD INSTITUCIONAL FRENTE A LA DESCONFIANZA

La cuestión de la legitimidad de la CEDEAO se encuentra en el centro de la crisis actual. La autoridad de la organización se ha debilitado por varios factores convergentes: las dificultades reiteradas para resolver determinadas crisis políticas, las sanciones percibidas por algunas poblaciones como desproporcionadas o injustas, las acusaciones de que las decisiones regionales reflejan más los intereses de los Estados miembros más poderosos que los de los países más vulnerables y una percepción extendida de que la maquinaria institucional de la Comunidad resulta costosa y compleja en relación con los resultados que produce.

La autoridad institucional ya no puede darse por sentada. Debe demostrarse. El primer requisito es, por tanto, la eficacia. La CEDEAO debe demostrar que la cooperación regional puede producir mejoras tangibles en materia de seguridad, comercio, infraestructuras, movilidad y gestión de crisis. El segundo requisito es la coherencia. La Comunidad debe demostrar que sus normas se aplican conforme a principios previsibles, coherentes y equitativos, y no en función del peso político de determinados Estados. El tercer requisito es la participación. La sociedad civil, los jóvenes, las mujeres, las organizaciones profesionales y las comunidades locales deben disponer de canales significativos mediante los cuales sus preocupaciones puedan influir en las políticas regionales.

En última instancia, se trata del contrato social entre las instituciones y los ciudadanos. Una organización regional puede poseer autoridad jurídica y perder, sin embargo, legitimidad política. La diferencia depende de si los ciudadanos perciben la institución como relevante para sus vidas. Si la CEDEAO es vista principalmente como un organismo que emite comunicados, impone sanciones y conduce negociaciones diplomáticas entre gobiernos, su legitimidad seguirá siendo frágil. Si se convierte en una institución capaz de facilitar la movilidad, proteger a las comunidades, ampliar las oportunidades económicas y ayudar a los Estados a resolver problemas que ningún país puede afrontar por sí solo, su autoridad podrá reconstruirse progresivamente.

  1. LOS LÍMITES DEL ENFOQUE PUNITIVO

Las sanciones, incluidas las suspensiones, las restricciones de viaje y la congelación de activos, se han convertido en uno de los principales instrumentos de la CEDEAO para responder a los golpes de Estado y a las violaciones del orden constitucional. Su utilización se basa en el marco jurídico de la Comunidad y refleja el principio de que la pertenencia implica tanto obligaciones como beneficios. Sin embargo, la experiencia de los últimos años ha demostrado los límites de una dependencia excesiva de las medidas punitivas. Las sanciones no han impedido nuevas tomas militares del poder y, en determinados casos, han contribuido al aislamiento político de los Estados afectados al tiempo que reforzaban los discursos contrarios a la CEDEAO entre sectores de sus poblaciones.

El enfoque punitivo parte de una hipótesis que merece un examen más detenido: que los regímenes militares responderán principalmente a la presión económica y diplomática. En varios países del Sahel, sin embargo, las propias autoridades afectadas han transformado las sanciones en instrumentos de movilización política. Los gobiernos las han presentado como pruebas de coerción externa y han utilizado las dificultades resultantes para reforzar los discursos de resistencia nacional y soberanía. Esto no significa que las sanciones sean necesariamente ineficaces. Significa que sus consecuencias políticas pueden diferir considerablemente de los objetivos inicialmente perseguidos, especialmente cuando sus efectos sobre la población son más visibles que la presión ejercida sobre las élites políticas a las que pretenden afectar.

La Comunidad necesita, por tanto, un repertorio estratégico más amplio. El diálogo, la mediación, la asistencia técnica, la condicionalidad positiva y el compromiso gradual deberían complementar, y no necesariamente sustituir, las sanciones específicas. El objetivo debe ser crear incentivos para el retorno al orden constitucional sin poner en duda la credibilidad de las normas regionales. Una política que combine presión sobre los responsables políticos con vías concretas hacia la reintegración podría resultar más eficaz que una estrategia basada principalmente en el aislamiento.

La decisión de prorrogar hasta diciembre de 2026 el mandato del mediador Lansana Kouyaté para continuar el diálogo con la Alianza de los Estados del Sahel podría representar, en este sentido, un cambio importante. Su relevancia no dependerá de la existencia de otro mandato diplomático, sino de que el diálogo produzca avances concretos. La mediación adquiere credibilidad cuando crea una vía política que todas las partes consideran más ventajosa que la confrontación prolongada.

  1. ¿SANCIONAR, CONVENCER O ACOMPAÑAR?

Las relaciones con los Estados que atraviesan transiciones constitucionales, particularmente Guinea, ilustran el dilema al que se enfrenta la CEDEAO. Guinea fue suspendida después del golpe de Estado de 2021 y las tensiones entre las autoridades y la Comunidad se mantuvieron elevadas durante varios años. Mientras tanto, el entorno regional se volvió aún más complejo, con nuevas crisis constitucionales y una sensibilidad pública creciente respecto a la soberanía, la influencia extranjera y la intervención regional.

La crisis de Guinea Bissau ha demostrado igualmente la dificultad de calibrar la respuesta de la Comunidad. En el momento de la cumbre de Freetown, la situación política seguía siendo extremadamente sensible tras la toma militar del poder de noviembre de 2025 y la detención del presidente Umaro Sissoco Embaló y de otras figuras políticas. Organizaciones de la sociedad civil reclamaron que la CEDEAO adoptara una posición clara en defensa del orden constitucional y exigiera la liberación de los actores políticos detenidos. Situaciones de este tipo colocan a la Comunidad ante una difícil disyuntiva: debe defender los principios constitucionales al mismo tiempo que preserva los canales diplomáticos necesarios para negociar una salida a la crisis.

Una respuesta exclusivamente punitiva corre el riesgo de cerrar precisamente los canales a través de los cuales podría prosperar la mediación. Una actitud excesivamente conciliadora, en cambio, podría debilitar la credibilidad de las normas que la organización afirma defender. El enfoque más difícil, pero potencialmente más sostenible, es por ello uno calibrado: presión específica contra quienes sean responsables de acciones inconstitucionales, combinada con un compromiso político sostenido y una vía claramente definida hacia la normalización constitucional. Una estrategia de este tipo requiere paciencia, credibilidad y la voluntad de distinguir entre la responsabilidad política y el castigo colectivo.

  1. LA MEDIACIÓN COMO INSTRUMENTO ESTRATÉGICO

A lo largo de su historia, la CEDEAO ha acumulado una experiencia considerable en materia de mediación política. Sus enviados han recorrido la región, se han reunido con actores políticos, han negociado marcos de transición y han intentado evitar que las crisis evolucionen hacia conflictos de mayor alcance. Esta experiencia acumulada constituye un importante activo institucional. Sin embargo, la mediación no es una capacidad estática. Debe evolucionar al mismo ritmo que el entorno político en el que se desarrolla.

La aparición de la Alianza de los Estados del Sahel ha modificado profundamente ese entorno. Los mediadores de la CEDEAO ya no tratan exclusivamente con Estados miembros que operan dentro de un marco institucional común. Ahora deben relacionarse también con una estructura política que define parcialmente su identidad a partir de su distancia respecto de la Comunidad. Esto exige un lenguaje diplomático diferente, capaz de reconocer las legítimas preocupaciones relacionadas con la soberanía sin abandonar los principios sobre los que se construye la cooperación regional.

La presencia de nuevos actores externos ha complicado todavía más el escenario estratégico. Rusia, China, Turquía, Emiratos Árabes Unidos y otros socios internacionales han desarrollado relaciones cada vez más amplias en África Occidental y el Sahel, cada uno con sus propios intereses económicos, políticos o de seguridad. La mediación de la CEDEAO debe operar, por tanto, dentro de un entorno internacional mucho más competitivo. Al mismo tiempo, las poblaciones de África Occidental están mejor informadas, son políticamente más activas y poseen una mayor capacidad para influir en los debates públicos mediante las plataformas digitales. Las negociaciones realizadas exclusivamente entre gobiernos resultan cada vez más difíciles de sostener cuando los ciudadanos pueden observarlas, criticarlas y cuestionarlas prácticamente en tiempo real.

La CEDEAO debe, por tanto, fortalecer la mediación como una capacidad estratégica permanente y no tratarla simplemente como un instrumento diplomático de emergencia. Esto exige personal especializado, una capacidad más sólida de análisis político y económico, una mejor coordinación con los socios africanos e internacionales, financiación sostenida y, sobre todo, voluntad política por parte de los Estados miembros para permitir que los procesos de mediación lleguen a conclusiones significativas. El objetivo no debería ser únicamente gestionar las crisis una vez que han estallado, sino identificar las presiones estructurales que las generan e intervenir antes de que la confrontación política se convierta en una ruptura institucional.

La autoridad futura de la CEDEAO podría depender, en última instancia, de esta transformación. Una organización que solo puede castigar después de que una crisis haya estallado seguirá siendo reactiva. Una organización capaz de escuchar, mediar, anticipar y producir soluciones negociadas puede comenzar a recuperar la relevancia estratégica que ha perdido. El desafío para Bassirou Diomaye Faye y para la actual generación de dirigentes regionales no consiste, por tanto, únicamente en defender la Comunidad existente, sino en demostrar que las instituciones regionales pueden volver a ser instrumentos mediante los cuales los Estados de África Occidental resuelvan problemas que ningún gobierno nacional puede afrontar por sí solo.

  1. RESTAURAR EL DIÁLOGO CON LOS ESTADOS QUE SALIERON DE LA CEDEAO

La cuestión del diálogo con la Alianza de los Estados del Sahel constituye probablemente el asunto más urgente y complejo al que se enfrenta actualmente la CEDEAO. La Cumbre de Freetown reafirmó la voluntad de la Comunidad de continuar las conversaciones con Burkina Faso, Malí y Níger dentro de un marco de diálogo unificado, con el objetivo de preservar la cohesión institucional y evitar que se multipliquen las negociaciones bilaterales independientes. Este enfoque responde a una lógica institucional clara: los Estados miembros de la CEDEAO no deberían negociar por separado con cada uno de los países de la AES de una manera que pudiera generar divisiones internas y debilitar la posición colectiva de la Comunidad.

Este enfoque presenta ventajas evidentes. Un proceso de negociación fragmentado podría generar rivalidades entre los Estados miembros, debilitar la solidaridad regional y ofrecer a las autoridades de la AES un mayor margen para explotar las diferencias entre las capitales de África Occidental. Mantener un marco común permite, por el contrario, preservar una capacidad de negociación colectiva y evitar que las relaciones con los tres países se conviertan en una sucesión de acuerdos particulares. Sin embargo, la coherencia institucional también implica un riesgo político. Si se interpreta como rigidez o como una negativa a reconocer las circunstancias específicas de Burkina Faso, Malí y Níger, podría transformar el diálogo en una confrontación procedimental en lugar de convertirlo en un verdadero proceso de acercamiento.

La cuestión central, por tanto, no es si debe existir diálogo, sino bajo qué condiciones puede convertirse en un proceso políticamente productivo. La AES ya no es simplemente una agrupación de gobiernos en transición. Ha desarrollado progresivamente sus propios mecanismos de coordinación, ha establecido posiciones comunes y ha articulado un discurso político centrado en la soberanía, la autonomía estratégica y la redefinición de las alianzas exteriores. La CEDEAO debe reconocer esta realidad sin renunciar a sus propios principios. El diálogo solo podrá ser creíble si reconoce las transformaciones producidas desde las rupturas políticas de 2024 y, al mismo tiempo, mantiene abiertas las perspectivas de cooperación regional.

La decisión de mantener a Lansana Kouyaté como negociador principal, con un mandato renovado hasta diciembre de 2026, constituye una señal importante de continuidad. Pero la continuidad diplomática por sí sola no será suficiente. El margen de maniobra sigue siendo estrecho porque la AES ya ha emprendido esfuerzos para armonizar sus posiciones con el fin de abordar las negociaciones con la CEDEAO «con una sola voz». La ventana de diálogo sigue abierta, pero no es ilimitada. Podría cerrarse progresivamente si las posiciones institucionales se transforman en líneas rojas incompatibles o si las dos arquitecturas regionales dejan de considerar su interdependencia como un interés común.

El verdadero objetivo no debería ser obligar a los Estados de la AES a regresar al antiguo marco institucional a cualquier precio, sino reconstruir gradualmente las condiciones para una cooperación funcional. La movilidad de las personas, el comercio, las infraestructuras transfronterizas, la seguridad, la energía y los recursos hídricos no desaparecen cuando se interrumpen las relaciones institucionales. La geografía continúa generando interdependencia allí donde la política produce separación. Precisamente esta realidad podría constituir la base de un nuevo diálogo regional.

  1. LA CUESTIÓN DE LA LEGITIMIDAD DEMOCRÁTICA

La legitimidad de la CEDEAO depende también de su capacidad para defender la democracia con coherencia y consistencia. El Protocolo adicional sobre democracia y buena gobernanza establece un principio fundamental: el acceso al poder político debe producirse por medios constitucionales y democráticos, mientras que las violaciones del orden constitucional pueden justificar una respuesta colectiva. Este principio sigue siendo esencial. Pero para conservar su fuerza normativa debe aplicarse de manera previsible, equitativa e imparcial, independientemente del peso político de cada Estado miembro.

Es precisamente en este terreno donde la CEDEAO ha afrontado uno de sus mayores desafíos de legitimidad. La organización ha sido acusada en ocasiones de ejercer una firmeza excesiva frente a determinados regímenes mientras mostraba mayor tolerancia hacia otros gobiernos cuyas prácticas democráticas también eran cuestionadas. Estas percepciones no siempre están objetivamente justificadas, pero sus consecuencias políticas son reales. Refuerzan la idea de una doble vara de medir y debilitan la capacidad de la Comunidad para presentar sus intervenciones como la expresión de una norma regional común y no como el resultado de relaciones de poder entre los Estados.

La credibilidad democrática de la CEDEAO exige, por tanto, una aplicación coherente de sus propios principios. Las rupturas constitucionales, las restricciones a las libertades fundamentales, las limitaciones desproporcionadas a la libertad de expresión, las violaciones de derechos básicos y las interferencias con la independencia judicial deben ser evaluadas conforme a criterios comparables, independientemente del país afectado. Esto no significa que todas las crisis deban recibir exactamente la misma respuesta. Significa que las diferencias de tratamiento deben poder explicarse mediante diferencias objetivas de circunstancias y no por el peso político o económico de los Estados implicados.

La defensa de la democracia tampoco puede reducirse al castigo de los golpes de Estado una vez que estos se producen. Una organización regional verdaderamente democrática debe contribuir igualmente a crear las condiciones necesarias para que las instituciones constitucionales puedan funcionar eficazmente. Esto implica apoyar los procesos electorales, proporcionar asistencia técnica a las administraciones públicas, observar las elecciones, fortalecer las instituciones judiciales, acompañar las reformas constitucionales y mantener un diálogo permanente con las organizaciones de la sociedad civil. La democracia no comienza ni termina el día de las elecciones; depende de la solidez de las instituciones entre una elección y otra.

Este enfoque permitiría a la CEDEAO superar una concepción esencialmente defensiva de la democracia. En lugar de aparecer principalmente como una institución que interviene una vez que el orden constitucional ya se ha derrumbado, podría convertirse en un actor permanente de prevención y consolidación democrática. Su capacidad para actuar antes de que estalle una crisis, y no únicamente después, podría resultar decisiva para reconstruir su legitimidad.

  1. ¿HACIA UNA NUEVA DOCTRINA DE GOBERNANZA REGIONAL?

La crisis actual invita finalmente a la CEDEAO a replantearse su doctrina de gobernanza regional. El principio de «tolerancia cero frente a los golpes de Estado» sigue siendo indispensable, porque aceptar la toma del poder político por la fuerza debilitaría toda la arquitectura constitucional regional. Sin embargo, este principio ya no puede constituir por sí solo una doctrina política suficiente. Una organización confrontada simultáneamente con transiciones militares, terrorismo, fragmentación social, competencia geopolítica y pérdida de confianza pública necesita un marco estratégico mucho más amplio.

La primera dimensión de esta nueva doctrina debería ser la prevención. La CEDEAO debe invertir más en sistemas de alerta temprana, fortalecimiento de las instituciones democráticas, diálogo político permanente, prevención de conflictos sociales y desarrollo económico inclusivo. Un golpe de Estado rara vez constituye un acontecimiento completamente imprevisible. Por lo general, está precedido por tensiones institucionales, pérdida de confianza pública, dificultades económicas, conflictos sociales o un deterioro de la relación entre los gobiernos y los ciudadanos. Una política regional eficaz debería, por tanto, intentar intervenir antes de que estas presiones alcancen el punto de ruptura.

La segunda dimensión debería ser la condicionalidad positiva. Las sanciones probablemente seguirán formando parte del repertorio de la Comunidad, pero deberían complementarse con mecanismos capaces de recompensar los avances. El acceso preferencial a determinados mecanismos de financiación regional, la asistencia técnica, el apoyo institucional, las alianzas estratégicas y los programas de reforma podrían vincularse progresivamente a indicadores verificables de gobernanza, transparencia y respeto del orden constitucional. El objetivo sería transformar la integración regional en un sistema de incentivos y no únicamente en un sistema de restricciones.

La tercera dimensión debería ser la flexibilidad. La diversidad de las trayectorias políticas, económicas y de seguridad de África Occidental hace cada vez más difícil aplicar un modelo único. La CEDEAO debe poder adaptar sus instrumentos a las circunstancias nacionales manteniendo, al mismo tiempo, principios comunes claramente definidos. La flexibilidad no debe significar abandonar las normas. Debe significar desarrollar diferentes caminos hacia objetivos compartidos.

La cuarta dimensión debería ser la participación ciudadana. La integración regional no puede seguir siendo un asunto exclusivo de jefes de Estado, diplomáticos y tecnócratas. Debe convertirse en un proyecto comprendido y asumido por las poblaciones a las que pretende servir. Los jóvenes, las mujeres, las organizaciones de la sociedad civil, los empresarios, los académicos, las autoridades locales y las comunidades transfronterizas deben disponer de mayores oportunidades para participar en la definición de las prioridades regionales. Una CEDEAO que solo se dirige a los ciudadanos cuando estalla una crisis seguirá desconectada de las sociedades cuyos intereses afirma representar.

Una doctrina de este tipo implicaría una redefinición más profunda del papel de la Comunidad. El objetivo ya no sería simplemente preservar un orden institucional heredado del pasado, sino construir una forma de regionalismo capaz de responder a las realidades del siglo XXI. Seguridad, democracia, movilidad, energía, comercio, clima, transformación digital y desarrollo humano deberían entenderse cada vez más como dimensiones interconectadas de un mismo proyecto regional.

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La autoridad regional ya no puede proclamarse; debe demostrarse. La CEDEAO no recuperará su credibilidad únicamente mediante la firmeza institucional ni mediante la multiplicación de cumbres y declaraciones. Tendrá que demostrar, mediante una acción coherente, equitativa y eficaz, que la cooperación regional puede mejorar concretamente la vida de las poblaciones de África Occidental. El liderazgo de Bassirou Diomaye Faye y del general Birame Diop será juzgado, por tanto, menos por su capacidad para preservar los equilibrios institucionales existentes que por su capacidad para transformar un período de fragmentación en una oportunidad de renovación. La verdadera cuestión ya no consiste simplemente en cómo salvar la CEDEAO tal como existía, sino en cómo construir una Comunidad capaz de seguir siendo indispensable para el África Occidental del futuro.

III. LA AES Y LA NUEVA GEOGRAFÍA POLÍTICA DE ÁFRICA OCCIDENTAL

El Sahel en el centro de la reconfiguración regional

  1. EL SAHEL NO ES UNA PERIFERIA

Durante décadas, el Sahel fue considerado con frecuencia una zona periférica de África Occidental: árida, escasamente poblada, económicamente marginal y políticamente inestable. Esta percepción resulta cada vez más obsoleta. El Sahel se ha convertido en un centro estratégico de la región, un espacio en el que se están redefiniendo los equilibrios políticos, económicos y de seguridad de África Occidental en su conjunto.

Las cifras ilustran su importancia. Burkina Faso, Malí y Níger reúnen decenas de millones de habitantes y ocupan más de 2,8 millones de kilómetros cuadrados, lo que representa una parte considerable del territorio de África Occidental. Sus recursos naturales incluyen uranio, oro, petróleo y gas, mientras que su posición geográfica les confiere una importancia estratégica para los corredores de transporte, las rutas migratorias y las redes comerciales que conectan el norte de África con el África subsahariana. El Sahel no es, por tanto, simplemente una zona de transición geográfica entre el Sahara y las regiones meridionales del continente. Es un espacio en el que convergen intereses estratégicos de alcance regional e internacional.

La desestabilización del Sahel tiene consecuencias que van mucho más allá de los territorios de los tres países de la AES. Los grupos armados que operan en la región, entre ellos Jama’at Nusrat al Islam wal Muslimin y organizaciones vinculadas al Estado Islámico, han ampliado el alcance geográfico de la inseguridad y ejercen una presión creciente sobre los Estados situados más al sur. Las consecuencias trascienden el terrorismo: las rutas comerciales se ven perturbadas, las comunidades son desplazadas, las economías ilícitas se expanden y los Estados costeros afrontan presiones de seguridad cada vez mayores. La vulnerabilidad del Sahel se ha convertido, por tanto, en una vulnerabilidad regional.

El desempeño económico de los tres países de la AES también obliga a matizar la imagen de una región definida exclusivamente por la crisis. Según el informe anual del Banco de Inversión y Desarrollo de la CEDEAO, sus economías registraron conjuntamente un crecimiento aproximado del 5,5% en 2025. Níger alcanzó un crecimiento del 6,9%, impulsado por el aumento de la producción, las exportaciones de petróleo crudo y la resiliencia de la agricultura. Burkina Faso registró aproximadamente un 5,0%, apoyado por los servicios, la producción agrícola y la reactivación de la actividad minera en un contexto de precios elevados del oro. Malí alcanzó aproximadamente un 4,9%, pese a una moderada desaceleración de la actividad económica. Estas cifras no eliminan las vulnerabilidades estructurales de las tres economías, pero demuestran que el Sahel no puede analizarse únicamente a través del prisma de la inseguridad y la inestabilidad política.

  1. BURKINA FASO, MALÍ Y NÍGER: TRES TRAYECTORIAS, UNA NUEVA ALIANZA

Burkina Faso, Malí y Níger siguieron trayectorias políticas distintas, pero convergieron en torno a un rechazo común del orden regional que había prevalecido durante décadas. Malí experimentó golpes de Estado en 2020 y 2021, seguido por Burkina Faso en 2022 y Níger en 2023. Los gobiernos surgidos de estas rupturas se alejaron progresivamente de las alianzas tradicionales, particularmente de sus relaciones históricas con Francia, mientras buscaban nuevos socios exteriores, entre ellos una relación más estrecha con Rusia.

La Alianza de los Estados del Sahel, creada en septiembre de 2023, es por tanto mucho más que un acuerdo diplomático temporal. Representa una concepción alternativa de la cooperación regional basada en una soberanía nacional reafirmada, una cooperación funcional en lugar de una integración institucional profunda y una diversificación de las alianzas exteriores. La AES no rechaza la cooperación con los países vecinos como principio. Lo que reivindica es el derecho de sus miembros a determinar la naturaleza, el alcance y las condiciones de esa cooperación de acuerdo con sus propias prioridades estratégicas.

La alianza desempeña asimismo una función política importante para los gobiernos militares que la crearon. Ante las presiones internacionales y las interrogantes sobre su legitimidad política, los tres gobiernos han buscado reforzar su posición colectiva. La AES proporciona un marco diplomático común, facilita la coordinación en ámbitos como la seguridad y otorga mayor peso político a las reivindicaciones centradas en la soberanía y la autonomía estratégica. Su aparición responde, por tanto, tanto a un cálculo geopolítico como a un esfuerzo de los tres gobiernos por consolidar su posición dentro de un entorno regional en rápida transformación.

  1. EL SURGIMIENTO DE UNA ARQUITECTURA ALTERNATIVA

La AES ha comenzado a desarrollar sus propios mecanismos institucionales, incluidos un marco confederal, estructuras parlamentarias y mecanismos de coordinación. Esta arquitectura sigue siendo relativamente reciente y su durabilidad a largo plazo no puede darse por garantizada. Su futuro dependerá en gran medida de la capacidad de los tres países para transformar la solidaridad política en instituciones funcionales y demostrar avances verificables en materia de seguridad, cooperación económica y desarrollo.

La aparición de esta arquitectura alternativa representa, no obstante, un desafío estratégico directo para la CEDEAO. La cuestión ya no consiste simplemente en gestionar transiciones políticas dentro de los Estados miembros, sino en determinar cómo dos marcos regionales cada vez más diferenciados pueden coexistir dentro de un mismo espacio geográfico. La cuestión es especialmente importante porque ambos bloques continúan profundamente interconectados mediante el comercio, la migración, las infraestructuras, la seguridad y los recursos naturales compartidos.

La CEDEAO ha reconocido esta nueva realidad. Las conclusiones de la Cumbre de Freetown destacaron la necesidad de intensificar el diálogo con los países de la AES con el objetivo de establecer un mecanismo pragmático de cooperación en materia de seguridad, al tiempo que se mantiene una posición unificada en las negociaciones. Este enfoque sugiere que la organización está pasando progresivamente de una lógica centrada principalmente en restaurar el orden institucional anterior hacia un esfuerzo más complejo destinado a gestionar la coexistencia y preservar las formas esenciales de cooperación regional.

  1. SOBERANÍA NACIONAL FRENTE A INTEGRACIÓN INSTITUCIONAL

La tensión entre soberanía nacional e integración regional se encuentra en el centro de la división política entre la CEDEAO y la AES. Para la CEDEAO, la integración institucional constituye un instrumento para fortalecer la prosperidad y la seguridad colectiva. Permite a los Estados poner en común recursos, armonizar políticas y establecer mecanismos comunes capaces de responder a desafíos que superan las fronteras nacionales. Para los gobiernos de la AES, sin embargo, una integración institucional profunda puede percibirse como una limitación de la soberanía nacional, especialmente cuando las normas regionales son interpretadas como restricciones a la libertad de los gobiernos para determinar sus propias opciones políticas y de seguridad.

Esta tensión no es nueva. Desde la creación de la CEDEAO, los Estados miembros han tenido que equilibrar repetidamente las ventajas de la integración regional con la preservación de sus prerrogativas nacionales. Lo que ha cambiado es la intensidad política del debate. Los gobiernos militares del Sahel han colocado la soberanía en el centro de su discurso político y han presentado su ruptura con la CEDEAO como una afirmación de independencia nacional y autonomía estratégica.

La CEDEAO no puede responder a este desafío limitándose a defender el statu quo institucional. Debe demostrar que la integración también puede ser un instrumento de soberanía y no necesariamente su negación. Una soberanía colectiva, ejercida mediante instituciones creadas y gobernadas por los propios Estados africanos, puede proporcionar a los países una capacidad de negociación y una influencia estratégica que difícilmente podrían alcanzar de manera individual. Las infraestructuras compartidas, las políticas de seguridad coordinadas, los mercados integrados y la diplomacia colectiva pueden ampliar el margen de maniobra nacional en lugar de reducirlo.

El desafío más profundo es, por tanto, tanto conceptual como institucional. La CEDEAO debe convencer a los gobiernos y a los ciudadanos de que soberanía e integración no son necesariamente principios incompatibles. La verdadera elección quizá no sea entre soberanía nacional e integración regional, sino entre una soberanía aislada, que puede dejar a los Estados más expuestos a las presiones externas, y una soberanía cooperativa, mediante la cual los Estados ponen en común una parte de sus capacidades para reforzar su influencia colectiva. La capacidad de África Occidental para reconciliar estas dos visiones será una de las cuestiones decisivas de su futuro regional.

5. EL PAPEL DE LA SEGURIDAD EN LA NUEVA DOCTRINA DE LA AES

La seguridad constituye uno de los principales fundamentos de la AES. Los tres Estados comparten una importante vulnerabilidad frente a los grupos armados, una voluntad declarada de recuperar el control de sus territorios y una creciente desconfianza hacia determinados socios occidentales, cuyas acciones son consideradas insuficientes o, dentro del discurso político saheliano, asociadas a formas persistentes de dependencia. Esta convergencia ha contribuido a transformar la AES de un marco de solidaridad política en un mecanismo más amplio de cooperación estratégica.

La doctrina de seguridad que se está configurando en torno a la AES se articula en torno a varias prioridades: dar prioridad a la lucha contra los grupos armados, reforzar las capacidades militares nacionales, mejorar la coordinación operativa entre las fuerzas de los tres países, diversificar las asociaciones exteriores de seguridad y fortalecer el control de las fronteras. En su núcleo se encuentra una premisa central: los Estados del Sahel deben disponer de capacidades autónomas suficientes para garantizar su seguridad sin depender exclusivamente de una potencia externa. La diversificación de las asociaciones, incluida la cooperación con Rusia, Türkiye, China y otros actores emergentes, forma parte de esta búsqueda más amplia de autonomía estratégica.

Esta orientación tiene, sin embargo, importantes implicaciones regionales. Para la CEDEAO, el debilitamiento de la coordinación en materia de seguridad con los países de la AES podría complicar la lucha contra grupos armados cuyas actividades ignoran las fronteras institucionales. También plantea interrogantes sobre la naturaleza de la presencia militar extranjera en el Sahel, las condiciones de las nuevas asociaciones de defensa y sus consecuencias a largo plazo para el equilibrio estratégico de África Occidental. El desafío consiste, por tanto, en impedir que la fragmentación institucional se transforme en una fragmentación de la seguridad.

6. LAS NUEVAS ALIANZAS EXTERIORES

El acercamiento entre los Estados de la AES y Rusia constituye uno de los acontecimientos geopolíticos más visibles de los últimos años. En Malí, Burkina Faso y Níger, la cooperación en materia de seguridad con actores rusos ha adquirido progresivamente una mayor importancia en las estrategias de defensa de los gobiernos en el poder. La presencia de estructuras vinculadas a Rusia, especialmente tras la retirada progresiva de las fuerzas francesas y de otros socios occidentales, ha contribuido a modificar los equilibrios militares y diplomáticos de la región.

Este desarrollo no debe reducirse, sin embargo, a una simple sustitución de las potencias occidentales por Rusia. Los gobiernos sahelianos también buscan diversificar sus asociaciones para ampliar su margen de maniobra estratégico. La cooperación exterior se ha convertido así en un instrumento de negociación estratégica: obtener equipamiento, fortalecer las capacidades militares, acceder a financiación, desarrollar infraestructuras o conseguir apoyo diplomático, procurando al mismo tiempo evitar una dependencia exclusiva de un solo socio.

Esta diversificación va mucho más allá de Rusia. China, Türkiye, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudita también han desarrollado o ampliado sus relaciones con varios Estados de la región, cada uno de acuerdo con intereses e instrumentos diferentes. Pekín ha concedido especial importancia a las infraestructuras, los recursos y los mercados; Ankara combina diplomacia, comercio, cooperación en materia de defensa e influencia cultural; mientras que las potencias del Golfo disponen de importantes recursos financieros y amplían su presencia económica y diplomática.

La pluralización de las asociaciones exteriores ofrece a los Estados del Sahel nuevas oportunidades de negociación. También implica riesgos. La multiplicación de actores externos puede generar esferas de influencia concurrentes, prioridades estratégicas contradictorias y nuevas formas de dependencia mutua. La verdadera autonomía, por tanto, no depende necesariamente del número de socios, sino de la capacidad de un Estado para preservar su poder de decisión mientras negocia eficazmente con cada uno de ellos.

7. RUSIA, CHINA, TÜRKİYE, LAS POTENCIAS DEL GOLFO Y LOS SOCIOS OCCIDENTALES

África Occidental se ha convertido progresivamente en un espacio de competencia geopolítica entre varias potencias, cada una de las cuales busca preservar o ampliar su influencia. Rusia ha reforzado su presencia militar y diplomática en varios países del Sahel. China sigue siendo un actor importante en materia de infraestructuras, energía, telecomunicaciones, comercio e inversiones. Türkiye ha desarrollado una diplomacia cada vez más activa, acompañada de una expansión de sus relaciones comerciales y de su cooperación en materia de defensa. Las potencias del Golfo, por su parte, disponen de importantes recursos financieros y amplían su influencia mediante inversiones, infraestructuras, comercio y diferentes instrumentos diplomáticos.

Al mismo tiempo, la influencia occidental ha disminuido en varios países del Sahel. Francia, que históricamente mantenía una presencia política, militar y económica especialmente importante, se vio obligada a retirar sus fuerzas de Malí, Burkina Faso y Níger a medida que se deterioraban sus relaciones con los gobiernos surgidos de los golpes de Estado. Estados Unidos también ha tenido que revisar su posición regional tras los cambios políticos producidos en el Sahel y la reconsideración de determinados acuerdos de cooperación militar.

Esta transformación no significa que la influencia occidental haya desaparecido de África Occidental. Los Estados europeos, Estados Unidos y sus socios siguen disponiendo de capacidades importantes en materia de comercio, financiación del desarrollo, cooperación técnica, seguridad marítima e inversiones. El nuevo paisaje regional es, por tanto, menos una cuestión de sustitución de una potencia por otra que de una competencia mucho más abierta entre varios centros de influencia.

Esta competencia genera riesgos potenciales de inestabilidad, pero también puede crear oportunidades para los Estados de África Occidental. La posibilidad de elegir entre varios socios puede fortalecer su posición negociadora y permitirles obtener condiciones más favorables para determinados proyectos. Sin embargo, esta diversificación debe integrarse en estrategias nacionales coherentes; de lo contrario, la competencia exterior podría simplemente producir nuevas formas de dependencia.

8. LA TRANSFORMACIÓN DE LAS RELACIONES CON LAS ANTIGUAS POTENCIAS SOCIAS

La salida de Burkina Faso, Malí y Níger de la CEDEAO forma parte de una transformación más amplia de las relaciones entre varios Estados sahelianos y sus antiguos socios, particularmente Francia. Para los gobiernos de la AES, la reducción o el fin de la presencia militar francesa se ha convertido en un símbolo de soberanía recuperada y de voluntad de redefinir las relaciones con las antiguas potencias coloniales. La terminación de determinados acuerdos de cooperación militar, la retirada de las fuerzas francesas y las críticas cada vez más abiertas a las políticas de Francia han adquirido así una fuerte dimensión política.

La CEDEAO se encuentra directamente afectada por esta transformación. Sus Estados miembros no comparten una misma interpretación de sus relaciones con Francia, la Unión Europea, Estados Unidos o las potencias emergentes. Algunos desean preservar asociaciones estrechas con las potencias occidentales; otros defienden una diversificación mucho mayor. Esta diversidad de preferencias estratégicas dificulta la formulación de una política regional común y expone periódicamente a la CEDEAO a acusaciones de proximidad excesiva con determinados socios exteriores.

La organización debe evitar, por tanto, convertirse en un instrumento de rivalidad entre potencias externas. Su interés estratégico reside más bien en mantener relaciones de trabajo con todos los socios disponibles, occidentales y no occidentales, mientras defiende los intereses propios de África Occidental. El objetivo debería ser preservar la soberanía decisoria de la región, atraer inversiones y conocimientos útiles, fortalecer las capacidades locales y garantizar que las asociaciones exteriores respondan, ante todo, a las prioridades definidas por las sociedades de África Occidental.

9. LAS CONSECUENCIAS PARA LOS ESTADOS COSTEROS

La salida de los Estados sahelianos de la CEDEAO tiene consecuencias directas para los Estados costeros que permanecen dentro de la organización. Benín, Cabo Verde, Côte d’Ivoire, Gambia, Ghana, Guinea, Guinea Bissau, Liberia, Nigeria, Senegal, Sierra Leona y Togo operan ahora en un entorno de seguridad en el que la distinción tradicional entre el Sahel y las zonas costeras resulta cada vez más difícil de mantener. Los grupos armados ya han ampliado sus actividades hacia las zonas septentrionales de Benín, Togo y Côte d’Ivoire, demostrando que la frontera geográfica entre ambos espacios ya no constituye una barrera de seguridad suficiente.

Los Estados costeros también deben afrontar importantes consecuencias económicas y sociales: desplazamientos de población provocados por la violencia, creciente presión sobre los recursos locales, perturbación de determinados corredores comerciales y riesgos asociados a la expansión de las redes criminales transfronterizas. La seguridad no puede, por tanto, separarse de cuestiones relacionadas con el desarrollo, la gobernanza local, el empleo y la resiliencia de las comunidades fronterizas.

En este contexto, la CEDEAO sigue siendo esencial como marco de coordinación. La seguridad fronteriza, el intercambio de inteligencia, la lucha contra los tráficos ilícitos y la protección de las infraestructuras estratégicas requieren capacidades que superan las posibilidades de la mayoría de los Estados individualmente. Sin embargo, la propia organización se ha visto debilitada por la salida de los tres países sahelianos: ha perdido parte de su profundidad estratégica, de su potencial capacidad militar y de sus mecanismos de coordinación con territorios directamente expuestos a la amenaza.

10. EL GOLFO DE GUINEA FRENTE A LAS PRESIONES DE LA INESTABILIDAD SAHELIANA

El Golfo de Guinea constituye uno de los principales centros demográficos, económicos y comerciales de África Occidental. Los grandes puertos de Abiyán, Lagos, Lomé y Cotonú desempeñan funciones esenciales en el comercio regional y en la conexión de África Occidental con los mercados mundiales. La región también posee importantes recursos energéticos y concentra una parte significativa de la actividad industrial y comercial de África Occidental.

La inestabilidad saheliana ejerce una presión creciente sobre este espacio estratégico. La expansión de los grupos armados hacia las zonas septentrionales de los Estados costeros constituye la amenaza más visible, pero no es la única. Las redes de tráfico de drogas, armas y personas aprovechan las debilidades de los sistemas de control transfronterizo. La piratería marítima, que representó una amenaza importante durante la década de 2010, ha disminuido considerablemente gracias a la cooperación regional e internacional, aunque no ha desaparecido por completo.

La CEDEAO ha desarrollado mecanismos de cooperación en materia de seguridad marítima, pero la magnitud de los desafíos supera las capacidades actuales de numerosos Estados. Más importante aún, la seguridad del Golfo de Guinea no puede separarse de manera sostenible de la seguridad del Sahel. Ambos espacios están conectados por rutas comerciales, poblaciones, redes económicas y movimientos de grupos armados. La ruptura institucional entre la CEDEAO y la AES complica esta interdependencia, pero no la elimina.

11. COMERCIO, FRONTERAS Y MOVILIDAD: LA IMPOSIBILIDAD DE LA SEPARACIÓN

La salida de los Estados sahelianos de la CEDEAO no puede borrar los flujos económicos y humanos que atraviesan África Occidental. Las rutas comerciales, los corredores de transporte, las redes de movilidad y los intercambios entre comunidades no se detienen ante las fronteras institucionales. La interdependencia entre los Estados del Sahel y los Estados costeros constituye una realidad geográfica, económica y social anterior a las propias organizaciones regionales.

El comercio entre el Sahel y las zonas costeras es esencial para ambas partes. Los países sahelianos dependen de los puertos del sur para una parte importante de sus importaciones y exportaciones, mientras que las economías costeras se benefician de la demanda de los mercados sahelianos. La movilidad humana es igualmente importante: trabajadores, comerciantes, transportistas y familias se han desplazado durante décadas entre ambos espacios, creando redes sociales y económicas que no pueden eliminarse mediante una separación institucional.

La CEDEAO tiene, por tanto, un interés estratégico en preservar estos flujos pese a la salida de la AES. El objetivo de salvaguardar la movilidad regional, los intercambios económicos y las relaciones entre los pueblos de África Occidental sigue siendo fundamental. Sin embargo, su aplicación resulta más compleja en ausencia de un marco institucional común. El riesgo es una multiplicación de los controles, un aumento de los costes de transacción y un debilitamiento progresivo de la fluidez comercial que ha constituido uno de los principales logros del regionalismo de África Occidental.

12. CEDEAO Y AES: ¿CONFRONTACIÓN O COEXISTENCIA?

La cuestión fundamental es ahora la naturaleza de la relación entre la CEDEAO y la AES: ¿confrontación o coexistencia? La confrontación puede parecer el camino más sencillo. La CEDEAO podría considerar a la AES como un desafío directo a la integridad de su proyecto regional, mientras que los gobiernos sahelianos podrían seguir presentando a la CEDEAO como una institución dominada por los intereses de los Estados costeros o influida por potencias externas. Una lógica de este tipo conduciría, sin embargo, a una fragmentación duradera dentro de un espacio cuyas interdependencias siguen siendo profundas.

La coexistencia es más compleja, pero también más realista. Requiere que ambas partes reconozcan su existencia mutua, acepten sus diferencias institucionales e identifiquen ámbitos de cooperación pragmática. La seguridad transfronteriza, el comercio, la movilidad, la lucha contra los tráficos ilícitos, las infraestructuras regionales, la gestión de recursos compartidos y determinados asuntos diplomáticos son áreas en las que la cooperación funcional sigue siendo posible.

La CEDEAO ha comenzado a explorar este camino al reafirmar su voluntad de mantener el diálogo con los países de la AES y al considerar un mecanismo pragmático de cooperación en materia de seguridad. El camino, sin embargo, sigue siendo largo. La desconfianza política, las diferencias ideológicas, los intereses nacionales y las rivalidades geopolíticas continúan pesando considerablemente sobre las relaciones entre ambos bloques.

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La geografía continúa haciendo lo que la política a veces intenta deshacer. Las interdependencias económicas, humanas y de seguridad entre los Estados del Sahel y los Estados costeros constituyen una realidad que las instituciones pueden perturbar, ralentizar o reorganizar, pero no eliminar. La CEDEAO y la AES no están necesariamente condenadas a permanecer como adversarios permanentes; están, ante todo, confrontadas con la necesidad de definir las condiciones de una coexistencia pragmática. El futuro del regionalismo de África Occidental dependerá menos de la capacidad de uno de los bloques para imponer su modelo que de la capacidad de ambos para reconocer una realidad fundamental: ninguna frontera institucional puede borrar de manera permanente una interdependencia de naturaleza geográfica, económica y humana.

V. LA ECONOMÍA: EL NUEVO POSIBLE CEMENTO DE LA INTEGRACIÓN

Del espacio económico a la potencia regional

1. La promesa económica original

La CEDEAO nació de una promesa fundamental: que la integración económica permitiría estimular el desarrollo, ampliar los intercambios comerciales y contribuir a reducir la pobreza en África Occidental. Esa promesa sigue estando en gran medida inconclusa, pero continúa ocupando un lugar central en la legitimidad de la organización. Sus fundadores comprendieron que una región fragmentada en mercados nacionales relativamente pequeños tendría dificultades para competir eficazmente en el escenario mundial. La integración fue concebida, por tanto, como un medio para alcanzar la escala económica necesaria, poner en común recursos, desarrollar infraestructuras regionales y ampliar las oportunidades para todos los Estados miembros, siempre que los beneficios de la integración pudieran distribuirse mediante mecanismos regionales eficaces.

Cincuenta años después, el balance es desigual. Se han logrado avances importantes en ámbitos como la libre circulación de personas, los corredores regionales de transporte y las interconexiones energéticas. Sin embargo, la promesa económica más amplia de la integración está lejos de haberse cumplido plenamente. El comercio intrarregional sigue siendo limitado, las deficiencias de infraestructura continúan restringiendo la actividad económica, la dependencia de los mercados externos sigue siendo considerable y la pobreza, aunque ha disminuido en algunos países, continúa siendo uno de los principales desafíos del desarrollo regional.

2. Los límites del comercio intrarregional

El comercio intrarregional en África Occidental pasó de representar aproximadamente el 5% del comercio total en la década de 1980 a alrededor del 12% al 15% en la actualidad. Cerca de 15.000 empresas se benefician del régimen de liberalización comercial, mientras que más de 50.000 productos circulan bajo acuerdos arancelarios preferenciales. Este avance es real, pero sigue limitado por importantes debilidades estructurales. Las economías de África Occidental continúan estando insuficientemente diversificadas y dependen en gran medida de las materias primas; muchas empresas locales siguen siendo pequeñas y carecen de la competitividad necesaria para operar eficazmente en los mercados regionales; y las barreras no arancelarias continúan obstaculizando la circulación de bienes.

La CEDEAO ha establecido instrumentos destinados a facilitar el comercio, entre ellos el Arancel Exterior Común, el mecanismo regional de compensación de pagos y diversas medidas de facilitación comercial. Sin embargo, su aplicación sigue siendo incompleta. Algunos Estados miembros no han adoptado plenamente el Arancel Exterior Común, los procedimientos aduaneros continúan siendo complejos y las infraestructuras de transporte siguen sin responder a las necesidades regionales. La salida de los Estados sahelianos podría profundizar estas debilidades. Cualquier perturbación de los corredores comerciales que conectan el Sahel con las economías costeras podría tener consecuencias importantes para toda la región. Preservar los mecanismos comerciales y de movilidad sigue siendo, por tanto, esencial a pesar de la ruptura institucional.

3. Las barreras no arancelarias

Las barreras no arancelarias, que incluyen normas, reglamentos, procedimientos administrativos y controles fronterizos, pueden resultar más restrictivas que los propios derechos de aduana. Elevan los costes de las transacciones, ralentizan la circulación de mercancías y limitan las oportunidades de las empresas locales. La CEDEAO ha intentado reducir estos obstáculos mediante la armonización de las normas sanitarias, fitosanitarias y técnicas, la modernización de los procedimientos aduaneros y el desarrollo de sistemas de ventanilla única. Estos esfuerzos han producido resultados, pero siguen existiendo obstáculos importantes. Los Estados miembros continúan aplicando reglamentaciones diferentes, los procedimientos fronterizos pueden ser prolongados y los funcionarios de aduanas y fronteras no siempre disponen de la formación o los recursos necesarios para aplicar eficazmente las normas regionales.

Las barreras no arancelarias ilustran una de las dificultades centrales de la integración regional. A menudo proceden de decisiones nacionales que pueden ser legítimas por sí mismas, especialmente cuando se refieren a la salud, la seguridad o la protección del medio ambiente, pero que pueden generar importantes distorsiones cuando no están coordinadas a escala regional. Su reducción requiere, por tanto, mecanismos de supervisión más sólidos, una mayor convergencia normativa y procedimientos creíbles para resolver las controversias.

4. Libre circulación: avances, tensiones y límites

La libre circulación de personas constituye uno de los logros más tangibles de la integración de África Occidental. Millones de ciudadanos se desplazan dentro del espacio de la CEDEAO por motivos laborales, educativos, comerciales o familiares. Este principio tiene sus raíces en el Tratado de Lagos y en los protocolos posteriores, y ha contribuido significativamente al desarrollo de redes económicas y sociales regionales.

Sin embargo, la libre circulación también genera tensiones. Algunos Estados miembros han expresado preocupación por la migración y por la presión que los movimientos de población pueden ejercer sobre los servicios públicos. La movilidad también puede convertirse en una fuente de tensión social cuando los migrantes son percibidos como competidores de los trabajadores locales. Al mismo tiempo, las medidas de seguridad destinadas a controlar los movimientos transfronterizos pueden entrar en conflicto con el principio de libre circulación. La CEDEAO ha intentado gestionar estas tensiones mediante instrumentos regionales como el pasaporte de la CEDEAO y los documentos de identidad regionales, así como mediante esfuerzos para facilitar el reconocimiento de las cualificaciones profesionales. El desafío consiste en conciliar los beneficios económicos y sociales de la movilidad con las legítimas preocupaciones en materia de seguridad y estabilidad social.

5. Infraestructuras y corredores regionales

Las infraestructuras constituyen un factor determinante de la integración económica. La CEDEAO ha desarrollado varios corredores regionales importantes, entre ellos el corredor Abiyán Lagos, que conecta Côte d’Ivoire, Ghana, Togo, Benín y Nigeria; el corredor Dakar Bamako, que une Senegal y Malí; y el corredor Tema Uagadugú, que conecta Ghana y Burkina Faso. Estas rutas son esenciales para el comercio regional, la movilidad y los intercambios económicos.

Sin embargo, el déficit de infraestructuras sigue siendo considerable. Las carreteras suelen encontrarse en mal estado, las redes ferroviarias son obsoletas o incompletas, los puertos enfrentan limitaciones de capacidad y algunos aeropuertos requieren una modernización significativa. El desarrollo de infraestructuras constituye, por tanto, una tarea de largo plazo que exige grandes inversiones y una planificación coordinada. La CEDEAO ha impulsado diversas iniciativas importantes, entre ellas estudios sobre corredores de transporte, proyectos de interconexión eléctrica y el gasoducto atlántico. La cartera regional de inversiones identificada representa un monto estimado de 131.000 millones de euros distribuidos en 201 grandes proyectos. Su ejecución, sin embargo, continúa enfrentando restricciones financieras, retrasos administrativos y rivalidades entre Estados.

6. Energía e interdependencia

La energía es uno de los ámbitos en los que la interdependencia regional resulta especialmente visible. El Sistema de Intercambio de Energía Eléctrica de África Occidental permite compartir recursos energéticos entre las fronteras nacionales, de modo que países productores de electricidad como Ghana, Côte d’Ivoire y Nigeria pueden abastecer a países que enfrentan déficits, entre ellos Benín, Togo y Burkina Faso. Esta interconexión puede reducir costes y limitar los riesgos asociados a las escaseces energéticas.

Sin embargo, el sistema eléctrico regional sigue siendo frágil. Algunas redes necesitan modernización, las inversiones siguen siendo insuficientes y las perturbaciones provocadas por sequías, conflictos o fallos técnicos pueden generar desequilibrios regionales. La integración energética es, por tanto, tanto un logro como una vulnerabilidad: su eficacia depende de la estabilidad y fiabilidad del sistema regional en su conjunto.

El gasoducto atlántico Nigeria Marruecos representa otra dimensión importante de la integración energética regional. El proyecto podría suministrar gas natural a países de África Occidental y del norte de África, creando nuevos vínculos económicos y energéticos que superarían las fronteras nacionales.

7. El gasoducto atlántico

El gasoducto atlántico es un proyecto estratégico para África Occidental. Diseñado para transportar gas natural nigeriano hacia Marruecos a través de varios países de África Occidental, podría transformar el panorama energético de la región. Su coste previsto asciende a decenas de miles de millones de dólares, lo que lo convierte en uno de los proyectos de infraestructura más ambiciosos vinculados actualmente a la integración económica regional.

Los países de la CEDEAO aprobaron el acuerdo intergubernamental relativo al proyecto durante la cumbre de Freetown, demostrando su respaldo a una integración energética de gran escala. Sin embargo, el gasoducto enfrenta importantes desafíos, entre ellos la financiación, la seguridad y su viabilidad económica. Su trazado atraviesa zonas en las que la inestabilidad continúa siendo una preocupación seria, mientras que su dimensión exige una coordinación política e institucional sostenida entre los Estados participantes.

Si se ejecuta con éxito, el proyecto podría generar empleo, ingresos fiscales y nuevas oportunidades de desarrollo industrial. Al mismo tiempo, su éxito dependería precisamente del tipo de coordinación regional sostenida que se ha vuelto más difícil en el actual contexto de fragmentación política.

8. Agricultura y seguridad alimentaria

La agricultura sigue siendo fundamental para la estructura económica y social de África Occidental. Emplea a una gran parte de la población activa, contribuye directamente a la seguridad alimentaria y proporciona ingresos a millones de hogares. Sin embargo, el sector continúa enfrentando una baja productividad, dependencia de insumos importados, una creciente exposición al cambio climático y un acceso limitado a los mercados.

Las perspectivas alimentarias de la región siguen siendo preocupantes. Según las últimas estimaciones del Marco Armonizado, aproximadamente 49,5 millones de personas podrían enfrentar inseguridad alimentaria durante la próxima temporada de escasez, y Nigeria concentraría más del 60% de la población en riesgo. En los tres Estados de la AES, aproximadamente 7,5 millones de personas fueron clasificadas en situación de crisis alimentaria, emergencia o hambruna a comienzos de 2025.

La CEDEAO ha desarrollado una política agrícola regional, ECOWAP, destinada a aumentar la producción, reducir la dependencia de las importaciones y fortalecer la seguridad alimentaria. El Fondo Regional para la Agricultura y la Alimentación, gestionado por el Banco de Inversión y Desarrollo de la CEDEAO, aprobó su programa de trabajo y presupuesto para el período 2025 a 2027 con el objetivo de intensificar la financiación de los programas agrícolas en los Estados miembros. Creado en 2011, el fondo tiene como misión principal financiar el programa regional de inversiones asociado a ECOWAP.

9. Industrialización y cadenas de valor regionales

La industrialización de África Occidental constituye un objetivo de largo plazo. Las economías de la región siguen dependiendo en gran medida de las exportaciones de materias primas, entre ellas petróleo, minerales, cacao y café. Esta dependencia expone a los países a las fluctuaciones de los precios internacionales de las materias primas y limita su capacidad para generar empleo diversificado y actividades económicas de mayor valor añadido.

La CEDEAO ha identificado varios ámbitos en los que podría avanzar la industrialización regional, entre ellos la transformación de productos agrícolas, la industria ligera, la energía y las industrias extractivas. El desarrollo de cadenas de valor regionales permitiría a los países especializarse en determinadas etapas de la producción y comerciar con bienes transformados, en lugar de depender principalmente de la exportación de materias primas.

La integración industrial, sin embargo, no es automática ni políticamente sencilla. Los Estados miembros pueden mostrarse reticentes a abrir sus mercados a productos procedentes de países vecinos por temor a la competencia con sus propias industrias. La CEDEAO debe, por tanto, conciliar los objetivos de integración regional con la necesidad de proteger y fortalecer las industrias emergentes mediante mecanismos adecuados de apoyo y adaptación.

10. Digitalización del comercio

La digitalización del comercio representa una oportunidad importante para las economías de África Occidental. El comercio electrónico, los pagos móviles y las plataformas digitales pueden reducir los costes de transacción, ampliar el acceso a los mercados y crear nuevas oportunidades para las empresas locales. La CEDEAO ha puesto en marcha iniciativas destinadas a respaldar esta transformación, entre ellas sistemas de ventanilla única para simplificar los procedimientos aduaneros, medidas destinadas a facilitar los pagos móviles y esfuerzos para promover el desarrollo de plataformas de comercio digital.

La digitalización también podría contribuir a reducir las disparidades regionales. Las zonas rurales y remotas que siguen estando deficientemente conectadas mediante infraestructuras físicas pueden acceder a mercados más amplios a través de las tecnologías digitales. Aprovechar plenamente este potencial requiere, sin embargo, inversiones sostenidas en infraestructuras digitales, redes y servicios. La dimensión regional será, por tanto, esencial si la transformación digital ha de convertirse en un instrumento de integración económica más amplia y no en una nueva fuente de desigualdad.

11. El papel del sector privado

El sector privado es un actor central de la integración económica. Las empresas transnacionales, las cámaras de comercio y las asociaciones profesionales contribuyen directamente a ampliar el comercio y desarrollar cadenas de valor regionales. La CEDEAO debe, por tanto, trabajar estrechamente con las empresas, no solo para facilitar sus actividades, sino también para incorporar su experiencia práctica a la formulación de las políticas económicas regionales.

La Federación de Cámaras de Comercio de la CEDEAO actúa como vínculo entre el sector privado y las instituciones regionales. Promueve reformas destinadas a crear un entorno empresarial más favorable, entre ellas la simplificación de los procedimientos, la armonización de las normas y el desarrollo de ventanillas únicas.

Una integración económica eficaz depende, en última instancia, de un diálogo público privado significativo. Las políticas diseñadas sin una participación sustancial de la comunidad empresarial corren el riesgo de estar mal adaptadas a las realidades económicas o de resultar difíciles de aplicar. La CEDEAO necesita, por tanto, mecanismos institucionales capaces de incorporar a representantes del sector privado en las consultas regionales y en los procesos de toma de decisiones. La integración económica no puede seguir siendo únicamente un proyecto intergubernamental; su sostenibilidad dependerá cada vez más de la capacidad de las empresas y de los ciudadanos para experimentar sus beneficios en la vida económica cotidiana.

12. Juventud, empleo y transformación económica

La juventud constituye uno de los principales activos demográficos y económicos de África Occidental, pero también uno de sus desafíos estructurales más importantes. Aproximadamente el 60 % de la población de la región tiene menos de veinticinco años. Esta generación está, en términos generales, mejor formada, más conectada a las redes digitales y más expuesta a las transformaciones de la economía mundial, pero continúa enfrentándose a un mercado laboral caracterizado por la escasez de empleo formal, el predominio del sector informal y la precariedad de los ingresos. La cuestión del empleo juvenil no puede, por tanto, separarse de la transformación productiva de la región.

Esta transformación exige inversiones sostenidas en educación, formación profesional, infraestructuras y acceso a las tecnologías, junto con reformas capaces de mejorar el entorno empresarial, apoyar el emprendimiento y ampliar el acceso a la financiación. La CEDEAO ha puesto en marcha varias iniciativas en estos ámbitos, entre ellas programas de formación, mecanismos de apoyo al emprendimiento y medidas destinadas a facilitar la movilidad profesional. Sin embargo, su impacto sigue limitado por la insuficiencia de recursos y una coordinación todavía imperfecta. En una región caracterizada por un fuerte crecimiento demográfico, la creación de empleos productivos para los jóvenes debe considerarse no solo una prioridad económica, sino también una condición esencial para la estabilidad social y política.

13. CEDEAO y AES: ¿confrontación o coexistencia?

La relación entre la CEDEAO y la AES no puede separarse de esta realidad económica y humana. La ruptura institucional no ha eliminado los flujos comerciales, los corredores de transporte, los movimientos de población ni las interdependencias energéticas y financieras que vinculan a los Estados del Sahel con las economías costeras. La cuestión fundamental ya no consiste únicamente en determinar si ambos bloques pueden evitar la confrontación, sino en saber si pueden establecer una coexistencia pragmática dentro de un espacio regional cuyas realidades económicas trascienden las fronteras institucionales.

La confrontación puede parecer, a corto plazo, el camino más sencillo. La CEDEAO puede considerar a la AES un desafío directo a su proyecto de integración, mientras que los gobiernos sahelianos pueden seguir presentando a la Comunidad como una institución dominada por los intereses de los Estados costeros o influida por potencias externas. Sin embargo, esta lógica corre el riesgo de profundizar la fragmentación regional a largo plazo. Las economías del Sahel dependen de los puertos y corredores de transporte costeros para acceder a los mercados internacionales, mientras que las economías costeras tienen un fuerte interés en preservar sus intercambios con los mercados sahelianos. La geografía económica impone, por tanto, restricciones que la ruptura política no puede eliminar.

La coexistencia resulta, en consecuencia, más compleja, pero también más realista. Requiere que la CEDEAO y la AES reconozcan sus respectivas realidades institucionales, acepten sus diferencias políticas y busquen mecanismos de cooperación en aquellos ámbitos donde sus intereses sigan convergiendo. La seguridad transfronteriza, el comercio, la movilidad humana, la lucha contra las redes de tráfico ilícito, las infraestructuras regionales, la gestión de los recursos compartidos y determinadas cuestiones diplomáticas son ámbitos en los que sigue siendo posible una cooperación funcional. La CEDEAO ha reafirmado su voluntad de mantener el diálogo con los Estados de la AES y de explorar un mecanismo pragmático de cooperación en materia de seguridad. Esto no resuelve las divergencias políticas de fondo, pero abre la posibilidad de una relación basada menos en la confrontación institucional y más en la gestión de las interdependencias compartidas.

14. Del tamaño del mercado al poder económico

La integración económica ofrece a los Estados de África Occidental la posibilidad de superar la simple lógica del tamaño del mercado y construir un verdadero poder económico regional. La puesta en común de mercados, recursos, infraestructuras y capacidades puede proporcionar a la región la masa crítica necesaria para aumentar su influencia en las negociaciones internacionales, atraer mayores inversiones y reforzar su capacidad de negociación frente a las principales potencias económicas.

La CEDEAO posee un potencial considerable: cerca de 400 millones de consumidores, importantes recursos naturales y una posición geográfica estratégica que conecta el Atlántico, el Sahel y los principales mercados africanos. Sin embargo, este potencial sigue estando en gran medida sin realizar mientras las economías nacionales permanezcan insuficientemente integradas. La cuestión central ya no es simplemente el número de consumidores o el volumen acumulado de los recursos regionales, sino la capacidad de transformar estos activos dispersos en una fuerza económica coherente.

Esta transformación exige profundizar la integración, armonizar en mayor medida las políticas económicas y comerciales y disponer de instituciones regionales capaces de garantizar la aplicación efectiva de las decisiones comunes. Se trata tanto de una cuestión de voluntad política como de racionalidad económica. Sin un compromiso sostenido de los Estados miembros, el tamaño del mercado seguirá siendo una simple cifra estadística; con una integración efectiva, puede convertirse en un verdadero instrumento de poder.

15. La integración como instrumento de soberanía colectiva

La integración económica también puede entenderse como un instrumento de soberanía colectiva. En un entorno internacional dominado por grandes bloques económicos y relaciones de poder profundamente asimétricas, los Estados que actúan individualmente suelen disponer de una capacidad de negociación limitada. Por el contrario, una región capaz de coordinar sus políticas, poner en común determinados recursos y expresarse con una voz común puede defender mejor sus intereses y negociar con sus socios externos sobre bases más equilibradas.

Esta perspectiva permite superar la oposición tradicional entre integración y soberanía. Poner en común determinadas competencias no significa necesariamente renunciar a ellas; puede, por el contrario, permitir que los Estados refuercen colectivamente capacidades que difícilmente podrían ejercer de manera individual. El desafío consiste en convencer a los gobiernos y a las poblaciones de que esta soberanía colectiva genera beneficios tangibles y verificables.

La CEDEAO debe, por tanto, presentar la integración como un medio y no como un fin institucional en sí mismo. Su relevancia se medirá, en última instancia, por su capacidad para mejorar las condiciones de vida, facilitar el comercio, crear empleo, desarrollar las infraestructuras y contribuir a la estabilidad regional. Cuando la integración produce resultados concretos, se convierte en una fuente de soberanía y prosperidad; cuando permanece principalmente en el ámbito institucional, corre el riesgo de perder progresivamente su capacidad de convencer.

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Una integración que no produzca una prosperidad tangible terminará perdiendo su legitimidad. La credibilidad económica de la CEDEAO dependerá, por tanto, menos de la multiplicación de mecanismos institucionales que de su capacidad para generar resultados visibles en la vida cotidiana de las poblaciones de África Occidental: infraestructuras funcionales, oportunidades de empleo, una circulación más fluida de bienes y personas, un acceso más amplio a la energía y el desarrollo de nuevas cadenas de valor regionales. La cuestión fundamental ya no es simplemente saber si África Occidental puede integrarse, sino si esa integración puede generar una prosperidad suficientemente tangible como para volver a convertirse en un proyecto político compartido.

VI. EL IMPERATIVO CIUDADANO: DE LA CEDEAO DE LOS ESTADOS A LA CEDEAO DE LOS PUEBLOS

La próxima batalla será la de la confianza

1. ¿Qué significa la integración para un ciudadano común?

La cuestión de la integración regional suele abordarse en términos abstractos: instituciones, tratados y políticas públicas. Sin embargo, para un ciudadano común de África Occidental, la integración se traduce en realidades concretas: la libertad de desplazarse, la posibilidad de encontrar empleo, el acceso a bienes y servicios a precios asequibles y la seguridad de las personas y los bienes. La CEDEAO fue creada para servir a las poblaciones, pero con frecuencia se percibe como un asunto reservado a los jefes de Estado. Las cumbres y decisiones regionales pueden parecer distantes y poco comprensibles para los ciudadanos, y este déficit de cercanía constituye un problema de legitimidad. Si las poblaciones no perciben con claridad lo que la integración aporta a sus vidas, difícilmente podrán respaldarla. La CEDEAO debe, por tanto, mejorar su comunicación y su transparencia, explicar con claridad sus políticas, sus objetivos y sus resultados, y establecer mecanismos permanentes para escuchar a las poblaciones e incorporar sus preocupaciones en la toma de decisiones. La integración no puede seguir siendo únicamente un proyecto institucional; debe convertirse en una experiencia compartida.

2. Movilidad y libre circulación

La libre circulación constituye uno de los beneficios más tangibles de la integración regional. Millones de ciudadanos de África Occidental pueden atravesar las fronteras sin visado, establecerse en otros países y desarrollar allí actividades profesionales, comerciales o educativas. Para quienes se benefician de ella, esta movilidad representa una fuente de oportunidades: permite encontrar empleo, estudiar, comerciar o reunirse con familiares. Sin embargo, también puede generar tensiones cuando determinados sectores de la población perciben la llegada de trabajadores extranjeros como una presión sobre el mercado laboral o los servicios públicos. La movilidad plantea asimismo una dimensión de seguridad, ya que los mismos espacios de circulación pueden ser utilizados por redes criminales o grupos armados. El desafío para la CEDEAO consiste, por tanto, en preservar el principio de libre circulación sin ignorar las preocupaciones legítimas relacionadas con la seguridad y la cohesión social. Esto exige políticas de acompañamiento, cooperación fronteriza, apoyo a las comunidades de acogida y mecanismos eficaces de gestión de los flujos regionales.

3. Empleo y oportunidades

El empleo constituye una de las principales preocupaciones de las poblaciones de África Occidental. La CEDEAO puede contribuir a la creación de oportunidades mediante la movilidad profesional, el apoyo a las empresas regionales y el desarrollo de programas de formación, pero sus resultados deben ser visibles y mensurables. El reconocimiento de las cualificaciones profesionales representa un instrumento esencial: un ciudadano formado en un Estado miembro debería poder ejercer su profesión en otro sin enfrentarse a procedimientos excesivamente largos y costosos. Aunque se han registrado avances, persisten obstáculos derivados de la aplicación desigual de los acuerdos regionales. El apoyo al emprendimiento es igualmente decisivo, especialmente para los jóvenes, que necesitan acceso a financiación, procedimientos administrativos simplificados y acompañamiento técnico. La CEDEAO debe reforzar estas políticas mediante fondos regionales y alianzas con el sector privado, porque una integración que no genera oportunidades económicas perceptibles difícilmente puede conservar su legitimidad social.

4. Precios, alimentación y poder adquisitivo

El coste de la vida constituye una preocupación permanente para los hogares de África Occidental. Los precios de los alimentos, la energía y los servicios afectan directamente al poder adquisitivo y, por extensión, a la estabilidad social. La integración económica puede contribuir a contener estos costes mediante la facilitación del comercio, la ampliación de los mercados y una mejor circulación de productos entre los Estados. La CEDEAO ha desarrollado mecanismos regionales de seguridad alimentaria y ha promovido la producción agrícola local, pero los precios continúan expuestos a las fluctuaciones de los mercados internacionales, los impactos climáticos y las distorsiones internas. La estabilidad de los precios es, por ello, una cuestión económica y también política. Los aumentos bruscos del coste de los alimentos y de los bienes esenciales pueden alimentar protestas y descontento social. La organización regional debe ser capaz de anticipar las crisis, mejorar los sistemas de información sobre los mercados y fortalecer los mecanismos colectivos de respuesta.

5. Electricidad y servicios esenciales

El acceso a la electricidad, al agua, a la salud y a la educación constituye una condición fundamental del bienestar de las poblaciones. En numerosas zonas de África Occidental, especialmente en las áreas rurales, ese acceso continúa siendo insuficiente. La integración regional puede contribuir a reducir estas desigualdades mediante la puesta en común de inversiones, la coordinación de políticas y el desarrollo de infraestructuras compartidas. Las interconexiones eléctricas permiten transferir energía hacia los territorios deficitarios, mientras que los corredores regionales facilitan el transporte de bienes y personas hacia los principales centros económicos y de servicios. La CEDEAO debe situar el acceso a los servicios esenciales en el centro de su agenda de integración y garantizar que los proyectos regionales respondan a las necesidades reales de las poblaciones, con mecanismos adecuados de transparencia, financiación y evaluación de resultados.

6. Seguridad y dignidad

La seguridad constituye una condición fundamental de la dignidad humana. Sin seguridad, las poblaciones no pueden desarrollar normalmente sus actividades, educar a sus hijos ni construir proyectos económicos sostenibles. La CEDEAO tiene, por tanto, una responsabilidad importante en la protección del espacio regional. Pero la seguridad no puede reducirse a la ausencia de violencia. Incluye también la seguridad económica, entendida como la posibilidad de acceder a un empleo y a medios de subsistencia; la seguridad alimentaria, que supone disponer de alimentos suficientes; y la seguridad sanitaria, vinculada al acceso a servicios de salud adecuados. Una concepción moderna de la seguridad regional debe integrar estas dimensiones. La dignidad exige asimismo que las instituciones traten a los ciudadanos con respeto, transparencia y responsabilidad. La lucha contra la discriminación, la exclusión y los abusos de poder forma parte de esta misma exigencia. Una organización regional no puede reclamar legitimidad si las poblaciones perciben que sus instituciones son distantes, opacas o indiferentes ante sus dificultades.

7. La juventud de África Occidental

La juventud representa uno de los principales activos estratégicos de África Occidental, pero también uno de sus mayores desafíos. Los jóvenes se encuentran entre los más afectados por el desempleo, la precariedad y la falta de perspectivas, pero también son quienes utilizan con mayor intensidad las nuevas tecnologías y participan activamente en los debates políticos y sociales. La CEDEAO debe convertir la juventud en una prioridad estratégica mediante políticas de empleo, formación, emprendimiento y participación ciudadana. No se trata únicamente de diseñar programas destinados a los jóvenes, sino de incorporar a los propios jóvenes en la definición de las políticas que afectan a su futuro. La participación juvenil es también una cuestión de legitimidad institucional. Cuando una generación entera considera que las instituciones existentes no representan sus aspiraciones, aumenta la posibilidad de que busque otras formas de organización política y social. Crear espacios permanentes de diálogo y participación juvenil debe ser, por ello, parte de la renovación del proyecto regional.

8. Una generación conectada

Los jóvenes de África Occidental forman una generación conectada, habituada a utilizar redes sociales, plataformas digitales y aplicaciones móviles para comunicarse, informarse y organizarse. Esta conectividad constituye una enorme oportunidad, pero también expone a las sociedades a la desinformación, la manipulación y la circulación de discursos extremistas. La CEDEAO debe aprovechar las tecnologías digitales para acercarse a las nuevas generaciones, desarrollar plataformas de información y diálogo, comunicar sus políticas de manera directa y crear herramientas que permitan una participación ciudadana más amplia. La conectividad representa asimismo una oportunidad económica. Los jóvenes pueden crear empresas digitales, desarrollar servicios innovadores y acceder a mercados regionales e internacionales sin depender exclusivamente de las infraestructuras económicas tradicionales. Para aprovechar ese potencial, la CEDEAO debe favorecer el desarrollo de infraestructuras digitales, marcos regulatorios adecuados y mecanismos de financiación accesibles.

9. Las redes sociales y la percepción de la política regional

Las redes sociales desempeñan un papel cada vez más importante en la formación de opiniones y percepciones políticas. Millones de ciudadanos utilizan WhatsApp, Facebook, X y otras plataformas para informarse, intercambiar noticias y debatir cuestiones regionales, aunque una parte de los contenidos que circulan no haya sido verificada. En este entorno, la percepción de la CEDEAO puede deteriorarse rápidamente cuando sus decisiones son consideradas ineficaces, burocráticas o alejadas de las preocupaciones cotidianas. Las campañas de desinformación pueden amplificar estas percepciones, pero la respuesta institucional no puede limitarse a denunciar la desinformación. La CEDEAO necesita desarrollar una estrategia de comunicación digital basada en información verificable, capacidad de respuesta y diálogo directo con los ciudadanos. Una presencia más activa en las plataformas digitales y una relación más estrecha con medios de comunicación y actores de la sociedad civil permitirían explicar mejor las decisiones regionales y responder con mayor rapidez a las críticas.

10. La batalla narrativa

La batalla narrativa constituye una dimensión cada vez más importante de la política regional. La CEDEAO se enfrenta a relatos contradictorios que la presentan, según los casos, como un instrumento de dominación de determinadas potencias regionales, una burocracia ineficaz o un mecanismo todavía vinculado a las antiguas relaciones de dependencia. Frente a estas narrativas, la organización necesita construir un relato creíble de la integración basado no en declaraciones institucionales, sino en resultados concretos: movilidad, comercio, empleo, seguridad, infraestructura y solidaridad regional. La cuestión no consiste simplemente en mejorar la comunicación, sino en demostrar mediante hechos que la cooperación regional produce beneficios para las poblaciones. La batalla narrativa es, en última instancia, una batalla por la legitimidad. Ninguna estrategia de comunicación puede sustituir indefinidamente a resultados tangibles.

11. La brecha entre las instituciones y las poblaciones

Existe una brecha significativa entre las instituciones de la CEDEAO y una parte importante de las poblaciones que estas instituciones pretenden representar. Muchos ciudadanos tienen una percepción limitada de las competencias de la organización, de sus mecanismos de decisión y de los efectos concretos de sus políticas. Esta distancia alimenta la sensación de que la integración es un proyecto concebido por las élites políticas y administrativas, pero insuficientemente conectado con las preocupaciones cotidianas. Reducir esta brecha es una cuestión de legitimidad, pero también de eficacia. Las políticas regionales tienen mayores posibilidades de funcionar cuando incorporan desde el principio las necesidades y expectativas de las sociedades a las que están destinadas. La participación ciudadana no debe ser concebida como un complemento simbólico de la integración; debe convertirse en uno de sus instrumentos de gobernanza.

12. Reconstruir la confianza

La confianza constituye el fundamento de toda institución política duradera. En el caso de la CEDEAO, las crisis políticas, las controversias en torno a las sanciones, las dificultades de aplicación de determinadas decisiones y la percepción de una burocracia distante han contribuido a erosionar esa confianza. Reconstruirla exigirá tiempo y, sobre todo, resultados verificables. Será necesario mejorar la calidad de los servicios regionales, reforzar la transparencia, fortalecer la rendición de cuentas y demostrar que las decisiones adoptadas producen beneficios concretos para las poblaciones. La confianza también se reconstruye mediante el diálogo. La CEDEAO debe establecer relaciones más estructuradas con las organizaciones de la sociedad civil, los sindicatos, las asociaciones profesionales, los medios de comunicación, las universidades y los ciudadanos. La legitimidad regional no puede descansar únicamente en los gobiernos; necesita también una base social capaz de reconocer el proyecto de integración como propio.

Tesis CPGNNews

La CEDEAO ya no puede ser únicamente un asunto de jefes de Estado; debe convertirse en un asunto de ciudadanos. Esta afirmación implica una transformación profunda de una tradición de gobernanza regional esencialmente intergubernamental. La próxima etapa de la integración no dependerá únicamente de nuevos tratados, nuevas instituciones o nuevas declaraciones políticas, sino de la capacidad de la organización para demostrar que la cooperación regional mejora concretamente la vida de las poblaciones. Transparencia, participación, movilidad, empleo, seguridad, servicios esenciales y oportunidades económicas deben convertirse en los indicadores visibles de esa transformación. Si la CEDEAO logra acercar sus instituciones a las sociedades que pretende integrar, podrá reconstruir una parte de la confianza perdida y devolver contenido político y humano a la idea de una comunidad de África Occidental.

VI. EL IMPERATIVO CIUDADANO: DE LA CEDEAO DE LOS ESTADOS A LA CEDEAO DE LOS PUEBLOS

La próxima batalla será la de la confianza

1. ¿Qué significa la integración para un ciudadano común?

La cuestión de la integración regional suele abordarse en términos abstractos: instituciones, tratados y políticas públicas. Sin embargo, para un ciudadano común de África Occidental, la integración se traduce en realidades concretas: la libertad de desplazarse, la posibilidad de encontrar empleo, el acceso a bienes y servicios a precios asequibles y la seguridad de las personas y los bienes. La CEDEAO fue creada para servir a las poblaciones, pero con frecuencia se percibe como un asunto reservado a los jefes de Estado. Las cumbres y decisiones regionales pueden parecer distantes y poco comprensibles para los ciudadanos, y este déficit de cercanía constituye un problema de legitimidad. Si las poblaciones no perciben con claridad lo que la integración aporta a sus vidas, difícilmente podrán respaldarla. La CEDEAO debe, por tanto, mejorar su comunicación y su transparencia, explicar con claridad sus políticas, sus objetivos y sus resultados, y establecer mecanismos permanentes para escuchar a las poblaciones e incorporar sus preocupaciones en la toma de decisiones. La integración no puede seguir siendo únicamente un proyecto institucional; debe convertirse en una experiencia compartida.

2. Movilidad y libre circulación

La libre circulación constituye uno de los beneficios más tangibles de la integración regional. Millones de ciudadanos de África Occidental pueden atravesar las fronteras sin visado, establecerse en otros países y desarrollar allí actividades profesionales, comerciales o educativas. Para quienes se benefician de ella, esta movilidad representa una fuente de oportunidades: permite encontrar empleo, estudiar, comerciar o reunirse con familiares. Sin embargo, también puede generar tensiones cuando determinados sectores de la población perciben la llegada de trabajadores extranjeros como una presión sobre el mercado laboral o los servicios públicos. La movilidad plantea asimismo una dimensión de seguridad, ya que los mismos espacios de circulación pueden ser utilizados por redes criminales o grupos armados. El desafío para la CEDEAO consiste, por tanto, en preservar el principio de libre circulación sin ignorar las preocupaciones legítimas relacionadas con la seguridad y la cohesión social. Esto exige políticas de acompañamiento, cooperación fronteriza, apoyo a las comunidades de acogida y mecanismos eficaces de gestión de los flujos regionales.

3. Empleo y oportunidades

El empleo constituye una de las principales preocupaciones de las poblaciones de África Occidental. La CEDEAO puede contribuir a la creación de oportunidades mediante la movilidad profesional, el apoyo a las empresas regionales y el desarrollo de programas de formación, pero sus resultados deben ser visibles y mensurables. El reconocimiento de las cualificaciones profesionales representa un instrumento esencial: un ciudadano formado en un Estado miembro debería poder ejercer su profesión en otro sin enfrentarse a procedimientos excesivamente largos y costosos. Aunque se han registrado avances, persisten obstáculos derivados de la aplicación desigual de los acuerdos regionales. El apoyo al emprendimiento es igualmente decisivo, especialmente para los jóvenes, que necesitan acceso a financiación, procedimientos administrativos simplificados y acompañamiento técnico. La CEDEAO debe reforzar estas políticas mediante fondos regionales y alianzas con el sector privado, porque una integración que no genera oportunidades económicas perceptibles difícilmente puede conservar su legitimidad social.

4. Precios, alimentación y poder adquisitivo

El coste de la vida constituye una preocupación permanente para los hogares de África Occidental. Los precios de los alimentos, la energía y los servicios afectan directamente al poder adquisitivo y, por extensión, a la estabilidad social. La integración económica puede contribuir a contener estos costes mediante la facilitación del comercio, la ampliación de los mercados y una mejor circulación de productos entre los Estados. La CEDEAO ha desarrollado mecanismos regionales de seguridad alimentaria y ha promovido la producción agrícola local, pero los precios continúan expuestos a las fluctuaciones de los mercados internacionales, los impactos climáticos y las distorsiones internas. La estabilidad de los precios es, por ello, una cuestión económica y también política. Los aumentos bruscos del coste de los alimentos y de los bienes esenciales pueden alimentar protestas y descontento social. La organización regional debe ser capaz de anticipar las crisis, mejorar los sistemas de información sobre los mercados y fortalecer los mecanismos colectivos de respuesta.

5. Electricidad y servicios esenciales

El acceso a la electricidad, al agua, a la salud y a la educación constituye una condición fundamental del bienestar de las poblaciones. En numerosas zonas de África Occidental, especialmente en las áreas rurales, ese acceso continúa siendo insuficiente. La integración regional puede contribuir a reducir estas desigualdades mediante la puesta en común de inversiones, la coordinación de políticas y el desarrollo de infraestructuras compartidas. Las interconexiones eléctricas permiten transferir energía hacia los territorios deficitarios, mientras que los corredores regionales facilitan el transporte de bienes y personas hacia los principales centros económicos y de servicios. La CEDEAO debe situar el acceso a los servicios esenciales en el centro de su agenda de integración y garantizar que los proyectos regionales respondan a las necesidades reales de las poblaciones, con mecanismos adecuados de transparencia, financiación y evaluación de resultados.

6. Seguridad y dignidad

La seguridad constituye una condición fundamental de la dignidad humana. Sin seguridad, las poblaciones no pueden desarrollar normalmente sus actividades, educar a sus hijos ni construir proyectos económicos sostenibles. La CEDEAO tiene, por tanto, una responsabilidad importante en la protección del espacio regional. Pero la seguridad no puede reducirse a la ausencia de violencia. Incluye también la seguridad económica, entendida como la posibilidad de acceder a un empleo y a medios de subsistencia; la seguridad alimentaria, que supone disponer de alimentos suficientes; y la seguridad sanitaria, vinculada al acceso a servicios de salud adecuados. Una concepción moderna de la seguridad regional debe integrar estas dimensiones. La dignidad exige asimismo que las instituciones traten a los ciudadanos con respeto, transparencia y responsabilidad. La lucha contra la discriminación, la exclusión y los abusos de poder forma parte de esta misma exigencia. Una organización regional no puede reclamar legitimidad si las poblaciones perciben que sus instituciones son distantes, opacas o indiferentes ante sus dificultades.

7. La juventud de África Occidental

La juventud representa uno de los principales activos estratégicos de África Occidental, pero también uno de sus mayores desafíos. Los jóvenes se encuentran entre los más afectados por el desempleo, la precariedad y la falta de perspectivas, pero también son quienes utilizan con mayor intensidad las nuevas tecnologías y participan activamente en los debates políticos y sociales. La CEDEAO debe convertir la juventud en una prioridad estratégica mediante políticas de empleo, formación, emprendimiento y participación ciudadana. No se trata únicamente de diseñar programas destinados a los jóvenes, sino de incorporar a los propios jóvenes en la definición de las políticas que afectan a su futuro. La participación juvenil es también una cuestión de legitimidad institucional. Cuando una generación entera considera que las instituciones existentes no representan sus aspiraciones, aumenta la posibilidad de que busque otras formas de organización política y social. Crear espacios permanentes de diálogo y participación juvenil debe ser, por ello, parte de la renovación del proyecto regional.

8. Una generación conectada

Los jóvenes de África Occidental forman una generación conectada, habituada a utilizar redes sociales, plataformas digitales y aplicaciones móviles para comunicarse, informarse y organizarse. Esta conectividad constituye una enorme oportunidad, pero también expone a las sociedades a la desinformación, la manipulación y la circulación de discursos extremistas. La CEDEAO debe aprovechar las tecnologías digitales para acercarse a las nuevas generaciones, desarrollar plataformas de información y diálogo, comunicar sus políticas de manera directa y crear herramientas que permitan una participación ciudadana más amplia. La conectividad representa asimismo una oportunidad económica. Los jóvenes pueden crear empresas digitales, desarrollar servicios innovadores y acceder a mercados regionales e internacionales sin depender exclusivamente de las infraestructuras económicas tradicionales. Para aprovechar ese potencial, la CEDEAO debe favorecer el desarrollo de infraestructuras digitales, marcos regulatorios adecuados y mecanismos de financiación accesibles.

9. Las redes sociales y la percepción de la política regional

Las redes sociales desempeñan un papel cada vez más importante en la formación de opiniones y percepciones políticas. Millones de ciudadanos utilizan WhatsApp, Facebook, X y otras plataformas para informarse, intercambiar noticias y debatir cuestiones regionales, aunque una parte de los contenidos que circulan no haya sido verificada. En este entorno, la percepción de la CEDEAO puede deteriorarse rápidamente cuando sus decisiones son consideradas ineficaces, burocráticas o alejadas de las preocupaciones cotidianas. Las campañas de desinformación pueden amplificar estas percepciones, pero la respuesta institucional no puede limitarse a denunciar la desinformación. La CEDEAO necesita desarrollar una estrategia de comunicación digital basada en información verificable, capacidad de respuesta y diálogo directo con los ciudadanos. Una presencia más activa en las plataformas digitales y una relación más estrecha con medios de comunicación y actores de la sociedad civil permitirían explicar mejor las decisiones regionales y responder con mayor rapidez a las críticas.

10. La batalla narrativa

La batalla narrativa constituye una dimensión cada vez más importante de la política regional. La CEDEAO se enfrenta a relatos contradictorios que la presentan, según los casos, como un instrumento de dominación de determinadas potencias regionales, una burocracia ineficaz o un mecanismo todavía vinculado a las antiguas relaciones de dependencia. Frente a estas narrativas, la organización necesita construir un relato creíble de la integración basado no en declaraciones institucionales, sino en resultados concretos: movilidad, comercio, empleo, seguridad, infraestructura y solidaridad regional. La cuestión no consiste simplemente en mejorar la comunicación, sino en demostrar mediante hechos que la cooperación regional produce beneficios para las poblaciones. La batalla narrativa es, en última instancia, una batalla por la legitimidad. Ninguna estrategia de comunicación puede sustituir indefinidamente a resultados tangibles.

11. La brecha entre las instituciones y las poblaciones

Existe una brecha significativa entre las instituciones de la CEDEAO y una parte importante de las poblaciones que estas instituciones pretenden representar. Muchos ciudadanos tienen una percepción limitada de las competencias de la organización, de sus mecanismos de decisión y de los efectos concretos de sus políticas. Esta distancia alimenta la sensación de que la integración es un proyecto concebido por las élites políticas y administrativas, pero insuficientemente conectado con las preocupaciones cotidianas. Reducir esta brecha es una cuestión de legitimidad, pero también de eficacia. Las políticas regionales tienen mayores posibilidades de funcionar cuando incorporan desde el principio las necesidades y expectativas de las sociedades a las que están destinadas. La participación ciudadana no debe ser concebida como un complemento simbólico de la integración; debe convertirse en uno de sus instrumentos de gobernanza.

12. Reconstruir la confianza

La confianza constituye el fundamento de toda institución política duradera. En el caso de la CEDEAO, las crisis políticas, las controversias en torno a las sanciones, las dificultades de aplicación de determinadas decisiones y la percepción de una burocracia distante han contribuido a erosionar esa confianza. Reconstruirla exigirá tiempo y, sobre todo, resultados verificables. Será necesario mejorar la calidad de los servicios regionales, reforzar la transparencia, fortalecer la rendición de cuentas y demostrar que las decisiones adoptadas producen beneficios concretos para las poblaciones. La confianza también se reconstruye mediante el diálogo. La CEDEAO debe establecer relaciones más estructuradas con las organizaciones de la sociedad civil, los sindicatos, las asociaciones profesionales, los medios de comunicación, las universidades y los ciudadanos. La legitimidad regional no puede descansar únicamente en los gobiernos; necesita también una base social capaz de reconocer el proyecto de integración como propio.

Tesis CPGNNews

La CEDEAO ya no puede ser únicamente un asunto de jefes de Estado; debe convertirse en un asunto de ciudadanos. Esta afirmación implica una transformación profunda de una tradición de gobernanza regional esencialmente intergubernamental. La próxima etapa de la integración no dependerá únicamente de nuevos tratados, nuevas instituciones o nuevas declaraciones políticas, sino de la capacidad de la organización para demostrar que la cooperación regional mejora concretamente la vida de las poblaciones. Transparencia, participación, movilidad, empleo, seguridad, servicios esenciales y oportunidades económicas deben convertirse en los indicadores visibles de esa transformación. Si la CEDEAO logra acercar sus instituciones a las sociedades que pretende integrar, podrá reconstruir una parte de la confianza perdida y devolver contenido político y humano a la idea de una comunidad de África Occidental.

VII. LA NUEVA FRONTERA: DIGITALIZACIÓN, IA Y CLIMA

La integración regional ante los desafíos que los antiguos tratados no habían previsto

1. El África Occidental digital

África Occidental atraviesa una profunda transformación digital. La penetración de la telefonía móvil ha alcanzado niveles elevados, las redes de fibra óptica continúan expandiéndose y los centros de datos comienzan a implantarse en distintos puntos de la región. Esta transformación representa una oportunidad importante para el desarrollo económico, la prestación de servicios públicos y la participación ciudadana.

Sin embargo, la transformación digital también genera nuevas vulnerabilidades. La dependencia de tecnologías importadas puede exponer a los Estados a riesgos relacionados con la soberanía tecnológica. La brecha digital entre las zonas urbanas y rurales, así como entre generaciones, puede profundizar las desigualdades existentes. Las amenazas cibernéticas, incluidos los ataques informáticos, la desinformación y la delincuencia en línea, también pueden contribuir a la desestabilización de las sociedades.

La CEDEAO debe, por tanto, desarrollar una estrategia digital regional capaz de maximizar estas oportunidades y reducir al mismo tiempo los riesgos asociados. Esta estrategia debería abarcar la inversión en infraestructuras, el desarrollo de competencias digitales, la protección de datos y la regulación de las plataformas digitales.

2. Infraestructuras y soberanía digital

Las infraestructuras digitales, incluidos los cables submarinos, las redes terrestres y los centros de datos, constituyen la columna vertebral de la economía digital. África Occidental sigue dependiendo en gran medida de infraestructuras propiedad de empresas extranjeras o gestionadas por ellas. Esta dependencia genera vulnerabilidades: una interrupción de un cable o una decisión unilateral de un operador puede perturbar la conectividad en amplias zonas de la región.

La soberanía digital se ha convertido, por ello, en una cuestión estratégica para la CEDEAO. La organización debería fomentar el desarrollo de infraestructuras regionales, la creación de centros de datos locales y el surgimiento de empresas digitales regionales capaces de competir a escala internacional. También debería mantener un diálogo estructurado con los operadores extranjeros para garantizar que las redes sean seguras, resilientes y fiables.

La soberanía digital no significa autarquía tecnológica. Significa garantizar que las decisiones relativas a las infraestructuras y los datos se adopten cada vez más dentro de África Occidental y en función de los intereses de sus poblaciones, y no principalmente de acuerdo con las decisiones de actores externos.

3. Datos y dependencia tecnológica

Los datos se han convertido en un recurso estratégico. Las plataformas digitales recopilan, procesan y monetizan enormes cantidades de información de los usuarios, mientras que los Estados de África Occidental mantienen un control limitado sobre estos flujos, que con frecuencia son procesados en centros de datos situados fuera de la región.

La dependencia tecnológica constituye igualmente un desafío importante. Los programas informáticos, las aplicaciones y los sistemas operativos utilizados en África Occidental son desarrollados, en su mayoría, por empresas extranjeras. Esta dependencia limita la capacidad de innovación local y expone a los Estados y a las sociedades a nuevas formas de vulnerabilidad tecnológica.

La CEDEAO debería, por tanto, promover el desarrollo de una industria digital regional. Esto requiere inversiones en investigación, formación de ingenieros y desarrolladores de software y apoyo a las empresas emergentes. También exige políticas de contenido local capaces de favorecer el desarrollo de soluciones tecnológicas adaptadas a las necesidades y realidades específicas de la región.

4. Inteligencia artificial y transformación económica

La inteligencia artificial es una tecnología capaz de transformar profundamente las economías y las sociedades de África Occidental. La IA puede mejorar la productividad en numerosos sectores, entre ellos la agricultura, la salud, la educación, el transporte y la logística. También puede contribuir a afrontar desafíos complejos, como la previsión de epidemias y la gestión de los recursos hídricos.

Pero la IA también implica riesgos. Los algoritmos pueden reproducir sesgos existentes, mientras que la automatización puede transformar o eliminar determinadas formas de empleo. La CEDEAO debe, por tanto, adoptar un enfoque equilibrado de la IA, capaz de maximizar sus beneficios potenciales y, al mismo tiempo, establecer mecanismos para limitar sus riesgos.

La IA es también una cuestión de soberanía. Muchos de los principales modelos de inteligencia artificial del mundo son desarrollados por empresas extranjeras y entrenados con conjuntos de datos que no reflejan necesariamente las realidades de África Occidental. La CEDEAO debería fomentar, por ello, el desarrollo de capacidades regionales de IA basadas en datos pertinentes y adaptadas a los contextos de África Occidental.

5. IA, seguridad y gobernanza

La IA tiene aplicaciones cada vez más importantes en el ámbito de la seguridad, entre ellas el análisis de inteligencia, la vigilancia de fronteras y la prevención de conflictos. Utilizada adecuadamente, puede mejorar la eficiencia de las operaciones de seguridad y contribuir a anticipar amenazas emergentes.

Al mismo tiempo, la IA plantea cuestiones éticas y jurídicas de gran importancia. La vigilancia masiva, el uso de datos personales con fines de seguridad y la toma automatizada de decisiones, incluso en ámbitos como la administración de visados, son cuestiones particularmente sensibles. La CEDEAO debería establecer normas y marcos regulatorios que encuadren el uso de la IA en materia de seguridad y administración pública.

La gobernanza de la IA se está convirtiendo, por tanto, en una cuestión regional. La CEDEAO debería coordinar las posiciones de sus Estados miembros en materia de regulación de la inteligencia artificial para evitar la fragmentación normativa y garantizar que las tecnologías emergentes sean utilizadas en beneficio del interés público.

6. Desinformación y democracia

La desinformación constituye un desafío creciente para las democracias de África Occidental. Las informaciones falsas, los rumores y las manipulaciones deliberadas pueden desestabilizar las sociedades, influir en los procesos electorales y debilitar la confianza de los ciudadanos en las instituciones. Las redes sociales son con frecuencia los principales canales de propagación de este tipo de contenidos.

La CEDEAO debería combatir la desinformación mediante la promoción de la alfabetización mediática, el periodismo de calidad y una gobernanza responsable de las plataformas digitales. También debería apoyar mecanismos capaces de identificar y corregir informaciones manifiestamente falsas.

Esta tarea es particularmente delicada, porque la lucha contra la desinformación puede entrar en tensión con la libertad de expresión. La CEDEAO debe, por tanto, encontrar un equilibrio cuidadoso entre la protección de las sociedades democráticas frente a la manipulación informativa y la preservación de las libertades fundamentales.

7. El clima como multiplicador de las crisis

El cambio climático actúa cada vez más como un multiplicador de las crisis existentes en África Occidental. Las sequías, las inundaciones y las tormentas son cada vez más frecuentes e intensas, amenazando la agricultura, la ganadería, las infraestructuras y la salud pública. Estas presiones pueden intensificar las tensiones sociales, los desplazamientos forzados y la competencia por los recursos naturales.

La CEDEAO ha adoptado políticas regionales destinadas a hacer frente al cambio climático, incluidas medidas de adaptación y mitigación. Sin embargo, los recursos destinados a estos esfuerzos siguen siendo insuficientes y la coordinación entre los Estados miembros continúa siendo limitada.

El cambio climático representa un desafío existencial para África Occidental. La región es particularmente vulnerable y debe adaptarse de manera rápida y colectiva. La CEDEAO debería, por tanto, convertir la resiliencia climática y la acción frente al cambio climático en una prioridad estratégica de su agenda regional.

8. Agua, agricultura y recursos naturales

El agua es indispensable para la agricultura, el consumo humano y la industria. El cambio climático está modificando los patrones de disponibilidad de agua en los distintos Estados de África Occidental, lo que plantea la posibilidad de que la competencia por este recurso se intensifique en los próximos años.

La agricultura, que depende en gran medida de la disponibilidad de agua, también está cada vez más expuesta a las presiones climáticas. La reducción de los rendimientos agrícolas podría poner en peligro la seguridad alimentaria de la región. La CEDEAO debería desarrollar, por tanto, estrategias integradas de gestión de los recursos hídricos y adaptación de la agricultura.

La gestión de los recursos naturales es asimismo un ámbito en el que la cooperación regional resulta indispensable. Las cuencas hidrográficas compartidas, incluida la cuenca del Níger, requieren coordinación entre los Estados que dependen de ellas. La CEDEAO debería reforzar los mecanismos destinados a la gestión conjunta y sostenible de estos recursos compartidos.

9. Desplazamientos de población

Los desplazamientos de población constituyen una de las principales consecuencias asociadas al cambio climático. Las comunidades que viven en zonas vulnerables, incluidas las regiones áridas y las zonas costeras bajas, pueden verse obligadas a desplazarse hacia áreas más seguras. Estos movimientos internos y transfronterizos pueden generar tensiones sociales, conflictos y desafíos humanitarios.

La CEDEAO ha establecido mecanismos para hacer frente a los desplazamientos de población, pero sus recursos siguen siendo limitados. La región necesita una estrategia integral para gestionar los desplazamientos relacionados con el clima, incluida la identificación de las zonas vulnerables, la planificación de los desplazamientos, la protección de las poblaciones desplazadas y mecanismos destinados a gestionar las tensiones sociales.

Los desplazamientos de población constituyen también una cuestión de solidaridad regional. Los Estados más vulnerables necesitarán el apoyo de sus vecinos para evitar que la movilidad vinculada al clima se transforme en crisis humanitarias de mayor alcance.

10. Urbanización y vulnerabilidad

La rápida urbanización es una de las principales tendencias que configuran el África Occidental contemporánea. Las ciudades están creciendo a un ritmo acelerado, a menudo sin una planificación adecuada. Este crecimiento genera vulnerabilidades, entre ellas asentamientos informales, insuficiencia de los servicios públicos, contaminación e inseguridad.

Las ciudades de África Occidental también están cada vez más expuestas a los riesgos climáticos. Las inundaciones, las olas de calor y las tormentas pueden causar daños considerables en zonas urbanas densamente pobladas. La CEDEAO debería, por tanto, integrar de manera más sistemática la dimensión urbana en sus políticas de desarrollo sostenible.

La urbanización, sin embargo, no constituye únicamente una fuente de vulnerabilidad. Las ciudades son también motores de crecimiento económico, empleo e innovación. La CEDEAO debería apoyar políticas urbanas capaces de aprovechar estas oportunidades al tiempo que reducen los riesgos asociados a una expansión descontrolada o deficientemente planificada.

11. Energía y transición

La transición energética se está convirtiendo en una cuestión estratégica de primer orden para África Occidental. La región sigue dependiendo ampliamente de los combustibles fósiles, especialmente del petróleo y el gas, mientras que fuentes renovables como la energía solar, eólica e hidroeléctrica ofrecen importantes oportunidades para un desarrollo más sostenible.

La transición energética es también una cuestión de seguridad. Reducir la dependencia de las importaciones de combustibles fósiles puede reforzar la seguridad y la resiliencia energética de la región. La CEDEAO debería, por tanto, fomentar las inversiones en energías renovables y eficiencia energética.

La transición requiere asimismo cooperación regional. Las interconexiones eléctricas pueden contribuir a equilibrar la producción y el consumo de energía entre los Estados miembros. La CEDEAO debería fortalecer las redes regionales de interconexión y coordinar las políticas nacionales de transición energética.

12. Una nueva doctrina regional para el siglo XXI

Los desafíos derivados de la transformación digital, la inteligencia artificial y el cambio climático exigen una nueva doctrina regional para la CEDEAO. Esta doctrina debería integrar estas dimensiones emergentes en las políticas de la organización y elaborarse mediante consultas con los actores relevantes, entre ellos la sociedad civil, el sector privado, los jóvenes y las mujeres.

La nueva doctrina debe ser flexible y adaptable. Las tecnologías evolucionan con rapidez, mientras que los impactos y las perturbaciones relacionados con el clima son difíciles de prever. La CEDEAO necesita, por tanto, mecanismos capaces de ajustar y revisar periódicamente sus políticas en función de las circunstancias cambiantes.

La doctrina también debe ser inclusiva. Las poblaciones, los jóvenes, las mujeres y los actores locales deben participar en la definición y aplicación de las políticas regionales. La integración regional no puede seguir diseñándose exclusivamente dentro de las instituciones, sin una participación significativa de los ciudadanos a quienes pretende servir.

Idea rectora

Una organización creada en el siglo XX debe ahora gobernar las transformaciones del siglo XXI.

La CEDEAO fue creada para responder a los principales desafíos de su época: la integración económica, la liberalización del comercio y la construcción de un espacio regional de paz. Estos objetivos siguen siendo pertinentes, pero ahora coexisten con una nueva generación de desafíos: la transformación digital, la inteligencia artificial y el cambio climático. La CEDEAO debe adaptarse a este nuevo entorno si quiere seguir siendo un instrumento pertinente y eficaz de integración regional.

VIII. LA MIRADA CARIBEÑA: UNA LECCIÓN PARA EL SUR GLOBAL

Lo que África Occidental también dice del Caribe

1. ¿Por qué mirar África Occidental desde el Caribe?

La mirada caribeña sobre África Occidental no es una simple curiosidad académica. Se fundamenta en paralelismos históricos, culturales y geopolíticos profundos. Ambas regiones son producto de procesos históricos comunes: la trata de esclavos, la colonización y las independencias. Comparten lenguas como el inglés, el francés, el portugués y el español, así como culturas y desafíos similares: desarrollo económico, seguridad, integración regional y soberanía.

Pero los paralelismos no son únicamente históricos. También son políticos. La CARICOM, al igual que la CEDEAO, es una organización de integración regional confrontada con problemas similares: la tensión entre soberanía nacional e integración institucional, las dificultades de coordinación entre Estados con intereses divergentes y los desafíos derivados de la globalización.

Mirar África Occidental desde el Caribe significa, por tanto, mirar también al propio Caribe, con sus propias preguntas y sus propias respuestas. La experiencia de la CEDEAO ofrece lecciones para la CARICOM, y la experiencia de la CARICOM ofrece, a su vez, lecciones para la CEDEAO.

2. CEDEAO y CARICOM: similitudes y diferencias

La CEDEAO y la CARICOM presentan similitudes: ambas son organizaciones de integración regional creadas en la década de 1970, con objetivos económicos y políticos. Ambas enfrentan desafíos relacionados con la coordinación entre Estados miembros, la aplicación de las políticas adoptadas y la legitimidad ante sus respectivas poblaciones.

Pero también existen diferencias importantes. La CEDEAO es una organización de gran escala, integrada por Estados de dimensiones muy diversas, desde Nigeria hasta Cabo Verde, con múltiples lenguas y niveles de desarrollo desiguales. La CARICOM es más pequeña, reúne Estados de dimensiones relativamente reducidas, tiene una predominancia lingüística del inglés y presenta niveles de desarrollo relativamente más homogéneos.

Estas diferencias condicionan los desafíos de la integración. La CEDEAO debe gestionar desequilibrios de poder, rivalidades entre grandes Estados y profundas brechas de desarrollo. La CARICOM, por su parte, debe afrontar la realidad de Estados muy pequeños, economías vulnerables y fuertes dependencias externas.

3. El problema permanente de la soberanía

El problema de la soberanía es central en ambas organizaciones. Los Estados miembros mantienen un fuerte apego a su soberanía nacional y muestran reservas ante la transferencia de competencias a las instituciones regionales. Esta reticencia limita el alcance de la integración y frena determinadas reformas.

En ambas organizaciones, la cuestión se plantea en términos similares: ¿cómo conciliar la necesidad de una integración regional más profunda con la preservación de las prerrogativas nacionales? La respuesta varía según los Estados: algunos muestran una mayor disposición hacia la integración, mientras que otros son más cautelosos.

La CEDEAO quizá haya avanzado más en el plano institucional: dispone de mecanismos de sanción, una fuerza de reserva y políticas comunes en determinados ámbitos. La CARICOM, por su parte, privilegia una integración más flexible, basada principalmente en el consenso y no en mecanismos coercitivos.

4. La integración sin borrar a los Estados

La integración regional no significa la desaparición de los Estados. Las organizaciones regionales son instrumentos de cooperación entre Estados soberanos, no superestados. Esta realidad, que en ocasiones se olvida, constituye un principio fundamental de ambas organizaciones.

Los Estados de la CEDEAO y de la CARICOM conservan su soberanía en ámbitos esenciales como la defensa, la seguridad interior y la justicia. La integración se desarrolla principalmente en ámbitos económicos y políticos donde la cooperación ofrece beneficios significativos.

Este enfoque de la integración es realista porque toma en consideración las reservas de los Estados y permite avanzar en los ámbitos donde la cooperación resulta beneficiosa. Pero también tiene límites: precisamente en los sectores donde la cooperación resulta más necesaria, como la seguridad, los bloqueos pueden ser considerables.

5. Las pequeñas y medianas economías frente a las potencias exteriores

Los Estados de la CARICOM son, en su mayoría, economías pequeñas o medianas, muy dependientes del comercio exterior y de la inversión extranjera. Los Estados de la CEDEAO presentan una mayor diversidad: algunos son grandes economías, como Nigeria, mientras que otros son economías de menor escala, como Cabo Verde o Gambia.

Esta dependencia externa plantea problemas de soberanía económica. Los acuerdos de libre comercio, las inversiones extranjeras y la ayuda al desarrollo pueden generar dependencias que reduzcan el margen de acción de los Estados. La integración regional constituye, en este sentido, un instrumento para fortalecer la capacidad de negociación colectiva frente a las grandes potencias económicas.

Las pequeñas economías son particularmente vulnerables. Necesitan una integración regional sólida para aumentar su capacidad de negociación en el escenario internacional. La CEDEAO, al igual que la CARICOM, debe ser, por tanto, un instrumento de defensa de los intereses de sus Estados miembros más pequeños.

6. Seguridad colectiva y vulnerabilidad regional

La seguridad constituye un desafío para ambas regiones. El Caribe enfrenta problemas relacionados con la criminalidad, el tráfico de drogas, las migraciones y los desastres naturales. África Occidental enfrenta desafíos similares, a los que se suman el terrorismo y los conflictos armados.

La seguridad colectiva es una necesidad para ambas regiones. Los Estados no pueden hacer frente por sí solos a amenazas de carácter transnacional. Tanto la CEDEAO como la CARICOM han desarrollado mecanismos de cooperación en materia de seguridad, entre ellos el intercambio de información, las operaciones conjuntas y la asistencia en situaciones de crisis.

La vulnerabilidad regional frente a las amenazas y presiones externas constituye otro desafío común. Ambas regiones están expuestas a la influencia de potencias externas, entre ellas Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y China. La integración regional puede servir como instrumento para gestionar esas influencias y preservar una mayor capacidad de soberanía colectiva.

7. Movilidad de las poblaciones

La movilidad de las poblaciones es una cuestión relevante para ambas regiones. La CARICOM ha desarrollado mecanismos destinados a facilitar la libre circulación de personas, permitiendo a los ciudadanos de sus Estados miembros desplazarse y trabajar dentro de la región. La CEDEAO también ha establecido un sistema de libre circulación, considerado uno de los logros más tangibles de su proceso de integración.

La movilidad genera oportunidades en materia de empleo, intercambio económico y cultural, pero también puede producir tensiones relacionadas con la competencia en los mercados laborales y la presión sobre los servicios públicos. La gestión de estas tensiones constituye un desafío para ambas organizaciones.

Las dos organizaciones deben conciliar los beneficios de la movilidad con las exigencias de seguridad y cohesión social. Para ello resulta necesario avanzar en el reconocimiento de las cualificaciones profesionales, la protección social y la integración de los migrantes.

8. Comercio y dependencias externas

El comercio intrarregional constituye uno de los indicadores de la integración económica. En ambas regiones, el comercio dentro del espacio regional sigue siendo limitado frente al peso de los intercambios con el resto del mundo. Esta situación refleja una fuerte dependencia de los mercados externos y una especialización todavía significativa en productos primarios.

La diversificación económica constituye un objetivo compartido. Ambas regiones buscan reducir su dependencia de las materias primas y desarrollar industrias locales. La integración regional puede contribuir a este objetivo al ampliar los mercados y permitir que las industrias locales alcancen una escala suficiente para competir.

Las dependencias externas también constituyen una cuestión de seguridad. Los Estados que dependen de las importaciones de petróleo, alimentos u otros bienes esenciales son particularmente vulnerables a las fluctuaciones de los precios internacionales y a las interrupciones de las cadenas de suministro. La integración regional puede reducir esas vulnerabilidades mediante el fortalecimiento de la producción y de los intercambios regionales.

9. Energía y seguridad alimentaria

La energía y la alimentación constituyen cuestiones de seguridad para ambas regiones. El Caribe depende en gran medida de las importaciones de petróleo; África Occidental también mantiene importantes dependencias energéticas, aunque algunos Estados, como Nigeria, son productores. Ambas regiones están expuestas a las fluctuaciones de los mercados internacionales.

La seguridad alimentaria plantea igualmente un desafío. Tanto el Caribe como África Occidental importan una parte considerable de sus alimentos. Esta dependencia las hace vulnerables a las crisis internacionales y a las perturbaciones de las cadenas de suministro. La integración regional puede contribuir a fortalecer la seguridad alimentaria mediante el desarrollo de la producción local y la creación de reservas regionales.

Las energías renovables ofrecen oportunidades para ambas regiones. El Caribe posee un importante potencial solar y eólico; África Occidental dispone de recursos solares, eólicos e hidroeléctricos considerables. La transición energética constituye, por tanto, un ámbito prometedor de cooperación regional.

10. Diásporas y circulación de capitales

Las diásporas desempeñan un papel importante en las economías de ambas regiones. Las remesas de los migrantes representan una proporción significativa del PIB de varios Estados de la CARICOM y de la CEDEAO. Estos flujos financieros constituyen una fuente importante de divisas y de ingresos para numerosos hogares.

La circulación de capitales también plantea un desafío. Las inversiones intrarregionales siguen siendo limitadas, pero podrían desarrollarse de manera más significativa. Las diásporas pueden convertirse en vectores de inversión al canalizar parte de sus ahorros hacia proyectos productivos regionales.

Las diásporas son igualmente actores políticos. Mantienen vínculos con sus países de origen y pueden influir en las políticas tanto de las regiones de procedencia como de los países de acogida. Las organizaciones regionales deben, por tanto, tener en cuenta este papel en sus estrategias de desarrollo e integración.

11. Integración institucional y déficit de confianza

El déficit de confianza constituye un problema para ambas regiones. Los ciudadanos de los Estados miembros suelen tener una percepción negativa de las instituciones regionales, a las que consideran distantes, burocráticas y poco eficaces. Este déficit de confianza debilita la legitimidad de las organizaciones.

Las causas son múltiples: falta de transparencia, ausencia de resultados tangibles, comunicación insuficiente y percepción de que las decisiones se adoptan sin una consulta adecuada a las poblaciones. Las organizaciones regionales deben, por tanto, mejorar su comunicación, fortalecer la transparencia y demostrar una mayor capacidad para producir resultados concretos.

La confianza se reconstruye a largo plazo. Requiere acciones creíbles, comunicación constante y una relación más cercana con los ciudadanos. Las organizaciones regionales deben comprometerse, por tanto, con un proceso sostenido de recuperación de la confianza pública.

12. África Occidental como laboratorio del regionalismo

África Occidental constituye un laboratorio del regionalismo en el Sur Global. La CEDEAO ha acumulado una experiencia considerable en materia de integración económica y política. Sus avances y sus fracasos ofrecen enseñanzas relevantes para otras regiones.

La CEDEAO ha sido pionera en diversos ámbitos, entre ellos la libre circulación de personas, el desarrollo de una fuerza de reserva y la defensa del orden constitucional. Algunos de sus mecanismos han servido de referencia para otras organizaciones regionales, incluida la CARICOM, en sus propios procesos de desarrollo institucional.

La CEDEAO también ha enfrentado desafíos que otras organizaciones regionales han experimentado o podrían experimentar: golpes de Estado, crisis políticas y fragmentación regional. La manera en que la organización gestione estos desafíos será, por tanto, de gran interés para otras regiones del Sur Global.

13. Lo que el Caribe puede aprender de la CEDEAO

El Caribe puede extraer varias lecciones de la experiencia de la CEDEAO.

La importancia de los mecanismos de sanción. La CEDEAO ha establecido mecanismos destinados a sancionar los golpes de Estado y las violaciones del orden constitucional. Aunque imperfectos, estos mecanismos han permitido mantener una presión institucional sobre los regímenes que se apartan del orden constitucional.

La necesidad de una capacidad regional de seguridad. La CEDEAO ha desarrollado una capacidad de despliegue militar que ha sido utilizada en diferentes crisis. Aunque limitada, esta capacidad ha permitido responder a determinadas situaciones de emergencia.

La importancia de la integración económica. La CEDEAO ha promovido el comercio intrarregional y las inversiones entre sus Estados miembros. Estos esfuerzos han contribuido a fortalecer las bases económicas de la integración regional.

La vigilancia sobre la gobernanza. La CEDEAO cuenta con un protocolo sobre democracia y buena gobernanza que proporciona un marco regional para la defensa de determinados principios democráticos y constitucionales.

14. Lo que el Caribe también puede evitar

El Caribe también puede extraer lecciones de los obstáculos encontrados por la CEDEAO.

La burocratización excesiva. La CEDEAO es percibida en ocasiones como una organización pesada y burocrática, con procedimientos largos y complejos. La CARICOM debe procurar mantener estructuras eficaces, funcionales y adaptadas a las necesidades de sus Estados miembros.

La politización de las instituciones. Las instituciones de la CEDEAO han sido en ocasiones objeto de controversias vinculadas a intereses políticos nacionales, lo que ha afectado su percepción y su eficacia. La CARICOM debe preservar la independencia, la credibilidad y la neutralidad de sus instituciones.

La centralización de las decisiones. Las decisiones de la CEDEAO dependen en gran medida de los jefes de Estado, lo que puede limitar la participación de los ciudadanos. La CARICOM debe procurar ampliar la participación de las sociedades civiles y de otros actores sociales en los procesos de integración regional.

Mirada CPGNNews

La integración regional no significa la desaparición de las soberanías. Significa la capacidad de hacer que las soberanías sean más eficaces cuando se ejercen colectivamente. Esta perspectiva, compartida por ambas regiones, constituye la base de un regionalismo pragmático que busca conciliar las exigencias de la integración con el respeto de la diversidad y de las identidades nacionales.

IX. ¿QUÉ CEDEAO PARA LA PRÓXIMA DÉCADA?

Tres futuros posibles para África Occidental

El futuro de la CEDEAO ya no puede abordarse desde una única trayectoria. La ruptura con los Estados de la Alianza de los Estados del Sahel ha transformado profundamente la arquitectura política de África Occidental y ha abierto un período de incertidumbre cuyas consecuencias probablemente irán más allá del propio marco institucional de la organización. Durante la próxima década pueden contemplarse varios escenarios, desde el debilitamiento progresivo de la CEDEAO hasta su refundación, pasando por una restauración parcial o una coexistencia duradera con la AES. Ninguno de estos escenarios está predeterminado. Su evolución dependerá de los acontecimientos políticos en los Estados, de la situación de seguridad, de la capacidad económica de las instituciones regionales y, sobre todo, de su capacidad para reconstruir su legitimidad ante las poblaciones a las que deben servir.

Escenario 0 — El colapso

Por qué sigue siendo posible

El colapso de la CEDEAO constituye un escenario extremo, pero no puede descartarse por completo. Un agravamiento de la fragmentación política, un deterioro prolongado de la situación de seguridad, la incapacidad de la organización para responder eficazmente a las crisis y una pérdida sostenida de confianza podrían vaciar progresivamente la institución de contenido. En tal situación, la CEDEAO podría conservar su existencia jurídica mientras perdiera buena parte de su capacidad política, económica y de seguridad, hasta convertirse esencialmente en un foro de consultas sin una verdadera capacidad de acción regional.

La historia del regionalismo demuestra que una organización no necesariamente desaparece mediante una ruptura institucional espectacular. También puede debilitarse progresivamente cuando sus miembros dejan de considerar indispensables sus mecanismos. El verdadero riesgo, por tanto, podría ser menos una desaparición formal que un proceso de desintegración funcional, caracterizado por la multiplicación de acuerdos paralelos, la reducción de los compromisos comunes y la transferencia gradual de funciones regionales hacia otros marcos.

Por qué sigue siendo improbable

A pesar de estos riesgos, un colapso total sigue siendo poco probable. Los Estados de África Occidental continúan enfrentándose a desafíos que ninguno puede gestionar por sí solo: seguridad transfronteriza, comercio, movilidad de las poblaciones, infraestructuras, energía, cambio climático y gestión de crisis. La CEDEAO cuenta además con cinco décadas de experiencia institucional, mecanismos jurídicos, redes administrativas y una arquitectura económica que siguen generando interdependencias concretas.

El costo de una desaparición efectiva de la organización también sería considerable. La fragmentación no eliminaría los problemas comunes; reduciría, más bien, la capacidad colectiva para afrontarlos. El colapso exigiría, por tanto, que los Estados aceptaran importantes costos económicos, políticos y de seguridad a cambio de una mayor autonomía institucional. Esta ecuación sigue siendo difícil de justificar en una región donde las interdependencias continúan siendo profundas.

El costo económico y humano de una desintegración

Una desintegración duradera tendría consecuencias que irían mucho más allá de las instituciones regionales. La multiplicación de obstáculos al comercio podría alterar las cadenas de suministro y aumentar los costos de transporte; la incertidumbre política podría desalentar las inversiones; y los proyectos regionales de infraestructura, energía y movilidad podrían retrasarse o quedar abandonados. En el plano político, la desaparición de un marco común de mediación reduciría la capacidad de la región para gestionar colectivamente sus crisis.

El costo humano podría ser aún mayor. En una región caracterizada por una intensa movilidad transfronteriza, intercambios comerciales y amenazas de seguridad compartidas, una fragmentación institucional excesiva podría afectar directamente a las poblaciones, especialmente a las comunidades fronterizas, los trabajadores móviles y los actores económicos dependientes de los corredores regionales. El colapso de la CEDEAO no significaría simplemente la desaparición de una organización; podría generar un entorno regional más fragmentado, más costoso y más vulnerable.

Escenario 1: La restauración

Un retorno gradual al modelo anterior

La restauración supondría un retorno gradual hacia una arquitectura similar a la que existía antes de la crisis actual. Los Estados de la AES podrían restablecer sus relaciones con la CEDEAO mediante negociaciones políticas, cambios en las circunstancias o una reevaluación de sus prioridades de seguridad y económicas. Tal evolución permitiría recuperar progresivamente los mecanismos institucionales, normalizar las relaciones y reactivar determinadas políticas comunes.

Este escenario no implicaría necesariamente un simple retorno al statu quo ante. La crisis actual ha puesto de manifiesto profundas tensiones en torno a la gobernanza regional, las sanciones, la soberanía y la percepción de la CEDEAO. Una restauración duradera tendría, por tanto, que incorporar al menos algunas de las lecciones derivadas de la ruptura.

Condiciones políticas necesarias

La restauración exigiría la convergencia de varios factores: cambios en las posiciones políticas de los Estados de la AES, una mayor flexibilidad de la CEDEAO en la gestión de las crisis políticas y una mejora suficiente del entorno de seguridad que permitiera reanudar el diálogo institucional. También requeriría una voluntad política, por ambas partes, de superar las narrativas de confrontación que se han ido consolidando.

La cuestión de las sanciones sería especialmente importante. Aunque las sanciones han servido como instrumento de presión destinado a defender el orden constitucional, su percepción en sectores de la región ha contribuido a reforzar la idea de que la CEDEAO representa una confrontación entre las instituciones regionales y las soberanías nacionales. Una restauración creíble debería, por tanto, encontrar un nuevo equilibrio entre la defensa de principios comunes y el reconocimiento de las realidades políticas nacionales.

Obstáculos y limitaciones

Los obstáculos siguen siendo importantes. Los Estados de la AES han creado sus propios mecanismos de cooperación y han desarrollado una identidad política común que no necesariamente desaparecería aunque mejoraran sus relaciones con la CEDEAO. La propia CEDEAO, por su parte, tendría que reconocer que la crisis también ha puesto de manifiesto determinadas debilidades de su modelo institucional.

La restauración sería, por tanto, posible, pero no sostenible si consistiera únicamente en restablecer los mecanismos anteriores sin abordar las causas profundas de la ruptura. Su probabilidad puede considerarse baja a moderada a medio plazo, dependiendo en gran medida de la evolución política y de seguridad de la región.

Escenario 2: La coexistencia

CEDEAO y AES como bloques separados

La coexistencia constituye otra trayectoria, y quizá una más realista que un retorno completo al orden regional anterior. En esta configuración, la CEDEAO y la AES conservarían sus respectivas estructuras, orientaciones políticas y marcos institucionales, evitando al mismo tiempo una confrontación permanente. La ruptura se convertiría en una realidad duradera, pero no necesariamente evolucionaría hacia una hostilidad sistemática.

Esta coexistencia reconocería una realidad fundamental: las fronteras institucionales no corresponden a las fronteras económicas, sociales o geográficas. Las poblaciones seguirían desplazándose, las mercancías continuarían utilizando los mismos corredores y los recursos compartidos seguirían requiriendo mecanismos de coordinación.

Cooperación sectorial

La cooperación podría desarrollarse, por tanto, en ámbitos donde los intereses comunes sean suficientemente importantes como para superar las diferencias políticas. La seguridad transfronteriza, el comercio, el transporte, la energía, la gestión de los recursos naturales, la lucha contra el tráfico ilícito y determinadas cuestiones diplomáticas podrían convertirse en áreas de cooperación funcional.

Este enfoque no buscaría restablecer una integración institucional completa. Priorizaría mecanismos pragmáticos negociados caso por caso, capaces de responder a las necesidades concretas de las poblaciones y de las economías. La cooperación sería así menos ideológica y más operacional.

Movilidad, comercio y seguridad

La preservación de la movilidad y del comercio sería una de las principales pruebas de esta coexistencia. Millones de personas dependen de los intercambios transfronterizos para sus medios de vida, mientras que las economías sin litoral del Sahel siguen estando estructuralmente conectadas con los puertos y corredores de los Estados costeros. Una interrupción completa de estos flujos tendría, por tanto, un costo para toda la región.

La seguridad constituiría otro imperativo. Los grupos armados, las redes criminales y las operaciones de tráfico ilícito no se detienen ante las fronteras institucionales. Aunque políticamente separadas, la CEDEAO y la AES tendrían fuertes incentivos para mantener determinadas formas de coordinación operacional. Esta necesidad podría impulsar a ambos espacios hacia una forma de regionalismo funcional, en la que la cooperación estuviera determinada menos por la afinidad política que por la interdependencia.

Una nueva forma de regionalismo pragmático

La coexistencia podría dar lugar así a una nueva forma de regionalismo de África Occidental, menos centralizado y menos ambicioso desde el punto de vista institucional, pero más orientado hacia resultados concretos. No eliminaría las diferencias políticas entre los dos bloques; buscaría impedir que esas diferencias destruyeran los mecanismos esenciales para la vida económica y social de la región.

Este escenario podría resultar duradero precisamente porque aceptaría la pluralidad de las trayectorias políticas al tiempo que mantendría un nivel mínimo de interdependencia funcional.

Escenario 3: La refundación

Una CEDEAO más flexible

La refundación sería el escenario más ambicioso. No supondría simplemente reparar los mecanismos existentes, sino reconsiderar profundamente la propia concepción de la integración regional. La CEDEAO se convertiría en una organización más flexible, más adaptable y más orientada hacia los resultados. Los mecanismos de sanción podrían ser revisados, los procedimientos simplificados y los Estados miembros disponer de un mayor margen de maniobra en determinados ámbitos, sin abandonar los objetivos fundamentales de la organización.

Una reforma de esta naturaleza partiría de una constatación sencilla: una integración sostenible no puede construirse únicamente sobre tratados e instituciones; también debe generar beneficios visibles y creíbles para los Estados y sus poblaciones.

Una integración centrada en los resultados

La nueva CEDEAO daría prioridad a los logros concretos frente a las declaraciones institucionales. Las infraestructuras regionales, la facilitación del comercio, la energía, la movilidad, el empleo, la transformación agrícola y la digitalización se convertirían en indicadores centrales del desempeño de la integración.

Este enfoque acercaría la organización a su finalidad original: convertir la integración en un instrumento de desarrollo y no en una arquitectura institucional separada de las realidades cotidianas.

Una nueva arquitectura de seguridad

La refundación requeriría asimismo una nueva arquitectura de seguridad. Esta podría reforzar el intercambio de inteligencia, las capacidades regionales de respuesta y la coordinación entre los Estados, al tiempo que buscaría formas pragmáticas de cooperación con los países de la AES. La seguridad ya no podría entenderse únicamente como una cuestión institucional; tendría que vincularse al desarrollo, la gobernanza, la lucha contra el tráfico ilícito y la prevención de conflictos.

Una nueva arquitectura económica

En el ámbito económico, la refundación buscaría profundizar la integración en torno al comercio, las infraestructuras, la energía, la industrialización y la transformación digital. El objetivo sería convertir progresivamente el tamaño del mercado regional en una verdadera potencia económica, al tiempo que se desarrollarían mecanismos capaces de distribuir de manera más equilibrada los beneficios de la integración entre los Estados miembros.

Esta dimensión redistributiva sería fundamental. Una integración percibida como beneficiosa principalmente para las economías más poderosas o para los grandes centros urbanos podría generar nuevas frustraciones. La cohesión regional depende, por tanto, también de la capacidad de hacer visibles los beneficios de la integración en las comunidades y en los hogares.

El lugar de los ciudadanos

La refundación debería finalmente colocar a los ciudadanos en el centro del proyecto regional. La participación, la transparencia, la rendición de cuentas y el acceso a la información ya no podrían considerarse dimensiones secundarias. Mecanismos permanentes de consulta permitirían a las organizaciones de la sociedad civil, las asociaciones profesionales, los jóvenes y otros actores sociales participar más directamente en la definición de las políticas regionales.

La legitimidad de la próxima CEDEAO dependerá menos de la sofisticación de sus instituciones que de la capacidad de los ciudadanos para comprender su utilidad y reconocer sus resultados.

Digitalización y clima

Una CEDEAO refundada debería integrar plenamente las transformaciones que ya están redefiniendo las economías y las sociedades: digitalización, inteligencia artificial, transición energética y cambio climático. Estas cuestiones ya no pueden tratarse como ámbitos periféricos de política pública. Afectan directamente a la competitividad económica, la seguridad, el empleo, la soberanía y la resiliencia de las sociedades de África Occidental.

La cooperación regional podría permitir a los Estados compartir determinadas inversiones, armonizar regulaciones y fortalecer su capacidad colectiva para responder a las grandes transformaciones tecnológicas y medioambientales.

Las relaciones con la AES

En un escenario de refundación, las relaciones con la AES no tendrían necesariamente que plantearse en términos de retorno o exclusión. Una arquitectura más flexible podría permitir diferentes niveles de participación y cooperación según los sectores y los intereses involucrados. El principio sería preservar tantos espacios esenciales de cooperación como fuera posible, incluso cuando la integración institucional completa resultara inviable.

Este enfoque reconocería una realidad fundamental: la región puede estar políticamente fragmentada sin quedar económica, social o geográficamente desintegrada.

¿El escenario más plausible?

Una cuarta posibilidad: la hibridación

A la luz de las dinámicas actuales, el escenario más plausible podría no corresponder exactamente a ninguno de los tres anteriores. Podría adoptar la forma de una hibridación, combinando elementos de restauración, coexistencia y refundación. La CEDEAO podría seguir siendo la principal arquitectura regional al tiempo que evolucionaría hacia una organización más flexible, mientras que la AES conservaría su propio marco político e institucional.

Esta hibridación podría adoptar la forma de una CEDEAO basada en una geometría variable, en la que grupos de Estados avanzaran a ritmos diferentes en determinados ámbitos; de una cooperación reforzada, que permitiría a grupos de Estados desarrollar una colaboración más profunda en sectores específicos; o de asociaciones estratégicas, incluidas aquellas con la AES y con otras organizaciones regionales.

El valor de este modelo residiría precisamente en su rechazo a imponer una uniformidad institucional a una región que se ha vuelto políticamente más diversa. Permitiría preservar las interdependencias esenciales al tiempo que reconocería la pluralidad de las opciones políticas. Sería menos ambicioso que un modelo de integración integral, pero potencialmente más resiliente porque partiría de las realidades existentes en lugar de intentar negarlas.

La próxima década podría, por tanto, no ser ni la década de la desaparición de la CEDEAO ni la de un simple retorno al pasado. Podría convertirse en un período de transformación gradual del regionalismo de África Occidental, pasando de un modelo basado principalmente en la uniformidad institucional a otro construido en mayor medida sobre la flexibilidad, la funcionalidad y los resultados mensurables. La verdadera cuestión ya no sería únicamente saber si la CEDEAO sobrevivirá, sino qué forma de regionalismo será capaz de construir África Occidental para seguir siendo políticamente diversa sin convertirse en un espacio económica y humanamente dividido.

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MÁS ALLÁ DE LA RESTAURACIÓN: HACIA UNA RENOVACIÓN ESTRATÉGICA

La cuestión central ya no consiste en saber si la CEDEAO puede restaurar el orden regional que existía antes de la crisis actual, sino en determinar qué tipo de arquitectura regional puede construir África Occidental a partir de las nuevas realidades que se imponen. La ruptura con los países de la Alianza de los Estados del Sahel, las debilidades institucionales reveladas por las sucesivas crisis políticas, las persistentes amenazas a la seguridad, la interdependencia económica y la rápida transformación de las sociedades de África Occidental han modificado profundamente el entorno en el que la organización debe actuar. El desafío ya no es únicamente institucional. Es estratégico. Se refiere a la capacidad de la región para preservar espacios de cooperación, producir bienes públicos regionales y mantener un cierto grado de cohesión a pesar de la creciente diversidad de sus trayectorias políticas.

La CEDEAO que emerja de este período difícilmente podrá ser una simple continuación del modelo anterior, pero tampoco podrá construirse negando los logros acumulados desde 1975. Tendrá que encontrar un nuevo equilibrio entre integración y soberanía, entre principios comunes y diversidad política, y entre ambición institucional y eficacia operativa. Su capacidad de adaptación será uno de los factores decisivos para determinar el futuro de la organización.

CONCLUSIÓN GENERAL

¿DEBE LA CEDEAO REINVENTARSE?

1. Una crisis que va más allá de la cuestión institucional

Desde su creación en 1975, la CEDEAO ha ampliado progresivamente su ámbito de actuación, pasando de ser un proyecto esencialmente económico a convertirse en una arquitectura regional también vinculada a la gobernanza, la seguridad, la libre circulación y la estabilidad política. Esta evolución constituye uno de los principales logros del regionalismo de África Occidental. Demuestra la capacidad de una organización creada en circunstancias históricas muy diferentes para adaptar sus instrumentos a las transformaciones de su entorno.

Sin embargo, la crisis actual pone de manifiesto los límites de esa trayectoria. La retirada de Burkina Faso, Malí y Níger ha hecho visible una fractura política que no puede reducirse a una simple disputa institucional. Refleja percepciones divergentes sobre la soberanía, la seguridad, la gobernanza y el papel de las organizaciones regionales en la definición de las opciones nacionales. Además, se produce en una región que enfrenta simultáneamente el aumento de la violencia armada, vulnerabilidades económicas, transformaciones demográficas, presiones climáticas y una demanda creciente de resultados concretos por parte de las poblaciones.

Desde esta perspectiva, la crisis de la CEDEAO puede entenderse como una fase de transición. No significa necesariamente la desaparición del proyecto regional, pero sí obliga a reconsiderar sus fundamentos, sus métodos y sus prioridades. La cuestión ya no consiste, por tanto, en preservar una estructura institucional por sí misma, sino en determinar si esa estructura sigue siendo capaz de responder a las necesidades estratégicas de la África Occidental contemporánea.

2. Lo que revela la secuencia de Freetown

La secuencia política desarrollada en torno a la cumbre de Freetown refleja la búsqueda de un nuevo equilibrio. La renovación de la dirección política de la organización, la importancia concedida a las cuestiones de seguridad y la voluntad de mantener abierto un canal de diálogo con los países de la AES indican un reconocimiento progresivo de que el entorno regional ha cambiado. Estos acontecimientos sugieren que la respuesta a la crisis ya no puede depender exclusivamente de los mecanismos tradicionales de presión institucional.

Sin embargo, tampoco resuelven las dificultades estructurales de la organización. La cuestión de la confianza sigue siendo central, tanto entre los gobiernos como entre las instituciones regionales y las poblaciones a las que deben servir. La seguridad continúa siendo determinante, mientras que la integración económica todavía debe demostrar su capacidad para generar beneficios suficientemente visibles como para consolidar el respaldo de las sociedades. La crisis de legitimidad no podrá superarse, por tanto, mediante cambios de personas o decisiones aisladas. Requerirá una transformación más profunda de la manera en que la CEDEAO define sus prioridades, ejerce sus responsabilidades y rinde cuentas de sus actuaciones.

3. Las condiciones para la supervivencia estratégica

La primera condición es la confianza. Una organización regional no puede ejercer una autoridad duradera sin un nivel mínimo de confianza política entre sus miembros y sin una legitimidad suficiente ante sus poblaciones. Esa confianza exige reglas previsibles, una aplicación coherente de los principios, mayor transparencia y la capacidad institucional de reconocer los límites de sus propios instrumentos.

La segunda condición es la seguridad colectiva. La multiplicación de las amenazas transnacionales demuestra que ningún Estado puede responder por sí solo y de manera sostenible a los desafíos de seguridad de la región. La cooperación en materia de inteligencia, gestión de fronteras, lucha contra los tráficos ilícitos, prevención de conflictos y protección de los corredores económicos seguirá siendo indispensable, incluso dentro de un entorno institucional más fragmentado. En este sentido, la búsqueda de una cooperación funcional con los países de la AES podría adquirir mayor importancia que la búsqueda inmediata de una convergencia política plena.

La tercera condición es económica. La integración conservará su legitimidad únicamente si contribuye de manera tangible a mejorar las condiciones de vida. El comercio regional, las infraestructuras, la energía, la agricultura, la transformación industrial, la movilidad profesional y la digitalización son los ámbitos en los que la CEDEAO puede demostrar de manera más directa su utilidad. Una organización regional es más sólida cuando sus poblaciones pueden identificar los beneficios de su existencia en su vida cotidiana.

La cuarta condición es la apropiación ciudadana. El futuro de la CEDEAO no puede seguir construyéndose exclusivamente alrededor de las cumbres de jefes de Estado y de los mecanismos intergubernamentales. Los jóvenes, las empresas, las universidades, las organizaciones profesionales, los medios de comunicación y la sociedad civil deben disponer de mayores espacios para participar en la definición del proyecto regional. La relación con las poblaciones ya no constituye simplemente una exigencia democrática. Se ha convertido en una condición de legitimidad y eficacia.

4. Hacia un regionalismo de África Occidental más pragmático

La evolución del sistema regional apunta hacia una forma de regionalismo que probablemente será más compleja que el modelo concebido en el momento de la creación de la CEDEAO. La organización puede seguir siendo una de las principales estructuras de cooperación de África Occidental, al tiempo que opera en un entorno donde coexistirán diferentes niveles de organización, alianzas y mecanismos de cooperación.

Esta evolución no debe interpretarse necesariamente como un fracaso del regionalismo. También puede representar una forma de regionalismo de geometría variable, en la que los Estados cooperen más estrechamente en determinados sectores mientras conservan mayores márgenes de autonomía en otros. La seguridad, el comercio, la energía, las infraestructuras, la movilidad y la gestión de los recursos compartidos podrían convertirse así en ámbitos de cooperación pragmática, independientemente de las divergencias políticas más profundas.

El desafío central será impedir que esta diversificación de los marcos de cooperación se convierta en una fragmentación permanente. El pluralismo institucional puede coexistir con la interdependencia regional siempre que se mantengan abiertos los canales de diálogo, se preserven unas reglas comunes mínimas y existan intereses compartidos suficientemente sólidos para mantener cohesionada el África Occidental.

5. Una lección que trasciende África Occidental

La experiencia de la CEDEAO trasciende ahora el marco de África Occidental. Constituye un caso particularmente instructivo para el Sur Global porque demuestra que la integración regional nunca avanza de manera lineal. Progresa cuando las instituciones consiguen transformar las interdependencias en intereses comunes, pero retrocede cuando las poblaciones o los gobiernos consideran que los costes de la integración superan sus beneficios.

También demuestra que soberanía e integración no son necesariamente conceptos contradictorios. En un entorno internacional marcado por la competencia económica, la transformación tecnológica, los riesgos climáticos y las nuevas formas de conflicto, determinadas dimensiones de la soberanía solo pueden ejercerse eficazmente mediante la cooperación. La verdadera cuestión no consiste, por tanto, en elegir entre soberanía nacional e integración regional, sino en determinar en qué ámbitos el ejercicio colectivo de determinadas capacidades permite a los Estados fortalecer su autonomía en lugar de reducirla.

Finalmente, la experiencia de África Occidental recuerda que la potencia regional no puede medirse únicamente por el tamaño de un mercado, el número de Estados miembros o la existencia de instituciones comunes. Depende de la capacidad de transformar esos activos en resultados concretos: seguridad, prosperidad, movilidad y confianza pública. Es precisamente en este terreno donde se decidirá la próxima etapa del regionalismo de África Occidental.

EL DESAFÍO ÚLTIMO: PRODUCIR RESULTADOS

El futuro de la CEDEAO probablemente no estará determinado ni por una simple restauración del modelo anterior ni por la multiplicación de nuevas instituciones. Dependerá, sobre todo, de su capacidad para demostrar su utilidad en un entorno profundamente transformado. Una organización regional conserva su valor cuando permite a sus miembros hacer juntos aquello que sería más difícil realizar por separado, cuando protege intereses compartidos y cuando produce beneficios que las poblaciones pueden percibir efectivamente.

África Occidental entra así en un período en el que la cuestión institucional deberá dar paso progresivamente a una pregunta más fundamental: ¿qué puede ofrecer todavía la integración regional en un espacio políticamente fragmentado, pero económicamente, socialmente, geográficamente y ambientalmente interdependiente? La respuesta determinará no solo el futuro de la CEDEAO, sino también la forma que adoptará el regionalismo africano durante la próxima década.

CPGNNews Strategic Outlook

El futuro de la CEDEAO no se decidirá desde la nostalgia por su modelo pasado, sino desde su capacidad para transformar la interdependencia de África Occidental en una renovada capacidad colectiva de acción. Su credibilidad dependerá menos de la fuerza de sus declaraciones que de la calidad de sus resultados; menos de la centralidad de sus instituciones que de su utilidad; y menos de la restauración de un orden antiguo que de su capacidad para construir un orden regional adaptado a las realidades del siglo XXI.

RECUADROS

RECUADRO 1: LOS QUINCE PADRES FUNDADORES DE LA CEDEAO (1975)

Estado fundadorJefe de Estado en 1975Condición
BenínMathieu KérékouMilitar
Burkina FasoSangoulé LamizanaMilitar
Côte d’IvoireFélix Houphouët-BoignyCivil
GambiaDawda Kairaba JawaraCivil
GhanaIgnatius Kutu AcheampongMilitar
GuineaAhmed Sékou TouréCivil
Guinea-BisáuLuís CabralCivil
LiberiaWilliam TolbertCivil
MalíMoussa TraoréMilitar
MauritaniaMoktar Ould DaddahCivil
NígerSeyni KountchéMilitar
NigeriaYakubu GowonMilitar
SenegalLéopold Sédar SenghorCivil
Sierra LeonaSiaka StevensMilitar
TogoGnassingbé EyadémaMilitar

Fuente: Sitio web oficial de la CEDEAO

RECUADRO 2: CEDEAO — CRONOLOGÍA (1975–2026)

  • 1975: Firma del Tratado de Lagos; creación de la CEDEAO con 15 Estados miembros.
  • 1977: Cabo Verde se incorpora a la CEDEAO, elevando a 16 el número de Estados miembros.
  • 1978: Adopción del Protocolo de No Agresión.
  • 1990: Creación del Grupo de Supervisión de la CEDEAO (ECOMOG) y despliegue en Liberia.
  • 1993: Revisión del Tratado de Lagos; fortalecimiento de las instituciones regionales.
  • 1997: Intervención de la CEDEAO en Liberia.
  • 1998: Despliegue de fuerzas de la CEDEAO en Sierra Leona.
  • 2000: Mauritania se retira de la CEDEAO, reduciendo a 15 el número de Estados miembros.
  • 2001: Adopción del Protocolo Adicional sobre Democracia y Buena Gobernanza.
  • 2011: Creación de la Comisión de la CEDEAO.
  • 2013: Adopción de la Estrategia Integrada de Seguridad Marítima.
  • 2020: Golpe de Estado militar en Malí.
  • 2021: Golpe de Estado militar en Guinea.
  • 2022: Golpes de Estado militares en Burkina Faso.
  • 2023: Golpe de Estado militar en Níger; creación de la Alianza de los Estados del Sahel (AES).
  • 2024: Burkina Faso, Malí y Níger anuncian su intención de retirarse de la CEDEAO.
  • 2025: La retirada de Burkina Faso, Malí y Níger entra en vigor el 29 de enero; intento de golpe de Estado en Guinea-Bisáu el 26 de noviembre.
  • 2026: 69.ª Cumbre de la CEDEAO celebrada en Freetown el 19 de julio; Bassirou Diomaye Faye elegido presidente de la Autoridad de Jefes de Estado y de Gobierno; el general Birame Diop nombrado presidente de la Comisión.

Fuente: SWI / CEDEAO

RECUADRO 3: COMPOSICIÓN ACTUAL DE LA CEDEAO (2026)

Estado miembroAño de adhesión
Benín1975
Cabo Verde1977
Côte d’Ivoire1975
Gambia1975
Ghana1975
Guinea1975
Guinea-Bisáu1975
Liberia1975
Nigeria1975
Senegal1975
Sierra Leona1975
Togo1975

Fuente: CEDEAO / SWI

RECUADRO 4: ESTADOS SALIENTES: BURKINA FASO, MALÍ Y NÍGER

IndicadorValor
Población de los tres Estados (2025)≈ 68 millones
Participación en la población de la CEDEAO antes de la retirada16 %
Participación en la economía de la CEDEAO7 %
Personas en situación de inseguridad alimentaria (2025)7,5 millones

Fuente: Club CEDEAO / Afrique Diplomatique

RECUADRO 5: INDICADORES DE CRECIMIENTO DE LA AES (2025)

EstadoTasa de crecimiento 2025Principales factores
Níger+6,9 %Petróleo crudo, agricultura, producción
Burkina Faso+5,0 %Servicios, agricultura, oro
Malí+4,9 %Desaceleración moderada
Conjunto de la AES+5,5 %—

Fuente: Informe Anual de la BIDC 2025

RECUADRO 6: BIDC — INDICADORES FINANCIEROS Y DISCIPLINA DE LOS ESTADOS (2025)

IndicadorEvolución
Ingresos operativos+17,12 %
Beneficio+13,28 %
Activos totales+21,15 %

Situación de los reembolsos

SituaciónEstados concernidos
Sin atrasos de capitalTogo, Côte d’Ivoire, Ghana
Con atrasosLos otros doce Estados miembros

Fuente: Cauris / Informe de Actividad de la BIDC 2025

RECUADRO 7: PRESUPUESTO DEL PARLAMENTO DE LA CEDEAO

Ejercicio fiscalMonto en UCTasa de ejecución (30/06/2024)
2024 (aprobado)23.215.994Ingresos: 37 %; Gastos: 27 %
2025 (anteproyecto)23.371.350+0,67 % respecto de 2024
Ciclo 2025–2027Dotación presupuestaria mantenidaSin aumento

Fuente: ATOP

RECUADRO 8: PROYECTOS E INVERSIONES REGIONALES

IndicadorValor
Empresas beneficiarias del Esquema de Liberalización Comercial+15.000
Productos que circulan con ventajas arancelarias+50.000
Proyectos regionales identificados201
Costo estimado de los proyectos131.000 millones de euros
Países involucrados en la interconexión energética14
Comercio intracomunitario como proporción del comercio total12–15 %

Fuente: Africa24 TV / ECOWAS REPORT

RECUADRO 9: CEDEAO Y CARICOM

Similitudes y diferencias

  • Similitudes: Ambas son organizaciones de integración regional creadas en la década de 1970 y enfrentan desafíos relacionados con la coordinación entre los Estados miembros, la implementación de políticas y la legitimidad ante sus poblaciones.
  • Diferencias: La CEDEAO es más grande, presenta una mayor diversidad lingüística y se caracteriza por mayores disparidades en los niveles de desarrollo.

RECUADRO 10: LOS TRES FUTUROS DE LA CEDEAO

  • Restauración: Retorno gradual al modelo anterior, incluida la posible reintegración de los Estados de la AES.
  • Coexistencia: Separación funcional entre la CEDEAO y la AES, acompañada de cooperación sectorial.
  • Refundación: Reforma profunda de la CEDEAO, con mayor flexibilidad, resultados tangibles y un papel central para los ciudadanos.
  • Hibridación: Combinación de estos escenarios, dando lugar a una CEDEAO de geometría variable.

DOCUMENTACIÓN Y METODOLOGÍA

Este dossier fue elaborado como un Global Strategic Study, de conformidad con la metodología utilizada en estudios estratégicos y análisis de políticas públicas de referencia. Su documentación combina fuentes institucionales, académicas y periodísticas, con especial énfasis en la verificación de los datos, la comparación de las fuentes y el rigor analítico.

Fuentes institucionales: CEDEAO, Unión Africana, Estados miembros, CARICOM, Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Banco Africano de Desarrollo y Naciones Unidas.

Fuentes de seguridad: Bases de datos e informes especializados, estableciendo sistemáticamente una distinción entre información verificada y estimaciones.

Fuentes económicas: Estadísticas nacionales y regionales sobre comercio, energía, infraestructuras e inversiones.

Fuentes académicas: Investigaciones académicas sobre el regionalismo africano, los golpes de Estado, la seguridad en el Sahel y la integración económica.

Fuentes periodísticas: Utilizadas para documentar acontecimientos, desarrollos y declaraciones oficiales, pero nunca consideradas como fundamento único del análisis estratégico.

Principio Editorial de CPGNNews: Cuando una cifra es objeto de controversia o presenta variaciones significativas según las fuentes, identificamos la discrepancia en lugar de seleccionar arbitrariamente la cifra que mejor sirva a nuestro argumento.

CPGNNews Global Strategic Study — Agosto de 2026

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Toda reproducción, adaptación, traducción, distribución o utilización, total o parcial, de este estudio, cualquiera que sea su forma, está sujeta a la autorización previa de CPGNNews, salvo cuando la legislación aplicable disponga expresamente lo contrario.

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