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GIORGIA MELONI, ITALIA DESPUÉS DEL RÉCORD

CUATRO AÑOS DE ESTABILIDAD, UN PAÍS QUE SIGUE BUSCANDO SU TRANSFORMACIÓN Y UNA NUEVA BATALLA POR EL FUTURO DE EUROPA.

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GRAN REPORTAJE EXCLUSIVO DE CPGNNews

Una investigación en profundidad sobre la trayectoria política de Giorgia Meloni, la transformación de Italia, el ascenso de la nueva derecha europea y la reconfiguración del poder italiano en el corazón de Europa.

PATRICK MOISE

Analista geopolítico | Periodista

Desde Madrid, España | Investigación, análisis y reflexión sobre Italia, Europa, las dinámicas políticas contemporáneas y la transformación del poder europeo.

CPGNNews,
CaribPulse Global News Network  | 15 de diciembre de 2026.Born in the Caribbean, Open to the World!

1414 DÍAS: EL MOMENTO EN QUE LA ESTABILIDAD SE CONVIRTIÓ EN UN PROGRAMA POLÍTICO

Bari, septiembre de 2026. Hay momentos en la vida política en los que emerge una ironía silenciosa, una de esas que los eslóganes de campaña nunca consiguen borrar por completo. Cuando un gobierno celebra su longevidad, no está celebrando únicamente el paso del tiempo. Está afirmando implícitamente que el propio tiempo constituye una prueba de éxito. Eso es precisamente lo que ocurrió en Italia a comienzos de septiembre, cuando Giorgia Meloni apareció en Bari para celebrar un récord que, en cualquier otra democracia europea, podría parecer casi administrativo, pero que en Italia posee una importancia histórica: su gobierno se había convertido en el gobierno de mayor duración de la República desde 1946, superando el récord anterior, correspondiente al segundo gobierno de Silvio Berlusconi. El 4 de septiembre, el contador alcanzó los 1.413 días según los cálculos de medios italianos e internacionales, y continuó aumentando después de superarse el récord. Meloni presentó esta continuidad como el principal logro político de su gobierno, argumentando que la estabilidad había contribuido a restaurar la confianza, fortalecer la credibilidad financiera del país y otorgar a Italia una voz más firme en Europa y en los asuntos internacionales.

El simbolismo no es secundario. Desde el nacimiento de la República, Italia ha tenido 68 gobiernos y 31 presidentes del Consejo de Ministros, con una duración media de los gobiernos de aproximadamente catorce meses. El sistema parlamentario italiano produjo durante mucho tiempo una forma particular de inestabilidad: las mayorías podían sobrevivir a varios cambios de coalición, los partidos podían recomponerse sin que el equilibrio electoral del poder quedara completamente alterado y un mismo ciclo político podía experimentar varios gobiernos sucesivos. Esta inestabilidad institucional no significaba necesariamente que el Estado italiano fuera incapaz de funcionar, pero alimentó una percepción duradera de fragilidad gubernamental. La longevidad de Meloni se produce, por tanto, en un contexto en el que la continuidad del Ejecutivo se ha convertido en sí misma en un objeto político.

Sin embargo, es necesario resistirse desde el principio a una simplificación interpretativa. Duración no es reforma. Continuidad no es transformación. Tampoco la estabilidad, por sí sola, constituye un indicador suficiente de prosperidad. Puede ser una condición necesaria para una política pública ambiciosa, pero nunca es una prueba de que esta exista. Un gobierno que permanece en el poder durante cuatro años tiene una ventaja considerable frente a uno que sobrevive apenas unos meses: puede planificar, invertir, reformar, corregir sus errores, negociar con sus socios e integrar sus decisiones en una estrategia a largo plazo. Pero esa ventaja también crea una obligación política mayor. A medida que pasa el tiempo, resulta cada vez más difícil atribuir las deficiencias persistentes a gobiernos anteriores, a crisis heredadas o a la inestabilidad institucional. El tiempo que inicialmente protege a quienes están en el poder termina exponiendo su balance.

Eso es precisamente lo que hace tan interesante la experiencia de Giorgia Meloni. Su gobierno no es ni el fracaso que algunos de sus adversarios predijeron cuando llegó al poder, ni el éxito sin matices que a veces sugieren sus propias comunicaciones. Ocupa un espacio mucho más complejo: el de un país que efectivamente ha recuperado cierto grado de estabilidad política y una mayor credibilidad financiera, pero que sigue enfrentándose a profundas debilidades estructurales. El Fondo Monetario Internacional proyecta un crecimiento del PIB real italiano del 0,5 % en 2026, mientras que la Comisión Europea prevé igualmente un crecimiento del 0,5 %. El déficit público descendió al 3,1 % del PIB en 2025 y se prevé que alcance el 2,9 % en 2026, una mejora significativa respecto de los déficits excepcionales de los años de la pandemia y del período posterior a ella. Sin embargo, la deuda pública sigue siendo excepcionalmente elevada, y la Comisión Europea proyecta que alcanzará el 138,5 % del PIB en 2026. Italia ha mejorado, por tanto, algunos de sus equilibrios fiscales sin resolver la contradicción fundamental entre una deuda pública muy elevada y un crecimiento estructuralmente débil.

El mercado laboral ofrece otra ilustración de esta realidad de múltiples niveles. En julio de 2026, Italia contaba con aproximadamente 24,37 millones de personas ocupadas, con una tasa de empleo del 63,2 % y una tasa de desempleo del 5,8 %. Durante el año anterior, el empleo había aumentado en 307.000 personas, mientras que el desempleo había disminuido. Estas cifras constituyen indiscutiblemente un resultado positivo y permiten al gobierno sostener que sus políticas económicas han contribuido a consolidar el empleo. Pero las mismas estadísticas revelan también limitaciones que la tasa de desempleo por sí sola no puede captar. El desempleo juvenil seguía situándose en el 18,9 % en julio, mientras que la tasa de inactividad entre las personas de 15 a 64 años permanecía en el 33,8 %. Italia continúa sufriendo, por tanto, una participación insuficiente en el mercado laboral en relación con sus necesidades demográficas y económicas, especialmente entre las mujeres y los jóvenes.

La cuestión salarial añade otra dimensión a la paradoja. Los salarios contractuales están aumentando, pero su evolución debe analizarse dentro de un entorno marcado por los shocks inflacionarios de los últimos años y por los retrasos acumulados en la renovación de numerosos convenios colectivos. En junio de 2026, el índice de salarios contractuales por hora era un 2,4 % superior al de un año antes, mientras que la remuneración media por hora había aumentado un 2,6 % durante el primer semestre del año. Al mismo tiempo, la inflación armonizada alcanzó el 3,2 % en agosto, según las estimaciones preliminares. El problema italiano, por tanto, no puede reducirse a una oposición simplista entre «aumento del empleo» y «pérdida de poder adquisitivo». Exige examinar simultáneamente las dinámicas de los salarios, los precios, la productividad y la participación en el mercado laboral. Es esta combinación la que determina la capacidad real de los hogares para mejorar su nivel de vida.

El crecimiento refuerza esta impresión de estabilidad sin aceleración. Los datos nacionales publicados por Istat muestran que, en el segundo trimestre de 2026, el PIB italiano creció un 0,2 % respecto del trimestre anterior y un 1,0 % interanual. Estas cifras están lejos de indicar una economía en recesión, pero tampoco corresponden a una fase de transformación económica espectacular. En comparación, la zona del euro creció un 0,6 % en el segundo trimestre en términos trimestrales, mientras que la Unión Europea creció un 0,7 %. La diferencia recuerda que el desafío de Italia no consiste simplemente en sobrevivir económicamente, sino en generar un crecimiento suficientemente sólido para absorber la carga de la deuda, financiar los servicios públicos, mejorar los salarios y responder a la crisis demográfica.

Aquí es donde la narrativa política de la estabilidad encuentra su primera limitación intelectual. La Italia de Meloni no es una Italia congelada. Ha experimentado cambios significativos, especialmente en materia de empleo, política migratoria, política de defensa, relaciones con Washington, papel de Roma en el debate europeo y estrategia mediterránea. Pero las transformaciones más profundas, aquellas que afectan a la productividad, la educación, la sanidad, la administración pública, la demografía, los salarios y la estructura territorial de la economía, siguen siendo mucho más difíciles de medir. Reuters señalaba a finales de agosto que varias de las principales reformas institucionales del gobierno habían encontrado obstáculos importantes, mientras que las medidas relacionadas con la seguridad y el orden público habían obtenido mayores avances. La diferencia entre la capacidad de legislar rápidamente sobre determinadas cuestiones y la dificultad para transformar las estructuras más profundas del Estado constituye uno de los hilos centrales del balance de Meloni.

La dimensión institucional también debe ser considerada. Meloni llegó al poder con la promesa implícita de impulsar no solo una nueva mayoría, sino también una nueva arquitectura política. El fortalecimiento del papel del presidente del Consejo de Ministros, la reforma judicial y la autonomía diferenciada figuraban entre las principales iniciativas que podrían haber alterado de manera duradera el equilibrio de la República. Sin embargo, varios de estos proyectos se han ralentizado, enfrentado a impugnaciones o quedado parcialmente debilitados. La reforma judicial fue rechazada en referéndum, mientras que la propuesta destinada a fortalecer directamente los poderes del jefe del Gobierno encontró serios obstáculos parlamentarios y políticos. El Tribunal Constitucional también limitó determinados elementos de la reforma de la autonomía regional. El gobierno ha obtenido, por tanto, algo que los gobiernos italianos rara vez consiguen: tiempo, sin haber demostrado todavía que pueda convertir ese tiempo en una reorganización institucional de magnitud comparable.

La política migratoria presenta una contradicción diferente. En esta cuestión, Meloni ha desplazado indiscutiblemente el centro del debate. La reducción de las llegadas irregulares, los acuerdos con países de tránsito, la cooperación con Túnez y Libia y el controvertido experimento de los centros en Albania han contribuido a remodelar el debate italiano y, en cierta medida, también el europeo. El control de las fronteras ya no se presenta únicamente como una respuesta italiana a una crisis mediterránea; se ha convertido en parte de un debate europeo más amplio sobre la externalización de los procedimientos, los países de tránsito y la capacidad de los Estados para controlar sus fronteras. Pero esta estrategia también ha situado a Roma en el centro de controversias jurídicas y humanitarias, especialmente cuando los tribunales italianos cuestionaron determinadas medidas gubernamentales. Una vez más, el balance solo puede comprenderse manteniendo conjuntamente la eficacia política reivindicada por el gobierno y las restricciones jurídicas a las que se enfrenta.

La dimensión internacional completa el cuadro. La Meloni de 2026 es difícil de comparar con la líder de Fratelli d’Italia que, apenas unos años antes, estaba construyendo su identidad política desde la oposición. Su gobierno ha optado por una clara orientación atlántica, ha apoyado a Ucrania, ha mantenido una estrecha relación con Washington y ha buscado convertir el Mediterráneo ampliado en un espacio estratégico para Italia. Esta orientación ha contribuido a tranquilizar a varios socios occidentales que inicialmente cuestionaban la llegada al poder de una dirigente procedente de la derecha radical. Pero la normalización internacional no significa la desaparición del conflicto ideológico. Meloni sigue siendo una dirigente conservadora que ha convertido la soberanía nacional, la seguridad, la familia y el control de la inmigración en elementos esenciales de su identidad política. Su evolución no consiste, por tanto, en abandonar sus orígenes, sino en adaptar esos orígenes a las exigencias de gobernar una gran democracia europea.

Esto puede ser lo que mejor explique la longevidad del gobierno. Meloni comprendió que una derecha nacional no podía gobernar Italia de manera sostenible mientras permaneciera atrapada en una postura permanente de oposición. Tenía que convertirse en una fuerza de gobierno sin perder completamente aquello que constituía su identidad. Tenía que tranquilizar a los mercados sin abandonar su discurso social y nacional. Tenía que trabajar con Bruselas sin renunciar a la soberanía. Tenía que mantener la cercanía con Washington sin reducir la política exterior italiana a un alineamiento con Estados Unidos. Tenía que controlar la inmigración sin ignorar las restricciones del derecho europeo e italiano. Finalmente, tenía que mantener una coalición formada por diferentes sensibilidades políticas preservando al mismo tiempo la preeminencia de Fratelli d’Italia.

Esta capacidad de adaptación constituye probablemente el verdadero logro político de Giorgia Meloni. Transformó una formación que en otro tiempo había sido periférica en una fuerza central del sistema político italiano y demostró que una dirigente surgida de la derecha posfascista podía convertirse en una interlocutora reconocida por las instituciones europeas y por las principales capitales occidentales. Sin embargo, este logro también contiene una cuestión histórica. Cuanto más se ha normalizado Meloni en el exterior, más ha tenido que responder a una cuestión interna: ¿hasta dónde puede llegar la normalización sin alterar la sustancia política que hizo posible su ascenso?

A medida que se acercan las elecciones de 2027, esta cuestión adquiere todavía mayor importancia. La estabilidad que en otro momento constituía una promesa se ha convertido ahora en un récord que debe defenderse. Los votantes ya no tendrán que decidir simplemente si desean conservar un gobierno estable. Tendrán que juzgar qué ha producido ese gobierno durante la cantidad excepcional de tiempo de la que ha dispuesto. El crecimiento, los salarios, la demografía, los servicios públicos, la deuda, la inmigración, las instituciones y la posición internacional de Italia serán examinados conjuntamente, ya no como expedientes separados, sino como diferentes dimensiones de una misma experiencia política.

El récord de Giorgia Meloni es, por tanto, real, histórico y políticamente significativo. Pero todavía no responde a la cuestión esencial. Demuestra que un gobierno italiano puede perdurar. Lo que queda por demostrar es si puede utilizar esa longevidad para transformar profundamente el país.

De esta tensión nace la verdadera historia de Giorgia Meloni: no la historia de una política que logró permanecer en el poder, sino la de un gobierno cuya longevidad le impone ahora una responsabilidad mucho más exigente, demostrar que la estabilidad no fue simplemente un método para conservar el poder, sino el medio para producir una transformación duradera de Italia.

ITALIA CAMBIA DE MARCHA

1. UNA REPÚBLICA CONSTRUIDA SOBRE LA INESTABILIDAD

Para comprender lo que realmente representa la longevidad de Giorgia Meloni, es necesario comenzar por un hecho que puede parecer casi banal cuando se reduce a una estadística, pero que adquiere mucha mayor importancia cuando se sitúa dentro de la historia política italiana. Desde el nacimiento de la República en 1946, Italia ha experimentado una sucesión de gobiernos lo suficientemente rápida como para que la inestabilidad se convirtiera en parte de la cultura política del país. Reuters señala que, a lo largo de ocho décadas, la República ha tenido 68 gobiernos. La comparación con el gobierno actual resulta, por tanto, especialmente llamativa: el gobierno que asumió el poder el 22 de octubre de 2022 cruzó en septiembre de 2026 el umbral que lo convirtió en el gobierno de mayor duración de la historia de la República Italiana, superando al segundo gobierno de Silvio Berlusconi, que duró 1.412 días.

Esta sucesión nunca significó que Italia fuera incapaz de gobernarse. Esa sería una interpretación demasiado simplista de su historia. El país produjo gobiernos capaces de adoptar importantes reformas, llevar a cabo profundas transformaciones económicas, contribuir a la integración europea y desempeñar un papel decisivo en los asuntos internacionales. También experimentó períodos de notable continuidad política dentro de determinadas coaliciones o bajo determinados presidentes del Consejo. Sin embargo, los mecanismos institucionales y partidistas de la República Italiana favorecieron durante mucho tiempo las realineaciones, las coaliciones complejas, los cambios de mayorías parlamentarias y los gobiernos de transición. La duración relativamente corta de los gobiernos creó, en consecuencia, una cultura política en la que la capacidad de sobrevivir a una crisis podía llegar a ser casi tan importante como la capacidad de transformar el Estado.

Es precisamente esta tradición la que Giorgia Meloni ha interrumpido. Su gobierno no se ha limitado a hacerse más longevo que los inmediatamente anteriores; ha transformado la longevidad misma en un argumento político. La estabilidad ya no se presenta como una consecuencia afortunada de la victoria electoral de 2022. Dentro del discurso de la mayoría gubernamental, se ha convertido en un logro por derecho propio. En Bari, mientras celebraba el récord, Meloni defendió explícitamente la idea de que la continuidad de su gobierno había contribuido a restaurar la credibilidad financiera de Italia, fortalecer su posición europea e internacional y desarrollar una política económica sin las constantes rupturas que habían caracterizado parte de la historia reciente del país.

Esta transformación del tiempo en argumento político merece ser tomada en serio. No se trata simplemente de una estrategia de comunicación de un partido que busca celebrar un logro simbólico. Toca una cuestión mucho más profunda de la democracia contemporánea: ¿qué debería producir un gobierno cuando finalmente dispone del tiempo político que sus predecesores no tuvieron? ¿La estabilidad permite gobernar mejor o simplemente permite gobernar durante más tiempo? La cuestión es esencial porque la duración no tiene valor político por sí misma. Un gobierno puede ser frágil y reformista. Puede ser estable e inmóvil. Puede perdurar porque está llevando a cabo una transformación profunda, pero también puede perdurar porque evita decisiones susceptibles de provocar grandes conflictos con una parte de la sociedad, de la coalición o del electorado. Aquí comienza el verdadero examen del balance de Meloni. El récord es indiscutible. Su interpretación no lo es.

2. ¿EL RÉCORD DE MELONI Y EL FIN DE UNA EXCEPCIÓN ITALIANA?

La particularidad del momento actual resulta aún más clara cuando se considera la trayectoria de los gobiernos italianos desde la Segunda Guerra Mundial. El gobierno de Meloni se formó después de las elecciones de 2022 mediante una coalición dominada por Fratelli d’Italia e integrada también por la Lega de Matteo Salvini y Forza Italia, ahora dirigida por Antonio Tajani tras la muerte de Silvio Berlusconi. Esta coalición ha superado desacuerdos internos, tensiones políticas y diferencias sobre diversas cuestiones europeas e internacionales sin experimentar la ruptura gubernamental que podría haber parecido plausible en un sistema tan fragmentado.

Esta capacidad para mantenerse unida constituye probablemente uno de los logros políticos más importantes de Giorgia Meloni. No debe subestimarse. Dirigir una coalición de derechas compuesta por diferentes tradiciones políticas exige un equilibrio constante entre los intereses del partido dominante, las ambiciones de sus socios, las expectativas de los votantes y las restricciones europeas. Fratelli d’Italia arrastra una historia arraigada en la derecha nacional y posfascista; la Lega conserva una tradición más antigua de soberanismo y oposición a la centralización desde Roma; mientras que Forza Italia representa una derecha liberal y proeuropea construida alrededor del legado de Berlusconi. La coalición, por tanto, no es naturalmente homogénea. Su supervivencia depende tanto de la posición dominante de Meloni como de la conciencia de sus socios sobre el coste político que implicaría una ruptura.

Esta estabilidad también se ha visto facilitada por una realidad electoral: Fratelli d’Italia ha seguido siendo el principal partido de la coalición y Meloni ha conseguido ocupar un espacio político suficientemente amplio como para impedir, hasta ahora, la aparición de una alternativa de derechas capaz de sustituirla. Sin embargo, este equilibrio está siendo sometido ahora a nuevas presiones. La aparición y el crecimiento de Futuro Nazionale en torno al exgeneral Roberto Vannacci introducen una competencia más a la derecha en cuestiones como la inmigración, la seguridad, la identidad nacional y las críticas a determinadas políticas europeas. Reuters señalaba a finales de agosto de 2026 que esta nueva fuerza podría contribuir a fragmentar aún más el espacio conservador de cara a las elecciones de 2027.

La paradoja resulta, por tanto, intrigante. Meloni ha conseguido estabilizar la derecha italiana precisamente en el momento en que esta ha comenzado a generar una nueva competencia a su derecha. Su longevidad podría crear, por tanto, las condiciones para una futura realineación del espacio que dirige. El poder siempre transforma las coaliciones que lo sostienen. Cuanto más dura un gobierno, más comienzan sus aliados a calcular qué vendrá después de ese gobierno. La lealtad gubernamental sigue siendo real, pero gradualmente queda condicionada por la perspectiva de la próxima cita electoral.

Italia no ha escapado necesariamente, por tanto, a su antigua lógica de inestabilidad. Puede simplemente haber aplazado el momento en que esa inestabilidad reaparezca. Mientras la coalición siga siendo electoralmente competitiva, la estabilidad seguirá siendo un recurso. Si los equilibrios internos de poder cambian, esa misma estabilidad puede convertirse en una fuente de tensiones acumuladas.

Por eso, el récord no debe interpretarse como el final definitivo de la inestabilidad italiana, sino como un nuevo experimento político. Por primera vez en mucho tiempo, un gobierno italiano dispone del tiempo suficiente para ser juzgado no solo por su capacidad de responder a las crisis inmediatas, sino también por la coherencia de una estrategia nacional de largo plazo. Esta diferencia es crucial.

3. CUANDO LA DURACIÓN SE CONVIERTE EN UN PROGRAMA

En las democracias parlamentarias, el tiempo político es un recurso. Permite a un gobierno preparar una reforma, negociar su contenido, asumir su coste político y medir sus efectos. Un gobierno que cae después de unos pocos meses generalmente no dispone de esa capacidad. Puede anunciar, pero no siempre puede implementar. Puede iniciar una reforma, pero no necesariamente tiene tiempo para asumir sus consecuencias. La estabilidad puede ser, por tanto, una condición para la transformación. Pero no constituye una prueba de transformación.

Esta distinción se encuentra en el centro del caso italiano. Giorgia Meloni dispone ahora de un argumento que ninguno de sus predecesores recientes podía utilizar con la misma fuerza: ha tenido tiempo. Mucho tiempo. Ha atravesado una sucesión de crisis internacionales, la guerra en Ucrania, las tensiones energéticas, las alteraciones del sistema comercial mundial, cambios de mayoría política en Washington, debates europeos sobre inmigración, dificultades presupuestarias y tensiones sociales sin perder el control de su gobierno. Esta continuidad le proporciona una ventaja política considerable cuando sostiene que su gobierno ha proporcionado algo que Italia esperaba desde hacía mucho tiempo: previsibilidad.

Los mercados financieros parecen haber atribuido cierto valor a esa previsibilidad. Los análisis recientes sobre la trayectoria económica de Italia destacan mejoras en determinados indicadores fiscales y una reducción del coste político y financiero asociado a una Italia percibida como inestable. El gobierno también puede señalar el crecimiento del empleo y la disminución del desempleo como elementos de un balance más favorable de lo que en ocasiones podría sugerir la debilidad del crecimiento económico.

Sin embargo, la estabilidad no resuelve automáticamente los problemas estructurales. No crea productividad por sí misma. No rejuvenece una población envejecida. No recupera mecánicamente el poder adquisitivo perdido durante los años de inflación. No moderniza necesariamente los servicios públicos. No convierte una administración lenta en una administración eficiente. No reduce una deuda pública elevada simplemente porque un gobierno permanezca en el poder. Tampoco garantiza que una reforma institucional compleja sea aprobada, aplicada y mantenida.

Las críticas dirigidas al gobierno de Meloni se concentran precisamente en esta diferencia entre estabilidad y transformación. Reuters señalaba a finales de agosto que varias de las principales reformas institucionales previstas por la mayoría gubernamental habían encontrado obstáculos importantes, mientras que las medidas en materia de orden público, inmigración y seguridad habían logrado mayores avances. La reforma judicial fue rechazada en referéndum, la propuesta destinada a fortalecer directamente la posición del jefe del Gobierno no prosperó y el proyecto de autonomía regional fue debilitado por decisiones del Tribunal Constitucional.

Esta realidad no permite concluir que el gobierno haya fracasado. Simplemente exige un criterio más exigente para evaluar su balance. Si la estabilidad constituye su principal logro, entonces la pregunta debe ser qué ha hecho posible esa estabilidad que la inestabilidad de las décadas anteriores hacía imposible. Esta es la cuestión que acompañará ahora a todo análisis de la era Meloni.

4. ESTABILIDAD, CONTINUIDAD Y TRANSFORMACIÓN: LAS TRES DIMENSIONES DEL PODER

Existe una diferencia fundamental entre permanecer en el poder, gobernar de manera sostenible y transformar un país. Las tres realidades pueden coincidir, pero no son sinónimas. Permanecer en el poder es, ante todo, una cuestión de política electoral y parlamentaria. Significa preservar una mayoría, mantener una coalición, gestionar las crisis e impedir que un acontecimiento político altere el equilibrio de poder. Gobernar de manera sostenible exige más. Significa organizar el Estado, establecer prioridades, producir compromisos, proteger la cohesión social y preservar la confianza de los actores económicos e institucionales. Transformar un país representa otra escala por completo. Implica modificar las estructuras que determinan el crecimiento, la demografía, la educación, la justicia, la sanidad, la productividad, la administración pública, las relaciones entre los territorios y el lugar del país en el sistema internacional.

El gobierno de Meloni ha demostrado indiscutiblemente su capacidad para permanecer en el poder. También ha demostrado una capacidad real para gobernar a lo largo del tiempo. La cuestión más difícil se refiere al tercer nivel. Italia necesitaba estabilidad, pero también necesitaba crecimiento. Necesitaba credibilidad fiscal, pero también salarios más dinámicos. Necesitaba un control más eficaz de las fronteras, pero al mismo tiempo debía afrontar una crisis demográfica que hace que la inmigración sea mucho más compleja que una simple cuestión de seguridad. Necesitaba una coalición estable, pero también debía modernizar su administración, fortalecer los servicios públicos y reducir las brechas entre el norte y el Mezzogiorno.

Por eso, el récord no puede construirse alrededor de un único indicador. El número de días en el poder mide la estabilidad. El déficit mide una dimensión de la disciplina fiscal. La tasa de empleo mide una parte de la dinámica del mercado laboral. El número de llegadas irregulares mide un aspecto de la eficacia de la política migratoria. Pero ninguno de estos indicadores, tomado de manera aislada, puede decirnos si Italia se ha vuelto más productiva, más próspera, más cohesionada o más capaz de prepararse para su futuro. La verdadera prueba es sistémica.

Consiste en observar si las diferentes partes del país avanzan conjuntamente. El empleo puede aumentar mientras los salarios siguen siendo débiles. El déficit puede disminuir mientras el crecimiento sigue siendo insuficiente. Una mejor imagen internacional puede coexistir con unos servicios públicos bajo presión. Una política migratoria más restrictiva puede coexistir con escasez de mano de obra. Una coalición políticamente estable puede coexistir con dificultades para aprobar las reformas institucionales anunciadas. La Italia de Meloni resulta particularmente interesante precisamente porque reúne varias de estas contradicciones.

5. LA VERDADERA PRUEBA COMIENZA AHORA

La paradoja del récord es que no cierra el balance de resultados. Hace que ese balance sea más difícil de evitar. Durante los primeros meses de un gobierno, algunas dificultades pueden atribuirse al legado de la administración anterior. Después de un año, el gobierno todavía puede invocar crisis externas. Después de dos años, puede explicar determinados retrasos mediante la complejidad institucional. Después de tres años, puede señalar la magnitud de las restricciones europeas e internacionales. Pero cuando un gobierno alcanza casi cuatro años de continuidad ininterrumpida, la responsabilidad política cambia de naturaleza. Se vuelve progresivamente imposible explicarlo todo mediante circunstancias heredadas.

La duración crea entonces una obligación particular: la obligación de responder por las propias decisiones. Este es probablemente el punto más importante del período Meloni. Su gobierno ya no puede ser evaluado como un experimento reciente de la derecha italiana. Debe ser evaluado como un gobierno que ha disfrutado de una cantidad excepcional de tiempo histórico para actuar. El umbral simbólico de los 1.413 días transforma, por tanto, el propio marco mediante el cual se juzga su desempeño.

El debate italiano entra así en una segunda fase. La primera pregunta era si Giorgia Meloni podía perdurar. Esa pregunta ya ha sido respondida. La segunda es qué ha hecho con ese tiempo. Y esta segunda pregunta es mucho más exigente. Conduce directamente a la trayectoria personal y política de la dirigente que hizo posible esta continuidad. Porque para comprender por qué una mujer surgida de la derecha radical italiana consiguió llegar al centro del poder y permanecer allí, es necesario volver a la trayectoria de Giorgia Meloni, a la transformación de su lenguaje político, a su relación con las instituciones y a la manera en que fue desplazando progresivamente la frontera entre la derecha radical y la derecha de gobierno. Es aquí donde comienza realmente el fenómeno Meloni.

GIORGIA MELONI: DE LOS MÁRGENES AL CENTRO DEL PODER

6. UNA INFANCIA POLÍTICA EN LA ITALIA DE LAS FRACTURAS

Giorgia Meloni no llegó a la cima de la política italiana por el camino tradicional de las élites administrativas, académicas o económicas. Su trayectoria comienza en otro mundo político, el de la derecha militante romana, en una Italia todavía profundamente marcada por los enfrentamientos ideológicos de la segunda mitad del siglo XX. Se incorporó a las juventudes del Movimento Sociale Italiano a comienzos de los años noventa, cuando todavía era adolescente, en un entorno político que permanecía directamente vinculado a la historia del fascismo italiano por su filiación organizativa y simbólica. Algunos años más tarde, aquella joven militante se convertiría en diputada, después en ministra, antes de asumir el liderazgo de Fratelli d’Italia y, en 2022, convertirse en la primera mujer en dirigir el Gobierno italiano. Esta progresión resulta aún más notable porque no se inscribe en un ascenso regular dentro de un gran partido establecido. Más bien corresponde a la transformación progresiva de una corriente política durante mucho tiempo marginal en una fuerza capaz de conquistar el centro del poder republicano.

Para comprender a Meloni, es necesario evitar por tanto un error frecuente: considerar su llegada al Palazzo Chigi como una ruptura repentina en la historia política italiana. Es, por el contrario, la culminación de una larga transformación de la derecha nacional italiana. El Movimento Sociale Italiano fue fundado en 1946 por antiguos responsables fascistas y permaneció durante mucho tiempo confinado a la periferia del sistema político. La transformación iniciada con Alleanza Nazionale, seguida por la creación de Fratelli d’Italia en 2012, desplazó progresivamente a esta familia política hacia una forma de derecha nacional conservadora que buscaba hacerse compatible con el ejercicio del poder dentro de la República. Los recientes trabajos académicos dedicados a Fratelli d’Italia describen precisamente esta evolución como una combinación de continuidad histórica e innovación estratégica. El partido conservó algunos elementos distintivos de su historia, al tiempo que adaptó su programa, su organización y su comunicación a un electorado mucho más amplio.

Esta genealogía no significa, evidentemente, que el Gobierno de Meloni sea simplemente la continuación del fascismo histórico bajo otra forma. Una equivalencia de este tipo sería demasiado burda desde el punto de vista histórico y político. La Italia contemporánea sigue siendo una democracia parlamentaria fundada sobre una Constitución nacida de la Resistencia, con una separación institucional de poderes, una justicia independiente y un sistema pluralista. Meloni gobierna dentro de este marco y ha construido su legitimidad electoral en su interior. Pero la historia política de su partido constituye un elemento esencial para comprender los debates que la rodean. Explica, en particular, por qué cada gesto de normalización, cada posición sobre el fascismo, cada relación con la memoria nacional y cada conflicto con las instituciones es observado con especial atención tanto en Italia como en el extranjero. La cuestión no es, por tanto, saber si la Italia de 2026 sería idéntica a la Italia de la época fascista. Evidentemente no lo es. La cuestión más seria consiste en saber cómo una tradición política surgida de la periferia radical consiguió institucionalizarse sin perder completamente los elementos identitarios que habían contribuido a su éxito electoral.

7. DE LA MARGINALIDAD A LA PRIMERA POSICIÓN

La trayectoria electoral de Fratelli d’Italia permite medir la magnitud de esta transformación. Cuando Giorgia Meloni fundó el partido en 2012 junto con otros dirigentes procedentes de la derecha nacional, su organización representaba apenas una fuerza secundaria en el panorama político italiano. En las elecciones legislativas de 2013, Fratelli d’Italia obtuvo menos del 2% de los votos. Cinco años después, en 2018, el partido alcanzó aproximadamente el 4,3%. En 2022 obtuvo alrededor del 26% de los votos y se convirtió en la principal fuerza de la nueva mayoría parlamentaria. En una década, el movimiento pasó así de la periferia electoral a la dirección del Gobierno.

Esta progresión no fue únicamente el resultado de una personalización en torno a Meloni. Respondió a una recomposición más amplia de la derecha italiana. Forza Italia había ocupado durante mucho tiempo el espacio dominante de la derecha bajo Silvio Berlusconi. Posteriormente, la Lega de Matteo Salvini experimentó una espectacular expansión nacional, abandonando progresivamente su antigua identidad regionalista para convertirse en una fuerza soberanista y antiinmigración capaz de competir directamente con los demás componentes de la derecha. Cuando estas dos fuerzas comenzaron a perder parte de su capacidad de atracción, Fratelli d’Italia disponía de una ventaja particular: el partido no había participado en los gobiernos anteriores y podía presentarse, por tanto, como una alternativa al conjunto del sistema político establecido.

Esta posición de oposición resultó particularmente valiosa. Durante los gobiernos de coalición que se sucedieron antes de 2022, Meloni pudo criticar los compromisos a los que estaban obligados sus competidores mientras construía una imagen de coherencia. Podía denunciar las decisiones del Gobierno sin tener que asumir directamente su coste. Podía defender una línea más dura sobre inmigración, soberanía nacional y determinadas cuestiones culturales sin verse inmediatamente confrontada con todas las restricciones diplomáticas, presupuestarias e institucionales vinculadas al ejercicio del poder.

Esta situación produjo un fenómeno clásico de las democracias contemporáneas: el partido situado fuera del poder acumula progresivamente el capital político que los partidos de gobierno gastan al gobernar. Pero Meloni hizo algo más que beneficiarse de esta mecánica. Durante años trabajó para ampliar su electorado sin abandonar los elementos identitarios que habían permitido a su partido conservar una base militante fuertemente movilizada.

El resultado de 2022 fue, por tanto, menos una explosión repentina que una larga acumulación. Cuando los italianos acudieron a las urnas en septiembre de 2022, Fratelli d’Italia ya no era un pequeño partido de protesta. Se había convertido en el principal beneficiario del relativo derrumbe de varios equilibrios antiguos. Meloni no ganó simplemente unas elecciones. Recuperó una parte del espacio político dejado vacante por el declive de Berlusconi, el debilitamiento de la Lega y la fragmentación del centroizquierda. Esta capacidad para convertirse en el punto de convergencia de una derecha plural explica en gran medida por qué su Gobierno ha podido sobrevivir durante tanto tiempo.

8. LA PRIMERA MUJER AL FRENTE DEL GOBIERNO ITALIANO

La llegada de Giorgia Meloni al poder posee también una dimensión histórica que supera su pertenencia política. En octubre de 2022 se convirtió en la primera mujer en ocupar el cargo de presidenta del Consejo de Ministros de la República Italiana. El hecho suele resumirse mediante una fórmula sencilla, pero su alcance es mayor de lo que podría parecer en un país donde la representación femenina en la cúpula del Estado y del Gobierno avanzó durante mucho tiempo más lentamente que en varias otras democracias europeas.

Esta dimensión femenina de su trayectoria no representa, sin embargo, una ruptura con la cultura política conservadora de su partido. Meloni ha construido una parte importante de su discurso en torno a la familia, la maternidad, la identidad nacional y la continuidad cultural. También ha convertido su propia trayectoria en un elemento importante de su relato político. El «yo» de Meloni se ha convertido en un instrumento de comunicación particularmente poderoso: una mujer procedente de un entorno político marginal, criada en una zona popular de Roma, que comenzó su compromiso político a una edad muy temprana y que finalmente alcanzó el cargo más alto del Gobierno.

Esta personalización explica en parte la fuerza de su relación con su electorado. Meloni nunca se ha presentado únicamente como representante de una doctrina. También se ha presentado como una persona que ha atravesado personalmente las dificultades que describe. Su estilo político es directo, fuertemente oral y a menudo construido en torno a fórmulas fáciles de recordar. Esta capacidad para transformar posiciones políticas complejas en relatos personales ha contribuido a crear una relación particular con una parte de la población.

Pero esta personalización también contiene un riesgo. Cuanto más se identifica un Gobierno con su dirigente, más difícil resulta separar el balance del Gobierno del balance personal de su jefa. La estabilidad de la coalición se convierte entonces en la estabilidad de Meloni. La credibilidad internacional de Italia se convierte, en parte, en la credibilidad de Meloni. Los éxitos económicos pasan a ser los éxitos de Meloni, mientras que las dificultades sociales e institucionales también pueden asociarse directamente a su liderazgo. Esta personalización explica por qué la evaluación del Gobierno nunca podrá separarse completamente de la evolución de su dirigente. Meloni no solo ha cambiado la derecha italiana. El poder también la ha transformado.

9. DE LA RADICALIDAD A LA NORMALIZACIÓN

La cuestión central de su trayectoria reside quizá precisamente en esta transformación. ¿Cómo pudo una dirigente política procedente de la derecha radical convertirse en una interlocutora creíble para las instituciones europeas, los gobiernos occidentales, los mercados financieros y la administración estadounidense sin abandonar los temas identitarios que habían contribuido a su éxito?

La respuesta no es ni una conversión completa a la política moderada ni una simple ocultación de sus posiciones iniciales. Reside más bien en una forma de pragmatismo selectivo. Meloni ha mantenido una línea claramente conservadora en varios ámbitos de la política interior, especialmente en inmigración, familia, seguridad e identidad nacional. Al mismo tiempo, desde su llegada al Gobierno ha adoptado una actitud mucho más pragmática hacia la Unión Europea y las instituciones internacionales de lo que algunos observadores habían anticipado antes de 2022. Sobre Ucrania, también ha adoptado una posición firmemente favorable al apoyo europeo y occidental a Kyiv. Su relación con Washington se ha inscrito en una lógica de alianza y no en una lógica de confrontación con las instituciones occidentales.

Esta evolución ha modificado profundamente la percepción internacional de Meloni. Antes de su llegada al poder, algunas capitales europeas temían que un Gobierno dirigido por Fratelli d’Italia siguiera la línea de las fuerzas europeas más abiertamente hostiles a Bruselas. Los primeros años de su Gobierno produjeron una realidad más compleja. Meloni trató de construir una relación funcional con la Comisión Europea, preservar la credibilidad financiera de Roma y presentarse como una dirigente conservadora capaz de trabajar dentro de las instituciones europeas en lugar de intentar derribarlas.

Esta estrategia tuvo un efecto considerable. Permitió a Meloni desplazar la frontera entre lo que se consideraba una derecha radical y lo que podía ser aceptado como una derecha de gobierno. Su experiencia se convirtió, en este sentido, en un laboratorio europeo. La cuestión ya no era únicamente saber si la derecha radical podía ganar unas elecciones. Pasó a ser saber si podía gobernar sin provocar la ruptura con las instituciones nacionales y europeas que sus adversarios habían temido durante mucho tiempo.

Pero esta normalización contiene sus propias contradicciones. Una dirigente puede moderar su comportamiento institucional sin abandonar una parte de su programa ideológico. Puede ser pragmática en política europea mientras conserva una concepción muy exigente de la soberanía nacional. Puede apoyar a Ucrania mientras defiende una visión conservadora de la identidad europea. Puede trabajar con las instituciones de Bruselas mientras critica determinadas orientaciones de la Unión. Puede aceptar las reglas del sistema mientras intenta desplazar sus fronteras políticas.

Por ello, el término «normalización» debe utilizarse con prudencia. Meloni se ha normalizado en determinados terrenos. En otros, ha contribuido a normalizar posiciones que anteriormente eran consideradas más periféricas. El movimiento es, por tanto, doble. Se ha acercado al centro institucional, pero también ha contribuido a desplazar el centro político hacia la derecha.

10. LA PARADOJA DE UNA DERECHA QUE ENTRA EN EL SISTEMA

La trayectoria de Meloni revela así una paradoja particularmente importante para comprender la política europea contemporánea. Una fuerza política puede entrar en el sistema sin convertirse necesariamente en idéntica a las fuerzas que anteriormente dominaban ese sistema. Puede aprender a utilizar las instituciones, dominar sus códigos y dialogar con sus actores, conservando al mismo tiempo una parte de su identidad original.

Fratelli d’Italia ilustra precisamente este fenómeno. Las investigaciones académicas recientes describen al partido como una formación cuya historia sigue vinculada a la tradición posfascista, pero que al mismo tiempo ha desarrollado una estrategia de gobierno y una organización suficientemente sólidas para inscribirse de manera duradera en el juego político italiano. El partido pone el acento en la nación, la familia, la seguridad, la soberanía y la identidad, al tiempo que busca presentar estos temas en un lenguaje compatible con el ejercicio institucional del poder.

Esta evolución plantea una cuestión que supera ampliamente a Italia. ¿Qué ocurre con una democracia cuando las antiguas fuerzas marginales ya no buscan derribar el sistema, sino conquistarlo desde dentro? La cuestión es diferente de la del regreso clásico de un extremismo abiertamente hostil a las instituciones. Se refiere más bien a la capacidad de las instituciones para absorber fuerzas políticas que aceptan formalmente el marco democrático mientras buscan modificar los equilibrios culturales, institucionales y políticos que lo estructuran.

La experiencia italiana resulta especialmente instructiva porque Meloni no tuvo necesidad de romper con la Unión Europea, con la OTAN o con el sistema parlamentario para imponer una nueva orientación política. Su influencia se ejerció precisamente porque aceptó una parte de las restricciones del sistema mientras intentaba modificar su contenido.

Esto explica también la diversidad de los juicios sobre ella. Para algunos observadores, su pragmatismo representa una prueba de madurez política y demuestra que una derecha radical puede transformarse en una derecha de gobierno responsable. Para otros, esta interpretación subestima la continuidad ideológica de determinadas políticas internas y la manera en que el Gobierno utiliza las cuestiones migratorias, de seguridad y culturales para desplazar progresivamente las normas del debate público. Los análisis internacionales recientes han destacado precisamente esta tensión entre institucionalización, pragmatismo gubernamental y mantenimiento de una identidad política fuertemente conservadora.

La cuestión no puede, por tanto, resolverse mediante una simple etiqueta. Meloni no es exactamente la militante de sus comienzos, pero tampoco se ha convertido en una centrista clásica. Es el producto de una transformación política que le ha permitido conservar una parte de su identidad mientras adapta profundamente los instrumentos mediante los cuales ejerce el poder.

11. EL PODER TAMBIÉN CAMBIA A QUIEN LO EJERCE

Quizá sea aquí donde se encuentre la dimensión más humana de su trayectoria. A menudo se habla de la transformación de Meloni como de una estrategia política consciente, pero el acceso prolongado al poder también transforma a quien lo ejerce. La militante que podía hablar en nombre de una minoría política ya no disfruta de la misma libertad cuando representa a un país de casi sesenta millones de habitantes, una importante economía de la zona euro, un miembro fundador de la Unión Europea, una potencia del G7 y un aliado central de Estados Unidos en el Mediterráneo. La oposición permite simplificar las decisiones. El Gobierno las hace más complejas.

Cuando estaba en la oposición, Meloni podía defender una línea política en términos de principios. En el Gobierno, debe arbitrar entre los principios y los recursos disponibles, entre las promesas electorales y las restricciones presupuestarias, entre las expectativas de sus electores y las de los socios europeos, entre los imperativos de seguridad y las obligaciones jurídicas, entre la soberanía nacional y los compromisos internacionales. Esta transformación es visible en su política europea, en su relación con Washington y en su posición sobre Ucrania. También aparece en la manera en que su Gobierno ha buscado una credibilidad económica compatible con las restricciones de la zona euro.

El poder ha producido así en Meloni una forma de dualidad. Por un lado, sigue siendo la dirigente de un partido que extrae parte de su fuerza de una concepción conservadora de la nación, la familia y la autoridad. Por otro, debe ejercer una función que exige compromiso, previsibilidad y responsabilidad internacional.

Esta dualidad no es necesariamente una debilidad. Puede constituir su principal fortaleza política. Le permite hablar simultáneamente a una base militante que desea una ruptura cultural y a unas instituciones que buscan la continuidad del Estado. Le permite mantener un discurso soberanista mientras negocia con Bruselas. Le permite defender una política migratoria restrictiva mientras busca acuerdos con socios mediterráneos. Finalmente, le permite construir una imagen de dirigente conservadora pero institucional.

Pero esta estrategia también alcanza sus límites. Cuanto más se institucionaliza Meloni, más una parte de su electorado puede reprocharle haberse vuelto demasiado pragmática. Cuanto más mantiene una línea dura sobre determinados asuntos, más sus adversarios pueden acusarla de desplazar las normas democráticas. Cuanto más éxito tiene en ocupar el centro del poder, más responsable se vuelve de los problemas que denunciaba cuando estaba en la oposición. El éxito crea, por tanto, una nueva vulnerabilidad: la responsabilidad política.

12. LA PREGUNTA QUE SIGUE ABIERTA

Después de cuatro años en el poder, la cuestión ya no es, en última instancia, saber si Giorgia Meloni ha cambiado. Ha cambiado. Su partido ha cambiado. La derecha italiana ha cambiado. Y, en cierta medida, también ha cambiado la relación entre la derecha europea y las instituciones europeas. La cuestión es hasta dónde puede llegar esta transformación sin provocar una contradicción entre los distintos componentes de su proyecto.

Una derecha que quiere permanecer en el poder de forma duradera debe tranquilizar a los mercados, preservar sus alianzas, mantener una relación funcional con Bruselas y convencer a una parte de los electores moderados. Pero una derecha que también debe su ascenso a la ira contra las élites, al sentimiento de declive, a la demanda de soberanía y al rechazo de determinadas evoluciones culturales no puede abandonar completamente los temas que construyeron su identidad. Meloni gobierna, por tanto, dentro de este estrecho espacio.

Precisamente por eso su experiencia es importante para Europa. No es simplemente la historia personal de una mujer que se convirtió en primera ministra. Constituye un caso de estudio sobre la manera en que una fuerza política surgida de la periferia ideológica puede transformarse en una fuerza de gobierno y utilizar después el Gobierno para redefinir las fronteras del debate político sin romper formalmente con el orden institucional existente.

El verdadero desafío del dossier aparece ahora con mayor claridad. La cuestión no es únicamente saber si Giorgia Meloni ha abandonado la radicalidad de sus comienzos. Sería más preciso preguntar qué ha conservado de ella, qué ha transformado y qué ha conseguido hacer aceptar como una nueva normalidad política.

Esta distinción será esencial cuando abordemos su balance económico. Porque es ahí donde el relato político se encuentra con la realidad más difícil de eludir: las cifras del empleo, los salarios, la productividad, la deuda, el crecimiento, el poder adquisitivo y la capacidad de inversión del Estado.

Una dirigente puede transformar la imagen de su país. Puede modificar el lenguaje de la política. Puede estabilizar una coalición y redibujar las relaciones de poder europeas. Pero al cabo de cuatro años también debe responder a una pregunta mucho menos simbólica y mucho más concreta: ¿qué ha producido realmente esta estabilidad en la vida económica y social de los italianos?

EL BALANCE ECONÓMICO: ESTABILIZAR NO ES TRANSFORMAR

13. LA CREDIBILIDAD FINANCIERA COMO PRIMER CAPITAL POLÍTICO

Cuando un Gobierno italiano asume sus funciones, no recibe únicamente la responsabilidad de dirigir una economía importante de la zona euro. También hereda una restricción presupuestaria que reduce considerablemente su margen de maniobra. Italia posee una de las deudas públicas más elevadas entre las economías avanzadas, una población envejecida, un crecimiento potencial limitado y una exposición importante a las variaciones de los tipos de interés, los precios de la energía y la coyuntura europea. En este contexto, el primer logro económico que Giorgia Meloni podía razonablemente buscar no era una aceleración espectacular del crecimiento, sino una restauración duradera de la confianza. En este terreno, su Gobierno presenta un balance que merece ser tomado en serio, aunque no pueda confundirse con una transformación estructural de la economía.

Las cuentas públicas han mejorado efectivamente desde 2022. El déficit de las administraciones públicas se redujo al 3,1% del PIB en 2025, mientras que el saldo primario, es decir, el saldo presupuestario antes del pago de los intereses de la deuda, volvió a ser positivo, alcanzando el 0,8% del PIB. El Fondo Monetario Internacional considera que esta consolidación contribuyó a reforzar la confianza de los mercados. Pero esta mejora debe observarse con cierta disciplina analítica: el déficit disminuyó mientras que la deuda pública seguía alcanzando aproximadamente el 137% del PIB a finales de 2025. En otras palabras, Italia mejoró su flujo presupuestario sin haber resuelto todavía su problema de stock de deuda. El progreso es real, pero la restricción fundamental permanece.

Las previsiones de la Comisión Europea confirman esta ambivalencia. Se espera que el déficit continúe disminuyendo hasta alcanzar el 2,9% del PIB tanto en 2026 como en 2027, lo que sitúa las finanzas públicas italianas en una trayectoria más compatible con las reglas europeas. Pero no se espera que la deuda pública disminuya al mismo ritmo. Se estima que alcanzará el 138,5% del PIB en 2026 y el 139,2% en 2027. La situación es, por tanto, muy diferente de la de un país que hubiera recuperado una verdadera capacidad presupuestaria. Italia tiene mayor credibilidad, pero sigue sin disponer de una gran libertad financiera. Esta distinción es esencial para comprender toda la política económica de Meloni: su Gobierno puede parecer más estable a los ojos de los mercados mientras continúa condicionado por una deuda que limita considerablemente los nuevos gastos que podría financiar sin medidas compensatorias.

Esta disciplina presupuestaria también posee una dimensión política. Giorgia Meloni llegó al poder con una reputación construida dentro de una derecha que durante mucho tiempo había criticado determinadas restricciones europeas, especialmente cuando eran percibidas como impuestas por Bruselas a los gobiernos nacionales. Una vez en el Palazzo Chigi, sin embargo, comprendió que la credibilidad financiera constituía una de las condiciones de su libertad política. La relación entre Roma, Bruselas y los mercados no podía tratarse como una simple confrontación ideológica. El tamaño de la deuda italiana, el peso de los intereses y la posición de Italia dentro de la zona euro hacían necesario cierto grado de pragmatismo. La transformación política de Meloni, ya observada en el escenario europeo e internacional, encuentra aquí una traducción especialmente concreta: gobernar significa aceptar determinadas restricciones que la oposición permite cuestionar con mayor facilidad.

Sin embargo, sería excesivo atribuir toda esta mejora exclusivamente a la acción del Gobierno. La evolución de las cuentas públicas depende también de la coyuntura, de los ingresos fiscales, del crecimiento nominal, de las decisiones europeas, de las inversiones del plan de recuperación y de factores que superan directamente las decisiones del Palazzo Chigi. El Gobierno puede orientar estas variables, acelerar determinadas reformas y modificar la composición del gasto, pero no controla por sí solo el entorno económico. Esta precisión es importante porque el balance de Meloni debe medirse no frente a una economía imaginaria que hubiera comenzado con su llegada, sino frente a las tendencias existentes antes de octubre de 2022 y a las restricciones que continuarán después de su salida.

14. LA PARADOJA DE UNA ECONOMÍA QUE EMPLEA A MÁS PERSONAS PERO GENERA POCO CRECIMIENTO

El mercado laboral constituye probablemente uno de los ámbitos en los que el balance del Gobierno puede presentarse con mayor confianza. En julio de 2026, Italia contaba con aproximadamente 24,37 millones de personas ocupadas. La tasa de empleo alcanzaba el 63,2% y la tasa de desempleo había descendido al 5,8%. En un año, el número de personas ocupadas había aumentado en 307 000, es decir, un 1,3%, mientras que la tasa de empleo había aumentado 0,8 puntos porcentuales. La composición de este incremento merece, sin embargo, ser examinada: el empleo permanente aumentó en 303 000 personas en un año y el trabajo autónomo en 85 000, mientras que el empleo temporal disminuyó en 82 000. El mercado laboral italiano no solo está creando más empleos; también está experimentando una consolidación relativa del empleo estable.

Esta evolución constituye un elemento positivo del balance de Meloni, pero debe situarse dentro de una cronología más amplia. La mejora del mercado laboral italiano no comenzó en 2022. El Istat muestra que entre 2021 y 2026 la tasa de empleo aumentó y el desempleo disminuyó en el marco de una tendencia general de recuperación y transformación del mercado laboral. Una parte significativa del aumento del empleo corresponde a los trabajadores de entre 50 y 64 años, cuya tasa de empleo aumentó 7,8 puntos durante el período. El Istat relaciona esta evolución, entre otros factores, con el envejecimiento de la población y las reformas de las pensiones. Esto significa que las cifras actuales son favorables, pero no pueden presentarse honestamente como el producto exclusivo de la política aplicada desde 2022.

Hay otro dato que merece atención: la tasa de desempleo juvenil seguía en el 18,9% en julio de 2026, 0,2 puntos por encima del mes anterior. El mercado laboral puede, por tanto, mostrar un desempleo general históricamente bajo y conservar al mismo tiempo una dificultad estructural para las nuevas generaciones. Esta diferencia entre la cifra general y la situación de los jóvenes es importante para comprender por qué la percepción económica de un Gobierno puede divergir de los indicadores macroeconómicos. Una persona de cincuenta o sesenta años que conserva su empleo permanente no vive la misma realidad que un graduado de veinticinco años que se enfrenta a contratos precarios, salarios iniciales relativamente bajos o a la necesidad de trasladarse a otra región o al extranjero para encontrar una carrera acorde con su formación.

La paradoja se hace todavía más visible cuando se observa el crecimiento. La economía italiana creció efectivamente en 2025, pero solo un 0,5% en términos reales. El Fondo Monetario Internacional prevé todavía un crecimiento del 0,5% tanto en 2026 como en 2027. La Comisión Europea llega a una estimación prácticamente idéntica para 2026 y ligeramente superior para 2027, del 0,6%. En el segundo trimestre de 2026, el PIB italiano aumentó un 0,2% respecto al trimestre anterior, mientras que el crecimiento adquirido para el conjunto del año alcanzaba el 0,8%. La economía, por tanto, no se está contrayendo; avanza. Pero avanza a una velocidad insuficiente para modificar rápidamente las grandes relaciones estructurales entre deuda, productividad, ingresos y envejecimiento.

Aquí es donde la distinción entre estabilización y transformación resulta indispensable. Una economía puede crear empleos, reducir el déficit, mantener la confianza de los mercados y seguir creciendo sin resolver sus debilidades fundamentales. El Gobierno de Meloni puede reivindicar legítimamente una mejora de determinados indicadores, pero sería mucho más difícil demostrar que ya ha cambiado el potencial de crecimiento de Italia. El FMI considera precisamente que las perspectivas a medio plazo siguen limitadas por el rápido envejecimiento de la población y la persistente debilidad de la productividad. La cuestión económica central ya no consiste únicamente en saber cuántos italianos trabajan, sino cuánto valor es capaz de producir la economía italiana con la población activa y el capital disponibles.

15. EL GRAN PUNTO CIEGO: LOS SALARIOS Y EL PODER ADQUISITIVO

Probablemente es en el terreno de los ingresos donde la diferencia entre las cifras macroeconómicas y la experiencia cotidiana de los ciudadanos se hace más visible. Un país puede presentar un desempleo bajo y unas finanzas públicas mejor gestionadas y, al mismo tiempo, dejar a una parte de su población con la sensación de que la mejora económica no se traduce suficientemente en la vida diaria. Italia experimenta precisamente esta tensión. Las remuneraciones contractuales aumentan, pero a un ritmo que debe compararse con el de los precios y con las pérdidas acumuladas durante los años anteriores.

En junio de 2026, el índice de remuneraciones contractuales por hora había aumentado un 2,4% interanual y un 0,5% respecto al mes anterior. Durante los seis primeros meses del año, las remuneraciones contractuales por hora habían aumentado un 2,6% respecto al mismo período de 2025. Pero el Istat señalaba simultáneamente que, a finales de junio, 25 convenios colectivos nacionales seguían pendientes de renovación, afectando a aproximadamente 3,9 millones de trabajadores. En la función pública, todos los convenios estaban vencidos en la parte relativa a la determinación de los salarios. La cifra de crecimiento de las remuneraciones debe, por tanto, interpretarse con cautela: describe un aumento nominal de los salarios determinados por los convenios vigentes, pero no significa que todos los trabajadores hayan recibido simultáneamente una actualización salarial equivalente.

Esta distinción es particularmente importante después de los años de inflación que siguieron a la pandemia y a los shocks energéticos europeos. Cuando los precios aumentan rápidamente, un incremento nominal de los salarios puede no ser suficiente para recuperar inmediatamente el poder adquisitivo perdido. El Istat estimaba todavía en agosto de 2026 una inflación armonizada del 3,2% interanual en Italia, frente al 3,3% en el conjunto de la zona euro. La aceleración procedía principalmente de los precios de la energía. Evidentemente, el Gobierno italiano no puede determinar por sí solo los precios mundiales de la energía ni las condiciones geopolíticas que los afectan, pero debe gestionar sus consecuencias para los hogares y las empresas. Es precisamente a este nivel donde la política económica deja de ser una cuestión abstracta de déficit y deuda y se convierte en una cuestión de poder adquisitivo.

El debate sobre los salarios también revela una debilidad más antigua de la economía italiana. El país no solo necesita negociar mejores salarios; debe aumentar el valor producido por cada hora de trabajo. Un crecimiento sostenible de las remuneraciones no puede descansar indefinidamente sobre la redistribución de una riqueza que crece lentamente. Debe estar respaldado por una mayor productividad, más inversión, una mejor difusión de las tecnologías, una administración más eficiente, una formación adecuada y una mayor capacidad de las empresas para ascender en la cadena de valor. Este es precisamente el problema que las cifras del PIB hacen a veces menos visible: cuando la productividad crece poco, los salarios reales disponen de menos margen para aumentar de forma sostenible sin reducir los márgenes empresariales o agravar otros desequilibrios.

El Gobierno de Meloni se encuentra, por tanto, ante una dificultad política que no puede resolverse mediante una simple oposición entre trabajadores y empresas. El verdadero desafío consiste en reconstruir un mecanismo económico en el que la inversión y la productividad generen más valor, y en el que ese valor permita posteriormente una mejora duradera de las remuneraciones. Las transferencias públicas pueden amortiguar los shocks y las reducciones fiscales pueden sostener determinados ingresos, pero no sustituyen una estrategia de crecimiento. Si Italia quiere mejorar de manera duradera el nivel de vida de sus ciudadanos, debe resolver el problema mucho más difícil de la productividad.

16. LA PRODUCTIVIDAD, EL PROBLEMA QUE NO SE RESUELVE CON UN RÉCORD DE EMPLEO

La productividad constituye uno de los elementos menos espectaculares del debate político italiano y, sin embargo, uno de los más determinantes. No produce las mismas imágenes que una caída del desempleo o una cumbre europea, pero determina en gran medida la capacidad de un país para aumentar los salarios, financiar sus servicios públicos, reducir su deuda y preservar su nivel de vida frente al envejecimiento. El FMI considera que la debilidad persistente de la productividad constituye una de las principales restricciones que pesan sobre las perspectivas de crecimiento de Italia. Las reformas estructurales, la digitalización, la adopción de nuevas tecnologías, la mejora del capital humano y la eficiencia del sector público están, por tanto, en el centro del problema.

La paradoja italiana es especialmente clara. El país puede contar con más personas empleadas y, al mismo tiempo, mantener un crecimiento potencial relativamente débil. Esto significa que el aumento del número de trabajadores no basta por sí solo para crear una economía más dinámica. Italia también debe mejorar la calidad de los empleos, la capacidad de innovación de las empresas, la difusión de las tecnologías y el rendimiento de sus infraestructuras físicas y digitales. Sobre todo, debe hacer frente a una población activa que, sin el aporte de la migración y sin un aumento de la participación de las mujeres y los jóvenes, corre el riesgo de disminuir a medida que las generaciones numerosas lleguen a la jubilación.

El problema de la participación es aquí central. El FMI señala que la participación en el mercado laboral sigue siendo inferior a la de muchos países comparables, especialmente entre las mujeres y los jóvenes. Esto significa que una parte del crecimiento potencial italiano se encuentra en recursos humanos que ya existen pero que permanecen insuficientemente integrados en la economía formal. Aumentar la participación femenina, mejorar la incorporación profesional de los jóvenes y reforzar la compatibilidad entre trabajo y vida familiar no son, por tanto, únicamente políticas sociales. También son políticas de crecimiento.

El mismo razonamiento se aplica a la transformación digital y a la inteligencia artificial. Italia posee una importante base industrial, una red particularmente densa de pequeñas y medianas empresas y sectores de excelencia reconocidos internacionalmente. Pero la productividad nacional depende de la capacidad de estas empresas para adoptar las tecnologías disponibles y transformarlas en ganancias reales de eficiencia. El potencial existe, pero su aprovechamiento requiere inversiones, competencias, infraestructuras digitales y una administración capaz de acompañar esta transición. El FMI considera además que ganancias de productividad más rápidas derivadas de las reformas, la digitalización y la adopción de nuevas tecnologías, especialmente de la inteligencia artificial, podrían constituir un factor importante de aceleración.

El Plan Nacional de Recuperación y Resiliencia desempeña en esta perspectiva un papel considerable. Las inversiones vinculadas al NRRP contribuyeron a sostener el crecimiento italiano en 2025 y continúan desempeñando un papel en las previsiones para 2026 y 2027. Pero, una vez más, el volumen de fondos disponibles no constituye por sí mismo una medida de éxito. El verdadero desafío es transformar el capital público en infraestructuras, competencias y capacidades productivas. Una inversión europea puede mejorar una línea ferroviaria, modernizar una administración o financiar una infraestructura digital; se convierte verdaderamente en transformadora cuando estas inversiones aumentan de forma duradera la productividad de los territorios y de las empresas.

17. UN CRECIMIENTO DEMASIADO DÉBIL PARA EL PESO DE ITALIA

Italia sigue siendo la tercera economía de la zona euro y una de las principales potencias industriales del continente. Su economía posee ventajas considerables: una base manufacturera diversificada, exportadores competitivos, un patrimonio turístico excepcional, una fuerte especialización en varios sectores de alto valor añadido, una red de pequeñas y medianas empresas y una posición geográfica estratégica en el centro del Mediterráneo. La debilidad actual del crecimiento no significa, por tanto, que el país haya perdido sus capacidades económicas. Significa más bien que todavía no consigue convertir con suficiente rapidez estas ventajas en crecimiento potencial.

La Comisión Europea prevé un crecimiento del PIB real de solo el 0,5% en 2026 y del 0,6% en 2027. Considera que el consumo se está ralentizando debido a la pérdida de poder adquisitivo y que las exportaciones netas pesan sobre el crecimiento. El FMI llega a una conclusión similar, con un crecimiento previsto del 0,5% tanto en 2026 como en 2027. En este contexto, Italia no se enfrenta a una crisis de recesión comparable a las que ha experimentado en el pasado, sino a algo más silencioso: un crecimiento insuficiente para modificar rápidamente sus restricciones estructurales.

Esta situación explica por qué el balance económico de Meloni debe formularse con precisión. Decir que su Gobierno ha fracasado sería excesivo si se consideran la reducción del déficit, la mejora del mercado laboral y la continuidad de la inversión. Decir que ha transformado la economía italiana sería igualmente excesivo si se consideran el crecimiento potencial, la deuda, la productividad y el poder adquisitivo. El término más preciso probablemente sea estabilización bajo restricciones. La economía italiana parece más sólida en determinados indicadores que cuando Meloni asumió sus funciones, pero las grandes variables que determinan su trayectoria a largo plazo siguen ampliamente abiertas.

Esta distinción también permite comprender por qué la popularidad política de Meloni no depende únicamente de las cifras del PIB. Un crecimiento del 0,5% puede presentarse como un crecimiento positivo en un contexto internacional difícil, pero no produce necesariamente un cambio visible en el nivel de vida. A la inversa, una caída del desempleo al 5,8% puede representar una mejora estadística importante y, al mismo tiempo, dejar a una parte de los jóvenes enfrentada a un desempleo cercano al 19%. Los gobiernos se enfrentan, por tanto, a una doble obligación: mejorar los indicadores macroeconómicos y lograr que esas mejoras sean perceptibles en la vida cotidiana.

18. LA DEUDA COMO RESTRICCIÓN SILENCIOSA

La deuda pública constituye finalmente la variable que impide considerar la estabilización presupuestaria como una victoria definitiva. Con una deuda equivalente aproximadamente al 137% del PIB a finales de 2025 y una proyección europea del 139,2% en 2027, Italia sigue siendo extremadamente sensible a la relación entre los tipos de interés, el crecimiento nominal y la confianza de los inversores. Una economía puede soportar un nivel elevado de deuda durante un largo período cuando los tipos son bajos y el crecimiento nominal se mantiene suficientemente dinámico. Pero cuando las condiciones financieras se endurecen o el crecimiento se ralentiza, el servicio de la deuda absorbe una parte mayor de los recursos públicos.

El Gobierno de Meloni tiene, por tanto, interés en preservar la confianza financiera incluso cuando busca responder a las expectativas sociales de su base electoral. Esta restricción explica en parte los constantes equilibrios entre reducciones fiscales, gasto social, inversión pública y disciplina presupuestaria. Cada nueva medida debe financiarse y, en una economía muy endeudada, la financiación mediante déficit tiene un coste mayor que en un país con una deuda mucho más baja.

El FMI recomienda precisamente una reducción más rápida de la deuda y estima que un esfuerzo presupuestario adicional de aproximadamente el 1% del PIB en 2026 y 2027, por encima de las medidas ya previstas, reforzaría la trayectoria de reducción de la deuda. Pero esta recomendación también demuestra la dificultad política del problema. Reducir rápidamente la deuda exige mayores ingresos, un control más estricto del gasto, un crecimiento más fuerte o una combinación de los tres. Cada una de estas opciones implica un coste político. Un aumento de la fiscalidad puede descontentar a los hogares y las empresas; una reducción del gasto puede afectar a los servicios públicos; un crecimiento más fuerte exige reformas cuyos resultados tardan en llegar.

La deuda se convierte así en una restricción silenciosa del poder de Meloni. No impide al Gobierno gobernar, pero determina constantemente qué puede prometer y qué puede financiar realmente. También contribuye a explicar por qué la estabilidad política posee un valor particular a los ojos de los mercados. Un Gobierno estable tiene mayores probabilidades de mantener una trayectoria presupuestaria coherente que un Ejecutivo permanentemente amenazado por una crisis de coalición. Pero la estabilidad no reduce mecánicamente la deuda. Solo proporciona al Gobierno más tiempo para intentar controlarla.

19. EL VERDADERO BALANCE: UNA ECONOMÍA MÁS ESTABLE, PERO TODAVÍA NO TRANSFORMADA

Al término de esta primera lectura económica, el balance de Giorgia Meloni aparece, por tanto, más complejo que los relatos opuestos del éxito total y del fracaso completo. Su Gobierno se ha beneficiado de una mejora del mercado laboral, de una reducción del déficit y de una consolidación de la credibilidad financiera. El número de personas ocupadas ha alcanzado un nivel históricamente elevado, el desempleo ha descendido al 5,8% y el déficit público se redujo al 3,1% del PIB en 2025. Estos resultados son suficientemente significativos como para que no puedan descartarse como simples efectos de comunicación.

Pero los mismos datos muestran los límites de este éxito. El crecimiento sigue cerca del 0,5%, la deuda pública permanece alrededor del 137% del PIB y se espera que aumente todavía más como proporción del PIB a corto plazo, la productividad continúa siendo débil y la participación en el mercado laboral sigue siendo insuficiente entre las mujeres y los jóvenes. Los salarios nominales aumentan, pero el poder adquisitivo sigue expuesto a la inflación y varios millones de trabajadores continúan afectados por convenios colectivos pendientes de renovación. La economía italiana funciona mejor en determinados parámetros, pero todavía no ha cruzado el umbral que permitiría hablar de una transformación estructural.

La cuestión económica vuelve entonces directamente a la planteada desde el comienzo de este dossier. Cuatro años de estabilidad gubernamental han dado a Giorgia Meloni más tiempo que a la mayoría de sus predecesores para actuar. También le han permitido construir una relación más previsible con las instituciones europeas y los mercados, mantener una trayectoria presupuestaria relativamente disciplinada y apoyar determinadas inversiones. Pero la estabilidad no crea por sí sola productividad, no reduce automáticamente la deuda, no aumenta mecánicamente los salarios reales y no modifica instantáneamente la estructura demográfica de un país.

El balance económico de Meloni puede, por tanto, resumirse mediante una fórmula que debe permanecer en el centro de nuestro dossier: Italia se ha vuelto más estable sin haberse vuelto todavía más productiva. Esta diferencia está lejos de ser secundaria. Probablemente determinará la manera en que los italianos juzgarán a su Gobierno a medida que se acerque 2027. Porque, una vez superada la legítima satisfacción de haber obtenido una continuidad política excepcional, otra pregunta se vuelve inevitable: ¿ha aumentado realmente esta estabilidad la capacidad del país para crear riqueza, mejorar los ingresos y preparar su futuro? La demografía, el mercado laboral y las fracturas territoriales ofrecerán ahora una respuesta mucho más exigente.

20. EL MERCADO LABORAL NO PUEDE SEPARARSE DE LA DEMOGRAFÍA

Existe una profunda contradicción en el corazón de la economía italiana que las cifras del desempleo por sí solas no permiten captar. Italia cuenta hoy con más personas empleadas que al comienzo del Gobierno de Meloni y la tasa de desempleo ha alcanzado un nivel que habría sido difícil de imaginar durante algunas de las fases más frágiles de la economía italiana contemporánea. Sin embargo, esta mejora se produce en un país cuya población potencialmente activa se está contrayendo progresivamente. El problema italiano ya no consiste simplemente en crear empleos, sino en disponer mañana de suficientes personas para ocuparlos, suficientemente cualificadas para responder a las necesidades de las empresas y suficientemente productivas para sostener una economía enfrentada simultáneamente al envejecimiento, la financiación de las pensiones, la presión sobre los servicios públicos y el aumento de los gastos relacionados con la edad. La cuestión demográfica no es, por tanto, un capítulo periférico de la política económica de Giorgia Meloni; constituye una de sus variables determinantes.

Los datos demográficos más recientes ofrecen una medida especialmente clara del fenómeno. En 2025, Italia registró aproximadamente 355 000 nacimientos y 652 000 fallecimientos. La tasa global de fecundidad descendió a 1,14 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo generacional. El 1 de enero de 2026, la población residente italiana había disminuido en aproximadamente 189 000 personas en un año, mientras que el número de residentes extranjeros alcanzaba aproximadamente 5,56 millones. La inmigración compensa, por tanto, una parte del declive demográfico, pero no lo elimina. El saldo migratorio exterior sigue siendo positivo y constituye actualmente uno de los principales mecanismos que permiten limitar la contracción de la población, mientras que el saldo natural continúa siendo profundamente negativo. Italia no se enfrenta a una crisis demográfica futura que podría producirse dentro de varias décadas; ya está viviendo esta transformación.

Esta evolución modifica profundamente el significado del éxito mostrado por el mercado laboral. Cuando el empleo aumenta en una población envejecida, una parte de esta progresión puede proceder del alargamiento de la vida profesional y del aumento de la tasa de empleo de las generaciones de mayor edad. Esto es precisamente lo que muestran los datos italianos recientes. El aumento del empleo desde 2021 ha sido especialmente importante entre las personas de 50 a 64 años. Esta evolución puede ser positiva desde el punto de vista de las finanzas públicas y del funcionamiento del mercado laboral, pero no constituye una respuesta completa al problema demográfico. También significa que la economía italiana depende cada vez más de una población activa envejecida, mientras que las generaciones que entran en el mercado laboral son menos numerosas. El envejecimiento puede, por tanto, mejorar temporalmente determinados indicadores de empleo mientras reduce progresivamente el potencial de crecimiento a largo plazo.

Por eso la situación de los jóvenes italianos posee una importancia que va mucho más allá de la tasa de desempleo de los menores de 25 años. Una economía que no logra ofrecer a sus nuevas generaciones perspectivas profesionales acordes con su nivel de formación corre el riesgo de perder simultáneamente capital humano, consumo futuro, capacidad empresarial y capacidad para formar nuevas familias. La emigración de jóvenes titulados se convierte así en una cuestión tanto económica como social. En 2025, aproximadamente 109 000 italianos registraron su salida al extranjero, con una edad media de alrededor de 34 años; más de un tercio de las personas que abandonaron el país pertenecían al grupo de edad de 25 a 34 años. Italia también registró aproximadamente 56 000 retornos, pero estos no fueron suficientes para compensar las salidas. El país no pierde solamente habitantes; corre el riesgo de perder una parte de su población en edad de trabajar y de construir el futuro económico del país.

El fenómeno resulta todavía más sensible en el Mezzogiorno. Entre 2019 y 2025, el sur de Italia perdió aproximadamente 150 000 jóvenes titulados de entre 25 y 34 años, principalmente en beneficio del centro y del norte de Italia, pero también del extranjero. Esta migración interna suele presentarse como consecuencia de las diferencias económicas entre los territorios, pero actúa a su vez como un mecanismo que las acentúa. Cuando una región pierde una parte importante de sus jóvenes titulados, pierde también competencias, potenciales empresarios, consumidores, contribuyentes y familias susceptibles de renovar su población. El problema no consiste, por tanto, únicamente en que el sur produzca menos empleos cualificados; es que corre el riesgo de ver disminuir precisamente la población que necesitaría para transformar su economía.

El Gobierno de Meloni ha intentado responder a esta situación mediante una combinación de políticas familiares, fiscales y sociales, especialmente a través de la asignación única por hijos a cargo, las medidas destinadas a los nuevos nacimientos y los dispositivos de apoyo a las familias y al cuidado de los niños pequeños. Estas políticas cumplen una función importante, pero su eficacia debe evaluarse con prudencia. Las transferencias financieras pueden reducir el coste inmediato de un hijo, pero no bastan necesariamente para modificar las decisiones de fecundidad cuando los hogares se enfrentan simultáneamente al coste de la vivienda, la precariedad laboral, las dificultades de cuidado infantil, la incertidumbre económica y las limitaciones vinculadas a la carrera profesional de las mujeres. Una política familiar realmente transformadora requiere, por tanto, un entorno mucho más amplio en el que tener un hijo no signifique renunciar a una parte desproporcionada de los ingresos o de las perspectivas profesionales.

La cuestión de las infraestructuras de cuidado infantil ilustra perfectamente esta dificultad. En 2023–2024, Italia contaba con aproximadamente 14 570 estructuras de servicios para la primera infancia, que representaban cerca de 378 500 plazas autorizadas, es decir, aproximadamente 31,6 plazas por cada 100 niños de cero a dos años. Pero las diferencias territoriales seguían siendo considerables. La cobertura era claramente menor en el sur y en las islas que en el centro y el norte, mientras que una proporción importante de las estructuras señalaba la existencia de listas de espera. Una política familiar no puede, por tanto, evaluarse únicamente a partir del importe de las ayudas concedidas a los padres. También debe medirse por la posibilidad concreta de encontrar una plaza de guardería, acceder a una vivienda asequible, conservar un empleo y conciliar la actividad profesional con la vida familiar.

Esta dimensión es especialmente importante para las mujeres. El aumento de la participación femenina en el mercado laboral constituye una de las reservas de crecimiento más importantes de las que todavía dispone Italia. Pero esta progresión no puede obtenerse mediante una simple exigencia de trabajar más. Depende de la organización del mercado laboral, del acceso a los servicios de cuidado infantil, de la disponibilidad de transporte, de la distribución del trabajo doméstico y familiar y de la capacidad de las empresas para ofrecer trayectorias profesionales compatibles con las distintas etapas de la vida. En una sociedad envejecida, cada mujer adicional que entra de manera estable en el empleo representa no solo una mejora de la igualdad económica, sino también un aumento de la base productiva y fiscal del país. El tema es, por tanto, simultáneamente social, demográfico y macroeconómico.

La demografía plantea finalmente una pregunta que la política económica ya no puede aplazar: con menos jóvenes y más personas mayores, ¿quién financiará los sistemas sociales y quién producirá la riqueza necesaria para financiarlos? Las pensiones, la salud, los cuidados de larga duración y los servicios sociales ejercerán progresivamente una mayor presión sobre las finanzas públicas. Al mismo tiempo, el número de personas en edad de trabajar tenderá a disminuir. La inmigración se convierte así en un componente económico estructural, incluso cuando sigue siendo políticamente controvertida. Una Italia que quiera mantener su nivel de producción, financiar su sistema de protección social y compensar la disminución de su población activa tendrá necesariamente que reflexionar simultáneamente sobre la natalidad, la participación de las mujeres y los jóvenes, la prolongación de la actividad profesional, la productividad y una política migratoria capaz de atraer e integrar las competencias que su economía necesitará.

Aquí es donde el balance económico de Giorgia Meloni encuentra su limitación más profunda. Su Gobierno puede reivindicar una estabilización de las finanzas públicas y una mejora notable de determinados indicadores del mercado laboral, pero ninguno de estos avances basta para resolver la contradicción demográfica que condicionará el crecimiento italiano durante las próximas décadas. El número de empleos puede aumentar hoy; si el número de trabajadores potenciales disminuye mañana, el problema reaparecerá bajo otra forma. El déficit puede reducirse; si los gastos relacionados con el envejecimiento aumentan más rápidamente que los ingresos, la presión regresará. Las empresas pueden invertir más; si ya no encuentran suficientes trabajadores cualificados, su capacidad de expansión seguirá siendo limitada. La verdadera prueba económica no es, por tanto, únicamente la del próximo presupuesto o la próxima tasa de desempleo. Es la de un país que debe producir simultáneamente más con menos trabajadores, mantener su modelo social con una población más envejecida y evitar que sus generaciones jóvenes consideren la partida como la condición normal de su futuro.

Esta realidad conduce directamente al siguiente capítulo de nuestro análisis. La demografía italiana no constituye únicamente una crisis de cifras; transforma la sociedad, las relaciones entre generaciones, la geografía política del país, las decisiones familiares, las migraciones internas e internacionales y, en última instancia, la propia definición del poder italiano. Después de haber medido lo que cuatro años de Gobierno de Meloni han cambiado en las cuentas públicas, el empleo, los ingresos y las capacidades productivas, debemos ahora observar lo que esos mismos años todavía no han logrado invertir: una sociedad italiana que envejece más rápido de lo que la política consigue transformarla.

UNA SOCIEDAD QUE ENVEJECE MÁS RÁPIDO QUE LA POLÍTICA

21. EL PAÍS QUE PIERDE NACIMIENTOS Y GANA AÑOS DE VIDA

La crisis demográfica de Italia suele describirse a través de una cifra que se ha vuelto casi emblemática: el número de nacimientos se encuentra ahora muy por debajo del número de defunciones. Pero detrás de esta diferencia estadística se encuentra una transformación mucho más profunda de la sociedad italiana. En 2025, nacieron aproximadamente 355.000 niños en Italia, mientras que murieron cerca de 652.000 personas. La tasa de fecundidad descendió a 1,14 hijos por mujer, mientras que la esperanza de vida continuó aumentando, alcanzando aproximadamente 81,7 años para los hombres y 85,7 años para las mujeres. Italia está experimentando, por tanto, dos evoluciones simultáneas que podrían parecer contradictorias, pero que, consideradas conjuntamente, explican la nueva estructura de su población: los italianos viven más tiempo y tienen menos hijos. El resultado es una sociedad cuya estructura por edades está cambiando rápidamente, con generaciones mayores cada vez más numerosas y generaciones jóvenes cada vez más reducidas.

Este proceso no puede atribuirse al gobierno de Meloni. Es el producto de varias décadas de transformación económica, cultural y social. El descenso de la fecundidad en Italia comenzó mucho antes de que Meloni llegara al poder y forma parte de una tendencia europea más amplia, aunque Italia se encuentra ahora entre los países más expuestos a sus consecuencias. Esta observación es esencial si se quiere evitar que la demografía se convierta en un instrumento partidista. La cuestión relevante no es si Meloni creó la crisis demográfica, sino qué puede hacer realmente un gobierno que dispone de varios años de estabilidad política frente a una tendencia tan profunda. Es precisamente aquí donde se hacen visibles los límites de las políticas públicas. La política familiar puede reducir determinados costes, mejorar el acceso a los servicios y hacer menos difícil tener un hijo, pero por sí sola no puede modificar una estructura demográfica construida a lo largo de varias generaciones.

El descenso de los nacimientos tiene, sin embargo, una dimensión económica inmediata. Cada generación más pequeña significa, veinte o treinta años después, menos personas entrando en el mercado laboral. Cuando este fenómeno se repite durante varias décadas, termina reduciendo el potencial de la población en edad de trabajar. El problema se vuelve entonces acumulativo. Menos jóvenes significan menos nuevos trabajadores; menos trabajadores pueden significar una base tributaria más reducida; una población de mayor edad significa simultáneamente mayores necesidades de atención sanitaria, pensiones y servicios de cuidados. El país debe, por tanto, producir más riqueza con una población activa proporcionalmente menor. Esta es precisamente la contradicción a la que se enfrenta cada vez más el debate económico italiano.

La inmigración internacional atenúa esta dinámica sin poder revertirla. En 2025, Italia registró aproximadamente 440.000 llegadas desde el extranjero, mientras que la emigración al exterior se situó en torno a 144.000 personas. El saldo migratorio internacional neto se mantuvo, por tanto, claramente positivo, en aproximadamente 296.000 personas. El 1 de enero de 2026, la población extranjera residente se situaba en aproximadamente 5,56 millones. Esta contribución migratoria ayuda a ralentizar la contracción demográfica y sostiene el mercado laboral. Pero también plantea una importante cuestión política para un gobierno cuya identidad electoral se construye en parte alrededor del control de las fronteras y de la reducción de la inmigración irregular. Italia puede buscar reducir las llegadas irregulares y, al mismo tiempo, necesitar un nivel suficiente de inmigración regular para sostener su economía. Estas dos políticas no son necesariamente contradictorias, pero requieren una distinción mucho más sofisticada entre control fronterizo, inmigración económica, integración y necesidades demográficas.

Este es uno de los principales paradojas del gobierno de Meloni. La migración se ha convertido en uno de los marcadores más visibles de su proyecto político, mientras que la demografía italiana obliga al país a reflexionar precisamente sobre cómo atraer a los trabajadores que necesitará mañana. Una política migratoria concebida exclusivamente como política de seguridad no respondería, por tanto, plenamente a las necesidades de una economía envejecida. Por el contrario, una política de apertura económica que ignorara las preocupaciones relacionadas con la integración, la seguridad y la capacidad de las comunidades locales para acoger nuevas poblaciones generaría otras tensiones. La verdadera cuestión italiana no consiste, por tanto, simplemente en cuántos migrantes deben entrar en el país, sino en qué migrantes quiere atraer la economía italiana, en qué sectores, con qué cualificaciones, a través de qué vías legales y con qué política de integración.

22. UNA JUVENTUD ATRAPADA ENTRE LA EDUCACIÓN, LA MOVILIDAD Y LA PARTIDA

El problema demográfico de Italia comienza también con la relación que los jóvenes mantienen con su propio futuro. Una sociedad no se renueva simplemente porque tenga suficientes nacimientos; se renueva cuando sus generaciones jóvenes tienen suficientes razones económicas, profesionales y sociales para permanecer, trabajar, invertir y formar familias. Italia ha experimentado durante mucho tiempo un patrón de movilidad entre los jóvenes graduados que debilita especialmente a las regiones que ya son menos dinámicas.

En 2025, aproximadamente 109.000 italianos registraron una emigración al extranjero. Esta cifra representa un descenso respecto al excepcional máximo registrado en 2024, un año marcado, en particular, por una concentración significativa de inscripciones en el AIRE tras el endurecimiento de las normas correspondientes. El fenómeno debe, por tanto, interpretarse con cautela. No obstante, la emigración italiana sigue siendo estructuralmente significativa, mientras que los retornos no compensan plenamente las salidas.

La cuestión no es simplemente el número de jóvenes que se marchan. También se refiere a las razones por las que se marchan. Algunos buscan salarios más elevados, otros entornos profesionales más dinámicos, carreras internacionales, sistemas universitarios más abiertos o condiciones laborales que consideran más favorables. La movilidad europea hace que estas decisiones sean relativamente fáciles para los ciudadanos italianos. Un joven graduado puede comparar oportunidades en Milán, París, Berlín, Madrid, Ámsterdam o Londres sin considerar necesariamente la partida como una ruptura definitiva con Italia. Para la economía nacional, sin embargo, cada salida prolongada representa una pérdida potencial de competencias y de futuros ingresos fiscales.

Esta dinámica es especialmente fuerte en el Mezzogiorno. Entre 2019 y 2025, aproximadamente 150.000 jóvenes graduados italianos de entre 25 y 34 años abandonaron el Sur, principalmente para trasladarse al Centro Norte, pero también para marcharse al extranjero. Según ISTAT, esta pérdida estuvo compuesta por aproximadamente 122.000 personas que se trasladaron al Centro Norte y aproximadamente 28.000 correspondientes al saldo negativo con los países extranjeros. Este movimiento contribuye a una concentración gradual del capital humano en territorios que ya poseen los mercados laborales más fuertes.

Este mecanismo crea un ciclo difícil de romper. Una región que pierde a su población joven y activa tiene menos consumidores, menos contribuyentes y menos personas capaces de crear nuevas empresas. Esta contracción reduce a su vez el atractivo del territorio. Las familias se muestran menos dispuestas a establecerse allí, las empresas encuentran mayores dificultades para contratar y las generaciones jóvenes que permanecen disponen de menos oportunidades. La demografía se convierte entonces en un factor de desigualdad territorial, mientras que la desigualdad territorial se convierte en un factor adicional de declive demográfico.

La política económica nacional no puede, por tanto, abordar por separado las cuestiones del Sur, de la juventud y de la demografía. Pertenecen al mismo sistema. Una Italia capaz de ofrecer más empleo cualificado en el Mezzogiorno reduciría simultáneamente las presiones migratorias internas, conservaría una mayor cantidad de capital humano y aumentaría las posibilidades de formación de familias en los territorios afectados. Pero esto requiere inversiones sostenidas en infraestructuras, educación, conectividad digital, investigación, logística y sectores industriales y tecnológicos. Las transferencias presupuestarias pueden apoyar a los territorios; no son suficientes para crear el ecosistema económico que dé a toda una generación una razón para construir allí su futuro.

23. LA FAMILIA COMO POLÍTICA ECONÓMICA

Giorgia Meloni ha convertido a la familia en uno de los temas definitorios de su gobierno. Esta orientación es coherente con su trayectoria política y con la gravedad de la situación demográfica italiana. Pero también genera una obligación particular: cuando un gobierno declara que la fecundidad constituye una prioridad nacional, debe aceptar que sus resultados serán evaluados no solamente a través de la retórica política o del número de programas creados, sino por su capacidad real para modificar las condiciones en las que los jóvenes adultos toman decisiones sobre la familia.

Italia cuenta actualmente con una serie de medidas que incluyen el Assegno Unico e Universale, ayudas vinculadas a los nuevos nacimientos y programas destinados a apoyar el cuidado de los niños pequeños. Según el análisis de redistribución del ISTAT sobre las medidas que entraron en vigor en 2025, la indexación del Assegno Unico, los cambios en el bonus asilo nido y la introducción del bonus nuovi nati representaron conjuntamente un beneficio medio de aproximadamente 120 euros al año para más de seis millones de familias. Esta cifra, por tanto, no corresponde a la totalidad de la política familiar italiana, sino al efecto estimado de este grupo específico de medidas.

El coste de un hijo no se limita a un gasto mensual adicional. Incluye vivienda, cuidado infantil, transporte, atención sanitaria, educación, la posible pérdida de ingresos cuando uno de los padres reduce su actividad profesional y el coste de oportunidad asociado a una carrera. En una economía en la que los jóvenes adultos encuentran dificultades para acceder a la vivienda y en la que los salarios reales han estado sometidos a una presión considerable, una ayuda adicional puede ser útil sin necesariamente modificar la decisión fundamental de tener un hijo. El problema de la fecundidad está, por tanto, relacionado tanto con la confianza en el futuro como con el importe de las ayudas disponibles.

La disponibilidad de servicios de cuidado infantil es crucial en este sentido. Los datos italianos muestran una cobertura territorial muy desigual. En 2023–2024, Italia contaba con cerca de 378.500 plazas autorizadas en servicios para la primera infancia, es decir, aproximadamente 31,6 plazas por cada 100 niños. Pero la cobertura era significativamente menor en el Sur y las Islas, con aproximadamente 19,0 plazas por cada 100 niños en el Sur y 19,5 en las Islas, frente a 40,4 en el Centro de Italia, 39,1 en el Nordeste y 36,6 en el Noroeste. Una familia puede, por tanto, recibir asistencia financiera y seguir enfrentándose a un obstáculo muy concreto: encontrar una plaza de cuidado infantil cerca de su domicilio.

Esta realidad ayuda a explicar por qué la política familiar debe concebirse como una forma de política de infraestructura social. Un centro de cuidado infantil no es solamente un servicio para los niños. También es una infraestructura que permite a uno de los padres, con frecuencia la madre, permanecer en el mercado laboral. Una escuela de calidad, un sistema sanitario accesible, un transporte fiable y una vivienda asequible también influyen indirectamente en la decisión de tener hijos. La política familiar se convierte así en política económica porque determina la cantidad de trabajo disponible, la participación femenina, los ingresos de los hogares y la capacidad futura del país para renovar su población en edad de trabajar.

La paradoja, por tanto, es que la política pronatalista de Italia no puede tener éxito si permanece separada de la política de empleo. Un gobierno puede fomentar los nacimientos, pero si las parejas jóvenes continúan enfrentándose a dificultades para acceder a empleos estables, vivienda y servicios de cuidado infantil, el mensaje político seguirá chocando con la realidad cotidiana. Por eso la demografía puede ser uno de los ámbitos en los que la filosofía política de Meloni se encuentra más directamente con las restricciones económicas de Italia.

24. NORTE Y SUR: DOS ITALIAS EN LA MISMA CRISIS

La situación demográfica de Italia no se distribuye de manera uniforme por el territorio. Amplifica divisiones geográficas históricas y crea nuevas formas de desigualdad entre las regiones. El Norte cuenta con economías más diversificadas, una base industrial más sólida y mercados laborales generalmente más dinámicos. El Sur posee importantes activos, entre ellos su posición mediterránea, su potencial turístico, sus recursos de energía renovable, su agricultura, sus puertos y su proximidad al norte de África. Sin embargo, las diferencias de ingresos, empleo, servicios y capital humano siguen siendo suficientemente importantes como para influir en las trayectorias demográficas.

El problema no consiste simplemente en que el Sur experimente más salidas. Es que la partida de jóvenes graduados reduce gradualmente su capacidad para revertir los factores que provocan esas mismas salidas. Cuando una región pierde parte de su población activa cualificada, las empresas disponen de una reserva de talento más reducida, las administraciones locales también pierden parte de su potencial humano y hay menos familias jóvenes. La consecuencia es acumulativa. La región no pierde simplemente residentes; pierde parte de su capacidad para crear las condiciones necesarias para que quienes se han marchado puedan regresar.

Las brechas también aparecen en el acceso a servicios esenciales. La cobertura de los servicios para la primera infancia sigue siendo significativamente menor en el Sur y las Islas que en las regiones del Norte y del Centro. Esta diferencia no es insignificante. Puede influir en la participación de las mujeres en el mercado laboral, en las decisiones familiares y en la movilidad profesional. Una política nacional que distribuyera los mismos recursos por habitante en todo el país no produciría necesariamente los mismos resultados en cada territorio, porque las necesidades y las capacidades institucionales no son idénticas.

La geografía económica del país también está cambiando. Los datos regionales muestran un crecimiento positivo pero modesto en 2025, de alrededor del 0,5 % en el Noroeste, el Nordeste y el Centro, y del 0,6 % en el Mezzogiorno. Esta cifra puede parecer tranquilizadora porque indica que el Sur no está necesariamente condenado a crecer menos que el resto del país. Pero un crecimiento ligeramente superior durante un solo año no basta para eliminar las brechas acumuladas durante varias décadas. El problema de Italia consiste precisamente en diferencias de niveles, productividad, infraestructuras y capital humano que no pueden corregirse mediante una variación anual del PIB.

La educación superior ofrece uno de los indicadores más reveladores de esta división. En 2024, la tasa de empleo de los graduados de entre 25 y 64 años alcanzó el 88,3 % en el Norte, frente al 77,3 % en el Mezzogiorno. Entre las personas de 30 a 34 años, la brecha era aún mayor, con un 91,1 % en el Norte frente al 73,3 % en el Sur. Estas diferencias no solamente nos dicen algo sobre el mercado laboral. También explican por qué los jóvenes graduados abandonan determinadas regiones para dirigirse a otras y por qué el capital humano tiende a concentrarse allí donde las oportunidades profesionales son más abundantes.

La respuesta de Meloni a esta división constituye, por tanto, una prueba importante de su capacidad para transformar la estabilidad política en una estrategia nacional. El Mezzogiorno no es simplemente un territorio que debe ser apoyado; podría convertirse en uno de los grandes activos estratégicos de Italia en el siglo XXI. Su posición en el corazón del Mediterráneo le proporciona un potencial excepcional para los puertos, la logística, la energía solar, las conexiones con el norte de África, las infraestructuras digitales y las cadenas de suministro europeas. Pero este potencial solo se convertirá en realidad si el Estado consigue mejorar simultáneamente las infraestructuras, la gobernanza, la formación y la capacidad de inversión.

La cuestión demográfica converge, por tanto, con la cuestión del poder. Una Italia cuya población disminuye y cuyo Sur continúa perdiendo parte de sus jóvenes graduados puede conservar una considerable influencia internacional, pero tendrá que depender cada vez más de la productividad, la tecnología, la inmigración cualificada y la concentración estratégica de sus recursos. Una Italia que consiga, por el contrario, estabilizar a las familias, retener a más jóvenes, aumentar la participación femenina y transformar el potencial económico del Mezzogiorno dispondría de una ventaja mucho mayor en la competencia europea y mediterránea.

Por eso la crisis demográfica puede representar la prueba más severa del balance de Giorgia Meloni. No puede ser juzgada únicamente por las medidas adoptadas desde 2022, porque ningún gobierno puede revertir en pocos años una tendencia acumulada durante varias décadas. Pero sí puede ser juzgada por la dirección dada al país, por la coherencia de las políticas públicas y por la capacidad del gobierno para comprender que fecundidad, empleo, inmigración, vivienda, educación, servicios públicos y desarrollo territorial forman parte de una misma ecuación. Italia no necesita simplemente más niños; necesita crear las condiciones económicas y sociales en las que una nueva generación pueda elegir nacer, permanecer, trabajar y construir su futuro.

Esta ecuación conduce naturalmente al siguiente gran conflicto político del gobierno. Cuando una población disminuye, los territorios se vacían y las empresas necesitan trabajadores, la migración deja de ser simplemente una cuestión de fronteras. Se convierte en una cuestión de modelo económico, seguridad, identidad, integración y soberanía. Es precisamente en esta frontera entre demografía y política donde Giorgia Meloni ha construido uno de los pilares más visibles de su poder. La siguiente etapa del dossier es, por tanto, la batalla por las fronteras: Lampedusa, el Mediterráneo, Túnez, Libia, Albania y el intento de Italia de transformar una crisis migratoria en una estrategia europea.

LA BATALLA POR LAS FRONTERAS

25. LAMPEDUSA, O CUANDO EL MEDITERRÁNEO SE CONVIERTE EN UNA CUESTIÓN DE PODER

Para Giorgia Meloni, la migración nunca ha sido simplemente uno de tantos asuntos de política pública. Representa uno de los puntos en los que convergen su identidad política, su concepción de la soberanía nacional y su visión del papel de Italia en el Mediterráneo. Desde su llegada al poder, el gobierno ha intentado desplazar el debate. En su discurso, la cuestión ya no consiste simplemente en cómo gestionar las llegadas a las costas italianas, sino en cómo actuar aguas arriba, a lo largo de las rutas migratorias, en los países de origen y tránsito, mientras se presiona a la Unión Europea para que reconozca que la frontera meridional de Italia es también una frontera europea.

Lampedusa se ha convertido en el símbolo de esta batalla. La isla es geográficamente italiana, pero su posición en el Mediterráneo la convierte en uno de los primeros puntos de contacto entre Europa y las rutas migratorias procedentes del norte de África y, más ampliamente, del África subsahariana. Cada llegada transforma inmediatamente una cuestión europea en una realidad local. Unos pocos miles de personas pueden modificar en cuestión de horas la capacidad de una pequeña isla para acoger llegadas, ejercer presión sobre los servicios públicos y desencadenar una nueva secuencia política en Roma. La geografía confiere, por tanto, a Lampedusa una importancia muy superior a su tamaño.

El gobierno de Meloni ha intentado utilizar esta realidad para modificar el equilibrio de poder con Bruselas. La lógica es clara: si Italia es uno de los principales puntos marítimos de entrada de la Unión Europea, la gestión de las llegadas no puede considerarse una responsabilidad exclusivamente italiana. Debe ser europea. Este argumento no es nuevo, pero Meloni le ha otorgado una fuerza política particular al combinarlo con una política destinada a reducir las salidas desde las costas africanas y fortalecer la cooperación con los países de tránsito.

Esta estrategia explica la importancia concedida a Túnez. La asociación entre Roma y Túnez ha ido progresivamente más allá del control migratorio para incorporar dimensiones financieras, energéticas y económicas. El objetivo de Italia es contribuir a crear condiciones que permitan a las autoridades tunecinas controlar mejor las salidas y combatir las redes de tráfico, al tiempo que se apoya la estabilidad económica del país. Pero este enfoque contiene una dificultad fundamental: ningún acuerdo migratorio puede producir resultados duraderos si las causas económicas, políticas y sociales que impulsan a las personas a marcharse permanecen sin cambios.

La misma lógica se aplica a la relación con Libia. Libia sigue siendo un importante espacio de tránsito, pero continúa políticamente fragmentada e institucionalmente frágil. Para Roma, esto hace que la cooperación sea al mismo tiempo indispensable e incierta. La capacidad de un gobierno italiano para controlar una frontera marítima depende en parte de la capacidad de sus socios extranjeros para controlar sus propios territorios, costas y redes de salida. La soberanía italiana encuentra aquí un límite particular: es fuerte en su propio territorio, pero depende aguas arriba de la cooperación de varios Estados.

Es precisamente esta interdependencia la que transforma la migración en una cuestión geopolítica. Una embarcación que parte de las costas libias o tunecinas no es simplemente el último eslabón de un viaje individual. Se encuentra en la intersección de políticas africanas, europeas, mediterráneas e internacionales. Detrás de la frontera italiana se encuentran políticas de desarrollo, crisis políticas, conflictos, redes criminales, cambio climático, desigualdades de ingresos y perspectivas económicas entre África y Europa.

La política de Meloni ha intentado, por tanto, construir una arquitectura exterior de control migratorio. Pero esta arquitectura produce una paradoja. Cuanto más consiga Italia reducir las salidas irregulares, más deberá demostrar que esa reducción va acompañada de vías legales, cooperación económica y mecanismos capaces de distinguir entre personas que buscan protección, migrantes económicos y personas implicadas en redes criminales. Sin esta diferenciación, el control fronterizo corre el riesgo de convertirse esencialmente en una política defensiva, mientras que la demografía italiana exige simultáneamente una reflexión más amplia sobre la inmigración regular.

Italia se encuentra, por tanto, frente a una ecuación que ningún eslogan puede resolver. Quiere controlar sus fronteras porque considera que el control de las entradas es una cuestión de soberanía nacional. Pero también necesita trabajadores extranjeros en varios sectores de su economía y está experimentando una contracción demográfica que reduce progresivamente su población en edad de trabajar. El verdadero debate no se sitúa, por tanto, entre una apertura total y un cierre total. Se refiere a la construcción de un sistema capaz de controlar la inmigración irregular mientras organiza la inmigración legal de manera coherente con las necesidades económicas, la capacidad de integración y las obligaciones internacionales de Italia.

26. EL ACUERDO CON ALBANIA Y LA EXTERNALIZACIÓN DE LA FRONTERA EUROPEA

Una de las iniciativas más emblemáticas del gobierno de Meloni ha sido su acercamiento a Albania para la gestión de determinados procedimientos migratorios. La idea era políticamente audaz: trasladar parte del procesamiento de determinados migrantes fuera del territorio italiano, a instalaciones situadas en Albania, manteniendo al mismo tiempo un marco jurídico italiano y europeo. Detrás de esta iniciativa existía una ambición más amplia: demostrar que parte de la política migratoria podía organizarse fuera del territorio de la Unión Europea sin que Europa abandonara por ello sus responsabilidades jurídicas.

El proyecto planteó inmediatamente cuestiones relacionadas con el derecho aplicable, la protección de los solicitantes de asilo, la supervisión judicial y la viabilidad operativa. Estas cuestiones no son secundarias. Cualquier estrategia de externalización de la frontera europea encuentra una dificultad estructural: trasladar físicamente un procedimiento no elimina las obligaciones jurídicas que lo regulan. El lugar donde una persona es detenida o examinada no basta para determinar los derechos que le corresponden.

La experiencia albanesa ha evolucionado, sin embargo, con el tiempo. Los obstáculos jurídicos limitaron significativamente el funcionamiento inicialmente previsto y el dispositivo tuvo que ser reorientado. En 2026, el gobierno de Meloni continúa presentando la experiencia como parte de su estrategia migratoria y como un posible modelo de cooperación con países socios. Esta evolución es importante: el acuerdo con Albania ya no puede analizarse simplemente como un nuevo proyecto cuyo éxito depende exclusivamente de su implementación inicial. Se ha convertido en un laboratorio cuyos propios límites jurídicos y operativos forman parte de la evaluación.

Para Meloni, sin embargo, la importancia de la experiencia albanesa va más allá del número de personas efectivamente procesadas. La verdadera cuestión es institucional y política. Roma intenta probar una nueva arquitectura europea en la que determinados procedimientos migratorios puedan llevarse a cabo en países socios, con garantías jurídicas definidas previamente. Si el modelo funciona de forma jurídicamente sostenible, podría influir en el debate europeo sobre la externalización de procedimientos. Si fracasa o permanece severamente limitado, podría confirmar que la gestión del asilo sigue estando demasiado vinculada a las jurisdicciones europeas y a las obligaciones internacionales como para ser fácilmente trasladada.

La experiencia albanesa revela, sobre todo, una evolución importante en la estrategia de Meloni. La primera ministra no ha buscado simplemente endurecer la política migratoria italiana; ha intentado convertirla en un laboratorio europeo. Esta distinción es importante. Una política nacional puede cerrar un puerto, reforzar la vigilancia marítima o modificar las normas de acogida. Una política que pretende establecer un modelo reproducible en otros Estados europeos persigue una ambición mucho mayor.

Esta ambición explica también por qué la migración se ha convertido en un instrumento de negociación con Bruselas. Meloni ha buscado progresivamente presentar a Italia no como un Estado periférico que pide solidaridad europea, sino como un Estado de primera línea capaz de proponer nuevas soluciones. El cambio de posición es significativo. Italia quiere ser reconocida como uno de los países que configuran la agenda europea sobre el Mediterráneo, en lugar de ser simplemente el país que soporta sus consecuencias.

Pero esta estrategia encuentra otra limitación: la política migratoria europea sigue fragmentada. Los Estados miembros no comparten todos la misma percepción de la frontera meridional. Los países mediterráneos están directamente expuestos a las llegadas marítimas; los Estados de Europa Central y del Norte están más preocupados por los movimientos secundarios, el asilo y los mecanismos de distribución. Sus prioridades, por tanto, no son idénticas.

El éxito de una estrategia italiana depende, en consecuencia, de su capacidad para transformar una preocupación nacional en un interés europeo común. Probablemente aquí es donde Meloni ha logrado mayores avances desde su llegada al poder. Su política migratoria sigue siendo controvertida, pero ha conseguido convertir el Mediterráneo en un tema central de los debates europeos sobre fronteras, asociaciones exteriores y seguridad.

27. CONTROLAR LOS FLUJOS SIN PERDER EL CONTROL DEL RELATO

La política migratoria posee una segunda dimensión, menos visible pero igualmente importante: la batalla por el relato. Durante varios años, la inmigración se ha convertido en uno de los principales escenarios de polarización política en Europa. Las cifras de llegadas, las imágenes de desembarcos, los naufragios y las confrontaciones en torno a los centros de acogida generan una sucesión de acontecimientos capaces de modificar rápidamente la opinión pública.

Meloni domina particularmente bien esta dimensión. Su discurso se basa en una idea sencilla: un Estado que no controla sus fronteras corre el riesgo de perder parte de su capacidad para decidir quién entra en su territorio. Esta formulación le permite vincular migración, soberanía y seguridad sin reducir necesariamente todo el fenómeno migratorio a una cuestión identitaria. También le proporciona una ventaja política frente a una oposición que a menudo debe equilibrar la defensa de los derechos fundamentales, el control fronterizo y el reconocimiento de las necesidades económicas.

Pero los relatos políticos tienen una debilidad cuando se enfrentan a las realidades estadísticas. Una reducción significativa de las llegadas irregulares constituye un éxito mensurable si es sostenible y no va acompañada de un desplazamiento masivo de las rutas migratorias. Pero no significa que el problema migratorio esté resuelto. Las rutas pueden cambiar. Las redes criminales pueden adaptarse. Las condiciones en los países de tránsito pueden evolucionar. Las políticas públicas no pueden, por tanto, evaluarse únicamente a través de una fotografía anual.

Deben evaluarse a lo largo del tiempo, en términos de costes, resultados judiciales, número de retornos efectivamente realizados, tiempo necesario para examinar las solicitudes de asilo, vías legales disponibles y capacidad de integración de quienes permanecen en Italia. Es aquí donde la política migratoria se vuelve mucho más compleja que los eslóganes electorales.

La integración constituye, en particular, una de las grandes cuestiones que sigue siendo insuficientemente visible en el debate. Una persona que entra legalmente en Italia y trabaja en un sector en el que el país carece de mano de obra puede contribuir directamente al crecimiento económico y a la financiación del sistema social. Pero esa contribución depende de la capacidad de la persona para acceder a un empleo declarado, aprender el idioma, encontrar vivienda, reunir a sus familiares en condiciones legales y participar en la sociedad. Una política migratoria que controle la entrada pero descuide la integración simplemente desplaza el problema hacia el futuro.

Esta cuestión es especialmente importante en una Italia que envejece. Ya existen déficits de mano de obra en varios sectores. El cuidado de las personas mayores, la agricultura, la construcción, la logística, la hostelería y determinadas actividades industriales dependen de trabajadores extranjeros. En las próximas décadas, el envejecimiento de la población podría intensificar esta dependencia. La aparente contradicción entre una política de control de la inmigración irregular y la necesidad de trabajadores extranjeros se convierte, por tanto, en una contradicción política que el gobierno deberá resolver mediante categorías más precisas.

La distinción entre inmigración irregular e inmigración regular probablemente se convertirá en uno de los pilares definitorios del modelo italiano. Una política coherente podría ser restrictiva respecto de las entradas irregulares y, al mismo tiempo, ampliar las oportunidades de entrada legal para los trabajadores que necesita la economía. También podría reforzar los mecanismos de selección, formación e integración antes de la llegada o inmediatamente después. Un enfoque de este tipo sería más difícil de comunicar políticamente que un discurso general sobre el cierre de las fronteras, pero respondería mejor a las restricciones demográficas y económicas del país.

Es precisamente aquí donde está en juego una parte del legado de Meloni. Su éxito político se basa en gran medida en su capacidad para transformar una cuestión emocional en un tema central de la soberanía europea. Pero la siguiente etapa exige algo más que la capacidad de denunciar las dificultades. Exige construir un sistema migratorio sostenible.

28. LA BATALLA CON LOS JUECES

Aquí emerge una de las tensiones institucionales más importantes del gobierno de Meloni. Cualquier política migratoria ambiciosa entra en contacto con el poder judicial porque las decisiones relativas al asilo, la detención, las expulsiones y las condiciones de acogida están sujetas a normas nacionales, europeas e internacionales. El gobierno puede modificar la ley; los tribunales pueden posteriormente ser llamados a determinar si las nuevas disposiciones cumplen con normas jurídicas superiores.

Esta interacción es perfectamente normal en un Estado de derecho. Se vuelve políticamente explosiva cuando el gobierno considera que determinadas decisiones judiciales obstaculizan la aplicación de su programa, mientras que los jueces consideran que simplemente están ejerciendo su función constitucional. El debate italiano se convierte entonces en parte de una tensión más amplia que la migración: la relación entre la mayoría política, el Parlamento, el gobierno y el poder judicial.

Meloni ha presentado progresivamente determinadas decisiones judiciales como obstáculos para la eficacia de la política migratoria. Sus adversarios han respondido que el gobierno intenta debilitar los mecanismos de control capaces de examinar sus actuaciones. La controversia ha adquirido una importancia particular porque se ha desarrollado paralelamente a la reforma judicial propuesta por el gobierno.

Aquí debe evitarse una lectura simplista. Criticar una decisión judicial no constituye por sí mismo un ataque al Estado de derecho. En una democracia, los gobiernos tienen derecho a cuestionar la interpretación de una ley y a intentar modificarla mediante procedimientos constitucionales. El problema aparece cuando la crítica a los jueces se convierte en una deslegitimación general del poder judicial o cuando se debilitan los mecanismos destinados a garantizar su independencia.

Esta distinción adquirió todavía mayor importancia después del referéndum constitucional de 2026 sobre la reforma judicial. El proyecto apoyado por el gobierno, especialmente su propuesta de separar las carreras de fiscales y jueces, fue rechazado por los votantes. La derrota limitó una de las principales ambiciones institucionales de Meloni, pero no provocó una crisis gubernamental.

La frontera italiana existe ahora, por tanto, en varios niveles. Existe una frontera física en el Mediterráneo, una frontera jurídica definida por las normas europeas e internacionales, una frontera política entre la soberanía nacional y la solidaridad europea y una frontera institucional entre el Ejecutivo y el poder judicial. Meloni ha ganado parte del debate sobre la primera y la tercera de estas fronteras. Las otras dos siguen abiertas.

29. LA POLÍTICA MIGRATORIA SE CONVIERTE EN POLÍTICA EXTERIOR

El cambio más importante de la era Meloni puede encontrarse aquí. La migración ya no se trata exclusivamente como una política interna. Se ha convertido en un instrumento de política exterior. Túnez, Libia, Albania, Egipto y varios socios africanos ocupan ahora un lugar en la estrategia italiana que va mucho más allá de la simple gestión de las fronteras.

Este desarrollo conecta directamente con la proyección más amplia de Italia hacia África. Si Italia quiere reducir la migración irregular, debe contribuir a estabilizar las rutas de tránsito. Si quiere estabilizar las rutas de tránsito, debe invertir en las economías y las instituciones de los países socios. Si invierte en esos países, también busca desarrollar mercados, corredores energéticos y relaciones políticas. La migración se convierte entonces en el punto de entrada de una estrategia mediterránea más amplia.

Este es el contexto en el que debe entenderse el Plan Mattei, que será examinado más adelante en este dossier. La visión de Meloni busca reunir energía, desarrollo, comercio, infraestructuras y migración dentro de una misma arquitectura estratégica. Este enfoque podría otorgar a Italia un papel más importante en la relación entre Europa y África. Pero también requiere resultados concretos. La política exterior no puede construirse únicamente alrededor de cumbres y declaraciones. Debe producir inversiones, empleos, infraestructuras y asociaciones duraderas.

También existe un riesgo de instrumentalización recíproca. Los países de tránsito saben que Europa necesita su cooperación para controlar las rutas migratorias. Pueden, por tanto, utilizar esa cooperación como instrumento de presión para obtener financiación, concesiones comerciales o apoyo político. Italia debe negociar entonces con socios que también poseen capacidad de negociación.

Esto no constituye necesariamente una debilidad. Por el contrario, puede convertirse en una fuente de poder diplomático si Roma consigue construir asociaciones equilibradas. Italia ocupa una posición geográfica excepcional entre Europa, el norte de África, los Balcanes y el Mediterráneo oriental. Su influencia podría reforzarse si consigue transformar esta geografía en una red económica, energética y diplomática.

La política migratoria de Meloni revela, por tanto, algo más profundo sobre su proyecto. La primera ministra no busca simplemente defender una frontera nacional. Está intentando redefinir la posición de Italia en su entorno mediterráneo y europeo. El éxito o el fracaso de esta estrategia no dependerá únicamente del número de llegadas a las costas italianas. Dependerá de la capacidad de Roma para construir una arquitectura regional suficientemente sólida para que migración, energía, comercio, seguridad y desarrollo dejen de ser tratados como expedientes separados.

En esta etapa de la evaluación, una conclusión destaca. Giorgia Meloni ha transformado la migración en uno de los principales instrumentos de su poder político y diplomático. Ha conseguido situar la cuestión en el centro del debate europeo y desplazar una parte de la discusión hacia los países de origen y de tránsito. Pero este éxito político crea ahora una obligación más difícil: demostrar que el control de las fronteras puede ser compatible con las exigencias del Estado de derecho, las necesidades económicas de una Italia envejecida y las responsabilidades internacionales de la Unión Europea.

La batalla por las fronteras, por tanto, no ha terminado. Simplemente está cambiando de naturaleza. Después de intentar reducir las llegadas y desplazar hacia el exterior una parte del proceso de control, el gobierno tendrá que responder a una cuestión mucho más estructural: ¿qué modelo de frontera quiere realmente construir Italia y qué concepción de la soberanía europea anuncia ese modelo? La respuesta conducirá directamente a otro de los proyectos más sensibles de Meloni: la transformación del propio Estado italiano.

LA REFORMA DEL ESTADO

30. LA ESTABILIDAD POLÍTICA FRENTE A LA DIFICULTAD DE REFORMAR

La longevidad del gobierno de Meloni crea una situación casi inédita en la historia reciente de la República Italiana. Un Ejecutivo que permanece en el poder durante varios años posee una ventaja considerable frente a los gobiernos de corta duración que durante mucho tiempo caracterizaron la política italiana: puede planificar, negociar, corregir sus decisiones y esperar los efectos de sus reformas. Pero la continuidad también crea una obligación política. Cuando un gobierno ya no puede explicar sus dificultades mediante la inestabilidad ministerial, las crisis de coalición o la falta de tiempo, la cuestión de su balance se vuelve más directa. Después de varios años en el poder, las intenciones ya no son suficientes; lo que importa son las instituciones que realmente han sido transformadas.

Es en este contexto donde la reforma del Estado se ha convertido en uno de los principales puntos de tensión durante el mandato de Giorgia Meloni. Su gobierno ha intentado modificar varios equilibrios institucionales importantes, especialmente el funcionamiento de la justicia, el papel del Presidente del Consejo de Ministros, la organización territorial y los mecanismos de responsabilidad política. Estos proyectos no han avanzado todos al mismo ritmo. Algunos han sido ralentizados por procedimientos constitucionales, otros por la oposición política y judicial, mientras que algunos han encontrado directamente el veredicto de los votantes.

El contraste con el éxito electoral de Meloni es llamativo. La coalición que la llevó al poder dispone de una mayoría parlamentaria y disfruta de un nivel de estabilidad que varios gobiernos italianos anteriores no habían conocido. Sin embargo, esta mayoría no basta para modificar fácilmente la Constitución o reorganizar de manera permanente las relaciones entre las ramas del poder. El sistema italiano posee precisamente los mecanismos destinados a impedir que una mayoría parlamentaria, incluso fuerte, transforme rápidamente las reglas fundamentales del régimen.

La primera lección del gobierno de Meloni es, por tanto, paradójica: la estabilidad gubernamental no significa necesariamente una capacidad ilimitada de transformación institucional. Proporciona tiempo. Aumenta la coherencia de las políticas. Puede mejorar la capacidad de negociación. Pero sigue estando sometida a controles y contrapesos, procedimientos constitucionales, al Parlamento, a los tribunales y, en última instancia, a los ciudadanos.

Esta distinción es fundamental para comprender el balance de Meloni. Su gobierno ha demostrado que puede perdurar, pero la cuestión ahora es hasta qué punto esa permanencia le ha permitido desplazar los límites institucionales de la República.

31. LA JUSTICIA, EL PRIMER GRAN FRENTE INSTITUCIONAL

La reforma judicial ocupa un lugar particular en esta confrontación. El gobierno ha defendido una reorganización importante del poder judicial, especialmente mediante la separación de las carreras de fiscales y jueces y cambios en los mecanismos institucionales que regulan su organización. Sus partidarios sostienen que el objetivo es reforzar la imparcialidad, clarificar las funciones judiciales y hacer más transparente la responsabilidad de los distintos actores. Sus adversarios perciben un riesgo diferente: debilitar la independencia judicial y modificar el equilibrio constitucional entre las ramas del poder.

Esta oposición no puede reducirse a una confrontación entre un gobierno reformista y una magistratura conservadora. La cuestión es mucho más profunda. En todas las democracias constitucionales, el poder judicial ocupa una posición particular porque debe poder examinar las actuaciones del Estado y, al mismo tiempo, permanecer sometido a la ley. Cualquier reforma judicial puede, por tanto, modificar potencialmente el equilibrio entre eficacia, independencia, responsabilidad y separación de poderes.

En Italia, esta cuestión también posee una historia política particular. Las relaciones entre la clase política y el poder judicial han estado profundamente marcadas por décadas de lucha contra la corrupción y el crimen organizado, seguidas de conflictos institucionales que acompañaron a varios gobiernos. El poder judicial, por tanto, no se percibe simplemente como una institución técnica. Forma parte de la historia política contemporánea del país.

El gobierno de Meloni situó esta reforma en el centro de su proyecto de modernización institucional. Pero una de las principales dificultades surgió cuando las propuestas llegaron al proceso de referéndum. El referéndum constitucional celebrado en 2026 terminó rechazando la reforma judicial, incluida la separación de las carreras entre fiscales y jueces. El resultado representó un revés político para el Ejecutivo, pero no debilitó la estabilidad del gobierno.

El significado del resultado va más allá del contenido jurídico de la reforma. Recuerda que la estabilidad de Meloni no significa que el gobierno controle por completo la agenda institucional. El Ejecutivo puede proponer, el Parlamento puede votar, pero los procedimientos constitucionales pueden abrir un espacio específico para el electorado. La reforma se convierte entonces en una prueba de legitimidad popular.

Para Meloni, la derrota en el referéndum es aún más significativa porque afecta precisamente a uno de los ámbitos en los que buscaba dejar un legado duradero. La política económica puede producir resultados gradualmente y, en ocasiones, de manera reversible. La reforma institucional, por el contrario, modifica las reglas del juego político. Representa, por tanto, una forma superior de poder político, pero también un riesgo mayor para quienes la promueven.

El gobierno ha demostrado, sin embargo, que puede continuar funcionando después del revés. Esta es nuevamente una diferencia importante respecto de los gobiernos italianos más frágiles. En un sistema marcado por frecuentes caídas de los Ejecutivos, una derrota institucional importante podría desencadenar en ocasiones una crisis gubernamental. Bajo Meloni, la mayoría absorbió el golpe y continuó su mandato. El referéndum debilitó, por tanto, el proyecto de reforma sin necesariamente debilitar la supervivencia del gobierno.

Esta distinción entre supervivencia gubernamental y éxito programático se convierte en una de las claves para comprender toda la experiencia Meloni.

32. EL PROYECTO DE UN EJECUTIVO MÁS FUERTE

El otro gran pilar de la reforma institucional se refiere al cargo de Presidente del Consejo de Ministros. Durante años, el debate italiano se ha centrado en la relativa debilidad del Ejecutivo y en los frecuentes cambios de las mayorías gubernamentales. La idea de reforzar la legitimidad del jefe de gobierno responde a una antigua frustración: los votantes pueden elegir una mayoría parlamentaria sin tener la certeza de que la persona apoyada durante la campaña permanecerá realmente al frente del gobierno durante toda la legislatura.

Meloni intentó responder a esta debilidad mediante un proyecto destinado a reforzar la estabilidad del Ejecutivo y la legitimidad política del Presidente del Consejo. El objetivo general consistía en acercar el voto parlamentario a una elección más directa del Ejecutivo sin transformar formalmente Italia en un sistema presidencial.

Pero este proyecto de premierato ha encontrado importantes obstáculos políticos e institucionales. A finales del verano de 2026, la propuesta que permitía la elección directa del Presidente del Consejo había avanzado en el Senado sin completar todas las etapas necesarias. Sigue siendo, por tanto, una de las principales reformas constitucionales de Meloni cuya aplicación permanece inconclusa.

Ahora debe añadirse una evolución importante a este contexto: el 15 de septiembre de 2026, el Senado aprobó una reforma electoral por 113 votos contra 71. El proyecto establece un sistema proporcional combinado con una prima de mayoría para las alianzas que obtengan más del 42 % de los votos y elimina el sistema mixto actualmente vigente. También establece que las alianzas deberán declarar a su candidato a Presidente del Consejo antes de las elecciones. El proyecto todavía debe regresar a la Cámara de Diputados para su aprobación definitiva.

Este desarrollo modifica significativamente el contexto en el que debe analizarse la reforma del Ejecutivo. Aunque el premierato y la reforma electoral no constituyen una misma reforma, responden a una preocupación común: crear una relación más directa entre el resultado electoral, la formación de una mayoría y la identidad del jefe de gobierno.

Esta ambición, sin embargo, afecta a un equilibrio constitucional especialmente delicado. El sistema italiano no se basa en la elección directa del jefe del Ejecutivo. El Presidente de la República conserva un papel central en la formación de los gobiernos y en la protección de la continuidad institucional. El Parlamento sigue estando en el centro del sistema. Reforzar la legitimidad del Presidente del Consejo significa, por tanto, modificar la relación entre varias instituciones, no simplemente cambiar un procedimiento electoral.

El problema político también es una cuestión de permanencia. Una reforma que fortalezca al jefe de gobierno puede parecer atractiva cuando el Ejecutivo es estable y popular. Pero una Constitución también debe funcionar cuando la mayoría cambia, cuando la oposición llega al poder o cuando el jefe de gobierno pierde popularidad. Por eso las reformas institucionales deben juzgarse no solamente por sus efectos inmediatos, sino también por los poderes que conceden a los futuros gobiernos.

Esta cuestión es particularmente importante en el caso de Meloni porque su propio gobierno constituye el argumento más fuerte contra parte del diagnóstico que justificó la reforma. Ha demostrado que un Presidente del Consejo ya puede disponer de una estabilidad considerable sin una gran reforma constitucional. El gobierno de Meloni ha sobrevivido gracias a su mayoría parlamentaria, la disciplina de la coalición, su capacidad de negociación y su relación con el electorado.

Surge, por tanto, la pregunta: si el sistema actual ha permitido a Meloni gobernar durante un período prolongado, ¿qué problema institucional concreto debe resolver todavía la reforma?

La respuesta de sus partidarios es que la estabilidad actual depende demasiado de las cualidades particulares de la líder y de su coalición. Una institución no debería depender de una personalidad. Si Italia quiere superar definitivamente el ciclo de gobiernos de corta duración, debe crear reglas que hagan más probable la estabilidad independientemente de quién ocupe el Palazzo Chigi.

Sus adversarios ofrecen precisamente la respuesta contraria. Sostienen que la estabilidad puede lograrse mediante la propia política, sin una concentración constitucional adicional del poder. Si una mayoría coherente puede gobernar durante cuatro años, entonces la supuesta debilidad del sistema puede no ser ya tan significativa como lo fue en el pasado.

El debate, por tanto, va más allá de Meloni. Se refiere a una cuestión clásica de la ciencia política: ¿deben fortalecerse las instituciones para compensar a los gobiernos débiles, o deben preservarse los controles y contrapesos para impedir que un gobierno estable se vuelva demasiado poderoso?

33. EL PARLAMENTO ENTRE LA ESTABILIDAD Y LA DISCIPLINA MAYORITARIA

La estabilidad de la mayoría de Meloni también ha modificado la relación entre el gobierno y el Parlamento. Cuando las coaliciones son frágiles, el Parlamento puede convertirse en el escenario en el que se decide la supervivencia del gobierno. Cada votación importante puede desencadenar una crisis. Por el contrario, cuando una mayoría es sólida, el Parlamento corre el riesgo de convertirse más en un mecanismo para traducir el programa del gobierno en legislación.

Esta situación no es exclusiva de Italia. Todas las democracias parlamentarias experimentan esta tensión entre disciplina mayoritaria y autonomía parlamentaria. Pero adquiere una importancia particular en un país donde los gobiernos han sido históricamente de corta duración. La estabilidad puede reforzar la eficacia del Ejecutivo, pero también puede reducir la necesidad política de negociar con los grupos parlamentarios.

El verdadero indicador de calidad institucional no es, por tanto, simplemente el número de leyes aprobadas. También es necesario examinar la calidad del debate parlamentario, el papel de las comisiones, la capacidad de los parlamentarios de la mayoría para modificar la legislación, la transparencia de los procedimientos y la capacidad de la oposición para ejercer un control efectivo.

Aquí es donde la estabilidad puede producir dos efectos contradictorios. Puede mejorar la gobernabilidad al reducir las crisis y permitir al gobierno planificar. Pero también puede fomentar una concentración gradual del poder alrededor del Ejecutivo si la mayoría parlamentaria se convierte principalmente en un mecanismo de apoyo automático.

El fenómeno merece una observación cuidadosa. Una mayoría disciplinada no es necesariamente una democracia menos pluralista. En un sistema parlamentario, los votantes otorgan explícitamente a una coalición la responsabilidad de gobernar. La disciplina parlamentaria es, por tanto, normal. El problema aparece cuando la mayoría deja de ser capaz de examinar críticamente a su propio gobierno o cuando los procedimientos parlamentarios se utilizan sistemáticamente para reducir el espacio de deliberación.

Para Meloni, esta cuestión tiene una dimensión adicional. Su partido, Fratelli d’Italia, ha experimentado una rápida transformación, pasando de ser una fuerza política arraigada en la derecha radical a convertirse en el principal componente de un gran gobierno europeo. La disciplina de sus parlamentarios constituye, por tanto, también un indicador de la madurez institucional de esta nueva derecha.

La experiencia italiana permite aquí distinguir entre dos formas de poder. La primera es el poder electoral, que permite a un partido obtener una mayoría. La segunda es el poder institucional, que consiste en transformar esa mayoría en reglas duraderas. Meloni ha demostrado claramente la primera. La segunda sigue en construcción.

34. LA AUTONOMÍA REGIONAL Y LA CUESTIÓN DE LA UNIDAD NACIONAL

La reforma territorial constituye otro gran campo de confrontación. La coalición de Meloni reúne diferentes tradiciones políticas. Fratelli d’Italia representa una concepción fuertemente nacional del Estado, mientras que la Liga de Matteo Salvini posee una larga historia de defensa de la autonomía regional, especialmente en el Norte. El gobierno debe, por tanto, mantener un equilibrio entre dos aspiraciones que no siempre son naturalmente compatibles: reforzar la cohesión nacional y aumentar las competencias de las regiones.

El proyecto de autonomía diferenciada responde a una demanda de larga duración para permitir que determinadas regiones ejerzan mayores competencias en varios ámbitos. Sus defensores sostienen que los territorios con mayores capacidades administrativas deberían poder gestionar más políticas públicas y asumir una mayor responsabilidad sobre su desarrollo. Sus detractores temen que esta evolución pueda profundizar la brecha entre las regiones más ricas del Norte y las regiones menos favorecidas del Sur.

Pero el proyecto ya ha encontrado importantes límites constitucionales. Parte de la ley sobre autonomía diferenciada fue impugnada por la Corte Constitucional, reduciendo el alcance de la arquitectura inicialmente prevista por el gobierno. La autonomía diferenciada ya no puede considerarse, por tanto, un proyecto institucional que avanza sin restricciones: está ahora enmarcada por límites establecidos mediante la jurisprudencia constitucional.

El debate conecta directamente con las cuestiones demográficas examinadas en la Parte IV. Una descentralización mal diseñada podría profundizar las diferencias en capacidad administrativa y calidad de los servicios. Pero una centralización excesiva también podría impedir que los territorios respondan eficazmente a sus propias necesidades.

Italia debe, por tanto, resolver una contradicción institucional que atraviesa toda su historia republicana. ¿Cómo reconocer las diferencias territoriales sin crear dos sistemas sociales de facto? ¿Cómo permitir una mayor autonomía sin comprometer la igualdad entre los ciudadanos? ¿Cómo recompensar la eficiencia administrativa sin abandonar a las regiones con menos recursos?

La respuesta implica necesariamente definir niveles esenciales de servicios garantizados en todo el país. Sin estas garantías, la autonomía corre el riesgo de transformar una diferencia económica en una diferencia en los derechos efectivos. Una región más rica podría ofrecer mejores servicios, atraer a más trabajadores cualificados y reforzar aún más su ventaja. El mecanismo se volvería acumulativo.

Para Meloni, esta cuestión también tiene una dimensión política. Su gobierno debe mantener la unidad de la coalición. La Liga tiene interés en avanzar en la autonomía regional; Fratelli d’Italia debe preservar su imagen como partido nacional; Forza Italia desempeña un papel intermedio. La reforma territorial se convierte, por tanto, en una prueba de la capacidad de la coalición para reconciliar diferentes visiones del Estado.

Una vez más, la estabilidad gubernamental no ha eliminado el conflicto. Simplemente ha permitido contenerlo.

35. EL ESTADO DE DERECHO COMO MEDIDA

En el fondo, la verdadera cuestión institucional que enfrenta el gobierno de Meloni no consiste en saber si Italia debe tener un gobierno fuerte o un gobierno débil. Consiste en determinar qué significa un gobierno fuerte dentro de una democracia constitucional.

Un gobierno fuerte es capaz de tomar decisiones, aprobar su presupuesto, ejecutar su programa y responder a las crisis. Pero también debe aceptar los límites impuestos por la Constitución, los tribunales, el Parlamento, las instituciones europeas y los derechos fundamentales. La fuerza del Ejecutivo no se mide, por tanto, por su capacidad para escapar de los controles y contrapesos. Se mide por su capacidad para actuar eficazmente dentro de esos límites.

Esta definición es especialmente importante en Italia porque la transformación de Meloni ha estado acompañada precisamente por un deseo de normalización institucional. Cuando estaba en la oposición, podía denunciar el sistema político desde fuera. Una vez en el gobierno, tuvo que demostrar que su concepción de la soberanía nacional podía funcionar dentro de la arquitectura constitucional italiana y europea.

Su balance es, por tanto, mixto. En algunas cuestiones, ha demostrado una notable capacidad de adaptación. En otras, la resistencia institucional ha limitado sus ambiciones. La reforma judicial y los proyectos destinados a transformar el Ejecutivo ilustran esta dificultad. El gobierno dispone de tiempo y de una mayoría, pero las reglas fundamentales de la República no cambian simplemente porque una coalición haya ganado unas elecciones.

La reforma electoral aprobada por el Senado el 15 de septiembre de 2026 añade otra dimensión a esta ecuación. Si finalmente es aprobada por la Cámara de Diputados, podría modificar sustancialmente la relación entre el voto popular, las alianzas electorales y la formación de una mayoría parlamentaria. No constituye por sí misma una refundación constitucional del régimen, pero podría influir profundamente en la manera en que las futuras elecciones produzcan una mayoría de gobierno.

Quizá aquí se encuentre la principal lección institucional de los cuatro años de Meloni. La estabilidad da tiempo al poder; no le concede un poder ilimitado. Esta distinción protege precisamente a la democracia frente a la idea de que una mayoría duradera puede convertirse en una autoridad sin límites.

El resultado es paradójico pero saludable. Meloni ha demostrado que una derecha arraigada en tradiciones consideradas durante mucho tiempo marginales podía gobernar Italia durante un período prolongado sin producir la ruptura institucional que algunos de sus adversarios habían pronosticado. Pero no ha demostrado que la estabilidad requiera necesariamente una mayor concentración constitucional del poder. Los ciudadanos, los tribunales y los mecanismos constitucionales han seguido imponiendo límites.

La verdadera evaluación de la reforma del Estado debe medirse, por tanto, no solamente por los textos adoptados, sino también por aquello en lo que las instituciones italianas han resistido convertirse. La República ha permitido a Meloni gobernar durante mucho tiempo; también le ha recordado que la permanencia no significa refundación.

Y esta distinción conduce directamente a la cuestión europea. El poder italiano ya no se ejerce dentro de un espacio nacional cerrado. Una parte sustancial de las decisiones económicas, migratorias, energéticas, comerciales y regulatorias se toma ahora dentro de una arquitectura europea en la que Roma debe negociar con Bruselas, Berlín, París y las demás capitales. Para comprender hasta qué punto Giorgia Meloni ha transformado realmente Italia, debemos, por tanto, abandonar temporalmente el Palazzo Chigi y dirigir nuestra mirada hacia el otro centro de poder que condiciona cada vez más su acción: la Unión Europea.

ITALIA Y EUROPA: DE LA CONTESTACIÓN A LA INFLUENCIA

36. Bruselas ya no es el adversario que denunciaba

Hay, en la trayectoria europea de Giorgia Meloni, una paradoja que merece mucha más atención que las declaraciones espectaculares de sus primeros años. La dirigente que había construido una parte de su ascenso político sobre la crítica a una Europa considerada demasiado burocrática, demasiado alejada de las naciones y demasiado débil en la defensa de sus fronteras se convirtió, una vez instalada en el Palazzo Chigi, en una de las dirigentes más importantes de la Unión Europea. No ha abandonado la idea de una Europa más soberana, más protectora de sus fronteras y más atenta a los intereses nacionales. Pero progresivamente comprendió que la mejor manera de modificar Europa no consistía necesariamente en retirarse de ella o combatirla frontalmente. También podía consistir en ocupar su centro de gravedad.

Esta evolución es uno de los aspectos más significativos de la normalización de Meloni. Su gobierno no optó por la confrontación sistemática con Bruselas que algunos observadores habían anticipado. Por el contrario, buscó mantener una relación funcional con las instituciones europeas, particularmente en materia de finanzas públicas, el Plan Nacional de Recuperación y Resiliencia, la política migratoria, la energía y los grandes asuntos geopolíticos. Esta estrategia no convirtió a Meloni en una federalista europea. Produjo más bien una forma de conservadurismo europeo pragmático: defender una concepción más fuerte de la soberanía nacional al tiempo que se utilizan las instituciones comunes cuando estas sirven a los intereses italianos.

El cambio es considerable respecto al período en que Fratelli d’Italia se encontraba en la oposición. En aquella época, la crítica a Bruselas constituía un elemento importante del discurso de la derecha soberanista. Una vez en el poder, la realidad económica impuso otra lógica. Italia sigue siendo una de las principales economías de la zona euro, pero también uno de los Estados más endeudados de la Unión. Por lo tanto, no puede permitirse una confrontación permanente con los mercados, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo. La credibilidad europea se convirtió en un componente directo de la credibilidad financiera italiana.

Esta restricción explica en parte la prudencia de Meloni. Su gobierno aceptó el marco presupuestario europeo al tiempo que buscaba obtener mayor flexibilidad para financiar determinadas prioridades. Mantuvo el diálogo con la Comisión y trató de presentar a Italia como un socio constructivo en lugar de como un Estado rebelde. La paradoja es que esta estrategia otorgó a Meloni una influencia europea superior a la que probablemente habría producido una confrontación permanente.

La política europea de Meloni se basa, por tanto, en una distinción entre cuestionar determinadas orientaciones de la Unión y cuestionar a la propia Unión. Esta distinción se ha convertido en un elemento central de la transformación de la derecha europea. Permite a un gobierno nacionalista o conservador defender la soberanía sin adoptar necesariamente una estrategia de ruptura.

37. La apuesta europea del PNRR

El Plan Nacional de Recuperación y Resiliencia es probablemente el mejor ejemplo de esta evolución. Italia es el principal beneficiario del programa europeo de recuperación pospandémica y dispone de una dotación del orden de 194.000 millones de euros, integrando subvenciones y préstamos. Esta suma representa una oportunidad excepcional para modernizar las infraestructuras, las administraciones, las redes digitales, la energía, los transportes, la educación y una parte del tejido productivo.

Pero también constituye una prueba política formidable. Recibir los fondos no equivale a utilizarlos eficazmente. Los recursos europeos están vinculados a objetivos, calendarios y reformas. Italia debe, por tanto, demostrar que posee la capacidad administrativa necesaria para transformar una masa financiera excepcional en inversiones productivas.

Para Meloni, el PNRR posee una doble dimensión. Representa, en primer lugar, una oportunidad económica. En una economía cuyo crecimiento estructural sigue siendo débil, la inversión pública puede sostener la actividad y mejorar las infraestructuras. Pero también representa una cuestión de credibilidad política. Si Italia no logra utilizar correctamente estos recursos, el fracaso no será solamente contable. Alimentará la idea de que el país dispone de recursos considerables, pero sufre una debilidad crónica de su aparato administrativo.

El gobierno ha tratado, por tanto, de acelerar la ejecución de los proyectos y mantener un diálogo estrecho con Bruselas. Esta cooperación revela la nueva postura de Roma. Italia ya no considera necesariamente a la Unión como una institución que impone restricciones desde el exterior. También la considera una fuente de capital, normas, infraestructuras y poder colectivo que el gobierno debe aprender a aprovechar.

La dificultad sigue siendo, sin embargo, la ejecución. Los fondos europeos no crean automáticamente productividad. Una nueva infraestructura ferroviaria puede reducir los costes de transporte, pero solamente si se construye efectivamente y se integra en una red coherente. Una administración digitalizada puede reducir los plazos, pero solamente si los procedimientos se simplifican realmente. Una política energética puede mejorar la seguridad del suministro, pero solamente si las inversiones aumentan efectivamente la capacidad productiva.

El PNRR revela, por tanto, una verdad más general sobre Italia. El país no carece necesariamente de recursos financieros o de competencias individuales. Sufre más bien de la dificultad para coordinar las instituciones, acelerar los procedimientos y transformar las inversiones en ganancias duraderas de productividad. Por eso, la ejecución del PNRR es también una prueba de reforma del Estado.

El éxito o el fracaso del programa pesará, por tanto, directamente sobre el juicio histórico que se haga del gobierno de Meloni. Una generación política podría dejar tras de sí decenas de miles de millones de euros gastados, o una modernización estructural del país. Ambas cosas no son equivalentes.

38. Una relación pragmática con Ursula von der Leyen

La relación entre Giorgia Meloni y Ursula von der Leyen también ilustra esta evolución. Ambas dirigentes pertenecen a familias políticas diferentes, pero progresivamente construyeron una relación de trabajo. Esta proximidad no eliminó los desacuerdos. Demostró que la Unión Europea funciona a menudo menos mediante afinidades ideológicas que mediante coaliciones variables en torno a asuntos concretos.

Meloni comprendió que su peso europeo dependía de su capacidad para construir alianzas. Italia no posee, por sí sola, la capacidad de definir la agenda europea. Por ello, debe trabajar con otros Estados, con las instituciones y con las diferentes familias políticas del Parlamento Europeo.

Esta estrategia resulta especialmente visible en materia migratoria. Roma logró hacer evolucionar una parte del debate europeo hacia el fortalecimiento de las fronteras exteriores, las asociaciones con los países de tránsito y la cooperación con los Estados africanos. Incluso cuando no todas las propuestas italianas fueron adoptadas, la capacidad de desplazar el centro del debate constituye ya una forma de influencia.

Meloni también se benefició de un contexto europeo favorable a algunas de sus posiciones. La guerra en Ucrania, las tensiones energéticas, el aumento de las preocupaciones de seguridad y las presiones migratorias reforzaron el lugar de las cuestiones de soberanía y seguridad en la agenda europea. Varios asuntos que anteriormente se consideraban principalmente propios de la derecha nacional se convirtieron en cuestiones comunes a los gobiernos de toda la Unión.

Esta evolución facilitó la normalización de Meloni. Cuando una primera ministra procedente de la derecha radical defiende el fortalecimiento de la defensa europea, el apoyo a Ucrania, la protección de las fronteras o la diversificación energética, puede encontrarse a veces en posiciones cercanas a las de gobiernos tradicionalmente centristas. El contenido de las políticas pasa entonces a importar más que la historia ideológica de la dirigente.

Pero esta normalización tiene una contrapartida. Cuanto más central se vuelve Meloni en la política europea, más debe arbitrar entre su electorado nacional y los compromisos necesarios a nivel europeo. Una dirigente puede prometer defender la soberanía italiana durante una campaña. Una vez sentada en la mesa europea, debe aceptar compromisos con otros veintiséis gobiernos y con las instituciones comunes.

Esta diferencia entre discurso nacional y práctica europea constituye uno de los elementos más interesantes del balance de Meloni. No significa necesariamente una contradicción o una traición. Por el contrario, puede revelar la transformación de una fuerza política cuando pasa de la oposición al gobierno. El poder impone arbitrajes que la oposición puede ignorar.

39. Meloni después de Draghi

Para comprender la posición europea de Meloni, también hay que volver a Mario Draghi. Antes que ella, Draghi había encarnado una forma diferente de liderazgo italiano: tecnocrático, profundamente integrado en las redes europeas e internacionales, particularmente creíble ante los mercados y las instituciones financieras. Meloni le sucedió con una identidad política radicalmente diferente.

Sin embargo, en algunos asuntos fundamentales existe una continuidad. Ambos gobiernos consideraron que Italia debía permanecer en el corazón de la Unión Europea y de la alianza atlántica. Ambos concedieron especial importancia a la credibilidad financiera. Ambos comprendieron que la influencia italiana dependía ampliamente de la capacidad del país para ser considerado un socio fiable.

La diferencia se encuentra más bien en el lenguaje político y en las prioridades. Draghi representaba la tecnocracia europea y la gestión de crisis. Meloni representa una derecha nacional que busca utilizar las instituciones europeas sin adoptar necesariamente su filosofía federalista. Allí donde Draghi encarnaba la confianza en las instituciones europeas, Meloni busca más bien orientarlas.

Esta evolución es importante porque indica que la alternancia política en Italia no produjo necesariamente una ruptura estratégica. El cambio de gobierno no llevó a Roma a abandonar las principales orientaciones europeas y atlánticas. Más bien modificó la manera en que Italia defiende sus intereses.

El paso de Draghi a Meloni puede interpretarse así como una experiencia política particular: una derecha soberanista entra en el gobierno sin renunciar a los principales anclajes internacionales del país. La cuestión ya no es saber si puede gobernar contra Europa, sino si puede gobernar dentro de Europa al tiempo que intenta modificar su equilibrio político.

40. Italia quiere convertirse en el tercer pilar

Esta ambición aparece claramente en la voluntad de Meloni de reforzar la posición de Italia entre Francia y Alemania. Durante décadas, el motor político de la Unión estuvo ampliamente asociado al eje franco alemán. Pero las sucesivas crisis mostraron los límites de una Europa dirigida exclusivamente por dos capitales.

Meloni busca convertir a Roma en un tercer centro de gravedad. Esta ambición se apoya en varios elementos: el peso económico italiano, su posición geográfica, su capacidad industrial, su papel mediterráneo, su importancia energética, su relación con el norte de África y su lugar en el G7.

La estrategia no consiste necesariamente en sustituir al eje franco alemán. Se trata más bien de construir un triángulo político más equilibrado en el que Italia pueda tener mayor peso en las grandes decisiones europeas.

Esta ambición se enfrenta, sin embargo, a varios obstáculos. La economía italiana sigue siendo menos dinámica que la de algunas otras grandes economías europeas. La deuda pública limita los márgenes presupuestarios. Las tensiones políticas internas pueden reducir la capacidad de Roma para hablar con una sola voz. Finalmente, la influencia europea depende menos del peso nominal de un país que de su capacidad para construir coaliciones.

Meloni ha comprendido, sin embargo, un principio fundamental del poder europeo: una gran capital solo es influyente cuando sabe hacer compatibles sus intereses con los de los demás. Esto resulta particularmente visible en los asuntos mediterráneos. Italia puede convencer a varios socios de que la estabilidad del norte de África, la reducción de las migraciones irregulares, la seguridad energética y el crecimiento africano son también intereses europeos.

La geografía se convierte entonces en un instrumento diplomático.

Roma puede presentar el Mediterráneo no como una frontera periférica de Europa, sino como uno de sus futuros centros estratégicos. Esta concepción enlaza directamente con el Plan Mattei y con la política africana del gobierno.

41. Una Europa más geopolítica

El aumento de las tensiones internacionales también ha transformado el entorno en el que Meloni ejerce su poder. La Unión Europea ya no es solamente un mercado interior y un espacio regulatorio. Busca progresivamente convertirse en un actor geopolítico capaz de responder a la guerra en Ucrania, a las tensiones con Rusia, a las dependencias energéticas, a las rivalidades comerciales y tecnológicas y a la evolución de las relaciones de poder mundiales.

Esta transformación coincide con varias de las prioridades de Meloni. Una Europa que protege sus fronteras, desarrolla su defensa, diversifica sus suministros energéticos y fortalece sus asociaciones con África es una Europa que coincide en parte con su concepción de una potencia europea más autónoma.

Pero la autonomía europea no significa necesariamente una ruptura con Estados Unidos. También en este punto, Meloni se ha distinguido por una posición más atlantista de lo que permitían prever algunas de sus posiciones históricas. El gobierno italiano ha mantenido una relación estrecha con Washington y ha confirmado la importancia de la OTAN.

Esta combinación se encuentra en el centro de la doctrina europea de Meloni: más poder europeo sin abandonar la alianza transatlántica. Puede parecer contradictoria si se considera la autonomía estratégica como una alternativa a Estados Unidos. Se vuelve más coherente si se entiende como la voluntad de que Europa disponga de capacidades propias al tiempo que permanece aliada de Washington.

Italia puede desempeñar un papel importante en esta arquitectura porque posee una doble orientación. Pertenece plenamente al mundo occidental y atlántico, pero mira directamente hacia el Mediterráneo y África. Por ello, puede servir de puente entre dos espacios estratégicos.

Esta posición podría convertirse en uno de los principales legados geopolíticos de Meloni si se confirma con el tiempo. Pero dependerá de la capacidad de Italia para traducir su influencia diplomática en capacidades económicas, industriales, militares y energéticas.

42. Europa como espejo del balance de Meloni

Después de cuatro años de gobierno, la política europea de Giorgia Meloni presenta, por tanto, una característica esencial: ha sido menos revolucionaria de lo que temían sus adversarios y más transformadora de lo que a veces reconocen sus críticos.

No ha retirado a Italia del marco europeo. No ha roto con el euro. No ha transformado Roma en una capital hostil a Bruselas. Por el contrario, ha integrado las restricciones europeas en su estrategia de gobierno. Pero esta integración no significa una aceptación pasiva del modelo europeo existente. Meloni busca desplazar las prioridades de la Unión hacia la seguridad, las fronteras, la competitividad, la energía, la industria y la dimensión geopolítica.

Es precisamente esta combinación la que explica su posición actual en la derecha europea. Ofrece una vía diferente del euroescepticismo clásico. Sugiere que un gobierno nacional conservador puede permanecer plenamente integrado en las instituciones europeas al mismo tiempo que intenta reorientarlas.

El éxito de esta estrategia sigue condicionado, sin embargo, por los resultados obtenidos en Italia. Una influencia europea duradera no puede compensar indefinidamente un crecimiento débil, una productividad estancada, una deuda elevada o un deterioro de los servicios públicos. La política exterior y europea puede aumentar el prestigio de un gobierno, pero no sustituye la transformación de la economía nacional.

Es aquí donde el balance recupera su hilo conductor. Meloni ha obtenido lo que muchos gobiernos italianos no habían conseguido: tiempo. Ha utilizado ese tiempo para estabilizar las finanzas, reforzar la posición internacional de Roma, modificar el debate migratorio e inscribir a Italia en una nueva geografía política europea. Pero los resultados internos siguen siendo más difíciles de medir.

La siguiente etapa de nuestro análisis debe, por tanto, ampliar aún más el marco. La Italia de Meloni no puede comprenderse únicamente a través de Bruselas. Debe observarse desde Washington, la OTAN, Ucrania, el Mediterráneo y, a partir de ahora, el conjunto de las relaciones de poder que se están recomponiendo alrededor de Europa. Porque si Meloni quiere convertir a Italia en un tercer pilar europeo, también debe demostrar que Roma puede convertirse en una potencia mediterránea capaz de hablar simultáneamente con Washington, Bruselas, África y el mundo árabe.

Es en este espacio donde se jugará la próxima etapa de su proyecto: Italia como potencia atlántica, europea y mediterránea.

WASHINGTON, OTAN, UCRANIA Y MEDITERRÁNEO: LA NUEVA POLÍTICA DE PODER DE ROMA

La estabilidad recuperada en el interior de Italia ha producido progresivamente otro efecto, menos visible en el debate nacional pero mucho más importante para comprender la trayectoria de Giorgia Meloni: ha dado a Roma la posibilidad de conducir una política exterior con una continuidad que los gobiernos italianos anteriores no siempre habían podido mantener. Desde su llegada al poder en octubre de 2022, Meloni ha buscado inscribir a Italia en una línea claramente europea y atlántica, al tiempo que desarrollaba una concepción más afirmada del Mediterráneo como espacio central de la seguridad nacional. Esta orientación ha llevado a su gobierno a apoyar a Ucrania, mantener el compromiso italiano dentro de la OTAN, reforzar las relaciones con Washington y conceder una importancia creciente al norte de África, Oriente Medio y las rutas energéticas que conectan el Mediterráneo con el resto del mundo. El resultado todavía no es el de una gran potencia capaz de determinar por sí sola la agenda internacional, sino el de una potencia media que intenta utilizar mejor su geografía, su industria, sus fuerzas armadas, sus redes diplomáticas y su pertenencia simultánea a la Unión Europea y a la Alianza Atlántica.

Esta evolución es aún más significativa porque Giorgia Meloni había llegado al poder con una reputación internacional mucho más incierta. Su trayectoria política, su pertenencia a una derecha nacional situada durante mucho tiempo al margen del consenso europeo y las posiciones adoptadas por Fratelli d’Italia antes de su llegada al gobierno habían alimentado interrogantes sobre la orientación estratégica de Italia. Sin embargo, una vez en el poder, Meloni tomó una decisión que merece distinguirse de la retórica de campaña: confirmó el anclaje europeo y atlántico de Roma y mantuvo el apoyo italiano a Ucrania. Esta continuidad contribuyó a tranquilizar a varios socios europeos y a los mercados, al tiempo que permitió a Italia recuperar cierta capacidad de previsibilidad en los grandes debates de seguridad del continente. Los observadores que hoy destacan la prudencia y el pragmatismo de su gobierno reconocen precisamente esta transformación: la Meloni de gobierno se ha revelado mucho más institucional y estratégica de lo que permitía prever la Meloni de la oposición.

WASHINGTON: UNA RELACIÓN ESTRATÉGICA QUE YA NO PUEDE BASARSE EN LA PROXIMIDAD PERSONAL

La relación con Estados Unidos constituyó uno de los instrumentos esenciales de esta normalización. Meloni había comprendido que la credibilidad internacional de Italia dependía en parte de su capacidad para seguir siendo un socio fiable de Washington sin dar la impresión de que Roma renunciaba por ello a su autonomía europea. Esta ecuación era particularmente delicada después del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, porque las relaciones entre el presidente estadounidense y los gobiernos europeos estuvieron marcadas por profundas divergencias sobre el gasto militar, las relaciones comerciales, Ucrania, Rusia, Irán y el propio futuro del sistema de seguridad transatlántico. En este contexto, la proximidad ideológica inicial entre Meloni y Trump había suscitado la hipótesis de un papel particular para Roma: el de una capital capaz de comprender a Washington mejor que algunos otros gobiernos europeos y de facilitar un diálogo entre las dos orillas del Atlántico.

Esta hipótesis, sin embargo, perdió gran parte de su credibilidad en 2026. La relación anteriormente estrecha entre Meloni y Trump se deterioró fuertemente después de que el presidente estadounidense la acusara públicamente, en primavera, de carecer de valor y de abandonar a Estados Unidos en el contexto de la guerra contra Irán. El problema supera ahora la dimensión personal. La crisis mostró los límites de una diplomacia basada en la proximidad política entre dirigentes cuando los intereses estratégicos divergen. Sobre todo, hizo mucho más difícil la pretensión de Roma de desempeñar el papel de puente privilegiado entre Washington y las capitales europeas. La lección para Italia es importante: en una relación de poder, la influencia no puede descansar duraderamente en el acceso personal a un presidente estadounidense; debe estar respaldada por intereses comunes, capacidades propias y una posición institucional suficientemente sólida para resistir los cambios de coyuntura.

Esta nueva realidad impone a Meloni una política más compleja que una simple proximidad con Washington. Italia debe continuar dialogando con Estados Unidos, porque la relación transatlántica sigue siendo fundamental para su seguridad y para la de Europa, pero debe simultáneamente reforzar sus capacidades europeas. Esta necesidad aparece con particular claridad en el debate sobre la defensa. En agosto de 2026, Roma solicitó oficialmente 8.000 millones de euros en el marco del mecanismo europeo SAFE destinado a apoyar las capacidades de defensa de los Estados miembros. Italia podía aspirar a un importe máximo de 14.900 millones de euros en este dispositivo, pero la decisión también reveló las tensiones internas de la coalición, especialmente las reservas de la Liga de Matteo Salvini. Esta situación resume una contradicción más amplia: el gobierno de Meloni quiere reforzar la capacidad estratégica de Italia, pero debe hacerlo en un país donde el aumento del gasto militar sigue siendo políticamente sensible y donde la restricción presupuestaria limita fuertemente el margen de maniobra del Estado.

LA OTAN Y LA REDEFINICIÓN DE LA SEGURIDAD ITALIANA

La OTAN sigue siendo, dentro de esta arquitectura, el principal marco de seguridad de Italia. La guerra en Ucrania transformó profundamente la percepción europea de los riesgos militares y volvió a situar a la Alianza Atlántica en el centro del debate estratégico. Para Roma, esta realidad posee una particularidad: Italia no se encuentra en el flanco oriental de Europa, pero ocupa una posición esencial en su flanco meridional. El Mediterráneo, el norte de África, las rutas energéticas, las infraestructuras portuarias, los cables submarinos, los flujos comerciales y los movimientos migratorios convierten al espacio mediterráneo en un componente directo de la seguridad italiana. La concepción italiana de la defensa no puede, por tanto, limitarse a la frontera oriental de la Alianza. También debe tener en cuenta las crisis que se desarrollan al sur de Europa y sus efectos sobre el continente.

Esta dimensión meridional adquiere todavía mayor importancia a medida que las amenazas contemporáneas dejan de corresponder a las categorías clásicas de la guerra. Las infraestructuras energéticas pueden convertirse en objetivos estratégicos, las redes digitales pueden ser atacadas sin una declaración de guerra, las operaciones de influencia pueden perturbar a las sociedades europeas y los drones pueden transformar rápidamente los equilibrios tácticos. En septiembre de 2026, el embajador estadounidense ante la OTAN, Matthew Whitaker, insistió él mismo en la necesidad de que los miembros de la Alianza tomaran en serio las acciones híbridas y la protección de las infraestructuras críticas, particularmente las energéticas. Para Italia, esta evolución refuerza la importancia del Mediterráneo y otorga un nuevo alcance a su posición geográfica.

El gobierno de Meloni se encuentra, por tanto, ante una transformación profunda de la propia noción de seguridad nacional. La defensa del territorio italiano ya no puede pensarse únicamente a través de las fuerzas terrestres, navales y aéreas. Incluye ahora la protección de los puertos, las redes eléctricas, las infraestructuras energéticas, las comunicaciones digitales, las cadenas logísticas y los corredores marítimos. La estrategia italiana también debe integrar la seguridad de los suministros, la resiliencia industrial y la capacidad para producir o adquirir rápidamente los equipos necesarios. La decisión de solicitar financiación europea SAFE demuestra que Roma comienza a inscribir esta problemática en una lógica europea, pero también revela una verdad más fundamental: el poder militar italiano dependerá cada vez más de la capacidad de Europa para construir una base industrial de defensa suficientemente autónoma como para no depender enteramente de las decisiones tomadas en Washington.

UCRANIA: LA PRUEBA MÁS DIFÍCIL DE LA COHERENCIA ESTRATÉGICA

El apoyo a Ucrania constituye probablemente el asunto que mejor permite medir la coherencia de la política exterior de Meloni. Desde su llegada al poder, la primera ministra italiana ha mantenido una posición favorable al apoyo occidental a Kyiv, pese a las diferentes sensibilidades existentes dentro de su propio electorado y a las reservas expresadas por algunos miembros de su coalición. Esta posición reforzó su credibilidad ante varios gobiernos europeos y la alejó de las fuerzas de la derecha radical europea que reclaman una ruptura con las sanciones contra Rusia o una reducción del apoyo militar a Ucrania. La decisión, sin embargo, no está exenta de costes. Se produce en un período en el que aumentan los gastos de defensa, los precios de la energía siguen siendo vulnerables a las crisis internacionales y una parte de la opinión pública italiana desea que los recursos públicos se destinen en mayor medida a los problemas económicos y sociales internos.

La dificultad aumenta aún más con la evolución de la política estadounidense. En septiembre de 2026, Donald Trump anunció que los países europeos podrían ser llamados a reembolsar a Estados Unidos una parte de la ayuda militar y las municiones proporcionadas a Ucrania. Esta declaración ilustra una transformación más profunda de la relación transatlántica: Washington exige ahora a sus socios europeos que asuman una parte mayor del coste de su propia seguridad. Para Italia, como para las demás grandes economías europeas, el problema es a la vez estratégico y presupuestario. Roma debe mantener su compromiso con Ucrania, responder a las nuevas exigencias de la OTAN, modernizar sus propias fuerzas y preservar al mismo tiempo una disciplina financiera que ya se ha convertido en una de las señas de identidad de la política de Meloni.

La guerra de Ucrania también coloca a Italia ante una cuestión que supera el conflicto propiamente dicho: ¿qué Europa de la seguridad quiere contribuir a construir? ¿Una Europa que seguiría dependiendo esencialmente de las capacidades estadounidenses o una Europa capaz de asumir en mayor medida su propia defensa mientras mantiene la alianza con Washington? Meloni nunca ha elegido verdaderamente entre estos dos modelos. Su política busca más bien mantener el vínculo transatlántico al tiempo que refuerza la capacidad europea. Esta posición puede parecer prudente, pero corresponde a la realidad de un país cuya seguridad, economía y diplomacia están profundamente integradas en el espacio europeo y atlántico. La verdadera cuestión no es, por tanto, saber si Italia debe elegir entre Washington y Bruselas, sino determinar hasta dónde puede aumentar su capacidad de acción sin debilitar la alianza de la que continúa dependiendo.

EL MEDITERRÁNEO COMO ESPACIO DE PODER

Es, sin embargo, hacia el sur donde la política exterior de Meloni revela quizás su singularidad más clara. Desde su llegada al poder, su gobierno ha desarrollado progresivamente la idea de un Mediterráneo ampliado, que comprende no solo la cuenca mediterránea en sentido geográfico, sino también el norte de África, el Sahel, Oriente Medio y las rutas marítimas que conectan estas regiones con Europa. Esta visión proporciona coherencia estratégica a varias políticas que de otro modo podrían parecer dispersas: control migratorio, relaciones con Túnez y Libia, seguridad energética, cooperación con Argelia, política africana, Plan Mattei, seguridad marítima y diplomacia europea.

La geografía italiana se convierte aquí en un instrumento de poder. La península se encuentra en el punto de encuentro de varios sistemas estratégicos que atraviesan simultáneamente profundas transformaciones. El gas llega a través de corredores que conectan el norte de África con Europa. Las rutas comerciales atraviesan el Mediterráneo y sus accesos a las grandes vías marítimas mundiales. Las crisis del Sahel tienen consecuencias migratorias y de seguridad directas para Europa meridional. Los conflictos de Oriente Medio afectan a los mercados energéticos y a la circulación marítima. Las tensiones en torno al estrecho de Gibraltar, el canal de Suez y el estrecho de Ormuz recuerdan periódicamente que el poder europeo depende de rutas marítimas situadas a veces a miles de kilómetros de sus fronteras terrestres.

La crisis energética de 2026 reforzó aún más esta percepción. El 11 de septiembre, el gobierno italiano anunció nuevas medidas destinadas a acelerar los proyectos nacionales de petróleo y gas con el fin de reducir la dependencia de las importaciones. Italia produce aproximadamente 29 millones de barriles de petróleo crudo al año y alrededor de 3.000 millones de metros cúbicos de gas natural, volúmenes que solo cubren una pequeña parte de sus necesidades. El gas alimenta cerca de la mitad de la producción eléctrica del país, mientras que la factura energética italiana podría acercarse a los 60.000 millones de euros en 2026. Esta situación demuestra por qué el norte de África y el Mediterráneo no pueden ser considerados en Roma como simples asuntos diplomáticos: están directamente vinculados a la seguridad económica del país.

EL «MEDITERRANEO ALLARGATO» Y LA NUEVA AMBICIÓN ITALIANA

La noción de Mediterráneo ampliado permite así conectar los diferentes elementos de la política internacional de Meloni. Italia quiere estar presente en Europa, pero se niega a pensar su interés europeo sin tener en cuenta el sur. Quiere reforzar la OTAN, pero desea que la Alianza preste mayor atención a su flanco meridional. Apoya a Ucrania, pero también debe gestionar las consecuencias energéticas y económicas de la guerra. Quiere reducir la inmigración irregular, pero comprende que las relaciones con los países africanos de origen y de tránsito constituyen un componente indispensable de esta política. Finalmente, busca aumentar su influencia en África, al tiempo que convierte el Plan Mattei en un instrumento de cooperación económica y proyección internacional.

Esta coherencia constituye una de las evoluciones más importantes de la política exterior italiana bajo Meloni. No significa que Roma disponga de todos los medios necesarios para realizar sus ambiciones. Italia sigue enfrentándose a una deuda pública muy elevada, a un crecimiento débil y a restricciones presupuestarias que limitan su capacidad para financiar simultáneamente las infraestructuras, la defensa, la transición energética y las políticas sociales. Pero una potencia media no necesita necesariamente disponer de los medios de una superpotencia para aumentar su influencia. Debe saber concentrar sus recursos allí donde su posición le proporciona una ventaja comparativa.

Italia posee precisamente esa ventaja en el espacio mediterráneo. Cuenta con una industria diversificada, empresas energéticas de dimensión internacional, una capacidad naval significativa, puertos estratégicos, una densa red diplomática y una posición institucional privilegiada dentro de la Unión Europea y de la OTAN. Su problema histórico ha sido menos la ausencia de ventajas que la dificultad para inscribirlas en una estrategia suficientemente estable. La longevidad del gobierno de Meloni le proporciona por primera vez en mucho tiempo la posibilidad de transformar estas ventajas dispersas en una política exterior relativamente continua.

DE LA ESTABILIDAD POLÍTICA AL PODER ESTRATÉGICO

Es aquí donde el récord de longevidad gubernamental adquiere una dimensión que supera ampliamente la política interior. Una administración que dura permite construir asociaciones, negociar durante varios años, desarrollar programas energéticos, invertir en defensa, mantener una línea diplomática y modificar progresivamente la percepción de un país por parte de sus socios. Este es uno de los argumentos más sólidos a favor de la estabilidad reivindicada por Meloni. Pero esta estabilidad solo tiene valor estratégico si produce una capacidad de acción superior a la que permitía anteriormente la inestabilidad.

En este terreno, el balance sigue siendo intermedio. Meloni ha hecho indiscutiblemente que la política exterior italiana sea más legible. Ha mantenido el anclaje europeo y atlántico, apoyado a Ucrania, reforzado las relaciones con varios países africanos y mediterráneos y otorgado al Plan Mattei un lugar central en la estrategia internacional de Roma. También ha contribuido a convertir el Mediterráneo en un espacio político prioritario para Italia. Pero el deterioro de su relación con Trump recuerda brutalmente los límites de esta estrategia. Italia no puede depender de una relación privilegiada con Washington para aumentar su influencia en Europa, del mismo modo que tampoco puede transformar por sí sola su posición geográfica en una potencia autónoma.

El siguiente paso consiste, por tanto, en convertir la estabilidad en capacidad. Esto significa una industria de defensa más sólida, infraestructuras energéticas más resilientes, una diplomacia africana capaz de producir resultados económicos concretos, una política europea suficientemente ambiciosa para influir en las decisiones de Bruselas y una relación transatlántica basada en la reciprocidad y no en la proximidad personal entre dirigentes. La cuestión ya no es saber si Giorgia Meloni ha logrado convertir a Italia en un país políticamente más estable. Este punto está ahora establecido. La cuestión estratégica se vuelve mucho más exigente: ¿permitirá esta estabilidad que Roma se convierta en una potencia europea más influyente, capaz de defender sus intereses entre Washington, Bruselas, Kyiv, Moscú, África y el Mediterráneo?

Es en esta ecuación donde probablemente se encuentra el verdadero significado internacional del gobierno de Meloni. Italia no posee ni el poder militar de Estados Unidos, ni el peso económico de China, ni las capacidades financieras acumuladas de la Unión Europea. Sin embargo, puede convertirse en un actor determinante en los espacios donde convergen varias crisis. El Mediterráneo, el norte de África, las rutas energéticas, la seguridad marítima, Ucrania y la defensa europea constituyen precisamente esos espacios de convergencia. Si Roma consigue conectarlos dentro de una estrategia duradera, el gobierno de Meloni podrá dejar tras de sí algo más que un récord de longevidad. Podría haber contribuido a redefinir el lugar de Italia en la arquitectura estratégica europea.

Pero esta ambición se enfrenta ahora a una nueva realidad. La estabilidad política ya no garantiza automáticamente el control del calendario internacional. Las relaciones con Washington se han vuelto más imprevisibles, la guerra en Ucrania sigue abierta, la seguridad energética continúa siendo vulnerable, el gasto militar aumenta y la competencia por la influencia en África se intensifica. Italia dispone, por tanto, de una ventana estratégica, pero esta ventana no es indefinida. Meloni todavía posee tiempo político, pero menos tiempo estratégico del que parece. El verdadero legado de su gobierno dependerá de su capacidad para utilizar los años de estabilidad no para gobernar durante más tiempo, sino para construir un poder italiano suficientemente coherente como para sobrevivir al gobierno que lo haya concebido.

EL PLAN MATTEI: ÁFRICA COMO HORIZONTE ESTRATÉGICO DE ITALIA

La política africana de Giorgia Meloni constituye probablemente uno de los ámbitos en los que la estabilidad política italiana busca con mayor claridad transformarse en poder estratégico. El Plan Mattei, presentado en Roma en enero de 2024 durante la Cumbre Italia África, no es solamente un programa de cooperación al desarrollo. Traduce un intento más ambicioso de reposicionar a Italia en el centro de las relaciones entre Europa, el Mediterráneo y el continente africano, asociando desarrollo, energía, infraestructuras, formación, agricultura, salud, agua, inversiones privadas y seguridad. El gobierno italiano presenta oficialmente esta arquitectura como una cooperación «de igual a igual», destinada a romper con las prácticas consideradas paternalistas de algunas políticas europeas anteriores. Pero detrás de esta terminología diplomática se encuentra una realidad más profunda: para Roma, África se ha convertido en un espacio determinante de la seguridad energética, el control de las rutas migratorias, la competitividad industrial y la proyección internacional de Italia.

El cambio de escala ya es medible. El dispositivo, lanzado inicialmente en torno a nueve países piloto, se amplió en enero de 2025 a otros cinco socios, elevando el primer perímetro a catorce países. En 2026, Roma anunció una nueva ampliación a cuatro países adicionales, Congo, Ruanda, Gabón y Zambia, lo que eleva la red a dieciocho países. La tercera evaluación anual del Plan, transmitida al Parlamento italiano en julio de 2026 y cerrada al 30 de junio, informa de más de 70 proyectos emprendidos con los socios africanos. Por su parte, una cartografía publicada en agosto contabilizaba 76 proyectos principales distribuidos entre dieciocho países, en ámbitos que van desde el agua hasta la agricultura, de la energía a las infraestructuras, de lo digital a la formación, de la cultura a la salud. La cifra importa menos que su significado político: el Plan Mattei ha pasado de la etapa de doctrina anunciada a la de una arquitectura operativa que ahora busca producir una presencia italiana duradera en varios espacios africanos.

Esta evolución merece, sin embargo, ser observada con mayor precisión de la que permiten los discursos oficiales. Un número elevado de proyectos no significa automáticamente una transformación económica profunda, del mismo modo que una multiplicación de acuerdos no garantiza su realización a largo plazo. El verdadero indicador de éxito será la capacidad de estos programas para producir infraestructuras funcionales, empleos duraderos, cadenas de valor locales, transferencias de competencias e inversiones suficientemente sólidas como para modificar las relaciones económicas entre Italia y los países concernidos. Es precisamente en este terreno donde deberá juzgarse el Plan Mattei. Su credibilidad internacional dependerá menos de la potencia narrativa de su lanzamiento que de la capacidad de Roma para demostrar, con el tiempo, que la cooperación anunciada produce resultados medibles tanto para las sociedades africanas como para la economía italiana.

LA ENERGÍA EN EL CENTRO DE LA NUEVA GEOGRAFÍA ITALIANA

La dimensión energética constituye uno de los elementos más estratégicos del dispositivo. Italia posee una posición geográfica singular dentro del sistema energético europeo. Situada en el corazón del Mediterráneo, cerca del norte de África y conectada a los grandes corredores gasísticos y eléctricos que atraviesan la cuenca mediterránea, puede intentar transformar esta geografía en una ventaja económica y diplomática. Las relaciones con Argelia, Túnez, Libia y Egipto adquieren así una importancia que supera ampliamente la cuestión de los suministros. Se inscriben en una visión más amplia en la que Italia pretende convertirse en una plataforma entre los recursos africanos, los mercados europeos y las crecientes necesidades del continente en materia de infraestructuras energéticas.

Esta ambición se desarrolla al mismo tiempo que la dependencia energética italiana sigue siendo elevada. En septiembre de 2026, el gobierno de Meloni aceleró aún más sus esfuerzos para desarrollar la producción nacional de petróleo y gas, en un contexto de fuerte vulnerabilidad ante las perturbaciones de los mercados internacionales. El gas representa cerca de la mitad de la producción eléctrica italiana, mientras que la factura energética del país debería acercarse a los 60.000 millones de euros en 2026. Esta realidad otorga al Plan Mattei una dimensión adicional: África no es percibida solamente como un espacio de cooperación o como una zona de origen y tránsito migratorio, sino como uno de los entornos en los que Italia puede buscar asegurar sus suministros y reforzar su posición en la futura geografía energética europea.

El desafío es, sin embargo, más complejo que un simple retorno a una diplomacia de los hidrocarburos. El gobierno italiano también busca inscribir su acción africana en las transformaciones vinculadas a las energías renovables, las infraestructuras eléctricas, el agua, la agricultura y las tecnologías. Los mecanismos financieros asociados al Plan Mattei muestran esta voluntad de combinar cooperación pública y movilización del sector privado. El dispositivo comprende, entre otros elementos, un límite de 500 millones de euros destinado a empresas italianas activas en África, una dotación de 200 millones de euros en el marco de la «Misura Africa», una plataforma de coinversión que puede alcanzar los 750 millones de euros, así como varios mecanismos asociados al Banco Africano de Desarrollo y a las infraestructuras verdes. Según el Ministerio italiano de Asuntos Exteriores, África ya representaba el 52% de los destinos geográficos de los recursos movilizados en este marco, mientras que los sectores de la seguridad energética y las infraestructuras concentraban el 42% de las financiaciones consideradas, por delante de las empresas e implantaciones industriales con el 32%, seguidas por el agua, la agricultura y la seguridad alimentaria con el 26%.

ÁFRICA COMO POLÍTICA INDUSTRIAL

Es aquí donde el Plan Mattei se vuelve particularmente interesante para comprender la política económica de Meloni. La estrategia africana no se limita a buscar nuevos mercados comerciales. También puede servir para reforzar la base productiva italiana, especialmente para las empresas capaces de trabajar en los sectores de la energía, la construcción, la agroalimentación, la ingeniería, la formación profesional, las infraestructuras digitales y la gestión del agua. El objetivo consiste entonces en construir una relación en la que las inversiones italianas encuentren nuevos mercados, mientras los socios africanos obtienen capacidades productivas, infraestructuras y competencias susceptibles de alimentar su propio desarrollo.

El programa TERRA, desarrollado con la FAO, ilustra esta orientación. Su objetivo es facilitar el acceso a la financiación de las microempresas y de las pequeñas y medianas empresas agroalimentarias en África y Turquía, combinando garantías financieras, apoyo a las instituciones bancarias locales y asistencia técnica. En abril de 2026, se concluyó, en particular, una financiación de 30 millones de euros con Equity Bank en Kenia para ampliar el crédito disponible para las pequeñas y medianas empresas, especialmente en el sector agrícola. Al mismo tiempo, se alcanzó un acuerdo para reforzar las relaciones comerciales entre empresas italianas y kenianas. Este enfoque muestra una evolución importante de la diplomacia económica italiana: el objetivo ya no es solamente financiar proyectos públicos, sino crear mecanismos capaces de hacer circular capitales, empresas, competencias y cadenas de producción entre las dos orillas del Mediterráneo y más allá.

Esta lógica explica también por qué la formación ocupa un lugar cada vez mayor en el dispositivo. En febrero de 2026, se lanzó el programa «Progetto Africa», financiado con 6,5 millones de euros por la cooperación italiana, para formar a 1.320 dirigentes y altos funcionarios de cuatro países africanos. En otro ámbito, los programas universitarios y científicos están ahora integrados en el Plan Mattei, con iniciativas destinadas a atraer a estudiantes e investigadores africanos hacia las instituciones italianas. El desafío es considerable: en un continente cuya demografía transforma rápidamente las necesidades de formación, empleo y competencias, una política que solo abordara la energía y la migración seguiría siendo estructuralmente incompleta. La formación puede convertirse en uno de los instrumentos más duraderos de la influencia italiana si va acompañada de una verdadera circulación de competencias y de una capacidad para que los graduados africanos contribuyan posteriormente al desarrollo de sus propias economías.

MIGRACIÓN: LA FRONTERA ENTRE COOPERACIÓN E INTERÉS NACIONAL

Existe, sin embargo, una dimensión del Plan Mattei que Roma no puede separar de su política migratoria. Desde su origen, el proyecto estuvo asociado a la idea de abordar las causas profundas de las migraciones irregulares mediante el desarrollo de las economías de los países de origen y de tránsito. Esta filosofía coincide con el Proceso de Roma, que busca articular migración, seguridad, desarrollo, formación profesional, agricultura, energía y resiliencia local. En enero de 2026, se seleccionaron trece nuevos proyectos en este marco, con el objetivo de asociar a los países concernidos a un enfoque más global de las rutas migratorias.

Esta articulación puede ser políticamente eficaz, pero contiene una dificultad fundamental. Una política de cooperación concebida principalmente como instrumento de control migratorio corre el riesgo de reducir a las sociedades africanas a su capacidad para retener o dejar partir a sus poblaciones. Ahora bien, las dinámicas migratorias están vinculadas a factores mucho más complejos: demografía, empleo, conflictos, cambio climático, gobernanza, desigualdades territoriales, aspiraciones individuales, redes familiares y perspectivas económicas. La eficacia de una estrategia italiana en África dependerá, por tanto, de su capacidad para superar la lógica exclusiva de reducción de las llegadas irregulares. Si el desarrollo se convierte solamente en un medio para impedir las migraciones, la promesa de una asociación equilibrada pierde parte de su credibilidad. Si, por el contrario, las inversiones producen capacidades económicas reales, el objetivo migratorio puede convertirse en una consecuencia de una política de desarrollo y no en su única justificación.

Esta distinción es esencial para comprender el alcance internacional del proyecto. Italia busca defender su interés nacional, algo legítimo en una política exterior, pero simultáneamente quiere presentar su acción como un nuevo modelo de cooperación con África. Ambos objetivos pueden ser compatibles, siempre que los intereses de los socios africanos no sean tratados como una variable secundaria. El principio de la «apuesta de igual a igual» defendido por Roma se enfrentará, por tanto, a una cuestión simple pero decisiva: ¿disponen realmente los países africanos de una capacidad suficiente para definir con Italia las prioridades, las condiciones, los mecanismos de financiación y los resultados esperados de los proyectos?

ROMA, BRUSELAS Y LA NUEVA COMPETENCIA POR ÁFRICA

El Plan Mattei adquiere también una dimensión europea. Italia no busca solamente reforzar sus relaciones bilaterales con los países africanos; intenta que su enfoque sea reconocido como uno de los instrumentos de la política europea hacia el continente. Esta estrategia se beneficia de una convergencia con el programa Global Gateway de la Unión Europea, una parte sustancial de cuyos recursos está destinada a África. El Ministerio italiano de Asuntos Exteriores destaca ahora explícitamente las sinergias entre ambas arquitecturas y presenta el Plan Mattei como un instrumento que puede contribuir a la aplicación de Global Gateway dentro de una lógica de «Team Europe».

Esta articulación ofrece a Roma una nueva posibilidad. Italia no posee ni los recursos financieros de la Unión Europea, ni el poder militar de Estados Unidos, ni la escala industrial de China. Pero dispone de una ventaja que pocas grandes potencias europeas poseen con la misma intensidad: una proximidad geográfica, histórica, comercial y energética con varias regiones africanas. Al conectar sus propios instrumentos financieros con las capacidades europeas, Roma puede intentar transformar una potencia nacional intermedia en influencia europea. El Plan Mattei se convierte entonces menos en un programa estrictamente italiano que en un laboratorio de lo que podría ser una política europea más coordinada hacia África.

Esta ambición coloca, sin embargo, a Meloni ante una contradicción estratégica. Cuanto más europeo se vuelve el Plan Mattei, más depende su éxito de la capacidad de Roma para trabajar con Bruselas, las instituciones financieras europeas y los gobiernos africanos. Pero cuanto más se presenta el proyecto como expresión particular de la estrategia italiana, más riesgo corre de seguir dependiendo de los recursos y de la voluntad política de Roma. La verdadera prueba consistirá, por tanto, en saber si Meloni puede transformar una iniciativa nacida de su propia visión política en una arquitectura suficientemente institucionalizada como para sobrevivir a su gobierno y convertirse en un elemento duradero de la política exterior italiana.

ITALIA ENTRE EL MEDITERRÁNEO Y ÁFRICA

El Plan Mattei revela finalmente algo más profundo sobre la concepción que Giorgia Meloni tiene del poder italiano. Durante mucho tiempo, Italia fue considerada una potencia europea importante, pero estructuralmente limitada por su deuda, su débil crecimiento, sus divisiones territoriales y su inestabilidad gubernamental. Meloni intenta responder a esta percepción utilizando de otra manera los activos del país. La geografía mediterránea, la industria, las empresas energéticas, las redes diplomáticas, la proximidad con África y la capacidad para actuar simultáneamente en Bruselas y en el mundo mediterráneo pueden constituir los elementos de una potencia de influencia que no se base en la dominación, sino en la capacidad de ocupar posiciones estratégicas.

El Plan Mattei se convierte así en una de las expresiones más coherentes de esta doctrina. Italia busca presentarse como un puente, pero un puente que no estaría destinado simplemente a facilitar el paso de mercancías, capitales o migrantes. Roma quiere ser uno de los actores que definen las reglas, organizan los corredores energéticos, estructuran las inversiones e influyen en las prioridades europeas. Es una ambición mucho mayor que la de una simple política africana.

Pero una estrategia de poder no se mide por la grandeza de sus intenciones. Se mide por su capacidad para transformar ventajas geográficas en resultados políticos y económicos duraderos. El Plan Mattei cuenta ahora con un número significativo de proyectos, una arquitectura financiera diversificada y una red que se extiende a dieciocho países. Queda por demostrar que esta multiplicación de instrumentos puede producir una transformación suficientemente profunda como para modificar duraderamente la relación entre Italia y África. Solo bajo esta condición Meloni podrá presentar su política africana como uno de los logros estructurantes de su largo período en el poder y no como una sucesión de iniciativas diplomáticas impulsadas por una coyuntura política favorable.

Desde esta perspectiva, África aparece como el espejo exterior de la transformación que Meloni busca dentro de Italia. En el interior, quiere demostrar que la estabilidad puede restaurar la capacidad del Estado para planificar. En el exterior, quiere demostrar que esta estabilidad puede proporcionar a Roma una política exterior más coherente, más ambiciosa y más centrada en sus intereses estratégicos. El éxito del Plan Mattei se jugará, por tanto, en el encuentro entre estas dos ambiciones: la capacidad de Italia para volver a ser más fuerte en su propio territorio y su capacidad para convertir esa fuerza en influencia más allá de sus fronteras. Es precisamente en este punto donde el balance de Meloni deja de ser solamente italiano y comienza a convertirse en europeo, mediterráneo y africano.

Y soberanía nacional sin renunciar a las interdependencias que estructuran ahora el sistema internacional.

Es en esta tensión donde se sitúa la nueva política de poder de Roma. Constituye una de las prolongaciones más importantes de la transformación de Giorgia Meloni desde su llegada al poder. La dirigente que había construido su ascenso político en torno a la soberanía nacional gobierna ahora en un mundo donde ninguna soberanía europea puede ejercerse por sí sola.

La Italia de Meloni no busca, por tanto, retirarse del sistema occidental. Busca tener mayor peso dentro de él. El éxito de esta estrategia dependerá menos de la proximidad personal de un dirigente italiano con un presidente estadounidense que de la capacidad de Roma para transformar su posición geográfica, su economía, sus alianzas y su red diplomática en una verdadera capacidad estratégica.

Es precisamente esto lo que conducirá a la próxima etapa de este análisis: África, el Plan Mattei y el intento italiano de transformar el Mediterráneo en una plataforma de proyección económica y geopolítica.

LA DERECHA ITALIANA DESPUÉS DE MELONI:

NORMALIZACIÓN, COMPETENCIA Y NUEVA FRACTURA

La longevidad de Giorgia Meloni no puede comprenderse sin volver a la transformación de la derecha italiana, de la que ella es a la vez producto y una de sus principales arquitectas. Su llegada al poder en 2022 no se limitó a colocar una nueva formación política al frente del gobierno. Desplazó el centro de gravedad de un sistema político en el que la derecha italiana había estado dividida durante mucho tiempo entre varias tradiciones: el conservadurismo nacional de Fratelli d’Italia, el soberanismo regional y antiinmigración de la Lega, el liberalismo europeo de Forza Italia y, más recientemente, una derecha identitaria que busca superar los marcos tradicionales de la coalición. Durante casi cuatro años, Meloni ha logrado mantener estas sensibilidades dentro de una misma arquitectura gubernamental, al tiempo que otorgaba a su propio partido una posición dominante. Pero este éxito contiene ya su propia contradicción. Cuanto más se instala Fratelli d’Italia en el centro del poder, más una parte del electorado situado a su derecha busca un espacio político diferente, menos institucional, más radical y más directamente hostil a determinadas formas de construcción europea.

La trayectoria de Meloni se basa precisamente en esta operación de transformación. Fratelli d’Italia nació en 2012 como heredero de la derecha posfascista italiana, pero el partido trabajó progresivamente en su normalización institucional e internacional. Una vez en el gobierno, Meloni confirmó su compromiso con la OTAN, con el apoyo a Ucrania y con la pertenencia de Italia a la Unión Europea, al tiempo que conservaba un discurso fuertemente marcado por la soberanía nacional, la familia, la seguridad, la identidad cultural y el control de las migraciones. Esta combinación le permitió presentar su gobierno como una derecha conservadora capaz de gobernar sin romper con las principales estructuras del orden occidental. Es uno de los elementos que explican por qué su experiencia es observada con tanta atención en otros países europeos: Meloni ha intentado demostrar que una formación surgida de la derecha radical podía llegar al poder, conservar una fuerte identidad ideológica y, simultáneamente, funcionar dentro de las instituciones europeas y atlánticas.

Esta normalización, sin embargo, nunca ha significado la desaparición de las tensiones ideológicas. Más bien ha desplazado la frontera del debate. Cuando Meloni se aproxima al centro institucional, la cuestión pasa a ser hasta dónde puede llegar sin perder a la parte de su electorado que precisamente había votado para romper con el antiguo sistema. La estabilidad gubernamental ha permitido hasta ahora contener esta contradicción, pero no la ha eliminado. Ahora aparece con una intensidad renovada en el ascenso de Roberto Vannacci.

MELONI Y LA RECOMPOSICIÓN DEL CENTRODERECHA

El gobierno italiano se basa en una coalición cuya solidez depende tanto de la complementariedad de los partidos como de la dominación electoral de Fratelli d’Italia. La Lega de Matteo Salvini conserva una importante implantación política, especialmente en el norte del país, mientras que Forza Italia, dirigida por Antonio Tajani, aporta una cultura política más liberal, europeísta y tradicionalmente vinculada a la relación transatlántica. Esta diversidad constituye una fortaleza cuando permite a Meloni representar varias sensibilidades de la derecha italiana, pero se convierte en una debilidad cuando las divergencias afectan a las grandes orientaciones estratégicas del gobierno.

Salvini representa así una presión permanente sobre la derecha gubernamental desde su flanco derecho. Su formación mantiene una línea soberanista y una crítica recurrente a determinadas políticas europeas, mientras que Tajani defiende una orientación más claramente proeuropea y más cercana a la tradición política de Silvio Berlusconi. Meloni se encuentra entre estos dos polos. Debe preservar la cohesión de su coalición sin permitir que sus socios definan por sí solos la posición del gobierno. Esta posición explica en parte su insistencia en la estabilidad: mientras la coalición siga siendo funcional, Fratelli d’Italia conserva la capacidad de fijar la agenda general y de presentar las divergencias internas como diferencias normales dentro de una mayoría duradera.

El problema aparece cuando nuevas fuerzas comienzan a competir simultáneamente con varios componentes de esta coalición. Eso es exactamente lo que produce hoy Futuro Nazionale. La formación creada por Roberto Vannacci tras su ruptura con la Lega no se ha instalado simplemente como un nuevo partido de protesta. Busca ocupar un espacio a la derecha de Meloni, al tiempo que cuestiona directamente la dirección europea y cultural adoptada por una parte del centroderecha italiano.

VANNACCI: EL REGRESO DEL CONFLICTO A LA DERECHA

Roberto Vannacci constituye un fenómeno político diferente del de Meloni. Antiguo general del ejército italiano, se impuso en el debate nacional gracias a un discurso fuertemente identitario y a una comunicación política que rechaza las precauciones del lenguaje institucional. Su ascenso no se basa únicamente en una organización partidista antigua ni en una estructura territorial construida durante varias décadas. Se apoya en gran medida en su capacidad para captar a una parte del electorado que considera que Meloni se ha vuelto demasiado prudente desde su llegada al gobierno.

Esta evolución ya es medible. Según la Supermedia AGI/YouTrend publicada el 10 de septiembre de 2026, Futuro Nazionale alcanza el 7,6% de las intenciones de voto, empatado con Forza Italia y por delante de la Lega, con el 5,6%. Fratelli d’Italia sigue ampliamente en cabeza con el 26,9%, pero el fenómeno Vannacci ya no puede considerarse marginal. Una encuesta de YouTrend publicada unos días antes situaba incluso a Futuro Nazionale en el 7,9%, por delante de Forza Italia, con el 7,1%, y de la Lega, con el 4,4%. Los métodos y las fechas de estas encuestas difieren, pero su convergencia en un punto resulta notable: Futuro Nazionale se ha instalado en el panorama político nacional.

Este avance modifica la naturaleza de la competencia dentro de la derecha. Antes de Vannacci, Meloni tenía que gestionar principalmente una competencia con Salvini por el liderazgo del campo conservador. Ahora, una parte de la batalla se desarrolla en torno a otra cuestión: ¿quién encarna la derecha más auténticamente soberanista e identitaria? Meloni responde con la capacidad de gobernar, la estabilidad y el reconocimiento internacional. Vannacci responde con la radicalidad del discurso, el cuestionamiento de determinadas orientaciones europeas y la promesa de regresar a una concepción más dura de la identidad nacional. Ambas ofertas políticas pueden, por tanto, competir sin ser totalmente incompatibles en el conjunto de las cuestiones.

Eso es precisamente lo que hace políticamente importante al fenómeno. Vannacci no necesita superar a Meloni para modificar su entorno. Le basta con obtener un peso electoral suficientemente elevado para convertirse en indispensable para una futura mayoría o para imponer determinados temas dentro de la derecha. Con un 7,6% u 8%, una nueva formación ya puede modificar los cálculos de coalición, las negociaciones sobre candidaturas y la formulación de los programas. La política italiana entra así en una fase en la que la cuestión ya no será solamente saber si Meloni puede conservar el poder, sino a qué precio ideológico podría verse obligada a conservarlo.

UNA COMPETENCIA EN TORNO A EUROPA

La confrontación entre Meloni y Vannacci revela también una divergencia fundamental sobre el futuro europeo. Meloni ha adoptado progresivamente una estrategia que consiste en influir en la Unión Europea desde dentro. Critica determinadas orientaciones de Bruselas, defiende una mayor soberanía de los Estados e insiste en las fronteras, la competitividad y la defensa, pero no propone una ruptura con la Unión. Su objetivo parece ser más bien modificar el equilibrio político europeo utilizando el peso de Italia como una de las grandes economías de la Unión y como potencia mediterránea.

Vannacci defiende una concepción más radical. Durante el foro económico de Cernobbio en septiembre de 2026, atacó la integración política europea y abogó por una Unión concebida en mayor medida como una plataforma de cooperación entre naciones soberanas. También defendió una visión fuertemente centrada en la identidad cultural europea y criticó lo que considera una burocratización excesiva de Bruselas. Su discurso sitúa así a Futuro Nazionale en un terreno distinto del de Meloni: ya no se trata solamente de reformar la Unión, sino de cuestionar la dirección política de su integración.

La diferencia puede parecer teórica, pero tiene consecuencias concretas. Italia depende profundamente del mercado único, de la moneda europea, de los mecanismos financieros comunitarios y de las políticas comunes. Una estrategia de confrontación directa con Bruselas tendría, por tanto, costes considerables. Meloni lo sabe y precisamente por eso su gobierno ha buscado combinar el discurso soberanista con el pragmatismo institucional. Vannacci, en cambio, puede permitirse una mayor radicalidad porque todavía no asume la responsabilidad cotidiana de gestionar el Estado. Disfruta así de una ventaja clásica de las fuerzas de oposición: la posibilidad de transformar las frustraciones en programa sin tener que arbitrar inmediatamente entre sus consecuencias presupuestarias, diplomáticas y económicas.

Esta diferencia podría convertirse en uno de los principales temas de la campaña de 2027. Meloni deberá defender su balance de gobierno, mientras que Vannacci podrá preguntar si la transformación anunciada por la derecha italiana no ha sido sustituida progresivamente por una forma de gestión conservadora. El debate no girará, por tanto, únicamente en torno a la inmigración o la identidad. Girará en torno a la propia definición de la soberanía en una Italia que pertenece simultáneamente a la Unión Europea, a la zona euro y a la OTAN.

EL DESAFÍO DE LA NORMALIZACIÓN

El ascenso de Vannacci plantea una cuestión más profunda a Meloni: ¿la normalización de Fratelli d’Italia se ha convertido en una fortaleza o en una debilidad? Desde el punto de vista institucional, la respuesta es claramente positiva. Meloni ha logrado gobernar durante casi cuatro años, mantener una coalición compleja, tranquilizar a los mercados e insertar a Italia en una política europea y atlántica relativamente estable. Pero desde el punto de vista de la competencia electoral, esta normalización crea un espacio a su derecha.

La historia política europea muestra que este fenómeno no es excepcional. Cuando un partido surgido de una tradición radical entra en las instituciones, generalmente debe elegir entre dos exigencias contradictorias: conservar una identidad suficientemente fuerte para mantener su base electoral y adquirir una respetabilidad suficiente para ampliar su audiencia. Meloni ha privilegiado la segunda sin abandonar completamente la primera. Vannacci intenta ahora recuperar a quienes consideran que el compromiso gubernamental ha debilitado el carácter de ruptura de la derecha.

La dificultad para Meloni será responder a esta competencia sin reproducir la radicalidad de Vannacci. Si endurece fuertemente su discurso para impedir la fuga de su electorado hacia Futuro Nazionale, corre el riesgo de debilitar la credibilidad internacional que ha construido pacientemente. Si mantiene una línea institucional y moderada, puede dejar a Vannacci un espacio suficiente para convertirse en el principal polo de contestación a la derecha. Esta tensión será particularmente visible en la inmigración, la integración europea, la política familiar, la justicia y las cuestiones culturales.

Sin embargo, sería excesivo considerar a Futuro Nazionale como una fuerza ya capaz de sustituir a Meloni. Las encuestas disponibles muestran un rápido crecimiento, pero no constituyen una elección. El partido es joven, su organización territorial aún debe ser puesta a prueba y su capacidad para transformar la popularidad de Vannacci en una estructura política duradera sigue siendo incierta. Su verdadera prueba será la implantación territorial, las elecciones locales, los candidatos y la capacidad de construir un equipo político que vaya más allá de la figura de su fundador. Una formación que depende casi enteramente de la personalidad de su líder puede experimentar un ascenso espectacular y, sin embargo, encontrar rápidamente sus límites.

EL PARTIDO DE MELONI FRENTE A SU PROPIO HORIZONTE

Para Fratelli d’Italia, el problema es, por tanto, menos la competencia inmediata de Vannacci que la cuestión de su propia evolución. El partido es ahora el principal movimiento político italiano y continúa muy por delante de sus competidores en las encuestas. Una encuesta de YouTrend de comienzos de septiembre lo situaba en el 26,5%, frente al 22,2% del Partido Democrático, mientras que una media más reciente lo situaba en el 26,9%. Esta hegemonía significa que Meloni conserva una base electoral considerable, pero también significa que cualquier erosión, incluso limitada, puede modificar las relaciones de fuerza dentro de la coalición.

La situación resulta aún más interesante porque el electorado italiano continúa fuertemente fragmentado. Una parte importante de los ciudadanos permanece indecisa o se abstiene. En la encuesta de YouTrend publicada el 4 de septiembre, esta categoría representaba el 33,6% de las personas consultadas. Esto significa que las relaciones de fuerza observadas hoy no constituyen una fotografía definitiva de 2027. Indican más bien las líneas de fractura en torno a las cuales podría organizarse la campaña. La capacidad de los partidos para movilizar a los abstencionistas, convencer a los electores indecisos y construir alianzas probablemente será tan importante como su nivel actual en las encuestas.

La derecha italiana entra así en un período paradójico. Nunca había estado tan sólidamente instalada en el gobierno, pero tampoco se había enfrentado tan claramente a la posibilidad de una recomposición interna. Meloni domina su campo, pero esta dominación fomenta precisamente la creación de fuerzas que quieren disputarle la definición de lo que significa ser de derechas. Salvini conserva una organización histórica, pero ve comprimido su espacio electoral. Tajani mantiene una presencia decisiva gracias a Forza Italia, pero su partido se encuentra ahora directamente competido por Vannacci. Futuro Nazionale, todavía joven, ya se ha vuelto suficientemente fuerte como para que su eventual relación con la coalición de derecha sea considerada una cuestión estratégica.

EL DESPUÉS DE MELONI COMIENZA ANTES DEL FINAL DE MELONI

La verdadera cuestión ya no consiste, por tanto, únicamente en saber si Giorgia Meloni seguirá siendo Presidenta del Consejo después de las próximas elecciones. Consiste en saber qué sistema político dejará tras de sí. Su gobierno puede sobrevivir, ser renovado o finalmente ser sustituido, pero la derecha italiana que ella habrá contribuido a transformar probablemente no regresará a su configuración de 2022. Fratelli d’Italia se ha convertido en el centro de gravedad del campo conservador, Italia se ha acostumbrado a un gobierno de derecha duradero y una nueva generación de electores y responsables políticos considera ahora la derecha nacional como una fuerza de gobierno y no como una oposición permanente.

Esta transformación constituye quizá el principal legado político de Meloni. Ha demostrado que una formación durante mucho tiempo asociada a una tradición política marginada podía alcanzar el poder, durar y ejercer las responsabilidades del Estado sin provocar la ruptura internacional que algunos habían anunciado. Pero el mismo éxito produce ahora una nueva competencia. Al convertirse en institucional, Meloni ha dejado a su derecha un espacio para quienes quieren ir más lejos. Al consolidar Fratelli d’Italia, ha contribuido a hacer posible una nueva batalla por el liderazgo ideológico del conservadurismo italiano.

La paradoja resulta, por tanto, llamativa. Cuanto más consigue Meloni estabilizar la derecha, más debe enfrentarse ahora a las fuerzas que consideran que esta estabilización ha neutralizado una parte de su promesa de ruptura. El fenómeno Vannacci no constituye solamente una amenaza electoral potencial; también es una prueba histórica de la transformación de Meloni. Si Futuro Nazionale continúa avanzando, la pregunta se volverá inevitable: ¿está la derecha italiana convirtiéndose en una fuerza conservadora institucional duradera, o su normalización representa solamente una etapa previa a una nueva radicalización?

De cara a 2027, esta cuestión podría llegar a ser tan importante como el balance económico o la cuestión de la sucesión política. Porque la Italia de Meloni ya no es simplemente el laboratorio de una derecha que llega al poder. Se convierte en el laboratorio de una derecha que ahora debe decidir qué quiere ser después de haber descubierto que puede gobernar. Es precisamente en este momento cuando comienza la verdadera batalla: ya no conquistar el Estado, sino definir la naturaleza del poder conservador italiano para la década que viene.

2027: LA BATALLA DE LA SUCESIÓN Y LA PRUEBA FINAL DE MELONI

Las elecciones de 2027 no serán solamente el momento en que los italianos decidirán si vuelven a elegir o no a Giorgia Meloni. Constituirán, más profundamente, el primer verdadero juicio político sobre el conjunto de su experiencia de gobierno. Desde octubre de 2022, Meloni ha disfrutado de una ventaja de la que pocos dirigentes italianos de la posguerra habían podido disponer: tiempo. Ha gobernado con continuidad, sin una crisis parlamentaria importante, sin cambio de Presidente del Consejo, sin ruptura de la coalición y sin el derrumbe de su mayoría. También ha logrado mantener a Fratelli d’Italia en el primer lugar entre las fuerzas políticas nacionales. Pero el tiempo, que durante mucho tiempo constituyó su principal capital político, comienza ahora a cambiar de naturaleza. Ya no basta para demostrar su capacidad de durar. Obliga a medir lo que esa duración ha producido realmente.

Los datos disponibles a comienzos de septiembre de 2026 ofrecen una fotografía mucho más compleja que la de una mayoría gubernamental sólidamente instalada. La Supermedia YouTrend AGI del 10 de septiembre sitúa a Fratelli d’Italia en el 26,9%, al Partido Democrático en el 21%, al Movimento 5 Stelle en el 12,1%, a Futuro Nazionale, la formación de Roberto Vannacci, en el 7,6%, empatado con Forza Italia, mientras que la Lega se sitúa en el 5,6%. En la configuración de los bloques adoptada por esta media, el centroderecha alcanza el 41,1%, frente al 43,2% del amplio campo de centroizquierda, mientras Futuro Nazionale se contabiliza por separado con el 7,6%. Otra encuesta de Noto publicada unos días antes daba a Fratelli d’Italia el 27,5%, al PD el 19,5%, al Movimento 5 Stelle el 12,2% y a Futuro Nazionale el 8%. Estas cifras evidentemente no constituyen una previsión electoral, y mucho menos un resultado anticipado, pero muestran una realidad política esencial: las próximas elecciones podrían disputarse en un espacio mucho más fragmentado de lo que deja pensar la dominación personal de Meloni.

Esta fragmentación adquiere una importancia particular porque la mayoría gubernamental busca precisamente modificar las reglas del juego antes de las próximas elecciones. El proyecto actualmente examinado por el Senado prevé un sistema principalmente proporcional acompañado de un mecanismo de prima de gobernabilidad. La lista o coalición que quede en primer lugar podría obtener 70 escaños adicionales en la Cámara y 35 en el Senado si alcanza al menos el 42% de los votos válidos en ambas cámaras. Por debajo de este umbral, o en caso de resultados diferentes entre la Cámara y el Senado, la distribución volvería a ser proporcional. El texto también establece que las coaliciones presenten a su candidato a la Presidencia del Consejo antes de las elecciones. Tras su aprobación por la Cámara en julio, el proyecto comenzó su examen en segunda lectura en el Senado el 9 de septiembre, con una votación prevista para mediados de septiembre antes de su regreso a la Cámara.

Esta reforma es importante porque revela una de las contradicciones fundamentales del final del ciclo Meloni. El gobierno presenta el nuevo sistema como un instrumento de estabilidad destinado a evitar el regreso de las mayorías frágiles y de las negociaciones interminables que han marcado una parte de la historia política italiana. La oposición considera, por el contrario, que una mayoría en el poder busca adaptar las reglas electorales a sus propios intereses precisamente cuando las encuestas ya no le garantizan la ventaja. Ambas interpretaciones no son necesariamente incompatibles. La estabilidad constituye realmente un problema histórico de la República italiana, pero toda reforma electoral adoptada cuando se aproxima una cita electoral importante se convierte necesariamente en una cuestión de poder. El umbral del 42% otorga a esta reforma una dimensión particularmente política: en el estado actual de las intenciones de voto, el centroderecha se encuentra cerca de esta barrera, pero todavía no la alcanza, mientras que la ampliación del campo adversario también sigue siendo incierta. El umbral puede aparecer, por tanto, simultáneamente como un mecanismo de estabilidad y como una frontera electoral decisiva.

La cuestión central de 2027 será, sin embargo, menos el resultado de Fratelli d’Italia que la capacidad de Meloni para conservar a su alrededor una coalición coherente. Desde 2022, su ventaja ha sido considerable: es con diferencia la principal fuerza de su campo, mientras sus socios han permanecido en una posición secundaria. Esta asimetría le ha permitido imponer su orientación general sobre Europa, la política exterior, la migración, las finanzas públicas y la seguridad. Pero hoy produce una paradoja. Cuanto más domina Meloni la derecha, más visible se vuelve la debilidad relativa de sus aliados. Forza Italia conserva una función de moderación europea, la Lega defiende una línea soberanista más marcada y Futuro Nazionale busca ahora ocupar el espacio situado más a la derecha del conjunto. La coalición que permitió a Meloni gobernar durante cuatro años ya no es, por tanto, exactamente la misma coalición que se presentará ante los electores en 2027.

La irrupción de Roberto Vannacci aporta una profundidad adicional a esta transformación. Futuro Nazionale todavía no es una fuerza comparable a Fratelli d’Italia, y su implantación territorial, su organización y su capacidad para transformar una popularidad personal en una estructura política duradera aún deben demostrarse. Pero su ascenso es suficientemente rápido como para modificar los cálculos de todos los actores. Creado en febrero de 2026 después de la ruptura de Vannacci con la Lega, el movimiento ha alcanzado entre el 7,5% y el 8% en varias encuestas recientes, superando en ocasiones a Forza Italia y a la Lega. Este avance significa que el espacio político a la derecha de Meloni ya no es solamente una reserva electoral potencial: comienza a convertirse en un actor autónomo.

El fenómeno Vannacci obliga sobre todo a Meloni a resolver una dificultad que hasta ahora había evitado en gran medida. Cuando estaba en la oposición, podía agregar a su alrededor a electores conservadores, soberanistas, nacionalistas y protestatarios, dejando relativamente abierta la cuestión de su compatibilidad con el ejercicio concreto del poder. Desde su llegada al gobierno, ha desplazado progresivamente a Fratelli d’Italia hacia una posición institucional más compatible con Bruselas, Washington, la OTAN y las grandes restricciones de la política europea. Esta normalización ha reforzado su credibilidad internacional y contribuido a su longevidad. Pero también ha creado un espacio para quienes consideran que esta normalización constituye precisamente una renuncia a una parte del programa inicial de la derecha nacional. Vannacci puede así prosperar sobre una contradicción producida en parte por el propio éxito de Meloni.

La dificultad será todavía más evidente en la cuestión europea. Meloni ha demostrado que una derecha surgida de una tradición soberanista podía gobernar un gran país fundador de la Unión Europea sin provocar la ruptura anunciada por algunos de sus adversarios. Ha elegido la negociación en lugar del enfrentamiento permanente con Bruselas, ha apoyado a Ucrania, ha defendido la pertenencia italiana a la OTAN y ha participado en la construcción de una relación institucional con las principales capitales europeas. Esta evolución ha ampliado su espacio político. Pero también ha dejado atrás a una parte del electorado que esperaba una transformación mucho más radical del orden europeo. Vannacci intenta ahora recuperar a este electorado cuestionando no solo determinadas políticas de la Unión, sino la propia lógica de una integración europea cada vez más profunda. La batalla de 2027 podría convertirse así en una confrontación interna de la derecha italiana sobre la definición misma del conservadurismo en el poder.

El centroizquierda, por su parte, dispone de una posibilidad histórica sin contar todavía con una arquitectura política suficientemente consolidada. El Partido Democrático continúa siendo la segunda fuerza nacional con aproximadamente el 21%, mientras que el Movimento 5 Stelle conserva una base superior al 12%. En algunas agregaciones, el amplio campo de centroizquierda supera al centroderecha. Pero esta ventaja teórica depende de una cooperación entre fuerzas cuyas culturas políticas, electorados y estrategias siguen siendo diferentes. La cuestión, por tanto, no es simplemente saber si la oposición puede superar a Meloni en las encuestas. Es saber si puede transformar una suma de fuerzas electorales en una mayoría de gobierno creíble. La historia reciente de Italia demuestra que una oposición capaz de derrotar a una mayoría en las intenciones de voto no es necesariamente capaz de construir, después de las elecciones, una coalición estable y duradera.

Esta cuestión es aún más importante porque el balance del gobierno será evaluado sobre terrenos muy concretos. El crecimiento económico, los salarios reales, el poder adquisitivo, la sanidad pública, la educación, los servicios públicos, la energía, la inmigración y la capacidad para reducir las fracturas territoriales probablemente pesarán más en la decisión de los electores que el único éxito institucional de haber durado más tiempo que sus predecesores. Las encuestas ya muestran una dificultad particular entre las generaciones jóvenes. Según un análisis publicado por Reuters en agosto, el apoyo al bloque gubernamental era inferior al 30% entre los menores de 35 años, mientras que el centroizquierda se acercaba a la mitad de las intenciones de voto en este grupo de edad. La cuestión del empleo, las perspectivas profesionales, la educación y la salida de los jóvenes titulados se convierte así en un asunto electoral estratégico para 2027.

La derrota del gobierno en el referéndum sobre la reforma judicial constituye también un precedente político importante. Mostró que la estabilidad parlamentaria no significa automáticamente capacidad para transformar todas las grandes orientaciones institucionales en consenso popular. Meloni puede controlar de manera duradera una mayoría parlamentaria y, al mismo tiempo, encontrar importantes resistencias en la sociedad. Esta distinción será fundamental en 2027. Una parte de su balance se basa en la capacidad de haber mantenido al Estado en una trayectoria estable; otra parte deberá responder a la pregunta de si esta estabilidad ha permitido modificar duraderamente las estructuras del país. El juicio electoral recaerá precisamente sobre esta distancia entre estabilidad gubernamental y transformación nacional.

Existe finalmente una cuestión más personal, casi institucional, que podría pesar sobre toda la campaña: ¿qué quiere realmente Giorgia Meloni para la continuación de su carrera política? La primera hipótesis es la de un nuevo mandato como Presidenta del Consejo, que convertiría 2027 en el comienzo de un segundo ciclo destinado a profundizar las reformas que quedaron inconclusas. La segunda es la de una transformación progresiva de su papel dentro de la derecha italiana y europea, con una influencia que podría superar directamente la función gubernamental. Sin embargo, sería prematuro presentar como adquirida cualquier trayectoria hacia la Presidencia de la República u otra función institucional de primer nivel. En esta etapa, el verdadero desafío es mucho más sencillo y mucho más exigente: saber si Meloni puede transformar su longevidad en un mandato político renovado.

Es precisamente ahí donde se encuentra la verdadera prueba de 2027. Una victoria de Meloni no significaría automáticamente que su primer mandato haya sido un éxito histórico, del mismo modo que una derrota no significaría que su experiencia de gobierno haya sido un fracaso. El resultado deberá interpretarse a partir de la naturaleza de la mayoría obtenida, del programa presentado, del nivel de participación, de la composición del Parlamento y, sobre todo, de la capacidad del próximo gobierno para producir las transformaciones que el primer ciclo no ha concluido. Si Meloni gana con una mayoría sólida, dispondrá de un argumento poderoso para sostener que la estabilidad era efectivamente la condición previa para una transformación más profunda. Si gana sin alcanzar la capacidad de gobernar prometida por la reforma electoral, su récord de longevidad aparecerá más como un episodio excepcional que como el comienzo de un nuevo modelo político. Si pierde, la cuestión será inmediatamente la de la sucesión y el legado.

Italia entra así en una fase en la que el tiempo político cambia de significado. Durante cuatro años, el principal relato de Meloni ha sido el de la ruptura con la inestabilidad crónica de la República italiana. De cara a 2027, el relato debe cambiar ahora: ya no está en juego la duración, sino el uso de esa duración. La pregunta que los electores deberán resolver no será solamente si todavía desean a Giorgia Meloni. Será saber si consideran que Italia se ha vuelto suficientemente diferente como para justificar la continuación del mismo ciclo político. Es una cuestión mucho más difícil, porque obliga a comparar una promesa histórica de estabilidad con las realidades cotidianas de un país que sigue enfrentado a un crecimiento débil, una deuda elevada, una crisis demográfica, salarios bajo presión, desequilibrios territoriales y una rápida transformación geopolítica.

La paradoja de Meloni aparece entonces con toda su fuerza. Ha conseguido lo que muchos gobiernos italianos no habían logrado: durar. Pero cuanto más dura, menos puede considerarse la duración una justificación suficiente. El récord que acaba de establecer se convierte precisamente en la base a partir de la cual los electores pueden exigirle más. La estabilidad, que ayer era su principal argumento político, se convierte hoy en una obligación de resultados. Y probablemente sea esta transformación del significado mismo de su récord la que hará de 2027 la elección más importante de su ciclo político.

LA MIRADA CARIBEÑA: LO QUE LA EXPERIENCIA ITALIANA DICE A LOS ESTADOS DEL CARIBE

Vista desde el Caribe, la trayectoria de Giorgia Meloni presenta un interés que va mucho más allá de las fronteras italianas. Italia no es, evidentemente, un Estado insular caribeño, ni una pequeña economía periférica, ni una potencia comparable con los grandes centros de decisión del sistema internacional. Pertenece al G7, a la Unión Europea, a la OTAN y al espacio monetario del euro. Su peso demográfico, industrial, financiero y diplomático le proporciona capacidades de acción de las que carece la mayoría de los Estados caribeños. Sin embargo, existe una proximidad estratégica: Italia, al igual que varios países del Caribe, vive en la intersección de varios mundos. Es europea sin estar situada en el corazón del continente, mediterránea sin poder reducirse a su vecindad inmediata, occidental y al mismo tiempo directamente expuesta a las dinámicas del Sur, y profundamente dependiente de los flujos marítimos, energéticos, migratorios y comerciales que atraviesan su entorno. Es precisamente esta posición intermedia la que hace que su experiencia resulte especialmente interesante desde una perspectiva caribeña.

La primera lección se refiere a la estabilidad. Durante décadas, una parte del discurso político en los pequeños Estados y las economías vulnerables ha presentado la estabilidad institucional como una condición casi suficiente para el desarrollo. La experiencia italiana recuerda que solo es una condición previa. Meloni acaba de demostrar que un gobierno italiano puede durar excepcionalmente mucho tiempo en un sistema históricamente marcado por los cambios de mayoría y las recomposiciones ministeriales. Pero la duración no produce automáticamente transformación. Proporciona tiempo al Estado, reduce la incertidumbre política, facilita la programación presupuestaria y permite a las administraciones trabajar con una perspectiva más larga. Crea, por tanto, una capacidad. Pero esa capacidad debe después convertirse en infraestructuras, capital humano, productividad, servicios públicos, seguridad energética, innovación e instituciones más eficaces. Esta distinción entre estabilidad y transformación posee un alcance universal.

Para las sociedades caribeñas, esta distinción es especialmente importante porque la inestabilidad política e institucional ha sido frecuentemente analizada como uno de los principales obstáculos al desarrollo. Y efectivamente lo es. Pero la experiencia italiana muestra también el riesgo inverso: un sistema puede volverse políticamente estable sin resolver suficientemente rápido sus problemas estructurales. Italia sigue enfrentándose a un crecimiento débil, una deuda elevada, una demografía desfavorable, disparidades territoriales considerables y una presión persistente sobre los ingresos reales. La estabilidad puede convertirse, por tanto, en un instrumento de transformación o transformarse en una simple conservación del equilibrio existente. Todo depende de lo que haga el Estado con el tiempo político del que dispone.

La segunda lección se refiere a la geografía. El Mediterráneo no es para Italia una simple frontera marítima. Se ha convertido progresivamente en un espacio de seguridad, energía, comercio, migración, inversión y proyección diplomática. El Caribe debería poder pensarse con una lógica comparable. El mar que separa a los Estados insulares y los territorios continentales de la región es simultáneamente su espacio de conexión. Contiene las rutas comerciales, los recursos pesqueros, las infraestructuras portuarias, los cables submarinos, los corredores energéticos, los flujos turísticos y las vías migratorias que determinan una parte creciente de su soberanía real. Una política marítima concebida únicamente desde el ángulo de la vigilancia de las fronteras sería, por tanto, insuficiente. El mar también debe considerarse una infraestructura económica, diplomática, científica y tecnológica.

Es aquí donde la evolución italiana merece una atención particular. Roma busca articular su espacio mediterráneo con una política africana más ambiciosa. El Plan Mattei se inscribe en esta lógica. Su objetivo declarado no es solamente financiar proyectos de desarrollo, sino construir una relación estratégica con varios países africanos en sectores tan diversos como la energía, la agricultura, el agua, las infraestructuras, la formación y lo digital. En 2026, el dispositivo italiano abarca dieciocho países y más de setenta proyectos, con una arquitectura financiera que combina recursos públicos italianos, instituciones europeas, bancos de desarrollo y capital privado. Esta política sigue, evidentemente, sometida a la prueba de sus resultados, pero revela una concepción importante del poder: la influencia ya no se basa únicamente en la diplomacia clásica o en la fuerza militar; también se construye mediante infraestructuras, financiación, formación y capacidad para crear interdependencias duraderas.

Para el Caribe, esta evolución abre una reflexión estratégica. Los Estados de la región rara vez disponen de la masa crítica necesaria para desarrollar por sí solos políticas internacionales comparables a las de una potencia europea. Pero poseen colectivamente una posición geográfica considerable. El Caribe se encuentra cerca del mercado norteamericano, en contacto con América Latina, en el centro de importantes rutas marítimas y dentro de un espacio directamente afectado por las transiciones energética, climática y digital. La debilidad relativa de varios Estados no significa, por tanto, ausencia de valor estratégico. Significa más bien que este valor debe organizarse colectivamente.

La tercera lección se refiere a la migración. La Italia de Meloni ha convertido la reducción de las llegadas irregulares en un elemento central de su política interior y exterior. Las llegadas irregulares efectivamente han disminuido respecto del pico de 2023, mientras Roma ha multiplicado los acuerdos con países del norte de África y desarrollado mecanismos de cooperación con Túnez, Libia y otros socios. El dispositivo albanés destinado a gestionar determinados procedimientos migratorios, sin embargo, ha encontrado dificultades jurídicas y operativas, recordando que una política migratoria no puede diseñarse independientemente del derecho, de los tribunales y de las obligaciones europeas.

Desde el Caribe, esta cuestión debe observarse con especial prudencia. Las migraciones caribeñas también están vinculadas a factores económicos, políticos, climáticos y de seguridad que superan ampliamente la capacidad de acción de un solo gobierno. La tentación de reducir la migración a una cuestión de control fronterizo conduce rápidamente a ignorar sus causas estructurales. La experiencia italiana sugiere, por el contrario, que la política migratoria se vuelve realmente estratégica cuando se integra en una política más amplia de desarrollo, cooperación económica, seguridad regional, movilidad legal y diplomacia. La frontera puede ser controlada, pero no puede estabilizarse de manera duradera si los factores que producen los desplazamientos humanos permanecen sin cambios.

Una cuarta lección se refiere a la demografía. Italia pertenece ahora al grupo de sociedades europeas en las que el envejecimiento demográfico transforma directamente la política económica y social. La disminución de la población activa ejerce presión sobre el sistema de pensiones, la disponibilidad de mano de obra, los servicios públicos y la sostenibilidad de las finanzas públicas. Las políticas familiares implementadas por el gobierno de Meloni buscan responder a esta tendencia, pero su eficacia no puede medirse a corto plazo. El problema es estructural: una política natalista no produce inmediatamente una nueva generación activa y no resuelve automáticamente la cuestión del atractivo del país para los jóvenes trabajadores.

El Caribe conoce dinámicas diferentes, pero algunas consecuencias son comparables. La emigración de jóvenes cualificados priva a varias economías de competencias indispensables, mientras que las remesas de la diáspora compensan parcialmente esta pérdida. Esta contradicción merece ser considerada como una cuestión estratégica y no como un simple dato migratorio. Una economía puede recibir miles de millones de dólares en remesas y continuar perdiendo progresivamente una parte de su capital humano. La verdadera política demográfica debería, por tanto, buscar crear las condiciones en las que la diáspora se convierta en una prolongación económica, científica y cultural del territorio, en lugar de un sustituto permanente de la ausencia de oportunidades locales.

La experiencia italiana también muestra que una política contemporánea de soberanía ya no consiste simplemente en proclamar la independencia del Estado. Consiste en identificar las dependencias críticas y reducir aquellas que pueden debilitar la capacidad de decisión nacional. La energía ofrece hoy un ejemplo especialmente claro. En septiembre de 2026, Italia está acelerando determinados proyectos nacionales de producción de petróleo y gas, al mismo tiempo que el gobierno busca reforzar su seguridad energética en un entorno internacional profundamente perturbado. El país todavía produce una cantidad limitada de hidrocarburos en comparación con sus necesidades, pero el gobierno considera ahora la energía una cuestión de seguridad nacional tanto como una cuestión económica.

Para los Estados caribeños, esta reflexión es esencial. La soberanía energética no significa necesariamente disponer de grandes reservas de hidrocarburos. Puede significar producir más electricidad localmente, desarrollar las energías renovables, asegurar las redes, modernizar los puertos, diversificar los proveedores, reforzar las capacidades de almacenamiento y reducir las vulnerabilidades vinculadas a las importaciones. En economías insulares expuestas a los huracanes y a los shocks externos, la energía es al mismo tiempo una cuestión de desarrollo, resiliencia climática y seguridad nacional. Una política energética coherente se convierte, por tanto, en una política de soberanía.

La misma lógica se aplica a lo digital. Italia comprende progresivamente que el poder económico europeo depende cada vez más del dominio de las tecnologías, los datos, las infraestructuras digitales y las competencias científicas. El Caribe no puede esperar a alcanzar el nivel industrial de las grandes potencias antes de participar en esta transformación. Los pequeños Estados pueden compensar en ocasiones su reducida dimensión mediante su capacidad para convertirse en plataformas especializadas en determinados sectores: servicios digitales, ciberseguridad, tecnología financiera, investigación oceanográfica, inteligencia artificial aplicada al clima, gestión de catástrofes, turismo inteligente, agricultura de precisión y economía marítima.

Es probablemente en este terreno donde la comparación con Italia resulta más fecunda. El verdadero poder de un Estado no reside únicamente en la dimensión de su territorio o en el tamaño de su ejército. Depende de su capacidad para organizar sus recursos, anticipar sus vulnerabilidades y transformar sus ventajas geográficas en capacidades económicas y diplomáticas. Italia posee una industria, una flota comercial, empresas internacionales, un sistema universitario y una posición mediterránea que le permiten convertir su geografía en influencia. Los Estados caribeños deben buscar sus propios equivalentes, a partir de sus realidades y no mediante una imitación mecánica del modelo europeo.

Existe finalmente una dimensión política más profunda. Meloni ha demostrado que una fuerza política surgida de la derecha nacional podía pasar de la marginalidad a la dirección de un gran Estado europeo sin provocar la ruptura institucional que algunos anunciaban. Esta trayectoria plantea una cuestión que supera a la derecha italiana: ¿cómo transforma una democracia una fuerza de contestación en una fuerza de gobierno? La respuesta depende menos de la etiqueta ideológica que de la capacidad para transformar un discurso político en políticas públicas coherentes, compatibles con el derecho, las instituciones y las restricciones económicas. La verdadera prueba comienza cuando el movimiento ya no tiene solamente que denunciar el sistema, sino que debe asumir su gestión cotidiana.

Esta cuestión también concierne a las democracias caribeñas. En sociedades donde la confianza institucional es a veces frágil, los ciudadanos pueden sentirse atraídos por formaciones que prometen una ruptura total con las élites tradicionales. Pero la ruptura electoral nunca constituye por sí misma una política pública. Debe ir seguida de capacidad administrativa, estrategia económica, marco jurídico y visión internacional. Sin esta segunda etapa, la movilización política corre el riesgo de transformarse en decepción, independientemente de la ideología que la haya impulsado.

La experiencia de Meloni ofrece, por tanto, una lección paradójica al Caribe. Muestra que un Estado puede recuperar una capacidad de duración sin haber resuelto todavía todas sus debilidades estructurales. También muestra que un país de tamaño medio puede utilizar su posición geográfica como multiplicador de poder, siempre que conecte política interior, diplomacia, energía, migración, comercio, defensa y cooperación internacional. Pero, sobre todo, recuerda que ninguna estabilidad puede juzgarse únicamente por su longevidad. La verdadera medida de un ciclo político reside en su capacidad para transformar el tiempo ganado en capacidades duraderas.

Para el Caribe, esta conclusión tiene un alcance particular. A la región no le falta una posición estratégica. Tampoco le faltan recursos humanos, diáspora, potencial marítimo, proximidad a grandes mercados y posibilidades en los sectores de la energía, el turismo, la agricultura, lo digital y la economía azul. Lo que le falta en mayor medida es la capacidad de articular estos recursos en una estrategia regional suficientemente coherente para que la geografía deje de ser solamente una ventaja natural y se convierta en un verdadero instrumento de poder colectivo.

La Italia de Meloni recuerda así que la soberanía del siglo XXI no es una fortaleza. Es una arquitectura. Se basa en la capacidad de un Estado para conocer sus dependencias, elegir sus asociaciones, diversificar sus recursos, proteger sus instituciones y negociar con potencias mayores sin perder el control de sus intereses fundamentales. Esta concepción de la soberanía, más económica, tecnológica, energética, marítima e institucional que territorial, constituye quizá la lección más importante de la experiencia italiana para las sociedades caribeñas.

Desde el Mediterráneo como desde el Caribe, la misma pregunta termina apareciendo: ¿cómo transformar una posición geográfica en capacidad política? Italia busca hoy su respuesta a través de Europa, el Mediterráneo, África, la energía y la defensa. Los Estados caribeños deben buscar la suya a partir de sus propias realidades, pero con una misma exigencia: dejar de considerar su situación geográfica como un simple dato del mundo y asumirla como un capital estratégico que debe organizarse. Solo bajo esta condición la estabilidad puede convertirse en algo más que una pausa entre dos crisis y transformarse en una verdadera política de poder.

LA MIRADA DE CPGNNEWS: CUANDO LA ESTABILIDAD SE CONVIERTE EN UNA PRUEBA DE PODER

El récord de Giorgia Meloni merece, ante todo, ser reconocido por lo que es: un acontecimiento político importante en la historia de la República italiana. En un país que ha conocido sesenta y ocho gobiernos desde 1946 y donde la duración media de los ejecutivos se ha mantenido históricamente corta, superar el umbral de longevidad establecido por Silvio Berlusconi constituye algo más que una curiosidad estadística. Significa que un sistema político durante mucho tiempo asociado con la inestabilidad puede producir una continuidad gubernamental suficientemente fuerte como para modificar los hábitos de la vida pública. Meloni ya ha logrado, por tanto, algo importante. Pero este éxito plantea inmediatamente una cuestión más exigente: ¿qué valor tiene la estabilidad cuando deja de ser una promesa y se convierte en un recurso disponible?

Es a partir de esta cuestión que la mirada de CPGNNews se distingue de una simple lectura partidista del fenómeno Meloni. No consideramos la longevidad gubernamental como una prueba automática de éxito, del mismo modo que tampoco consideramos las dificultades económicas, sociales o institucionales como una prueba automática de fracaso. La realidad es más compleja. Meloni ha estabilizado el centro de decisión italiano, ha mejorado la credibilidad presupuestaria del país, ha mantenido una relación constructiva con las instituciones europeas, ha consolidado el anclaje atlántico de Roma y ha reducido fuertemente las llegadas irregulares respecto del pico de 2023. Al mismo tiempo, el crecimiento sigue siendo débil, la deuda pública continúa siendo extremadamente elevada, los salarios reales han sufrido una presión importante, los servicios públicos siguen sometidos a tensiones y varias reformas estructurales anunciadas no han producido la transformación esperada. El balance es, por tanto, el de un gobierno que ha logrado más estabilizar el sistema que refundarlo.

Esta distinción nos parece fundamental. En numerosos países, especialmente en democracias enfrentadas a crisis institucionales repetidas, la estabilidad se presenta a menudo como el objetivo último. Sin embargo, debería considerarse solamente como el comienzo de una política de transformación. Un gobierno estable puede preparar reformas durante varios años, asegurar las inversiones, fortalecer la administración, desarrollar infraestructuras, mejorar la educación, modernizar los sistemas sanitarios, invertir en investigación y construir una política industrial coherente. Si no lo hace, la estabilidad corre el riesgo de convertirse en una forma de conservación. El tiempo político se consume entonces sin convertirse realmente en capacidad nacional.

La experiencia italiana nos lleva así a reformular la cuestión del poder. El verdadero poder de un gobierno no se mide solamente por su capacidad para permanecer en el cargo. Se mide por su capacidad para utilizar la duración con el fin de ampliar los márgenes de maniobra del país. Una política económica que reduce determinadas vulnerabilidades presupuestarias pero no logra acelerar de manera duradera la productividad sigue siendo incompleta. Una política migratoria que reduce las llegadas irregulares pero no construye simultáneamente una estrategia de movilidad legal, integración y cooperación económica sigue siendo parcial. Una política exterior que refuerza la presencia de un país en las instituciones europeas y atlánticas gana influencia, pero también debe producir resultados económicos, energéticos, tecnológicos y diplomáticos medibles. Una política africana que multiplica los proyectos gana visibilidad, pero debe demostrar que esos proyectos crean realmente valor, competencias, infraestructuras y asociaciones equilibradas.

Es aquí donde el Plan Mattei se vuelve particularmente revelador. Italia intenta transformar su proximidad mediterránea en un instrumento de proyección hacia África, conectando cooperación, energía, agricultura, infraestructuras, formación, finanzas e intereses industriales. Esta orientación corresponde a una concepción moderna del poder, en la que la influencia ya no pasa solamente por las cumbres diplomáticas o los acuerdos políticos, sino también por la capacidad de financiar, construir, formar y conectar. El modelo italiano todavía se encuentra en fase de demostración, pero su ambición es clara: convertir la geografía en capacidad estratégica. Para CPGNNews, esta evolución merece ser seguida con atención porque conecta con una cuestión esencial para el Caribe: ¿cómo transformar una posición geográfica excepcional en influencia económica, diplomática, marítima, energética y tecnológica?

La cuestión migratoria revela otra dimensión de esta transformación. El Mediterráneo y el Caribe son dos espacios diferentes, pero ambos son regiones donde el mar constituye simultáneamente una frontera y un corredor. Los movimientos de población, por tanto, no pueden ser tratados de manera duradera únicamente mediante dispositivos de control. Son resultado de desequilibrios económicos, conflictos, crisis políticas, cambios climáticos y diferencias considerables en los niveles de vida. La política migratoria se vuelve realmente estratégica cuando se integra en una política de cooperación, desarrollo, seguridad, movilidad legal y protección de las personas. Italia todavía busca este equilibrio. El Caribe también tendrá que encontrarlo, a partir de sus propias realidades.

El dossier sobre Meloni revela asimismo una transformación de la derecha europea. La normalización de Fratelli d’Italia ha demostrado que una fuerza surgida de la derecha nacional podía pasar del estatus de movimiento contestatario al de partido de gobierno sin salir de la Unión Europea, sin abandonar la OTAN y sin provocar la ruptura con Bruselas que algunos escenarios habían anticipado. Pero esta normalización produce una nueva competencia. A medida que Meloni se convierte en una dirigente institucional, una parte del electorado que desea una ruptura más profunda puede buscar una nueva representación. La rápida aparición de Futuro Nazionale en torno a Roberto Vannacci constituye ya uno de los signos de ello. La cuestión ya no es, por tanto, solamente saber si la derecha puede gobernar. Pasa a ser: ¿qué derecha puede gobernar de manera duradera sin perder su identidad, y qué derecha puede conservar su identidad sin perder su capacidad de gobierno?

Esta tensión posee un alcance europeo. El modelo Meloni no corresponde ni al soberanismo de ruptura ni al federalismo europeo clásico. Busca más bien ocupar un espacio intermedio en el que el Estado nacional siga siendo el centro político, mientras la Unión Europea se convierte en un instrumento de poder colectivo cuando sirve a los intereses italianos. Esta concepción puede adquirir una influencia particular en una Europa enfrentada simultáneamente a la guerra, la competencia industrial, la dependencia energética, la presión migratoria, el regreso de la rivalidad entre grandes potencias y la incertidumbre de la relación transatlántica. Pero también contiene una contradicción: cuanto más poderosa debe ser Europa, más deben sus Estados miembros aceptar poner en común determinadas capacidades. Cuanto más reivindican los gobiernos nacionales su autonomía, más difícil se vuelve políticamente esta puesta en común.

La relación con Washington ilustra perfectamente esta tensión. Meloni había sido considerada inicialmente una de las dirigentes europeas susceptibles de mantener un canal privilegiado entre Europa y Donald Trump. La evolución de 2026 mostró los límites de esta hipótesis. Las tensiones surgidas en torno a la guerra contra Irán y las críticas públicas de Trump demostraron que una supuesta proximidad política no basta para garantizar una relación estratégica duradera. Para Italia como para Europa, la cuestión pasa, por tanto, a ser la reciprocidad. Una asociación transatlántica creíble no puede basarse únicamente en la dependencia europea respecto de las capacidades estadounidenses. También exige que Europa desarrolle sus propias capacidades militares, energéticas, industriales y diplomáticas. La demanda italiana de varios miles de millones de euros en el marco del programa europeo SAFE se inscribe precisamente en esta nueva realidad.

Esta evolución conduce a una definición más exigente de la soberanía. La soberanía del siglo XXI no significa aislamiento. Significa capacidad para elegir las propias dependencias, diversificar los socios y preservar márgenes de decisión cuando el entorno internacional se vuelve inestable. Un Estado verdaderamente soberano no es aquel que rechaza todas las asociaciones. Es aquel que posee suficientes capacidades propias para negociar sus asociaciones sin quedar completamente determinado por ellas. Esta definición nos parece especialmente pertinente para los Estados del Caribe, cuya existencia internacional suele depender de un delicado equilibrio entre grandes potencias, instituciones multilaterales, inversores extranjeros, diásporas y socios regionales.

La cuestión energética confirma esta lectura. Italia continúa dependiendo en gran medida de las importaciones, al mismo tiempo que la energía representa ahora un factor fundamental de seguridad nacional. Las decisiones recientes de Roma a favor de acelerar determinados proyectos petroleros y gasísticos deben comprenderse en este contexto de vulnerabilidad, pero también confrontarse con los objetivos europeos de transición energética y con los imperativos climáticos. La contradicción no es exclusiva de Italia. Constituye uno de los grandes dilemas de nuestra época: ¿cómo garantizar inmediatamente la seguridad energética mientras se prepara la salida progresiva de los modelos energéticos que han contribuido al cambio climático? La respuesta no puede ser puramente ideológica. Debe ser tecnológica, económica, científica y estratégica.

Para el Caribe, esta cuestión es aún más sensible. La dependencia de combustibles importados, la vulnerabilidad de las redes eléctricas, los efectos de los huracanes y la exposición a las fluctuaciones de los precios internacionales crean una combinación de riesgos que afecta directamente a la seguridad económica. La transición energética, por tanto, no debería presentarse únicamente como una obligación climática. Puede convertirse en una estrategia de soberanía. Producir localmente más energía renovable, modernizar las redes, desarrollar el almacenamiento, mejorar la eficiencia energética y construir capacidades regionales de cooperación puede reducir simultáneamente los costes, las vulnerabilidades externas y los riesgos climáticos.

El mismo razonamiento se aplica a la demografía y al capital humano. Italia descubre que el envejecimiento de una sociedad termina convirtiéndose en una cuestión de poder nacional. El Caribe también debe observar atentamente los efectos de la emigración de los jóvenes, especialmente cuando las economías locales invierten en formación sin poder después retener las competencias producidas. La diáspora representa un enorme recurso financiero, cultural e intelectual, pero no debería convertirse en la justificación de una dependencia estructural. La verdadera estrategia consiste en transformar la diáspora en una red de poder: inversión, transferencia de competencias, investigación, emprendimiento, educación superior, diplomacia económica y cooperación científica pueden permitir que un país se beneficie de sus ciudadanos establecidos en el extranjero sin aceptar que la emigración se convierta en la principal respuesta a las insuficiencias nacionales.

Al término de este dossier, nuestra lectura de Giorgia Meloni es necesariamente matizada. No es ni la dirigente revolucionaria que algunos de sus partidarios quisieron presentar, ni la amenaza existencial que algunos de sus adversarios habían anunciado. Se ha convertido en algo más interesante para el análisis político: un ejemplo concreto de transformación de una fuerza de derecha radical en una fuerza gubernamental duradera dentro de una democracia europea compleja. Su experiencia permite observar, casi en tiempo real, lo que produce la confrontación entre ideología y responsabilidad de Estado, entre soberanía nacional e interdependencia europea, entre control migratorio y realidad geopolítica, entre estabilidad institucional y necesidad de reformas estructurales.

Por eso, el verdadero balance de Meloni no debería detenerse en el número de días pasados en el Palazzo Chigi. Su récord está ahora establecido. El juicio histórico comienza solamente ahora. Los próximos años dirán si esta estabilidad habrá permitido a Italia convertirse en un país más productivo, más innovador, más resiliente desde el punto de vista energético, más coherente institucionalmente, más influyente en Europa y más capaz de organizar su entorno mediterráneo y africano. También dirán si Fratelli d’Italia habrá logrado construir una nueva derecha europea duradera o si la normalización de Meloni habrá simplemente abierto un espacio a una nueva generación de fuerzas más radicales.

Para CPGNNews, es precisamente esta distinción la que debe permanecer en el centro del análisis. La política contemporánea ya no puede comprenderse únicamente a través de las categorías tradicionales de izquierda y derecha, mayoría y oposición, nacionalismo e integración europea. Debe analizarse a partir de la capacidad real de los Estados para producir seguridad, prosperidad, cohesión social, innovación y soberanía en un mundo donde las relaciones de poder se están recomponiendo rápidamente. Meloni representa uno de los laboratorios europeos de esta nueva época. Italia no se ha convertido en una nueva gran potencia. Busca más bien volver a ser una potencia media capaz de utilizar plenamente sus fortalezas.

Quizá sea ahí donde reside el significado más profundo de su récord. Después de varias décadas durante las cuales Italia ha sido descrita con frecuencia como un país dotado de enormes recursos pero incapaz de convertirlos de manera duradera en poder político, económico e institucional, el gobierno de Meloni ha demostrado que otra trayectoria era posible. Ahora queda por demostrar que puede producir algo más que una estabilidad política excepcional. El verdadero desafío ya no consiste en saber cuánto tiempo puede gobernar Meloni. Consiste en saber si Italia puede utilizar esta estabilidad para cambiar de trayectoria de manera duradera.

Y desde el Caribe se impone una última pregunta: ¿cuánto tiempo podrían ganar nuestros propios Estados si lograran transformar la estabilidad institucional en capacidad nacional? Porque la lección italiana, en el fondo, no es solamente italiana. Concierne a todos los países que buscan salir del ciclo de la inestabilidad, la dependencia y la gestión permanente de la urgencia. La estabilidad todavía no es poder. Es su posibilidad. El poder comienza cuando esta posibilidad se convierte en una capacidad organizada, duradera y medible.

DESPUÉS DEL RÉCORD, ITALIA TODAVÍA DEBE DEMOSTRAR QUE HA CAMBIADO

Giorgia Meloni ha conseguido ahora algo que muy pocos dirigentes italianos de la posguerra habían logrado: disponer de tiempo suficiente para gobernar sin que la propia permanencia de su gobierno se convirtiera en una crisis. Su llegada al Palazzo Chigi estuvo acompañada por todas las interrogantes que suscitaba el acceso al poder de una derecha surgida de una tradición política que durante mucho tiempo había permanecido en la periferia del sistema institucional italiano. Cuatro años después, la cuestión ya no es saber si Meloni podía gobernar. Lo ha hecho. Incluso ha gobernado durante el tiempo suficiente para inscribir su nombre en la historia política de la República.

Pero un récord de longevidad genera una nueva obligación. Mientras la estabilidad no estaba asegurada, podía presentarse como un objetivo. Ahora se convierte en el punto de partida del juicio. Italia ya no puede pedir únicamente a su gobierno que permanezca en el poder. Debe poder constatar que esa continuidad ha producido una mayor capacidad económica, una mayor cohesión social, una mayor eficacia institucional y una mayor capacidad estratégica. Es esta transición entre la estabilidad como logro político y la estabilidad como obligación de resultados la que determinará el verdadero alcance del ciclo de Meloni.

El balance debe analizarse necesariamente en varios niveles. En el plano político, el éxito es indiscutible. En el plano internacional, Meloni ha conseguido situar a Italia en una posición más visible y coherente, especialmente dentro de la Unión Europea, de la OTAN y en el espacio mediterráneo. En materia migratoria, las llegadas irregulares han disminuido considerablemente respecto al máximo alcanzado en 2023. En el ámbito presupuestario, el gobierno ha tratado de preservar la credibilidad financiera del país pese al considerable peso de su deuda. En el plano estratégico, Roma intenta ahora reforzar su papel en África, en la energía, en la defensa y en las infraestructuras.

Pero las limitaciones son igualmente reales. El crecimiento sigue siendo insuficiente para modificar rápidamente la trayectoria económica del país. La deuda pública continúa siendo extremadamente elevada. Los salarios reales siguen sometidos a presión. El envejecimiento demográfico continúa reduciendo progresivamente los márgenes de maniobra de la economía. Las brechas entre el Norte y el Mezzogiorno no han desaparecido. Los servicios públicos, especialmente la sanidad y la educación, siguen enfrentándose a dificultades estructurales. Varias reformas institucionales han encontrado importantes resistencias o todavía no han producido los cambios anunciados. El gobierno puede, por tanto, reivindicar una estabilidad excepcional sin poder afirmar todavía que esa estabilidad haya transformado profundamente todas las estructuras del país.

Es esta diferencia la que debería orientar el juicio histórico. Sería demasiado simple concluir que Meloni ha fracasado porque Italia no ha sido transformada por completo. Sería igualmente insuficiente concluir que ha triunfado porque ha durado más que sus predecesores. Entre estas dos interpretaciones se encuentra la realidad de un gobierno que probablemente ha cumplido su primera misión, estabilizar el centro político, pero que todavía debe demostrar que puede cumplir la segunda, aumentar de manera duradera las capacidades del país.

El próximo ciclo será, por tanto, más difícil que el anterior. En 2022, Meloni todavía podía beneficiarse del capital político de la novedad, de la expectativa y de la ruptura con una larga sucesión de gobiernos. En 2027, tendrá que defender un balance. Sus adversarios podrán confrontarla con los salarios, la sanidad, la educación, el crecimiento y la demografía. Sus socios tendrán que explicar su propio lugar dentro de una coalición dominada por Fratelli d’Italia. Vannacci y Futuro Nazionale podrán intentar convencer a los electores conservadores de que la normalización de Meloni ha alejado al gobierno de algunas de las ambiciones originales de la derecha nacional. La centroizquierda, por su parte, tendrá que demostrar que es capaz de transformar una suma de fuerzas en una verdadera alternativa de gobierno.

Las próximas elecciones serán, por tanto, menos una simple consulta sobre Giorgia Meloni que un referéndum político sobre el significado de sus cuatro años de estabilidad. Los italianos tendrán que decidir si este período ha constituido una primera etapa hacia una nueva trayectoria nacional o simplemente una pausa excepcionalmente larga dentro de una historia política que continúa marcada por las mismas fragilidades.

Tal vez por eso el récord de Meloni posee un significado que trasciende a su propia persona. Demuestra que una democracia puede modificar sus hábitos políticos sin necesariamente transformar su régimen. Muestra que una fuerza que anteriormente se encontraba en la periferia puede entrar en el centro del poder y aprender a gobernar. También revela que, una vez convertida en fuerza de gobierno, una derecha nacional debe enfrentarse a las mismas restricciones que las demás fuerzas políticas: finanzas públicas, instituciones, mercados, administración, alianzas internacionales, demografía y expectativas sociales. El ejercicio del poder transforma a los partidos tanto como los partidos intentan transformar al Estado.

La Italia de 2026 se encuentra así en un momento particular. Ya no es exactamente la Italia inestable de las décadas anteriores, pero tampoco se ha convertido todavía en la Italia transformada que la excepcional duración del gobierno de Meloni podría haber hecho esperar. Se encuentra entre ambas. Esta posición intermedia resulta políticamente incómoda, pero intelectualmente interesante. Permite observar qué produce realmente la estabilidad cuando se enfrenta a problemas que no pueden resolverse mediante una sola legislatura, una sola mayoría o una sola doctrina política.

La verdadera heredera de Meloni podría ser quizá la propia Meloni, si consigue abrir un segundo ciclo capaz de ir más lejos que el primero. También podría ser otra personalidad de su propio campo, si la derecha italiana decide transformar la experiencia acumulada desde 2022 en una nueva generación política. Incluso podría ser una fuerza exterior a la coalición actual si los electores consideran que la estabilidad no ha producido resultados suficientes. Por eso, la cuestión de 2027 no se reduce a «Meloni o la oposición». Se refiere a la capacidad de Italia para transformar una nueva cultura de estabilidad en una nueva cultura de gobierno.

Desde el Caribe, esta conclusión merece una atención particular. Las trayectorias políticas europeas suelen analizarse como fenómenos alejados de las preocupaciones caribeñas. Sin embargo, las mismas cuestiones fundamentales atraviesan ambos espacios: cómo construir instituciones capaces de perdurar, cómo utilizar esa continuidad para invertir en capital humano, cómo reducir las dependencias críticas, cómo gestionar las migraciones, cómo preservar la soberanía en un sistema internacional dominado por grandes potencias y cómo transformar una posición geográfica en una ventaja económica y diplomática.

Italia no ofrece un modelo que deba reproducirse. Ofrece un laboratorio que merece ser observado. Su fortaleza reside en sus instituciones, su industria, su pertenencia europea, su posición mediterránea y su capital humano. Sus debilidades son diferentes de las de los Estados caribeños. Pero su experiencia recuerda una verdad que merece situarse en el centro de toda reflexión sobre el desarrollo político: la estabilidad no es el destino. Es la capacidad de elegir una dirección y mantenerla durante el tiempo suficiente para producir resultados.

En última instancia, esta será la medida con la que la historia juzgará a Giorgia Meloni. No por el número de días que haya permanecido en el poder, aunque este récord permanecerá en los anales de la República Italiana, sino por lo que esos días hayan permitido construir. Si Italia sale de este período con una economía más productiva, una sociedad mejor preparada para el envejecimiento, instituciones más eficaces, una energía más segura, una defensa más creíble, una mayor influencia europea y una relación más estructurada con su entorno mediterráneo y africano, entonces el récord de Meloni habrá representado algo más que una hazaña política. Habrá marcado el comienzo de una transformación.

Si, por el contrario, la estabilidad sigue siendo principalmente un fenómeno de duración sin una transformación estructural proporcional, su récord seguirá siendo notable, pero su legado será más limitado. La historia recordará entonces que una dirigente consiguió mantener un gobierno en el poder en un país donde los gobiernos duraban poco, sin que esa longevidad fuera suficiente para resolver las profundas fragilidades del Estado y de la sociedad.

Entre estas dos posibilidades se encuentra la Italia de los próximos meses. Una Italia que todavía dispone de tiempo, pero que ya no puede pedir al tiempo que hable en su lugar.

El récord ya está conseguido. El verdadero juicio comienza.

FIN DEL DOSSIER

La Italia de Giorgia Meloni entra así en una fase en la que la duración ya no podrá considerarse una respuesta en sí misma. El récord histórico pertenece ahora a los archivos de la República. Lo que todavía pertenece al presente, y sobre todo al futuro, es la cuestión de saber qué habrá permitido realmente construir este período de continuidad.

Entre la estabilidad política y la transformación nacional existe un espacio que solo los resultados pueden llenar. Es en este espacio donde se jugarán los próximos meses, la próxima batalla electoral y, más allá de Giorgia Meloni, la propia definición de la nueva derecha italiana, del lugar de Roma en Europa y de la capacidad de un Estado antiguo para convertir sus recursos, su geografía y su influencia en un poder duradero.

La experiencia italiana recuerda, en última instancia, que un gobierno no se convierte en histórico simplemente porque dure. Se convierte en histórico cuando la duración produce una nueva capacidad para afrontar problemas que el tiempo político ordinario generalmente no permite resolver.

Después del récord comienza, por tanto, la prueba más exigente: demostrar que la estabilidad puede convertirse en una fuerza de transformación.

CPGNNews

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