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¿QUIÉN PUEDE AÚN INFLUIR SOBRE PUTIN?

De Biskek a Moscú, y de Moscú a Kyiv, Modi, Xi y Trump ante el desafío de transformar la influencia diplomática en una verdadera negociación de paz sobre Ucrania.

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Análisis de la Redacción | CPGNNews

6 DE SEPTIEMBRE DE 2026.

Existe, en las grandes crisis internacionales, un momento en el que la pregunta deja de ser simplemente quién tiene razón para convertirse en algo mucho más difícil: ¿quién conserva todavía suficiente poder para modificar el cálculo de quien posee la decisión final? La guerra en Ucrania parece haber llegado a ese punto. En pocos días, la diplomacia internacional ha dibujado una secuencia particularmente reveladora. El 31 de agosto de 2026, en Biskek, Vladímir Putin se reunió con Narendra Modi y Xi Jinping al margen de la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái. Al día siguiente, el 1 de septiembre, los jefes de Estado de la organización se reunieron en la capital kirguisa para celebrar la cumbre propiamente dicha. Unos días después, el 5 de septiembre, en Moscú, el presidente ruso recibió a Steve Witkoff y Jared Kushner, enviados por Donald Trump en un nuevo intento estadounidense de reabrir las conversaciones sobre la guerra. Después de más de tres horas de intercambios, no se anunció ningún avance decisivo. El 6 de septiembre, los dos enviados estadounidenses llegaron a Kyiv para reunirse con Volodímir Zelenski. Esta secuencia Biskek, Moscú, Kyiv todavía no constituye un camino hacia la paz. Sin embargo, revela que la cuestión central ya no consiste solamente en saber cómo detener la guerra, sino quién dispone realmente de los medios para influir en el cálculo estratégico del Kremlin.

En Biskek, Narendra Modi aportó a esta ecuación una dimensión particular. Su encuentro con Vladímir Putin no fue una reunión improvisada surgida de los acontecimientos de los días anteriores. Formaba parte de una serie de contactos bilaterales organizados al margen de la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, un formato diplomático en el que los dirigentes aprovechan las grandes reuniones multilaterales para mantener sus propias conversaciones. El 31 de agosto, Modi declaró explícitamente que la guerra en Ucrania debía terminar y que India continuaría apoyando los esfuerzos de paz. La elección de las palabras es importante. Nueva Delhi no se presentó como un árbitro con un mandato para imponer una solución, sino como una potencia capaz de hablar directamente con Moscú mientras preserva su propia relación con Rusia. India mantiene desde hace décadas vínculos con Rusia en materia de defensa, energía, comercio y diplomacia. Esta proximidad proporciona a Modi una capacidad de influencia basada en la relación que muchas capitales occidentales han tenido grandes dificultades para conservar desde el comienzo de la guerra. Pero esa influencia tiene un límite fundamental: poder hablar con Putin no significa poder decidir por Putin. India puede influir en el entorno político de la decisión rusa; no puede sustituir al Kremlin.

La presencia de Xi Jinping en Biskek introdujo otra dimensión, mucho más estructural. El presidente chino se reunió con Vladímir Putin el 31 de agosto, al margen de la misma cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, después de llegar a Biskek para participar en los trabajos de la organización. El encuentro fue particularmente significativo porque tuvo lugar después de la visita de Putin a China en mayo y dentro de una relación bilateral que Pekín y Moscú continúan presentando como destinada a profundizarse. Xi subrayó la solidez de los fundamentos de la relación entre China y Rusia y la continuidad de la cooperación en diversos ámbitos. Sin embargo, la importancia de este encuentro no debe exagerarse. No constituyó una mediación china directa entre Moscú y Kyiv. Más bien demostró que Rusia continúa disponiendo de una asociación estratégica de gran importancia en Asia y que Pekín sigue siendo uno de los actores externos mejor situados para modificar el entorno económico y estratégico en el que Moscú toma sus decisiones.

Probablemente sea aquí donde se encuentre la verdadera naturaleza de la influencia china. Xi Jinping no necesita pedir públicamente a Vladímir Putin que abandone sus objetivos para influir en sus cálculos. China representa para Rusia un socio económico de primer nivel, un mercado energético importante, una potencia diplomática y un actor central en la transformación del orden internacional. Pekín dispone, por tanto, de un instrumento de influencia diferente al de Nueva Delhi y también distinto al de Washington. Es más lento, más estructural y potencialmente más profundo. Una relación económica duradera, los intercambios energéticos, la cooperación industrial y tecnológica, así como el respaldo diplomático en los organismos internacionales, pueden ampliar o reducir progresivamente el espacio estratégico dentro del cual Moscú toma sus decisiones. Pero sería igualmente imprudente transformar esta realidad en una afirmación de dependencia absoluta de Rusia respecto de China. China persigue sus propios intereses. No es un instrumento automático de la estrategia rusa ni mantiene una relación de obediencia con el Kremlin.

La propia naturaleza de la Organización de Cooperación de Shanghái confirma la necesidad de mantener esta prudencia. La cumbre de Biskek reunió a potencias cuyos intereses convergen en determinados asuntos, pero divergen profundamente en otros. India y China continúan siendo rivales estratégicos en varios ámbitos. Otros miembros de la organización mantienen también sus propias relaciones con Washington, Bruselas, Moscú o Pekín. Presentar a la Organización de Cooperación de Shanghái como un bloque homogéneo dirigido contra Estados Unidos conduciría, por tanto, a una lectura excesivamente simplificada de la geopolítica euroasiática. El valor político de Biskek reside precisamente en esa complejidad. Rusia puede demostrar allí que no está diplomáticamente aislada, China puede reforzar su influencia e India puede defender su autonomía estratégica mientras mantiene un diálogo directo con Moscú. La influencia se construye aquí menos mediante órdenes que mediante la densidad de las relaciones.

Después llega Washington, con una naturaleza de influencia radicalmente diferente. Donald Trump dispone de instrumentos que ni Nueva Delhi ni Pekín reúnen de la misma manera: capacidad diplomática, peso financiero, influencia económica, una relación de seguridad con Ucrania y capacidad para actuar sobre los parámetros de la relación entre Washington, Moscú y Kyiv. Pero la misión de Steve Witkoff y Jared Kushner demuestra también los límites de ese poder. El 5 de septiembre, los dos enviados se reunieron con Vladímir Putin en Moscú durante más de tres horas. Según el Kremlin, presentaron varias ideas sobre posibles vías para alcanzar un acuerdo. Las conversaciones fueron calificadas de útiles y constructivas, pero no se anunció ningún avance concreto. El encuentro debe ser entendido, por tanto, por lo que realmente fue: un intento de reabrir y profundizar el canal diplomático entre Washington y Moscú, y no la conclusión de un acuerdo de paz ya negociado.

Esta distinción es esencial porque las grandes negociaciones internacionales suelen verse afectadas por la confusión entre contacto, diálogo, negociación y acuerdo. Un contacto abre una posibilidad. Un diálogo permite poner a prueba las posiciones. Una negociación intenta acercar intereses contradictorios. Un acuerdo transforma finalmente esas conversaciones en compromisos políticos. Entre estas cuatro etapas existe un espacio enorme en el que los procesos diplomáticos pueden avanzar, estancarse o desaparecer. La reunión de Moscú todavía se encuentra en esa zona intermedia. Los representantes estadounidenses pudieron presentar ideas y escuchar las posiciones rusas. El Kremlin pudo evaluar las intenciones de Washington. Pero ningún elemento público permite afirmar todavía que Moscú y Washington hayan cruzado el umbral hacia un compromiso. La prudencia analítica obliga, por tanto, a hablar de una reapertura del canal diplomático y no de una negociación de paz concluida.

El 6 de septiembre, la secuencia se trasladó a Kyiv. Steve Witkoff y Jared Kushner realizaron su primera visita oficial a Kyiv en sus actuales funciones como enviados estadounidenses y se reunieron con Volodímir Zelenski después de su paso por Moscú. Esta etapa es fundamental porque recuerda una realidad evidente que a veces queda oculta por la diplomacia de las grandes potencias: Ucrania no es simplemente el territorio en el que Rusia y Occidente se enfrentan. Es un actor político cuyo acuerdo o rechazo condicionará cualquier arquitectura duradera de solución. Zelenski debe defender los intereses de su país, especialmente en materia territorial y de garantías de seguridad. Washington debe, por tanto, confrontar lo que puede obtener de Moscú con lo que Kyiv está dispuesto a aceptar. Es precisamente en este espacio, y no únicamente en la relación entre Trump y Putin, donde se encuentra una parte esencial de la dificultad.

La situación militar recuerda al mismo tiempo los límites de la diplomacia. El 4 de septiembre, un dron ruso alcanzó la sede del Servicio de Seguridad de Ucrania en Kyiv, según las autoridades ucranianas, lo que puso de manifiesto la continuidad de las hostilidades mientras Washington preparaba el desplazamiento de sus enviados. Los ataques contra la capital continuaron durante los días anteriores a la visita. En este contexto, las medidas temporales adoptadas alrededor del desplazamiento de los negociadores estadounidenses pueden constituir señales diplomáticas útiles, pero no deben confundirse con un alto el fuego general. La realidad militar sigue siendo distinta de la realidad diplomática. La primera continúa generando sus propias dinámicas mientras la segunda intenta precisamente contenerlas.

Es precisamente aquí donde la pregunta inicial adquiere toda su profundidad. ¿Quién puede todavía influir sobre Vladímir Putin? La respuesta más rigurosa es: nadie por sí solo. Narendra Modi posee un capital relacional excepcional. Xi Jinping dispone de una considerable influencia económica y estratégica. Donald Trump cuenta con una capacidad diplomática, económica y geopolítica singular. Volodímir Zelenski posee un instrumento de influencia que los demás actores no pueden sustituir: la capacidad de Ucrania para aceptar, rechazar o modificar las condiciones de cualquier eventual acuerdo. Europa también dispone de importantes capacidades económicas, militares, financieras y políticas que influirán en la durabilidad de cualquier acuerdo. Incluso los mercados energéticos, las sanciones, las capacidades industriales, el gasto militar y las necesidades de reconstrucción se están convirtiendo progresivamente en variables de la negociación.

Por ello, es necesario abandonar una visión excesivamente personalista del poder. La cuestión no consiste solamente en saber quién puede convencer a Vladímir Putin. Se trata de determinar qué conjunto de factores puede modificar suficientemente la relación entre el costo de continuar la guerra y el valor estratégico de alcanzar un acuerdo. Esta diferencia es fundamental. Una potencia puede influir sin controlar. Puede modificar las condiciones de una decisión sin imponer esa decisión. Puede abrir una puerta sin poseer la llave necesaria para atravesarla. En las grandes crisis internacionales, la influencia real suele aparecer menos en las declaraciones públicas que en la transformación gradual de las opciones disponibles para quienes toman las decisiones.

Rusia, por tanto, no está aislada en el sentido absoluto del término. Sin embargo, opera en un entorno en el que cada uno de sus principales socios posee sus propios intereses, límites y cálculos. Esto es especialmente cierto en el caso de China e India. Moscú necesita relaciones económicas, diplomáticas y energéticas sólidas con las grandes potencias asiáticas. Pero esos socios no son aliados incondicionales. Cada uno desarrolla su propia estrategia nacional. Precisamente esa autonomía estratégica de Pekín y Nueva Delhi es lo que les proporciona una capacidad potencial de influencia. Su fuerza no reside en la posibilidad de obligar a Moscú mediante la fuerza, sino en su capacidad para hacer que determinadas opciones resulten más o menos ventajosas para Rusia.

El tiempo se convierte entonces en un actor geopolítico por derecho propio. Una guerra prolongada transforma los presupuestos, las sociedades, las industrias, las capacidades militares, los equilibrios demográficos y las relaciones económicas. Mientras el Kremlin considere que la continuación del conflicto puede mejorar su posición futura, las negociaciones seguirán siendo difíciles. Pero si los costos acumulados comienzan a modificar esa percepción, el valor de un compromiso puede aumentar gradualmente. Por eso, la diplomacia actual no se desarrolla únicamente en las salas de reuniones. También se desarrolla dentro de las economías nacionales, las capacidades de producción, los mercados energéticos, los regímenes de sanciones, las cadenas de suministro, el gasto público y la capacidad de las sociedades para soportar la duración del conflicto.

La verdadera batalla diplomática es, por tanto, la del cálculo estratégico. Modi puede abrir un espacio de confianza. Xi puede modificar el entorno económico y político de Moscú. Trump puede crear un canal directo y utilizar los instrumentos de influencia de Washington. Zelenski puede determinar si una propuesta resulta políticamente aceptable para Ucrania. Europa puede influir en la futura seguridad del continente y en la financiación de la reconstrucción. Ninguno de estos actores posee por sí solo la solución. Pero cada uno dispone de una parte del mecanismo que podría hacer posible una solución.

Por eso, la secuencia Biskek, Moscú, Kyiv merece ser seguida con mayor atención de la que sugieren las declaraciones espectaculares que suelen acompañar los esfuerzos diplomáticos. En Biskek, el 31 de agosto, Rusia mostró que sus relaciones con China e India seguían siendo componentes esenciales de su estrategia internacional. Ese mismo día, Modi pidió públicamente el fin de la guerra, mientras Xi reafirmaba la profundidad de la relación entre China y Rusia. En Moscú, el 5 de septiembre, Estados Unidos demostró que un canal directo de comunicación con Putin seguía siendo posible. En Kyiv, el 6 de septiembre, Washington confronta ahora las posiciones rusas con las exigencias ucranianas. El proceso todavía no es paz. Pero constituye una prueba real de la capacidad de las grandes potencias para transformar su influencia en negociación.

La pregunta «¿Quién puede todavía influir sobre Putin?» recibe así una respuesta que va mucho más allá de la personalidad del presidente ruso. El actor que finalmente consiga modificar el curso de la guerra probablemente no será quien hable más fuerte, sino quien logre modificar la relación entre los costos de la guerra y los beneficios políticos que se esperan de su continuación. Ahí se encuentra la verdadera batalla. La influencia diplomática no es una orden. Es una modificación del cálculo. Y la paz quizá no nazca de la victoria de un solo actor, sino de la convergencia gradual de varias restricciones y varios intereses alrededor de una solución que Moscú y Kyiv puedan finalmente considerar políticamente sostenible.

Para CPGNNews, esta secuencia revela una transformación todavía más profunda de la diplomacia mundial. El centro de gravedad de la negociación ya no se encuentra exclusivamente en las capitales occidentales. Circula entre Moscú, Washington, Pekín, Nueva Delhi y Kyiv, mientras las potencias medias, los mercados, las instituciones internacionales y las sociedades nacionales también contribuyen a construir el equilibrio de poder. El Caribe, desde donde CPGNNews observa esta transformación, no está al margen de esta evolución. Forma parte de un mundo en el que las decisiones tomadas en Eurasia afectan a los mercados, la energía, la seguridad alimentaria, las redes comerciales, los equilibrios diplomáticos y la posición futura de los Estados de tamaño medio. Comprender la guerra en Ucrania no significa, por tanto, comprender únicamente Europa Oriental. Significa comprender una parte de la nueva geografía mundial del poder.

La diplomacia actual todavía no ha conseguido la paz. Solo ha logrado reabrir una puerta. Pero esa puerta es importante porque recuerda una verdad fundamental de las relaciones internacionales: las guerras no siempre comienzan a terminar cuando uno de los protagonistas abandona sus objetivos. También pueden comenzar a terminar cuando el costo de continuar el conflicto se vuelve progresivamente superior a la ventaja política que esperaba obtener. La misión estadounidense en Moscú, seguida de la misión en Kyiv, debe evaluarse desde esta perspectiva. Modi, Xi, Trump, Zelenski y los demás actores no poseen una única llave. Poseen fragmentos de una misma ecuación. La cuestión histórica será determinar si esos fragmentos pueden algún día reunirse.

MIRADA DE CPGNNews

El mundo no debe esperar que un solo hombre lleve la paz a Ucrania. Debe observar cómo las relaciones de poder, los intereses económicos, las restricciones militares y los canales diplomáticos pueden crear progresivamente las condiciones para una decisión política. Vladímir Putin conserva una capacidad considerable para tomar decisiones. Pero ese poder no significa que actúe al margen de toda influencia. Significa que la influencia debe entenderse ahora de otra manera: no como la capacidad de ordenar, sino como la capacidad de modificar las condiciones en las que una decisión se vuelve posible. Probablemente sea en este espacio, entre poder, interés y necesidad, donde se decidirá la próxima etapa de la guerra en Ucrania.

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