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LA CIA EN MOSCÚ: RUSIA–UCRANIA, IRÁN Y LA DOBLE ADVERTENCIA DE WASHINGTON

UNA ADVERTENCIA CONTRA CUALQUIER ATAQUE A LA OTAN, PRESIONES SOBRE RUSIA PARA REDUCIR SU APOYO A TEHERÁN Y UNA NUEVA PREOCUPACIÓN EN TORNO AL ESTRECHO DE ORMUZ: LA MISIÓN SECRETA DE JOHN RATCLIFFE PODRÍA REVELAR LA DETERMINACIÓN DE WASHINGTON DE IMPEDIR QUE LAS CRISIS EUROPEA Y DE ORIENTE MEDIO TERMINEN CONVIRTIÉNDOSE EN UNA ÚNICA ECUACIÓN ESTRATÉGICA.

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CPGNNews — Asuntos Internacionales | 27 de agosto de 2026

Hay momentos en las crisis internacionales en los que los acontecimientos más importantes no son necesariamente aquellos captados por las cámaras. Una ciudad bajo ataque, una línea del frente que cambia o una declaración presidencial pueden observarse, registrarse y analizarse casi de inmediato. Otros acontecimientos se desarrollan en el relativo silencio de los servicios de inteligencia y de los canales diplomáticos, donde unos pocos responsables saben que el menor error de interpretación puede producir consecuencias que ningún gobierno podrá controlar posteriormente. El viaje secreto de John Ratcliffe a Moscú pertenece precisamente a esta categoría. El director de la CIA viajó esta semana a la capital rusa y se reunió con Serguéi Naryshkin, director del Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia, en un encuentro cuyo contenido sigue siendo en gran medida confidencial. Naryshkin confirmó el 27 de agosto que se había reunido con Ratcliffe y describió el encuentro como una reunión de trabajo destinada a abordar cuestiones sensibles dentro de las respectivas áreas de competencia de ambos servicios. El Kremlin, por su parte, confirmó que Ratcliffe no se reunió con Vladímir Putin, aunque el presidente ruso habría sido informado de las conversaciones.

La primera dimensión de la misión es ahora relativamente clara, aunque ni Washington ni Moscú hayan detallado oficialmente el contenido de la conversación. Según varias fuentes citadas por la prensa estadounidense, Ratcliffe transmitió a sus interlocutores rusos una advertencia respecto de cualquier eventual ataque contra un país miembro de la OTAN, en un momento en el que los servicios de inteligencia estadounidenses y europeos vigilan estrechamente la posibilidad de que Moscú pueda intentar poner a prueba la cohesión o la determinación de la Alianza. The Wall Street Journal estuvo entre los primeros grandes medios en informar sobre esta dimensión de la misión, mientras que CBS News señaló que varias personas familiarizadas con el asunto confirmaron que uno de los objetivos del viaje era advertir a Moscú contra un ataque a un miembro de la OTAN. Los países bálticos, especialmente Estonia, Letonia y Lituania, han aparecido en las informaciones relativas a este posible riesgo. Sin embargo, esta información debe tratarse con la misma cautela que exige cualquier evaluación de inteligencia: no existe base suficiente para afirmar que Rusia haya decidido atacar a un miembro de la OTAN, y mucho menos que semejante ataque sea inminente. Donald Trump declaró públicamente el 27 de agosto que Vladímir Putin no atacaría territorio de la OTAN y trató de restar importancia a las interpretaciones más alarmistas sobre la misión del director de la CIA.

Esta prudencia adquiere todavía mayor importancia cuando se incorpora otro elemento a la ecuación, prácticamente ausente de las primeras informaciones sobre el viaje: Irán habría sido también un asunto importante de las conversaciones de Moscú. Varias fuentes citadas por la prensa estadounidense indicaron que Ratcliffe habría intentado convencer a funcionarios rusos de reducir su apoyo militar y económico a Teherán, especialmente en materia de armas y tecnología de defensa. Esta información, publicada por Politico sobre la base de personas familiarizadas con el viaje y de un funcionario británico, otorga a la dimensión iraní una importancia mucho más precisa que la de una simple conversación sobre Oriente Medio. Sin embargo, no ha sido confirmada oficialmente en detalle por Washington o Moscú y, por lo tanto, debe mantenerse atribuida a fuentes y no presentarse como una decisión diplomática oficialmente establecida.

CBS News aporta otro elemento importante: Ratcliffe también habría abordado con funcionarios rusos la cuestión iraní y la posibilidad de nuevas sanciones estadounidenses si el estrecho de Ormuz no volvía a abrirse a la navegación. Esta información amplía considerablemente la dimensión económica de la misión. El estrecho de Ormuz no es simplemente un paso marítimo regional. Es uno de los principales corredores energéticos del mundo y una interrupción prolongada tendría consecuencias que irían mucho más allá de Oriente Medio. Si esta cuestión fue efectivamente planteada durante una conversación entre Washington y Moscú, ello sugeriría que la relación ruso-iraní está siendo examinada por Estados Unidos no solamente desde la perspectiva de la seguridad militar, sino también desde la seguridad energética y la estabilidad económica mundial.

La misión de Ratcliffe adquiere así una nueva dimensión. Si las informaciones publicadas son correctas, el director de la CIA no llevó simplemente a Moscú una advertencia relacionada con Europa y la OTAN. También habría intentado influir en una relación estratégica centrada en Oriente Medio, mientras abordaba las posibles consecuencias de una interrupción prolongada de un corredor marítimo esencial. El verdadero objeto de la reunión dejaría entonces de limitarse a Ucrania o al flanco oriental de la OTAN. Pasaría a incluir la posibilidad de que Rusia pueda influir simultáneamente en varias dimensiones de la estrategia estadounidense: la seguridad europea, el equilibrio de poder en Oriente Medio y las consecuencias económicas mundiales de la confrontación en torno a Irán.

Este desarrollo explica por qué la dimensión iraní no debe tratarse como un simple apéndice del artículo. La cuestión central podría ser, en realidad, la convergencia de varios escenarios de crisis. Estados Unidos apoya a Ucrania, intenta preservar la credibilidad de la defensa colectiva europea y, al mismo tiempo, despliega importantes recursos militares y diplomáticos alrededor de Irán. Rusia continúa su guerra contra Ucrania mientras mantiene una relación estratégica con Teherán. Los intereses de Moscú y Teherán no son necesariamente idénticos, y presentarlos como un bloque perfectamente unificado sería una simplificación. Sin embargo, su cooperación puede modificar los cálculos de Washington. La cuestión estratégica es, por tanto, menos si Rusia e Irán constituyen una alianza automática que cuál es el nivel de apoyo ruso a Teherán que Washington considera inaceptable.

Esta posibilidad adquiere mayor peso a la luz de informaciones publicadas hoy por The Washington Post. Según dos personas familiarizadas con el asunto citadas por el periódico, una evaluación reciente de los servicios de inteligencia estadounidenses habría concluido que el Kremlin considera que Estados Unidos se encuentra debilitado por la guerra con Irán, lo que podría generar en Moscú la percepción de una oportunidad para aumentar la presión sobre los intereses estadounidenses y sus aliados europeos. El periódico también informó que Ratcliffe habría advertido a Moscú que una intensificación de la guerra en Ucrania terminaría perjudicando a Rusia. Si esta evaluación de inteligencia es correcta, proporciona una explicación estratégica para la iniciativa estadounidense: Washington podría estar intentando impedir que las limitaciones impuestas por la guerra en Oriente Medio sean interpretadas en Moscú como una invitación a poner a prueba los límites estadounidenses en Europa.

La lógica de la misión podría describirse, por tanto, como una doble disuasión. Por un lado, Washington buscaría disuadir a Moscú de poner a prueba, directa o indirectamente, la cohesión y la credibilidad de la OTAN. Por otro, buscaría disuadir a Moscú de aumentar el coste de la confrontación estadounidense con Irán mediante un fortalecimiento de su apoyo a Teherán. Esta doble disuasión no implica necesariamente una amenaza militar directa. Puede operar a través de la diplomacia, los servicios de inteligencia, las sanciones, las advertencias privadas y la clarificación de las posibles consecuencias de determinadas decisiones. En un entorno tan complejo, la disuasión se convierte tanto en una cuestión de percepción como de poder real: Washington debe convencer a su adversario de que una ventana de oportunidad aparentemente favorable podría resultar mucho más peligrosa de lo que parece.

La misión de Ratcliffe adquiere otra dimensión cuando se la coloca frente a la historia reciente de las relaciones entre Washington y Moscú. En noviembre de 2021, William Burns, entonces director de la CIA, viajó a Moscú para transmitir a Vladímir Putin las advertencias estadounidenses sobre las consecuencias de una posible invasión de Ucrania. Varios meses después, Rusia lanzó su invasión a gran escala. La comparación no significa que los acontecimientos de 2021 se estén repitiendo en 2026, ni demuestra que Rusia esté preparando una ruptura comparable. Sí ilustra, sin embargo, algo fundamental: cuando Washington considera que las intenciones del Kremlin se han vuelto difíciles de interpretar o que aumenta el riesgo de un error de cálculo, los canales directos entre los servicios de inteligencia pueden volver a ser necesarios, incluso cuando las relaciones políticas siguen siendo profundamente hostiles.

Existe, sin embargo, una diferencia fundamental entre 2021 y la actualidad. En aquel momento, la cuestión central era la posibilidad de una invasión de Ucrania. En 2026, el entorno estratégico está mucho más fragmentado. La guerra entre Rusia y Ucrania continúa, los ataques de largo alcance se han intensificado, las relaciones entre Rusia y varios países europeos siguen profundamente deterioradas y, simultáneamente, la confrontación entre Washington y Teherán impone importantes exigencias militares y diplomáticas a Estados Unidos. El riesgo ya no es simplemente el de una crisis aislada. Se encuentra en la posibilidad de que varias crisis puedan reforzarse mutuamente.

La cuestión de los recursos es, por tanto, esencial. Una gran potencia puede poseer un arsenal enorme y, al mismo tiempo, enfrentar limitaciones industriales y logísticas cuando varios escenarios exigen simultáneamente las mismas capacidades. The Associated Press informó hoy que las reservas estadounidenses de misiles interceptores Patriot disponibles en Europa están sometidas a una presión considerable, especialmente debido a las necesidades relacionadas con la guerra con Irán y al apoyo estadounidense a Ucrania. Funcionarios del Pentágono y de la OTAN han cuestionado algunas de las evaluaciones más alarmistas sobre la magnitud exacta de cualquier déficit. Sin embargo, el propio debate revela un problema estratégico importante: las capacidades estadounidenses de defensa aérea deben responder simultáneamente a las necesidades de Europa y Oriente Medio.

Esta limitación material puede influir en las percepciones rusas. Si Moscú concluye que Estados Unidos debe repartir sus recursos entre Ucrania, Europa y Oriente Medio, el Kremlin podría considerar que determinadas acciones limitadas son más fáciles de emprender. Esto no significa necesariamente un ataque convencional contra la OTAN. Una potencia puede poner a prueba una alianza mediante operaciones híbridas, ciberataques, sabotajes contra infraestructuras, provocaciones aéreas o marítimas, actividades clandestinas o acciones destinadas a medir la respuesta política del adversario. El peligro se encuentra precisamente en esta zona gris: una acción suficientemente agresiva para poner a prueba una alianza, pero suficientemente ambigua para evitar desencadenar inmediatamente una confrontación militar abierta.

El estrecho de Ormuz añade una dimensión económica a esta ecuación. Esta vía marítima constituye una arteria crítica del comercio energético mundial y su cierre prolongado está obligando a los Estados del Golfo a buscar rutas alternativas para sus exportaciones. Le Monde ha informado de que los países productores buscan desarrollar o reforzar infraestructuras capaces de reducir su dependencia del estrecho. Para Washington, la reapertura de Ormuz no es, por tanto, exclusivamente una cuestión militar o diplomática. Concierne también a la estabilidad de los mercados energéticos, los costes del transporte, la inflación mundial y la seguridad económica de numerosos países que no participan directamente en el conflicto.

Es precisamente aquí donde la arquitectura estratégica de la misión de Ratcliffe se vuelve más reveladora. Rusia, Irán, Ucrania, la OTAN y el estrecho de Ormuz no constituyen necesariamente un único conflicto, pero pueden convertirse en una única ecuación estratégica. Una crisis en Oriente Medio moviliza recursos estadounidenses. Esa movilización puede modificar las percepciones rusas. Esas percepciones pueden influir en los cálculos de Moscú en Europa. Un mayor apoyo ruso a Teherán puede prolongar o complicar la crisis iraní. La prolongación de esa crisis puede, a su vez, ejercer una presión adicional sobre las capacidades militares estadounidenses. Esa presión podría reforzar la tentación de algunos adversarios de poner a prueba los límites de Washington. Esto no es una predicción. Es un riesgo estratégico que los responsables políticos deben intentar impedir.

La guerra en Ucrania sigue siendo, sin embargo, el centro militar de la crisis europea. Durante la noche del 27 de agosto, Rusia lanzó un importante ataque aéreo contra varias regiones ucranianas. Según las autoridades ucranianas citadas por Reuters, la ofensiva incluyó 258 drones y varios misiles. El ejército ucraniano afirmó haber interceptado una gran parte de ellos, mientras infraestructuras energéticas, industriales, portuarias y civiles resultaron dañadas en varias regiones. Este tipo de información, procedente de partes directamente involucradas en el conflicto, debe naturalmente distinguirse de los hechos verificados de forma independiente. Sin embargo, ilustra una realidad más amplia: la guerra ha evolucionado hacia una confrontación profunda en la que las infraestructuras nacionales, las redes energéticas, la capacidad industrial y los sistemas de defensa aérea se han convertido en componentes centrales de la estrategia militar.

Esta transformación ha cambiado profundamente la naturaleza del conflicto. La guerra ya no se libra únicamente por el territorio o por el desplazamiento de las líneas del frente. En creciente medida enfrenta sistemas industriales, energéticos, tecnológicos y logísticos. Puertos, centrales eléctricas, instalaciones de producción, redes ferroviarias, infraestructuras digitales y capacidades de defensa aérea contribuyen a la capacidad de un Estado para sostener una guerra prolongada. Ucrania ha buscado atacar infraestructuras rusas situadas lejos del frente, mientras Moscú intenta reducir la capacidad de Ucrania para producir, transportar y mantener los recursos necesarios para continuar resistiendo. La rápida expansión de la guerra mediante drones ha acelerado esta transformación al hacer que los ataques de largo alcance sean cada vez más accesibles a un coste relativamente menor.

Para Europa, el problema se ha vuelto, por tanto, más complejo que la guerra de Ucrania por sí sola. Cualquier expansión del conflicto hacia territorio de la OTAN transformaría inmediatamente la naturaleza de la crisis. La Alianza se enfrentaría a una cuestión que no podría responderse únicamente mediante declaraciones políticas: ¿cómo preservar la credibilidad de la defensa colectiva evitando al mismo tiempo una confrontación directa con una potencia nuclear? La dificultad sería todavía mayor porque una respuesta excesivamente débil podría alentar nuevas provocaciones, mientras que una respuesta excesivamente contundente podría acelerar una escalada que ninguna de las principales potencias desea realmente.

El dilema de Washington es, por tanto, profundo. Estados Unidos quiere poner fin a la guerra en Ucrania, pero no puede buscar la paz al precio de debilitar la disuasión europea. Quiere mantener el diálogo con Moscú, pero debe demostrar simultáneamente que determinadas líneas no pueden cruzarse sin consecuencias. Debe apoyar a sus aliados europeos mientras conserva capacidades suficientes para gestionar la crisis iraní. Y, si las informaciones sobre las conversaciones de Moscú son correctas, Washington estaría tratando simultáneamente de impedir que Rusia transforme su relación con Irán en un instrumento adicional de presión contra los intereses estadounidenses. Este dilema no implica necesariamente una política incoherente. Puede ser simplemente la consecuencia de un entorno estratégico en el que diplomacia, inteligencia, disuasión y gestión de los recursos militares deben funcionar conjuntamente.

Los contactos entre Washington y Moscú también deben situarse en el contexto de los esfuerzos diplomáticos que continúan alrededor de la guerra de Ucrania. La continuidad de los ataques no significa que todas las posibilidades diplomáticas hayan desaparecido, del mismo modo que una reunión entre responsables de inteligencia no significa que la paz sea inminente. Ambos procesos pueden coexistir porque los gobiernos comprenden que una negociación solamente resulta creíble cuando cuenta con cierto nivel de capacidad de presión, mientras que una victoria militar total es cada vez más difícil de alcanzar en un conflicto de esta naturaleza. La verdadera cuestión, por tanto, no es si la diplomacia sigue existiendo. Es si las condiciones militares, políticas y psicológicas necesarias para alcanzar un compromiso pueden surgir gradualmente en un entorno donde cada actor busca simultáneamente mejorar su posición.

La dimensión iraní hace que esa ecuación sea todavía más difícil. Rusia mantiene una relación estratégica importante con Teherán, incluso en los ámbitos militar y tecnológico, pero Moscú también tiene sus propios intereses, que no necesariamente coinciden con los de Irán. Sería, por tanto, excesivo presentar a Rusia e Irán como un bloque perfectamente unificado. Su cooperación puede ser considerable sin ser ilimitada. Ese margen podría explicar el interés de Washington en comunicarse directamente con los responsables rusos. Estados Unidos no necesitaría necesariamente obtener una ruptura completa entre Moscú y Teherán. Podría buscar simplemente impedir que esa relación cruce determinados umbrales considerados peligrosos para los intereses estadounidenses.

Esta interpretación también ayuda a explicar por qué la misión de Ratcliffe pertenece más al ámbito de la gestión estratégica del riesgo que al de la diplomacia espectacular. Un jefe de inteligencia no viaja necesariamente a una capital adversaria para anunciar públicamente una nueva política. Puede buscar evaluar intenciones, transmitir información, aclarar una línea roja, evitar una interpretación errónea, poner a prueba una propuesta o preservar un canal de comunicación. En un entorno en el que las declaraciones públicas suelen diseñarse para influir en la opinión pública, las conversaciones confidenciales pueden cumplir otra función: reducir el espacio disponible para peligrosos malentendidos.

Debe mantenerse, sin embargo, una frontera clara entre lo que sabemos, lo que informan las fuentes y lo que podemos deducir razonablemente. El encuentro entre Ratcliffe y Naryshkin fue confirmado por el propio jefe de los servicios de inteligencia rusos. El hecho de que Ratcliffe no se reuniera con Putin también ha sido establecido públicamente. La advertencia relacionada con la OTAN ha sido informada por varios medios estadounidenses citando a personas familiarizadas con el asunto. Irán también aparece en los informes sobre la misión, mientras que la información relativa a una petición estadounidense específica para que Rusia reduzca su apoyo militar y económico a Teherán continúa basándose en fuentes y no ha sido detallada oficialmente. Finalmente, la cuestión de posibles sanciones relacionadas con el estrecho de Ormuz fue informada por CBS. Esta jerarquía de certezas no constituye una debilidad del análisis. Es una exigencia fundamental del periodismo responsable basado en inteligencia.

Es aquí donde la perspectiva de CPGNNews puede ir más allá de una lectura estrictamente militar de la crisis. Sería fácil medir la situación únicamente por el número de drones lanzados, los misiles interceptados, los territorios controlados o las declaraciones de los dirigentes políticos. Pero una lectura de ese tipo corre el riesgo de perder de vista la realidad esencial: una guerra prolongada destruye gradualmente los márgenes de maniobra disponibles para las sociedades que la sostienen. Cambia las prioridades presupuestarias, agota a las poblaciones, transforma a las generaciones, modifica las industrias, debilita las infraestructuras y crea patrones de confrontación que pueden sobrevivir mucho tiempo después del final de los combates. Cuando varias crisis movilizan simultáneamente a las mismas grandes potencias, ese desgaste se vuelve todavía más importante. La capacidad de un Estado para sostener una guerra no depende únicamente de sus armas. También depende de la resiliencia de su economía, sus infraestructuras, sus alianzas y su sociedad.

Esta perspectiva exige disciplina intelectual, especialmente durante períodos de crisis: distinguir los hechos de las hipótesis, las intenciones de las capacidades y las evaluaciones de las certezas. El estoicismo, en su concepción filosófica más exigente, ofrece aquí una metáfora útil: distinguir lo que depende de nosotros de aquello que no depende de nosotros, negarse a confundir la emoción con el juicio y considerar las consecuencias de una decisión antes de tomarla. Aplicado a la estrategia internacional, este principio recuerda que Washington no controla plenamente las decisiones del Kremlin, que Moscú no controla plenamente la respuesta europea, que Kyiv no controla todas las decisiones de sus socios y que Teherán no controla la manera en que Washington o Moscú interpretan sus acciones. Lo que los dirigentes sí pueden controlar es la calidad de sus decisiones, la precisión de sus servicios de inteligencia, la claridad de sus líneas rojas y su capacidad para preservar los canales de comunicación cuando el miedo o la ira podrían llevarlos a cerrarlos.

Este autocontrol no tiene nada de sentimental. Constituye una verdadera capacidad estratégica. En un entorno nuclear, el poder no puede medirse únicamente por la capacidad de destruir. También debe medirse por la capacidad de detenerse antes de que la destrucción se vuelva incontrolable. Esta puede ser una de las lecciones más importantes de la crisis actual. Una potencia que solo sabe responder mediante la fuerza puede ser formidable, pero una potencia capaz de combinar firmeza, paciencia, inteligencia y contención posee una forma de superioridad mucho más difícil de ejercer. La paz sostenible no depende de la ausencia de poder. Depende de la capacidad de las grandes potencias para utilizar la fuerza sin convertirse en prisioneras de su propia escalada.

LA MIRADA DE CPGNNews

La pregunta que ahora enfrentan Washington, Moscú y las capitales europeas no es simplemente si Rusia atacará algún día a un miembro de la OTAN. La información disponible actualmente no permite afirmarlo, y CPGNNews no puede transformar una evaluación de inteligencia en una profecía. La cuestión más profunda es si las principales potencias implicadas en las crisis de Ucrania e Irán conservarán suficiente autocontrol para impedir que dos escenarios separados de confrontación terminen convirtiéndose gradualmente en una única crisis estratégica mundial.

La misión de John Ratcliffe en Moscú no ofrece ninguna garantía de paz y, por sí sola, no constituye una prueba de una inminente confrontación entre Rusia y la OTAN. Sí demuestra, sin embargo, que Washington y Moscú comprenden la necesidad de mantener canales suficientemente sólidos para transmitir advertencias cuando las circunstancias se vuelven peligrosas. Las informaciones disponibles sugieren que el mensaje estadounidense pudo haber contenido varias dimensiones: impedir un posible ataque contra un miembro de la OTAN, limitar el apoyo ruso a Irán y recordar las posibles consecuencias de un cierre prolongado del estrecho de Ormuz. La primera dimensión concierne directamente a la seguridad europea. La segunda afecta a la capacidad estadounidense para gestionar su compromiso en Oriente Medio. La tercera concierne a la economía energética mundial. Juntas apuntan hacia una preocupación mucho más amplia: impedir que una crisis ofrezca a otra crisis la posibilidad de intensificarse.

Puede ser precisamente aquí donde se encuentre la importancia histórica de la reunión. La nueva competencia entre grandes potencias ya no se desarrolla necesariamente en un único escenario geográfico. Se despliega simultáneamente en Europa, Oriente Medio, el ciberespacio, las cadenas industriales de suministro, las infraestructuras energéticas y los sistemas de inteligencia. Una potencia puede ejercer presión sobre un adversario sin declararle una guerra directa. Puede explotar sus limitaciones, dependencias, reservas militares, divisiones políticas o compromisos exteriores. La verdadera competencia estratégica puede encontrarse, por tanto, en la capacidad de cada actor para impedir que una dificultad aislada se convierta en una ventaja global para su adversario.

Para Washington, la cuestión se convierte cada vez más en una cuestión de sostenibilidad del poder estadounidense. Una superpotencia puede ser capaz de gestionar varias crisis simultáneamente, pero cada compromiso adicional impone costes, consume recursos y crea nuevas vulnerabilidades. La guerra con Irán puede consumir capacidades que de otro modo estarían disponibles para Europa. El apoyo a Ucrania ejerce presión sobre las reservas estadounidenses. La defensa de la OTAN exige capacidades adicionales. La protección de las rutas energéticas requiere todavía más recursos. A medida que estas exigencias se acumulan, la percepción del poder estadounidense se vuelve casi tan importante como el poder mismo. Si los adversarios de Washington empiezan a creer que Estados Unidos está sobreextendido, esa percepción puede convertirse por sí misma en un factor estratégico.

También debemos recordar a quienes se encuentran detrás de los mapas militares y de las tablas estadísticas. Para los estrategas, una instalación energética representa capacidad productiva; para una familia, significa electricidad, agua, trabajo y la posibilidad de mantener una vida normal. Para los gobiernos, una ruta marítima puede ser un corredor estratégico; para las poblaciones y economías que dependen de ella, representa acceso a bienes, energía y estabilidad. Esta diferencia de perspectiva no reduce la necesidad del análisis estratégico. Simplemente recuerda que toda estrategia termina teniendo un rostro humano. Por ello, la búsqueda de una salida a los conflictos nunca debería considerarse una debilidad o una concesión al adversario. Es una responsabilidad hacia las generaciones que tendrán que vivir con las consecuencias políticas, económicas y psicológicas de las decisiones tomadas hoy.

El verdadero poder, en períodos de tensión extrema, quizá no pertenezca finalmente al actor que habla más fuerte, golpea más lejos o amenaza con mayor intensidad. Pertenece al actor que comprende exactamente qué busca defender, qué puede aceptar, qué no puede aceptar y hasta dónde puede llegar sin perder el control de la situación. La crisis entre Rusia y Ucrania y la confrontación alrededor de Irán recuerdan así una antigua verdad que la tecnología moderna no ha borrado: las armas pueden aumentar el poder de un Estado, pero no necesariamente aumentan su sabiduría. Entre Rusia, Ucrania, Estados Unidos, Irán y Europa, la historia de los próximos meses dependerá tanto de la capacidad de controlar las decisiones como de la capacidad de ejercer la fuerza.

En esa frágil frontera entre la guerra y la escalada, la prudencia no es rendición. Es una forma de valentía política. Y si la misión de John Ratcliffe en Moscú debe ser recordada como una de las señales importantes de este momento, no debería ser porque anuncie necesariamente una nueva guerra, sino porque revela algo más profundo: detrás de las grandes declaraciones públicas, las principales potencias continúan buscando formas de comunicarse cuando sus intereses se vuelven lo suficientemente peligrosos como para que el silencio resulte más arriesgado que el diálogo. Si Washington está realmente tratando de impedir que Moscú abra una nueva crisis en Europa mientras reduce su apoyo a Teherán y limita las consecuencias internacionales de la crisis en torno al estrecho de Ormuz, entonces la misión de Ratcliffe pudo haber transmitido un mensaje mucho más amplio de lo que inicialmente parecía. Pudo recordar a Rusia que, en un mundo donde varios conflictos pueden alimentarse cada vez más entre sí, el cálculo estratégico ya no consiste únicamente en determinar hasta dónde puede llegar una potencia. También consiste en determinar hasta dónde puede avanzar sin desencadenar una reacción que finalmente sea incapaz de controlar.

CPGNNews: Pensar el Caribe. Comprender el mundo.

Fuentes principales: Reuters; CBS News; ABC News; CNN; Politico; The Wall Street Journal; The Washington Post; Associated Press; declaraciones públicas del Kremlin, la Casa Blanca y las autoridades estadounidenses y ucranianas.

UNA ADVERTENCIA CONTRA CUALQUIER ATAQUE A LA OTAN, PRESIONES SOBRE RUSIA PARA REDUCIR SU APOYO A TEHERÁN Y UNA NUEVA PREOCUPACIÓN EN TORNO AL ESTRECHO DE ORMUZ: LA MISIÓN SECRETA DE JOHN RATCLIFFE PODRÍA REVELAR LA DETERMINACIÓN DE WASHINGTON DE IMPEDIR QUE LAS CRISIS EUROPEA Y DE ORIENTE MEDIO TERMINEN CONVIRTIÉNDOSE EN UNA ÚNICA ECUACIÓN ESTRATÉGICA.

CPGNNews — Asuntos Internacionales | 27 de agosto de 2026

Hay momentos en las crisis internacionales en los que los acontecimientos más importantes no son necesariamente aquellos captados por las cámaras. Una ciudad bajo ataque, una línea del frente que cambia o una declaración presidencial pueden observarse, registrarse y analizarse casi de inmediato. Otros acontecimientos se desarrollan en el relativo silencio de los servicios de inteligencia y de los canales diplomáticos, donde unos pocos responsables saben que el menor error de interpretación puede producir consecuencias que ningún gobierno podrá controlar posteriormente. El viaje secreto de John Ratcliffe a Moscú pertenece precisamente a esta categoría. El director de la CIA viajó esta semana a la capital rusa y se reunió con Serguéi Naryshkin, director del Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia, en un encuentro cuyo contenido sigue siendo en gran medida confidencial. Naryshkin confirmó el 27 de agosto que se había reunido con Ratcliffe y describió el encuentro como una reunión de trabajo destinada a abordar cuestiones sensibles dentro de las respectivas áreas de competencia de ambos servicios. El Kremlin, por su parte, confirmó que Ratcliffe no se reunió con Vladímir Putin, aunque el presidente ruso habría sido informado de las conversaciones.

La primera dimensión de la misión es ahora relativamente clara, aunque ni Washington ni Moscú hayan detallado oficialmente el contenido de la conversación. Según varias fuentes citadas por la prensa estadounidense, Ratcliffe transmitió a sus interlocutores rusos una advertencia respecto de cualquier eventual ataque contra un país miembro de la OTAN, en un momento en el que los servicios de inteligencia estadounidenses y europeos vigilan estrechamente la posibilidad de que Moscú pueda intentar poner a prueba la cohesión o la determinación de la Alianza. The Wall Street Journal estuvo entre los primeros grandes medios en informar sobre esta dimensión de la misión, mientras que CBS News señaló que varias personas familiarizadas con el asunto confirmaron que uno de los objetivos del viaje era advertir a Moscú contra un ataque a un miembro de la OTAN. Los países bálticos, especialmente Estonia, Letonia y Lituania, han aparecido en las informaciones relativas a este posible riesgo. Sin embargo, esta información debe tratarse con la misma cautela que exige cualquier evaluación de inteligencia: no existe base suficiente para afirmar que Rusia haya decidido atacar a un miembro de la OTAN, y mucho menos que semejante ataque sea inminente. Donald Trump declaró públicamente el 27 de agosto que Vladímir Putin no atacaría territorio de la OTAN y trató de restar importancia a las interpretaciones más alarmistas sobre la misión del director de la CIA.

Esta prudencia adquiere todavía mayor importancia cuando se incorpora otro elemento a la ecuación, prácticamente ausente de las primeras informaciones sobre el viaje: Irán habría sido también un asunto importante de las conversaciones de Moscú. Varias fuentes citadas por la prensa estadounidense indicaron que Ratcliffe habría intentado convencer a funcionarios rusos de reducir su apoyo militar y económico a Teherán, especialmente en materia de armas y tecnología de defensa. Esta información, publicada por Politico sobre la base de personas familiarizadas con el viaje y de un funcionario británico, otorga a la dimensión iraní una importancia mucho más precisa que la de una simple conversación sobre Oriente Medio. Sin embargo, no ha sido confirmada oficialmente en detalle por Washington o Moscú y, por lo tanto, debe mantenerse atribuida a fuentes y no presentarse como una decisión diplomática oficialmente establecida.

CBS News aporta otro elemento importante: Ratcliffe también habría abordado con funcionarios rusos la cuestión iraní y la posibilidad de nuevas sanciones estadounidenses si el estrecho de Ormuz no volvía a abrirse a la navegación. Esta información amplía considerablemente la dimensión económica de la misión. El estrecho de Ormuz no es simplemente un paso marítimo regional. Es uno de los principales corredores energéticos del mundo y una interrupción prolongada tendría consecuencias que irían mucho más allá de Oriente Medio. Si esta cuestión fue efectivamente planteada durante una conversación entre Washington y Moscú, ello sugeriría que la relación ruso-iraní está siendo examinada por Estados Unidos no solamente desde la perspectiva de la seguridad militar, sino también desde la seguridad energética y la estabilidad económica mundial.

La misión de Ratcliffe adquiere así una nueva dimensión. Si las informaciones publicadas son correctas, el director de la CIA no llevó simplemente a Moscú una advertencia relacionada con Europa y la OTAN. También habría intentado influir en una relación estratégica centrada en Oriente Medio, mientras abordaba las posibles consecuencias de una interrupción prolongada de un corredor marítimo esencial. El verdadero objeto de la reunión dejaría entonces de limitarse a Ucrania o al flanco oriental de la OTAN. Pasaría a incluir la posibilidad de que Rusia pueda influir simultáneamente en varias dimensiones de la estrategia estadounidense: la seguridad europea, el equilibrio de poder en Oriente Medio y las consecuencias económicas mundiales de la confrontación en torno a Irán.

Este desarrollo explica por qué la dimensión iraní no debe tratarse como un simple apéndice del artículo. La cuestión central podría ser, en realidad, la convergencia de varios escenarios de crisis. Estados Unidos apoya a Ucrania, intenta preservar la credibilidad de la defensa colectiva europea y, al mismo tiempo, despliega importantes recursos militares y diplomáticos alrededor de Irán. Rusia continúa su guerra contra Ucrania mientras mantiene una relación estratégica con Teherán. Los intereses de Moscú y Teherán no son necesariamente idénticos, y presentarlos como un bloque perfectamente unificado sería una simplificación. Sin embargo, su cooperación puede modificar los cálculos de Washington. La cuestión estratégica es, por tanto, menos si Rusia e Irán constituyen una alianza automática que cuál es el nivel de apoyo ruso a Teherán que Washington considera inaceptable.

Esta posibilidad adquiere mayor peso a la luz de informaciones publicadas hoy por The Washington Post. Según dos personas familiarizadas con el asunto citadas por el periódico, una evaluación reciente de los servicios de inteligencia estadounidenses habría concluido que el Kremlin considera que Estados Unidos se encuentra debilitado por la guerra con Irán, lo que podría generar en Moscú la percepción de una oportunidad para aumentar la presión sobre los intereses estadounidenses y sus aliados europeos. El periódico también informó que Ratcliffe habría advertido a Moscú que una intensificación de la guerra en Ucrania terminaría perjudicando a Rusia. Si esta evaluación de inteligencia es correcta, proporciona una explicación estratégica para la iniciativa estadounidense: Washington podría estar intentando impedir que las limitaciones impuestas por la guerra en Oriente Medio sean interpretadas en Moscú como una invitación a poner a prueba los límites estadounidenses en Europa.

La lógica de la misión podría describirse, por tanto, como una doble disuasión. Por un lado, Washington buscaría disuadir a Moscú de poner a prueba, directa o indirectamente, la cohesión y la credibilidad de la OTAN. Por otro, buscaría disuadir a Moscú de aumentar el coste de la confrontación estadounidense con Irán mediante un fortalecimiento de su apoyo a Teherán. Esta doble disuasión no implica necesariamente una amenaza militar directa. Puede operar a través de la diplomacia, los servicios de inteligencia, las sanciones, las advertencias privadas y la clarificación de las posibles consecuencias de determinadas decisiones. En un entorno tan complejo, la disuasión se convierte tanto en una cuestión de percepción como de poder real: Washington debe convencer a su adversario de que una ventana de oportunidad aparentemente favorable podría resultar mucho más peligrosa de lo que parece.

La misión de Ratcliffe adquiere otra dimensión cuando se la coloca frente a la historia reciente de las relaciones entre Washington y Moscú. En noviembre de 2021, William Burns, entonces director de la CIA, viajó a Moscú para transmitir a Vladímir Putin las advertencias estadounidenses sobre las consecuencias de una posible invasión de Ucrania. Varios meses después, Rusia lanzó su invasión a gran escala. La comparación no significa que los acontecimientos de 2021 se estén repitiendo en 2026, ni demuestra que Rusia esté preparando una ruptura comparable. Sí ilustra, sin embargo, algo fundamental: cuando Washington considera que las intenciones del Kremlin se han vuelto difíciles de interpretar o que aumenta el riesgo de un error de cálculo, los canales directos entre los servicios de inteligencia pueden volver a ser necesarios, incluso cuando las relaciones políticas siguen siendo profundamente hostiles.

Existe, sin embargo, una diferencia fundamental entre 2021 y la actualidad. En aquel momento, la cuestión central era la posibilidad de una invasión de Ucrania. En 2026, el entorno estratégico está mucho más fragmentado. La guerra entre Rusia y Ucrania continúa, los ataques de largo alcance se han intensificado, las relaciones entre Rusia y varios países europeos siguen profundamente deterioradas y, simultáneamente, la confrontación entre Washington y Teherán impone importantes exigencias militares y diplomáticas a Estados Unidos. El riesgo ya no es simplemente el de una crisis aislada. Se encuentra en la posibilidad de que varias crisis puedan reforzarse mutuamente.

La cuestión de los recursos es, por tanto, esencial. Una gran potencia puede poseer un arsenal enorme y, al mismo tiempo, enfrentar limitaciones industriales y logísticas cuando varios escenarios exigen simultáneamente las mismas capacidades. The Associated Press informó hoy que las reservas estadounidenses de misiles interceptores Patriot disponibles en Europa están sometidas a una presión considerable, especialmente debido a las necesidades relacionadas con la guerra con Irán y al apoyo estadounidense a Ucrania. Funcionarios del Pentágono y de la OTAN han cuestionado algunas de las evaluaciones más alarmistas sobre la magnitud exacta de cualquier déficit. Sin embargo, el propio debate revela un problema estratégico importante: las capacidades estadounidenses de defensa aérea deben responder simultáneamente a las necesidades de Europa y Oriente Medio.

Esta limitación material puede influir en las percepciones rusas. Si Moscú concluye que Estados Unidos debe repartir sus recursos entre Ucrania, Europa y Oriente Medio, el Kremlin podría considerar que determinadas acciones limitadas son más fáciles de emprender. Esto no significa necesariamente un ataque convencional contra la OTAN. Una potencia puede poner a prueba una alianza mediante operaciones híbridas, ciberataques, sabotajes contra infraestructuras, provocaciones aéreas o marítimas, actividades clandestinas o acciones destinadas a medir la respuesta política del adversario. El peligro se encuentra precisamente en esta zona gris: una acción suficientemente agresiva para poner a prueba una alianza, pero suficientemente ambigua para evitar desencadenar inmediatamente una confrontación militar abierta.

El estrecho de Ormuz añade una dimensión económica a esta ecuación. Esta vía marítima constituye una arteria crítica del comercio energético mundial y su cierre prolongado está obligando a los Estados del Golfo a buscar rutas alternativas para sus exportaciones. Le Monde ha informado de que los países productores buscan desarrollar o reforzar infraestructuras capaces de reducir su dependencia del estrecho. Para Washington, la reapertura de Ormuz no es, por tanto, exclusivamente una cuestión militar o diplomática. Concierne también a la estabilidad de los mercados energéticos, los costes del transporte, la inflación mundial y la seguridad económica de numerosos países que no participan directamente en el conflicto.

Es precisamente aquí donde la arquitectura estratégica de la misión de Ratcliffe se vuelve más reveladora. Rusia, Irán, Ucrania, la OTAN y el estrecho de Ormuz no constituyen necesariamente un único conflicto, pero pueden convertirse en una única ecuación estratégica. Una crisis en Oriente Medio moviliza recursos estadounidenses. Esa movilización puede modificar las percepciones rusas. Esas percepciones pueden influir en los cálculos de Moscú en Europa. Un mayor apoyo ruso a Teherán puede prolongar o complicar la crisis iraní. La prolongación de esa crisis puede, a su vez, ejercer una presión adicional sobre las capacidades militares estadounidenses. Esa presión podría reforzar la tentación de algunos adversarios de poner a prueba los límites de Washington. Esto no es una predicción. Es un riesgo estratégico que los responsables políticos deben intentar impedir.

La guerra en Ucrania sigue siendo, sin embargo, el centro militar de la crisis europea. Durante la noche del 27 de agosto, Rusia lanzó un importante ataque aéreo contra varias regiones ucranianas. Según las autoridades ucranianas citadas por Reuters, la ofensiva incluyó 258 drones y varios misiles. El ejército ucraniano afirmó haber interceptado una gran parte de ellos, mientras infraestructuras energéticas, industriales, portuarias y civiles resultaron dañadas en varias regiones. Este tipo de información, procedente de partes directamente involucradas en el conflicto, debe naturalmente distinguirse de los hechos verificados de forma independiente. Sin embargo, ilustra una realidad más amplia: la guerra ha evolucionado hacia una confrontación profunda en la que las infraestructuras nacionales, las redes energéticas, la capacidad industrial y los sistemas de defensa aérea se han convertido en componentes centrales de la estrategia militar.

Esta transformación ha cambiado profundamente la naturaleza del conflicto. La guerra ya no se libra únicamente por el territorio o por el desplazamiento de las líneas del frente. En creciente medida enfrenta sistemas industriales, energéticos, tecnológicos y logísticos. Puertos, centrales eléctricas, instalaciones de producción, redes ferroviarias, infraestructuras digitales y capacidades de defensa aérea contribuyen a la capacidad de un Estado para sostener una guerra prolongada. Ucrania ha buscado atacar infraestructuras rusas situadas lejos del frente, mientras Moscú intenta reducir la capacidad de Ucrania para producir, transportar y mantener los recursos necesarios para continuar resistiendo. La rápida expansión de la guerra mediante drones ha acelerado esta transformación al hacer que los ataques de largo alcance sean cada vez más accesibles a un coste relativamente menor.

Para Europa, el problema se ha vuelto, por tanto, más complejo que la guerra de Ucrania por sí sola. Cualquier expansión del conflicto hacia territorio de la OTAN transformaría inmediatamente la naturaleza de la crisis. La Alianza se enfrentaría a una cuestión que no podría responderse únicamente mediante declaraciones políticas: ¿cómo preservar la credibilidad de la defensa colectiva evitando al mismo tiempo una confrontación directa con una potencia nuclear? La dificultad sería todavía mayor porque una respuesta excesivamente débil podría alentar nuevas provocaciones, mientras que una respuesta excesivamente contundente podría acelerar una escalada que ninguna de las principales potencias desea realmente.

El dilema de Washington es, por tanto, profundo. Estados Unidos quiere poner fin a la guerra en Ucrania, pero no puede buscar la paz al precio de debilitar la disuasión europea. Quiere mantener el diálogo con Moscú, pero debe demostrar simultáneamente que determinadas líneas no pueden cruzarse sin consecuencias. Debe apoyar a sus aliados europeos mientras conserva capacidades suficientes para gestionar la crisis iraní. Y, si las informaciones sobre las conversaciones de Moscú son correctas, Washington estaría tratando simultáneamente de impedir que Rusia transforme su relación con Irán en un instrumento adicional de presión contra los intereses estadounidenses. Este dilema no implica necesariamente una política incoherente. Puede ser simplemente la consecuencia de un entorno estratégico en el que diplomacia, inteligencia, disuasión y gestión de los recursos militares deben funcionar conjuntamente.

Los contactos entre Washington y Moscú también deben situarse en el contexto de los esfuerzos diplomáticos que continúan alrededor de la guerra de Ucrania. La continuidad de los ataques no significa que todas las posibilidades diplomáticas hayan desaparecido, del mismo modo que una reunión entre responsables de inteligencia no significa que la paz sea inminente. Ambos procesos pueden coexistir porque los gobiernos comprenden que una negociación solamente resulta creíble cuando cuenta con cierto nivel de capacidad de presión, mientras que una victoria militar total es cada vez más difícil de alcanzar en un conflicto de esta naturaleza. La verdadera cuestión, por tanto, no es si la diplomacia sigue existiendo. Es si las condiciones militares, políticas y psicológicas necesarias para alcanzar un compromiso pueden surgir gradualmente en un entorno donde cada actor busca simultáneamente mejorar su posición.

La dimensión iraní hace que esa ecuación sea todavía más difícil. Rusia mantiene una relación estratégica importante con Teherán, incluso en los ámbitos militar y tecnológico, pero Moscú también tiene sus propios intereses, que no necesariamente coinciden con los de Irán. Sería, por tanto, excesivo presentar a Rusia e Irán como un bloque perfectamente unificado. Su cooperación puede ser considerable sin ser ilimitada. Ese margen podría explicar el interés de Washington en comunicarse directamente con los responsables rusos. Estados Unidos no necesitaría necesariamente obtener una ruptura completa entre Moscú y Teherán. Podría buscar simplemente impedir que esa relación cruce determinados umbrales considerados peligrosos para los intereses estadounidenses.

Esta interpretación también ayuda a explicar por qué la misión de Ratcliffe pertenece más al ámbito de la gestión estratégica del riesgo que al de la diplomacia espectacular. Un jefe de inteligencia no viaja necesariamente a una capital adversaria para anunciar públicamente una nueva política. Puede buscar evaluar intenciones, transmitir información, aclarar una línea roja, evitar una interpretación errónea, poner a prueba una propuesta o preservar un canal de comunicación. En un entorno en el que las declaraciones públicas suelen diseñarse para influir en la opinión pública, las conversaciones confidenciales pueden cumplir otra función: reducir el espacio disponible para peligrosos malentendidos.

Debe mantenerse, sin embargo, una frontera clara entre lo que sabemos, lo que informan las fuentes y lo que podemos deducir razonablemente. El encuentro entre Ratcliffe y Naryshkin fue confirmado por el propio jefe de los servicios de inteligencia rusos. El hecho de que Ratcliffe no se reuniera con Putin también ha sido establecido públicamente. La advertencia relacionada con la OTAN ha sido informada por varios medios estadounidenses citando a personas familiarizadas con el asunto. Irán también aparece en los informes sobre la misión, mientras que la información relativa a una petición estadounidense específica para que Rusia reduzca su apoyo militar y económico a Teherán continúa basándose en fuentes y no ha sido detallada oficialmente. Finalmente, la cuestión de posibles sanciones relacionadas con el estrecho de Ormuz fue informada por CBS. Esta jerarquía de certezas no constituye una debilidad del análisis. Es una exigencia fundamental del periodismo responsable basado en inteligencia.

Es aquí donde la perspectiva de CPGNNews puede ir más allá de una lectura estrictamente militar de la crisis. Sería fácil medir la situación únicamente por el número de drones lanzados, los misiles interceptados, los territorios controlados o las declaraciones de los dirigentes políticos. Pero una lectura de ese tipo corre el riesgo de perder de vista la realidad esencial: una guerra prolongada destruye gradualmente los márgenes de maniobra disponibles para las sociedades que la sostienen. Cambia las prioridades presupuestarias, agota a las poblaciones, transforma a las generaciones, modifica las industrias, debilita las infraestructuras y crea patrones de confrontación que pueden sobrevivir mucho tiempo después del final de los combates. Cuando varias crisis movilizan simultáneamente a las mismas grandes potencias, ese desgaste se vuelve todavía más importante. La capacidad de un Estado para sostener una guerra no depende únicamente de sus armas. También depende de la resiliencia de su economía, sus infraestructuras, sus alianzas y su sociedad.

Esta perspectiva exige disciplina intelectual, especialmente durante períodos de crisis: distinguir los hechos de las hipótesis, las intenciones de las capacidades y las evaluaciones de las certezas. El estoicismo, en su concepción filosófica más exigente, ofrece aquí una metáfora útil: distinguir lo que depende de nosotros de aquello que no depende de nosotros, negarse a confundir la emoción con el juicio y considerar las consecuencias de una decisión antes de tomarla. Aplicado a la estrategia internacional, este principio recuerda que Washington no controla plenamente las decisiones del Kremlin, que Moscú no controla plenamente la respuesta europea, que Kyiv no controla todas las decisiones de sus socios y que Teherán no controla la manera en que Washington o Moscú interpretan sus acciones. Lo que los dirigentes sí pueden controlar es la calidad de sus decisiones, la precisión de sus servicios de inteligencia, la claridad de sus líneas rojas y su capacidad para preservar los canales de comunicación cuando el miedo o la ira podrían llevarlos a cerrarlos.

Este autocontrol no tiene nada de sentimental. Constituye una verdadera capacidad estratégica. En un entorno nuclear, el poder no puede medirse únicamente por la capacidad de destruir. También debe medirse por la capacidad de detenerse antes de que la destrucción se vuelva incontrolable. Esta puede ser una de las lecciones más importantes de la crisis actual. Una potencia que solo sabe responder mediante la fuerza puede ser formidable, pero una potencia capaz de combinar firmeza, paciencia, inteligencia y contención posee una forma de superioridad mucho más difícil de ejercer. La paz sostenible no depende de la ausencia de poder. Depende de la capacidad de las grandes potencias para utilizar la fuerza sin convertirse en prisioneras de su propia escalada.

LA MIRADA DE CPGNNews

La pregunta que ahora enfrentan Washington, Moscú y las capitales europeas no es simplemente si Rusia atacará algún día a un miembro de la OTAN. La información disponible actualmente no permite afirmarlo, y CPGNNews no puede transformar una evaluación de inteligencia en una profecía. La cuestión más profunda es si las principales potencias implicadas en las crisis de Ucrania e Irán conservarán suficiente autocontrol para impedir que dos escenarios separados de confrontación terminen convirtiéndose gradualmente en una única crisis estratégica mundial.

La misión de John Ratcliffe en Moscú no ofrece ninguna garantía de paz y, por sí sola, no constituye una prueba de una inminente confrontación entre Rusia y la OTAN. Sí demuestra, sin embargo, que Washington y Moscú comprenden la necesidad de mantener canales suficientemente sólidos para transmitir advertencias cuando las circunstancias se vuelven peligrosas. Las informaciones disponibles sugieren que el mensaje estadounidense pudo haber contenido varias dimensiones: impedir un posible ataque contra un miembro de la OTAN, limitar el apoyo ruso a Irán y recordar las posibles consecuencias de un cierre prolongado del estrecho de Ormuz. La primera dimensión concierne directamente a la seguridad europea. La segunda afecta a la capacidad estadounidense para gestionar su compromiso en Oriente Medio. La tercera concierne a la economía energética mundial. Juntas apuntan hacia una preocupación mucho más amplia: impedir que una crisis ofrezca a otra crisis la posibilidad de intensificarse.

Puede ser precisamente aquí donde se encuentre la importancia histórica de la reunión. La nueva competencia entre grandes potencias ya no se desarrolla necesariamente en un único escenario geográfico. Se despliega simultáneamente en Europa, Oriente Medio, el ciberespacio, las cadenas industriales de suministro, las infraestructuras energéticas y los sistemas de inteligencia. Una potencia puede ejercer presión sobre un adversario sin declararle una guerra directa. Puede explotar sus limitaciones, dependencias, reservas militares, divisiones políticas o compromisos exteriores. La verdadera competencia estratégica puede encontrarse, por tanto, en la capacidad de cada actor para impedir que una dificultad aislada se convierta en una ventaja global para su adversario.

Para Washington, la cuestión se convierte cada vez más en una cuestión de sostenibilidad del poder estadounidense. Una superpotencia puede ser capaz de gestionar varias crisis simultáneamente, pero cada compromiso adicional impone costes, consume recursos y crea nuevas vulnerabilidades. La guerra con Irán puede consumir capacidades que de otro modo estarían disponibles para Europa. El apoyo a Ucrania ejerce presión sobre las reservas estadounidenses. La defensa de la OTAN exige capacidades adicionales. La protección de las rutas energéticas requiere todavía más recursos. A medida que estas exigencias se acumulan, la percepción del poder estadounidense se vuelve casi tan importante como el poder mismo. Si los adversarios de Washington empiezan a creer que Estados Unidos está sobreextendido, esa percepción puede convertirse por sí misma en un factor estratégico.

También debemos recordar a quienes se encuentran detrás de los mapas militares y de las tablas estadísticas. Para los estrategas, una instalación energética representa capacidad productiva; para una familia, significa electricidad, agua, trabajo y la posibilidad de mantener una vida normal. Para los gobiernos, una ruta marítima puede ser un corredor estratégico; para las poblaciones y economías que dependen de ella, representa acceso a bienes, energía y estabilidad. Esta diferencia de perspectiva no reduce la necesidad del análisis estratégico. Simplemente recuerda que toda estrategia termina teniendo un rostro humano. Por ello, la búsqueda de una salida a los conflictos nunca debería considerarse una debilidad o una concesión al adversario. Es una responsabilidad hacia las generaciones que tendrán que vivir con las consecuencias políticas, económicas y psicológicas de las decisiones tomadas hoy.

El verdadero poder, en períodos de tensión extrema, quizá no pertenezca finalmente al actor que habla más fuerte, golpea más lejos o amenaza con mayor intensidad. Pertenece al actor que comprende exactamente qué busca defender, qué puede aceptar, qué no puede aceptar y hasta dónde puede llegar sin perder el control de la situación. La crisis entre Rusia y Ucrania y la confrontación alrededor de Irán recuerdan así una antigua verdad que la tecnología moderna no ha borrado: las armas pueden aumentar el poder de un Estado, pero no necesariamente aumentan su sabiduría. Entre Rusia, Ucrania, Estados Unidos, Irán y Europa, la historia de los próximos meses dependerá tanto de la capacidad de controlar las decisiones como de la capacidad de ejercer la fuerza.

En esa frágil frontera entre la guerra y la escalada, la prudencia no es rendición. Es una forma de valentía política. Y si la misión de John Ratcliffe en Moscú debe ser recordada como una de las señales importantes de este momento, no debería ser porque anuncie necesariamente una nueva guerra, sino porque revela algo más profundo: detrás de las grandes declaraciones públicas, las principales potencias continúan buscando formas de comunicarse cuando sus intereses se vuelven lo suficientemente peligrosos como para que el silencio resulte más arriesgado que el diálogo. Si Washington está realmente tratando de impedir que Moscú abra una nueva crisis en Europa mientras reduce su apoyo a Teherán y limita las consecuencias internacionales de la crisis en torno al estrecho de Ormuz, entonces la misión de Ratcliffe pudo haber transmitido un mensaje mucho más amplio de lo que inicialmente parecía. Pudo recordar a Rusia que, en un mundo donde varios conflictos pueden alimentarse cada vez más entre sí, el cálculo estratégico ya no consiste únicamente en determinar hasta dónde puede llegar una potencia. También consiste en determinar hasta dónde puede avanzar sin desencadenar una reacción que finalmente sea incapaz de controlar.

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Fuentes principales: Reuters; CBS News; ABC News; CNN; Politico; The Wall Street Journal; The Washington Post; Associated Press; declaraciones públicas del Kremlin, la Casa Blanca y las autoridades estadounidenses y ucranianas.

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